Sin freno (Campus drivers 1) 26. Lois #2
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26. Lois #2

Obedezco con una ligera sonrisa en los labios. Es mi posición habitual de cada noche de tele, y así fue como se descarriló todo la primera vez. Su brazo reposa en mis pantorrillas, y enseguida noto sus dedos tamborileando en mi piel. «Lo voy a echar de menos».

—No defraudan en directo —lo oigo comentar sobre los músicos.

—La verdad es que no.

—Creo que vienen de gira este verano. Si conseguimos entradas, estaría bien ir.

—Sí, buena idea.

Me incluye en sus proyectos, una idea a la que me aferraré mañana por la mañana, cuando me toque arrastrar mis cosas al otro lado de la ciudad.

—Aunque puede que estés haciendo un viaje con tus futuras compañeras de piso...

Levanto la cabeza y arrugo la nariz.

—En modo amigas del alma —añade sin dejar de mirar la pantalla.

—Becca quiere que seamos exclusivas —le rebato con una patadita.

Atrapa mi pie al vuelo y lo devuelve a su sitio. Insisto, y él se digna por fin a mirarme a los ojos.

—Ya estás otra vez de morros —le reprocho con una mueca—. Ni que hubiéramos vuelto al principio de nuestra...

Me detengo en esa palabra, incapaz de repente de terminar la frase.

—De nuestra convivencia forzada —concluyo en un murmullo.

—¿Tan horrible era vivir aquí?

Me quedo sin aliento, trago saliva y tiro de la parte inferior de la camiseta. Sus cejas forman una franja contrariada, como si acabara de ofenderle.

—No siempre —me obligo a serenarme—. El principal problema eras tú, que no dejabas de dar por saco.

—No siempre —me devuelve mis propias palabras.

Me da la impresión de que hay algo más que quiere decir, pero sus labios se quedan entreabiertos.

Vuelve a su contemplación silenciosa de la televisión, y yo me obligo a respirar para someterme a la decepción que me hunde cada vez más.

Recuerdo mi angustia cuando Lane me encontró en el rellano y cómo se disipó sin que me diera ni cuenta.

Es todo gracias a él. Cambio de postura y me pongo de rodillas más cerca de él.

Con las palmas apoyadas en los muslos, trago saliva mientras lo observo de perfil.

Él gira la cabeza a cámara lenta y arquea una ceja.

—¿Qué?

—Gracias.

Hay tantas cosas que le quiero agradecer que no logro decidir por cuál empezar.

Así que me inclino hacia delante, le rodeo el cuello con el brazo y lo abrazo con todas mis fuerzas.

Percibo cómo se tensa por el estupor. Podría soltarlo, pero hago que esto dure lo máximo posible para seguir disfrutando de su aroma.

Cuando estimo que ya es momento de recular, un poco decepcionada porque no haya respondido a mi gesto de afecto, noto sus manos posarse en mis costados. Sonrío contra su nuca y le doy un besito en la mejilla.

—Gracias por haberme alojado todo este tiempo —le susurro al oído.

—De nada —responde con una voz ronca, y echa la cabeza hacia atrás para mirarme.

—¿Puedo volver aquí a cocinar pizzas de vez en cuando?

—Sí.

—Guay...

Sigo abrazándole el cuello, y nos quedamos observándonos durante unos segundos en silencio.

Mi madre tenía razón: Lane es guapo. Otra idea se abre paso a codazos en mi interior y se entremezcla con el nudo de ansiedad que siento en el estómago.

Tengo ganas de besarlo. Ya ha llegado mucho más lejos conmigo, pero no ha vuelto a besarme, y la impaciencia hace que me palpiten los labios.

Siento una adrenalina que brota entre mi garganta y la parte baja de mi vientre.

El tiempo queda en suspensión, Lane recorre mi rostro y mi boca con la mirada.

Se le acelera la respiración. Algo brota entre sus pupilas y las mías, con tal potencia que se me desconectan las neuronas.

Para cuando mis dedos se agarran al cuello de su camiseta, he perdido completamente el control.

Antes de que llegue a tirar del tejido, Lane ya se ha hundido en mi boca.

«Por fin». Es la única y última palabra que oigo en mis adentros cuando su lengua se encuentra con la mía.

No era consciente de lo mucho que la había echado en falta después de nuestra última noche.

Y, sin embargo, me oigo gemir de placer y me aferro a él con más fuerza.

No me pregunto qué estamos haciendo, ni sobre sus consecuencias a largo plazo.

Me voy mañana y quiero llevarme este momento en la maleta.

Me tira del labio, y retrocede para mirarme.

Noto su mano en mi mejilla mientras la otra se hunde en la parte baja de mi espalda arqueada para atraerme hacia él.

Me está gustando tanto esto que me coloco a horcajadas sobre él.

Doblo las rodillas lentamente para sentir cómo se desliza en el punto correcto.

No hay mucho que nos separe, y lo siento todo: su presión, sus movimientos llenos de urgencia.

Quería un beso, pero estamos en caída libre y no hago nada por detener esto.

No me reconozco cuando le arranco la camiseta y dejo que me quite la mía sin ningún temor.

Cae contra mi pecho antes de empujarme hacia atrás para besarlo. La sensación que me provoca me hace estallar en una melodiosa risa que se torna en un largo gemido. Antes me aterrorizaba la idea de acostarme con alguien que no fuera Kirk, pero, con Lane, lo único que siento es alivio y deseo.

Me estrecha más fuerte, me besa con un ardor desconocido y comienza a succionar la zona de mis pechos.

Cuando me gira para que me estire en el sofá, la cabeza ya me da vueltas. Noto su cuerpo caer sobre el mío y me cuesta respirar. Todo va muy rápido: nuestras lenguas, nuestras bocas, nuestras manos cambiándonos de postura constantemente.

No soy consciente del momento exacto en el que mi ropa interior desaparece, ni tampoco en el que se pone el preservativo.

Me embarco en una montaña rusa de sensaciones; hundo las uñas en su espalda como si estuviera a punto de caer.

Cuando mi corazón está a punto de explotar, nuestros labios se separan y el tiempo se detiene.

Me encuentro con la mirada de Lane justo cuando se presenta entre mis piernas.

Me deja una última abertura, una puerta de salida.

Le acaricio la nuez, recorro su cabello con los dedos y tiro de él suavemente para acercar sus labios a los míos.

Su lengua toma posesión de mi boca, viva y brutal: el fuego me hincha el pecho, y algo se abre en mi vientre.

Dejo de respirar, y ya no sé cómo volver a empezar cuando me penetra de un solo impulso.

Con una mano, se agarra a mi muslo y lo clava contra su cadera.

Con la otra, entrelaza mis manos por encima de mi cabeza.

Ya no nos estamos besando: nos encontramos tan faltos de aliento que nuestras bocas descansan simplemente la una contra la otra.

¡Me estoy acostando con Lane! La huella que deja en mí es indescriptible, como si no hubiera habido nadie antes de él.

Cada golpe de sus caderas me trae lágrimas a los ojos y me desgarra el pecho desde dentro.

Tengo ganas de reír, de llorar y de decirle de todo.

Por suerte, lo único que sale de mí son sonidos ahogados.

Es un caos, pero es el caos más agradable de todos.

No quiero que esto pare: quiero sentirlo dentro de mí una y otra vez.

No pronuncia ni una sola palabra, pero sus gestos, a la par dulces y descontrolados, hablan por él.

Le dejo guiar esta exquisita danza que me hace redescubrir mi cuerpo desde un ángulo nuevo.

Lane se convierte en mi único pensamiento: mis piernas se cierran sobre él, y la subida es fulgurante.

Mi corazón aturdido da un vuelco antes de sellarse.

Un gemido profundo resuena sobre mí, y luego un peso se desploma contra mi cuerpo.