Sin freno (Campus drivers 1) 26. Lois
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26. Lois

Lois

Lane lleva horas desaparecido en su habitación.

Me tiene harta con su indiferencia, aun sabiendo que es habitual en él.

He hecho todo lo posible por aparentar alegría por esta noticia que me ha caído encima hoy.

He ahondado a más no poder en mi alma de actriz de serie B para aparentar que ese minúsculo alojamiento universitario era exactamente lo que esperaba.

En teoría, debería estar como unas castañuelas.

En la práctica, estoy al borde de un colapso mental.

—¿Puedo pasar? —cuchicheo desde el otro lado de la puerta entreabierta.

—Adelante.

Camino de puntillas y me subo al colchón mientras trago saliva. Con un dedo tímido, le doy unos golpecitos en la mano, que le cubre la cara. Como me ignora, le tiro de la muñeca para poder vérsela.

—¿Qué?

—Me apetece una pizza —le confío con un ligero mohín.

—El folleto sigue donde siempre.

—No, me apetece una pizza casera. ¡Tenemos todo lo que hace falta en la cocina! ¡Ven a hacerla conmigo!

—Lois, no te lo vas a creer, pero hay gente que lo hace muy bien y que hasta la lleva a domicilio.

—¡Venga, por favor! ¡Es nuestra última noche!

Contengo el aliento, y obligo a mis labios a esbozar una sonrisa.

—¿Estás insinuando que no volverás jamás a casa después de esto?

—¡No, no! No es eso, claro que no. Pero ya no será lo mismo.

—Ya no te encontraré roncando en mi sofá a la mañana siguiente —me suelta con una voz pensativa.

—Ahí lo tienes.

Un pesado silencio se cuela entre nosotros, y la mirada de Lane se vuelve lejana. Lo noto intranquilo. ¿Está dudando de que vaya a llevar a cabo la mudanza? Se pone de pie de repente, sobresaltándome, y rodea la cama.

—Tú friegas los platos —me asigna señalándome con el dedo.

Hago una voltereta sobre el colchón y dejo escapar un gritito de victoria.

—¡Va en serio! —añade con el mismo tono.

Me levanto de la cama y agacho la cabeza entusiasmada.

—¡Y ojo con volver a salpicar agua por todas partes! —recalca.

—¡Ya no tendrás que soportar eso! ¡Es como volver a nacer! —bromeo, encajándome entre él y la puerta.

«Qué buena actriz».

Me activo en la cocina. Lane enciende el equipo de música, lo pone a todo volumen y se lava las manos en el fregadero. Lo empujo con los brazos cargados de todo lo que he ido sacando de los armarios.

—¿Dónde has puesto la levadura? —le pregunto mientras rebusco en un cajón—. ¡Ah! Nada, aquí está.

—Y yo, ¿qué hago?

Le doy instrucciones, y el malestar que llevo varios días sintiendo desaparece rápidamente.

Charlamos, yo canto, me contoneo mientras discutimos sobre temas inútiles.

Nos peleamos por los ingredientes de la pizza y yo le dejo creer que ha ganado para luego añadirle lo que quiero en cuanto me da la espalda. Me encanta esto.

—Bueno, no me negarás que se ve un poco amorfa —sugiere mientras contempla nuestra creación en plena cocción.

—¡Seguro que no dices eso después de probarla! —fanfarroneo, frotándome las manos ante la puerta del horno.

—Mira cuánta historia solo por una pizza . Me reafirmo como defensor acérrimo de las pizzerías.

—¡Mira que eres quejica! ¿Será posible? Deberías estar orgulloso. Aunque, eso sí, yo habría cortado las cebollas más finas...

—¡Ya estamos otra vez! Tú querías ponerle piña. ¡Piña! ¿En qué cabeza cabe? Así que deja de meterte con mis cebollas.

Me echo a reír al oírlo, y él se parte también.

Dispone dos platos en la mesa baja mientras yo limpio la encimera.

Va cortando la pizza mientras yo nos sirvo las bebidas.

Sigo en la cocina cuando Lane se sienta en el sofá, y mi buen humor reencontrado se lleva un buen revés cuando me doy cuenta de lo que tengo delante: una rutina de la que voy a ir teniendo que olvidarme, por no hablar de todo lo demás.

—¡Qué bien huele! —intento alegrarme mientras me siento con las piernas cruzadas a su lado.

Cojo un trozo y luego otro, que le tiendo con aire solemne.

—Pruébalo por mí, Lane. Y atrévete a decirme que no ha valido la pena.

Me mira durante un instante, como si mi frase lo tocara en el terreno personal, y luego le pega un buen mordisco a la pizza sin molestarse en sujetar el trozo.

—¿Y bien? —me impaciento, esperanzada.

Mastica despacio. Lo está haciendo a propósito.

—¡Venga! —Me estoy cansando. Me pongo de rodillas para acercarme.

—Está buena...

—Prueba más...

Le da otro mordisco idéntico al anterior y sigue con su numerito.

—¡Espabila, Lane!

Vuelve por tercera vez al trozo que sigo sujetando, pero, antes de que le dé tiempo de abrir la boca, se lo estampo en la cara.

—Mierd...

Estallo en una carcajada al verlo limpiarse la salsa de tomate que tiene en el ojo con el dedo.

—¿En serio?

Lo reto con una mirada insolente. La suya se desvía al resto de la pizza , que está sobre la mesa baja.

Cuando me doy cuenta de lo que me espera, ya es demasiado tarde.

Me agarra por la nuca, me hace caer tumbada y, cuando mi cabeza rebota en sus muslos, me ahoga bajo una capa de queso, cebollas y piña.

Ni siquiera intento resistirme; me quedo inmóvil, contenta de poder ocultar mis penas en una deliciosa papilla.

—¿Lois?

Me quita la mascarilla y se echa a reír al descubrir mi rostro embadurnado de comida. Me quita el trozo de cebolla que se me ha quedado atrapado entre las pestañas, y me toca combatir el deseo que se despierta en mi vientre.

—Cuánto te odio —asevero, tomando aire entre cada palabra.

En realidad, es justo al contrario. Y me duele.

Dejo de respirar cuando Lane se inclina sobre mí, pero es solo para coger un pañuelo de la mesa baja.

«¡Imbécil!». Se lo arranco de las manos y me limpio rápidamente.

Debería alejarme, pero dejo que mi cabeza repose en sus muslos un poco más.

Como si fuera lo más natural del mundo. Porque, mañana, esto llegará a su fin.

A modo de alto al fuego, me ofrece otro trozo y echa la cabeza hacia atrás.

—La verdad es que este sofá es bastante cómodo —declara con una voz rara y sin dejar de mirar al techo.

—Sí. Pero no se puede comparar con una cama de verdad...

—Y lo tienes todo al alcance de la mano —prosigue, señalando la mesa baja.

—Para eso también están las mesillas de noche.

—A lo mejor tus compañeras roncan...

—He dormido en la habitación contigua a la de mi abuelo, Lane. Estoy curada de espanto.

Cede poco a poco mientras se mordisquea el labio.

Esta conversación es muy rara. Me da la impresión de que quiere oírme decir que mi nueva residencia es un zulo, pero no me animo a hacerlo.

No me atrevo a confesarle que, si me diera elección, me quedaría aquí con él.

Tengo miedo, porque eso también significa que lo que siento por él es más fuerte de lo que creía.

—¿En qué piensas? —murmuro para atraer su atención.

Baja la mirada hasta encontrarse con la mía, con un aire indescifrable.

Lo observo con interés y comprendo que esta persona ya no tiene nada que ver con la que me acogió meses atrás.

O quizá soy yo la que ha cambiado. No me responde.

Tiene una capacidad loca de perderse en sus pensamientos durante un tiempo infinito.

Quizá es que, cuando estaba con Kirk, no prestaba atención a nadie más, o que nunca nadie me había atraído tanto.

Sea cual sea la razón, no puedo apartar la vista de su cara de concentración.

Estoy harta de sentirme atrapada en el umbral de su alma.

Peor: en este momento, quiero que lo diga.

Necesito que lo diga. «Dime que me quede, Lane. Por favor».

—Tienes queso en la nariz.

«Vale..., no es del todo lo que me esperaba».

Me incorporo y me voy al cuarto de baño para asearme.

Contemplo mi reflejo mientras respiro con dificultad.

¿Qué me pasa? ¿Qué ha cambiado? ¿En qué momento mis sentimientos por Kirk se han desviado a Lane?

No dejo de pensar en la manera en la que me besó, me tocó, me exploró...

Fue una sensación tan fuerte que todavía tengo vértigo.

¿Qué significa para él? Podría habérselo preguntado: he tenido decenas de oportunidades, pero no me sale.

Y él ni lo menciona tampoco. Empezó él, y sigue haciendo como si no hubiera pasado nada durante todo el día.

Lane no se anda con miramientos: ya he visto cómo suele comportarse con las chicas.

¿Por qué iba a ser diferente conmigo? Si hubiera querido más, me lo habría dicho claramente.

Por no hablar de la habitación disponible que podría haberme ofrecido un millón de veces si de verdad quisiera tenerme viviendo aquí permanentemente.

Con él. Si me voy, al menos, se aclarará todo este embrollo.

Doy unos golpecitos sobre el borde de la pila y me obligo a volver al salón. Es mi última noche aquí: tengo que dejar de comerme la cabeza y disfrutarla.

—¿Te apetece ver una peli? —le pregunto, retomando mi sitio en el sofá.

Mi voz suena un poco demasiado aguda, pero creo que da el pego. Tengo que seguir con este teatro si no quiero acabar humillada.

—No me he fijado en si mi futura habitación tenía tele.

—No —me responde con una mirada que parece querer decir muchas cosas.

—Bueno, tengo mi portátil, creo que sobreviviré. Todo irá bien.

Lo acompaño con una mirada de soslayo.

—Sí.

Se hace con el mando y se pasa un buen rato cambiando de canal, hasta el punto de que sospecho que ni siquiera está prestando atención a las imágenes que se suceden en la pantalla.

—¿Hola? —lo interpelo agitando la mano delante de su cara—. Acabas de pasar unos doscientos canales...

—Elige lo que quieras —me corta, y me tira el mando.

Aprieto el labio al ver cómo el objeto aterriza en mis rodillas. Me da igual la tele, pero decido optar por el concierto en directo de un grupo que nos gusta a los dos. Me hago un ovillo en el rincón opuesto, de tal modo que acabo rozándole el muslo con las puntas de los calcetines.

—Puedes estirar las piernas —murmura con unos golpecitos en mi tobillo.