25. Lane #3
Bajamos a la planta baja, donde dejo a Lois y salgo del edificio para esperarla en el coche.
Necesito un momento de calma. Ha dicho que podía instalarse a partir de mañana.
Joder, qué rápido va la cosa. Esperaba tener el fin de semana para hacerme a la idea.
Coloco ambos brazos en el volante y apoyo la cabeza.
Tengo una bola en la garganta que se niega a desaparecer.
Lois se va, pero eso no cambiará nada, ¿verdad?
Somos amigos, seguiré viéndola en la facultad, incluso podría venir a buscarla aquí por las mañanas...
Sí, esto no cambiará nada entre nosotros.
Es más, mejor: me borrará de la mente ciertos recuerdos y ciertas ideas.
Esta especie de atracción rara que siento de repente se debe solo a su presencia cotidiana y a su estúpida obsesión con su ex.
Oigo la puerta y levanto la cabeza. Lois trota hasta el coche y se instala en el habitáculo.
—Gracias por esperarme.
—No hay de qué.
—Todavía tienes tiempo de ir a clase; déjame en la facultad y volveré a pie.
—No, vuelvo contigo.
—¿Todo bien? Estás raro.
Arruga la frente y hace amago de tocarme el antebrazo antes de retractarse. Me estudia con ojos curiosos, como si estuviera esperando a que le diga algo. Se me queda mirando la boca un cuarto de segundo, despertando un deseo ardiente que me retuerce las tripas. «¡Tengo que acabar con esto ya!».
—Sí, todo bien. Ponte el cinturón.
Obedece y el trayecto de vuelta transcurre igual que el de ida, salvo por un detalle: me siento aún más tenso y agobiado.
No encuentro aparcamiento cerca de mi bloque, así que nos toca andar.
Con cada paso, me roza el brazo, y la oigo soltar más de un suspiro acompañado de miradas de incertidumbre en mi dirección.
—No me gusta cuando te pones así —declara de repente.
El ascensor está subiendo a trompicones. Dejo de mirar el botón luminoso para prestarle atención a ella.
—Así, ¿cómo?
—Taciturno, cerrado...
—Es por la vuelta a las clases, Lois. Solo estoy desganado.
Se muerde una uña sin añadir nada más. Entramos en casa, y me voy a la nevera para servirme una cerveza. Clavo las posaderas en el armarito de debajo del fregadero y me llevo la bebida a los labios mientras miro al vacío.
—¿Puedo poner una lavadora? Así tendré todo limpio para mañana.
Agito el botellín, mi modo de decir que sí, antes de llevármelo a la boca. No pierde ni un minuto, cosa que me repatea.
—Gracias.
Vuelve a suspirar y se mete en el baño. Regresa al salón unos minutos más tarde y se queda inmóvil delante de sus bártulos.
—Al menos, será rápido —comenta con una sonrisa.
Se pone en cuclillas para organizar de alguna forma su equipaje. A medida que va preparándose para su partida, yo me hundo más y más en mi mal humor. Cuando alguien llama a la puerta, ella se levanta de un salto y corre a abrir.
—¡Hola, Carter!
—Venía a por los apuntes de Lane. ¿Qué tal? ¿Ya estás curada? —oigo que le pregunta mi amigo.
«Genial, el que faltaba». No tardará ni un minuto en captar mi estado de ánimo. Pasa al salón, donde Lois sigue recogiendo sus cosas.
—¿Qué tal, Laney? —me pregunta directamente.
—Mejor que nunca.
Me analiza rápidamente con la mirada, entornando los ojos.
—¿Te encuentras mal? —insiste, inclinando la cabeza.
—Nop.
Frunce los labios, se sirve una cerveza y copia mi posición.
—¿Qué está haciendo? —susurra, señalando a Lois con el mentón—. ¿Por fin le has dejado un sitio decente para guardar sus cosas?
Tardo en responder. La verdad es que, al verla así, me doy cuenta de que debería haberle hecho un poco de hueco. Pero, de todos modos, ya es demasiado tarde.
—Se va —espiro, de modo que mis palabras resuenan dentro del vidrio del botellín.
—¿Qué? Pero ¿por qué? —Me busca con la mirada, atónito.
—Por fin ha pillado habitación en una de las residencias.
—¿Por fin? —repite con la boca pequeña.
—El trato era ese —escupo, y me alejo.
Me dejo caer en el sofá y enciendo la tele. Carter no deja pasar un segundo antes de unirse.
—Lane, ¿por qué...?
—Cállate.
Ya sé lo que me va a decir. Y dale. Que no: la segunda habitación no está más libre hoy de lo que lo estaba ayer.
—Como quieras —cede, y mira al techo—. Luego no me vengas llorando.
—No hay ningún problema, Cart. De verdad que no. Esto no cambia nada.
—Ajá. Vale.
Se acaba la cerveza de un trago y recupera lo que ha venido a buscar.
—Me pasaré a verte el fin de semana —se contenta con soltarme.
—Vale.
—Nos vamos viendo, ¿verdad, Lois? ¿Haremos una fiestecilla para celebrar las buenas noticias? —añade, dedicándome una mirada de soslayo malintencionada.
—Vale. Sí. Buena idea —va enumerando Lois, poco entusiasmada.
Carter se marcha con una risita maliciosa, porque sabe que, en el fondo, las noticias están muy lejos de alegrarme.
Es de locos. Siempre he reivindicado mi necesidad de vivir solo, así que ¿por qué me toca tanto la moral verla recoger sus camisetas?
Al menos, podría fingir que le afecta un poco.
Me entran ganas de pegarle una patada a su mochila.
—Me voy a mi habitación —gruño, al límite de mi paciencia.
Me paso dos horas navegando por internet para refrescarme las ideas; o, al menos, lo intento.
Los vídeos estúpidos no surten ningún efecto sobre mi estado de ánimo, así que me dejo caer en la cama.
Habría querido oírle decir que su futuro alojamiento es espantoso, que no quiere ir y que le gustaría quedarse aquí.
Ni una sola vez ha dado a entender que su partida le apena aunque sea un poco.
Empiezo a preguntarme si soy el único que aprecia nuestra convivencia y... todo lo demás.