25. Lane
Lane
Con la cara hundida en el fondo de la pila, dejo que el agua fría me gotee sobre la cabeza.
Creo que tengo fiebre. Siento calor y una especie de presión en el pecho.
Me arrimo al borde de la pila para contener las ganas de volver al salón.
No sé lo que quiero. Muero de ganas de volver al sofá para continuar con...
lo que nunca tendría que haber empezado en Nochevieja.
«¡Una pésima idea!». Este cuarto de baño es lo único que me mantiene firme.
Me froto la boca con rabia, como si el tacto de mi palma rugosa fuera a remplazar la ternura de Lois. Pero nada: la tengo todavía demasiado fresca para hacerla desaparecer. ¡Maldita sea!
«¡Vuelve ahí! ¡Vuelve ahí y dile algo!».
Sí, muy bien, pero ¿qué, exactamente? Si ni yo mismo sé en qué estaba pensando.
La deseo de una forma tan visceral que ni siquiera he intentado luchar contra ese deseo.
La tenía ahí, con su toalla y su boquita que no paraba de hablar de Kirk, y he perdido la cabeza.
La tenía en el sitio exacto en el que me encuentro yo ahora, y eso no me ayuda a borrar esa imagen de ella que tanto me atormenta.
Echo la cabeza hacia atrás, de modo que mi pelo empapado salpica la pared.
Mierda. ¿Cómo es que se me hace tan duro verla por todas partes en mi casa?
Abro la puerta que da a mi habitación y pego la frente a la ventana.
Tengo que ir a verla. Después de lo que acabo de hacerle, no puedo dejarla así.
Es Lois, no se merece que la ignore, pero...
Es Lois, y no se merece que me comporte con ella como lo acabo de hacer por segunda vez.
No me hizo preguntas después de Nochevieja, cuando fingí que no había pasado nada.
No ha tratado de indagar. Me imagino que ha entendido que no hay nada entre nosotros, a excepción de mi empeño por borrarle de la cabeza al condenado de Kirk.
Lo mejor sería que siguiera comportándome como un buen amigo para que todo lo demás se esfumara.
Escondido del mundo bajo mi edredón, me prometo metérmela en los pantalones y dejarme de hostias.
—¿Todo bien? —le pregunto a Lois al verla bostezar en el asiento del copiloto.
—Sí... He dormido mal esta noche —suspira mientras intenta calentarse las manos en la calefacción de mi coche.
«Yo tres cuartos de lo mismo. Apenas he pegado ojo».
Mira por la ventanilla, y sigue suspirando mientras observa la masa de estudiantes.
Técnicamente, hace dos días que tendríamos que haber vuelto a clase, pero no hemos puesto un pie en la facultad.
¿Por qué? Por Lois y la maldita gripe que ha estado arrastrando una semana y que la ha tenido recluida en la cama.
Yo me he quedado con ella, escuchando sus quejidos, sus vómitos y sus ronquidos.
Le he dejado mi cama y la he cuidado, cual madre devota. «Feliz año...».
En cierto modo, esperaba que mis reflexiones nocturnas unidas a su cara de muerta me calmaran los ardores, pero no ha funcionado.
Tampoco es que los vómitos me hayan dado más ganas, pero no han borrado las imágenes contra las que lucho cada vez que paso cerca del sofá.
O, ya puestos, cada vez que cierro los ojos.
Al principio, creía que todo iría mejor si hacía que se corriera una vez, pero ahora tengo ganas de mucho más.
Me he tocado tantas veces que he perdido la cuenta, pero la cosa está igual de dura, sin ánimo de hacer un juego de palabras.
Por suerte, siempre he sido buen actor, y he procurado mantenerme neutral con ella.
Salimos del coche igual que llevamos semanas haciendo.
—Voy a comer con los demás en la cafetería a mediodía. ¿Te vienes? —le pregunto mientras subo con esfuerzo las escaleras del edificio principal.
Ella se tensa, vacila y parece buscar la respuesta correcta en sus pies.
Ha perdido su confianza desde que sobrepasé los límites de la amistad, lo cual me deja un gusto amargo.
Ahora vive entre reservas, lejos de la Lois cómoda y segura de sí misma que he conocido desde el inicio de curso.
Justo lo que quería evitar, joder. Y, sin embargo, no me resuelvo a atacar este problema de raíz.
—Sí, vale —anuncia por fin.
Me invade una extraña sensación de alivio. Ella me sonríe, y se esfuma en el ala izquierda sin mirar atrás. Me marcho a mis prácticas y vuelvo a esperarla en el mismo lugar tres horas más tarde.
Distingo a Kirk merodeando un poco más allá, pero, en cuanto me reconoce, da media vuelta y desaparece de mi vista.
Cómo le detesto. Cada vez que lo veo, se me crispan los puños y me entran ganas de hacerle pagar esa actitud suya de mierda.
Es por su culpa que he actuado de esa manera, lo cual no hace sino multiplicar el resentimiento que siento hacia él.
Antes de que se metiera en mi vida cotidiana, las cosas eran fáciles, lo tenía todo bajo control.
Me obligo a soltar aire y sonreír al ver a Lois arrastrar los pies en mi dirección.
—En solo dos días, tengo la impresión de haberme perdido un semestre entero —se queja mientras me sigue hacia la cafetería—. Qué horror de mañana. Estoy desconectada por completo.
—Las vacaciones de Navidad son las peores —comento mientras empujo las amplias puertas acristaladas.
Ambos vamos a llenarnos las bandejas, y luego localizo a mis amigos enseguida.
—¡Hey! ¡Loiiis! ¡Has sobrevivido! —la recibe Lewis al vernos llegar.
Parece que le va a dar un abrazo, pero no llega a hacerlo y deja los brazos colgando en el aire que la rodea.
—¿Todavía es contagioso?
—¡Sí, mucho! —le replica para escapar—. Mejor que te mantengas alejado de mí. Muy alejado.
Retrocede un paso, marcando la distancia con la mano, que agita.
—Un poco más, Lewis.
—Vaale.
—¡Lo digo para protegerte! —insiste ella, agachando la cabeza con un gesto severo—. No había estado tan enferma en toda mi vida. No soportaría que tú también tuvieras que pasar por ello.
Se da dos golpes en el pecho para reforzar su comedia.
—Qué previsora —se burla Don entre mordisco y mordisco a las patatas fritas.
—¿Y tú, Lane? ¿Te has librado del contagio? —me pregunta Adam.
—Estoy hecho un roble, colega. He estado en contacto directo con el vómito de esta chica y sigo sano y salvo.
—¡Un superviviente! —brama señalándome con orgullo.
—¡Eh! Pero bueno, ¡cállate! —se ofusca Lois, con las mejillas coloradas.
—Esas cosas no se dicen —añade Becca, saliendo a la defensa de su amiga—. Y menos mientras estoy comiendo esto, que se supone que es una sopa.
—No pensaba que fuera humanamente posible potar tanto. La ha tenido que oír todo el vecindario. Creía que íbamos a tener una visita de Kirk —continúo mientras tomo asiento—. Se pensaría que lo estaba llamando.
—¡Kiiirk! ¡Kiiirk! —lo prueba Lewis antes de echarse a reír a carcajadas—. ¡Joder, es verdad que suena a potado!
Todo el mundo se ríe, menos Lois, quien me fulmina con la mirada mientras toma asiento.
—¡Ja, ja, ja! —comenta con una voz entrecortada—. Tendría que haberte escupido en el café, a ver si así se te pegaba algo.
—Tampoco creo que hubiera cambiado mucho.
He respondido sin pensar e, inmediatamente, veo cómo traga saliva.
Por suerte, los demás no van a entender mi referencia.
Con ellos, hago como si no hubiera pasado nada, solo para alejarme de todas esas complicaciones en las que no quiero pensar.
El hecho de que no sospechen nada me hace sentir mejor, aunque Lois lo ha captado a la perfección: tenía muchas más probabilidades de contagiarme cuando estuvimos con los jueguecitos...
«¡Deja de pensar en eso!».
Me echo kétchup en el plato y mojo mi alita de pollo sin añadir nada más.
Estamos en medio de una apacible conversación cuando a Lois le suena el móvil. Presto tanta atención a su conversación que dejo de escuchar lo que dice el resto.
—Eh... ¡Sí, sí! Vale, allí estaré. Muy bien, muchas gracias.
Me quedo mirándola mientras cuelga. Ella observa su teléfono en silencio, yo le propino un ligero puntapié por debajo de la mesa para atraer su atención, y ella levanta la cabeza sobresaltada.
—¿Quién era? —inquiero mientras bebo un trago de mi zumo de frutas.
—El servicio de residencias universitarias.
El líquido se me mete por otro conducto, y me incorporo en medio de un ataque de tos.
—Hay una habitación disponible —murmura como si no acabara de creérselo—. Tengo que ir esta tarde, sin falta.
Una fuerte corriente me atraviesa el cerebro. Agacho la cabeza en un gesto automático y clavo los ojos en mi plato. Nadie dice ni mu. Debería hacerle saber que me alegro mucho, que...
—¡Genial! —grita Becca.
«¿Ves? Ya está, se me ha adelantado».
—Sí, genial —repite Lewis estirándose en su silla—. ¿A que sí, Lane?
—Maravilloso —repongo con una sonrisa.
Él arquea las cejas una vez antes de cruzar los brazos detrás de su cabeza de chorlito. Lois está mirando su botella de agua en silencio, y luego se inclina a un lado, coge la mochila y mete sus cosas dentro. Ordena su bandeja y se levanta arrastrando la silla.
—¿Adónde vas?
—Voy... Me voy directa al autobús. La residencia no está cerca, así que mejor irme ya para estar tranquila.
—No has comido nada —replico de mal humor.
—¿De verdad ha dicho que va a coger un puto autobús? —se escandaliza Donovan, dejando de golpe su patata frita en el plato.
—Pues sí, eso ha dicho —se mofa Becca.
—¡Largo, Lois! —le ordena Adam con una mueca.
—Qué vergüenza —comenta Lewis negando con la cabeza.
Don sigue observándola boquiabierto.
—¿Te sientas en la mesa de los Campus Drivers y te atreves a decir que vas a coger un autobús? Hostia, Lane, ¡qué mal la has educado!
—Estáis comiendo —rebate ella mientras se pone el abrigo—. Y tenéis clase por la tarde.
—Yo tengo tiempo para un viaje —se ofrece Adam.
—Yo tam...
—La llevo yo.
Siento como todas sus miradas llenas de curiosidad se posan en mí. Lo he dicho con un tono demasiado exasperado, al mismo tiempo que apartaba la bandeja enseguida.
—¡Tampoco hace falta tanto lío! Me las apañaré. —Tuerce el gesto.