Sin freno (Campus drivers 1) 24. Lois #2
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24. Lois #2

Estoy ahogándome en mis pensamientos en el momento en el que la mano de Lane se posa en mi muslo.

La mantiene ahí durante una breve inspiración para luego subirla por debajo de mi toalla.

Mi caos mental se interrumpe de repente, y no me deja más que con un único deseo: quiero sentir la misma electricidad que la de Nochevieja recorriendo mi cuerpo.

Mueve su mano izquierda a mi otro muslo y avanza centímetro a centímetro.

Espera para darme tiempo de rechazarlo. Cuando está seguro de que yo también lo quiero, rodea mis nalgas con las palmas de sus manos, presionándolas.

Me aturde. Quiero que me bese, pero sus labios acuden detrás de mi oreja con una erótica e implacable firmeza.

No dejo que ningún ruido escape de mi boca, pero mi cuerpo me traiciona.

Inclino la cabeza para dejar más espacio a sus besos, agarrándome con fuerza al borde de la pila.

Cuando su lengua sube desde la parte baja de mi nuca hasta la raíz de mi cabello, sigo su movimiento y me pongo de puntillas.

Vuelvo a bajar, a subir: mi pecho se desliza contra su torso.

No le veo la cara, pero sé que está atento a todas mis reacciones, como si esperara que le dé una respuesta que se me escapa.

—¿Cómo te hace sentir? —le oigo por fin decir contra mi garganta.

Me muerde con suavidad, pero yo me tenso mientras me repito la pregunta en mi cabeza.

—¿Cómo? —grazno, buscando su mirada.

—¿Te gusta? —insiste con voz ronca.

Me quejaba de que no hablara, pero, ahora que lo está haciendo, me encuentro mal. Puedo adivinar que su pregunta oculta algo, pero es Lane, el chico más indescifrable que jamás he conocido.

Sube las manos por mi cintura, y traza mi silueta con los pulgares mientras me mira directamente a los ojos. Espera mi respuesta, pero su extraña actitud ha aguado un poco el ambiente.

—¿Lo estás haciendo por Kirk? —me pregunto en voz alta.

No dice nada, pero su forma de mirarme es elocuente. Una parte de mí está molesta; a la otra le da igual y solo desea una cosa. Lane vuelve a la carga sin quitarme los ojos de encima.

—No está mal —declaro levantando el mentón.

Él frunce el ceño. Yo frunzo el ceño. El calor de sus caricias me abandona y me entra un escalofrío.

Da un paso atrás, estudia mi cara, mi toalla, antes de fijarse en mis muslos.

Justo cuando estoy abriendo la boca para pedirle una explicación, me agarra la mano y me lleva sin delicadeza alguna al salón.

Hundo los talones en el suelo para frenarlo, pero ni por esas.

Yo tiro del brazo, y él tira más fuerte. Yo farfullo, y él gruñe.

Entonces me hace girar sobre mí misma y me empuja hacia atrás para hacerme caer en el sofá. Reboto sin gracia, intento enderezarme con esfuerzo, pero ya lo tengo encima de mí, con una mano firme clavada en mi caja torácica.

—¿A qué juegas? —le pregunto, preocupada, impulsándome sobre los codos.

Esa era la pregunta que llevo ardiendo en deseos de preguntarle desde el treinta y uno de diciembre, pero nunca me he atrevido, hasta ahora, que se me ha escapado con un tono casi desesperado.

Estira ligeramente las comisuras de los labios.

Su sonrisa ladeada hace que el corazón me lata muy rápido, demasiado, y, antes de haber obtenido respuesta, noto una mano deslizarse entre mis piernas.

Su sonrisa se ensancha cuando su índice se encuentra con mi humedad.

No ha entrado en mí, pero ya se me hace delicioso.

Lane no necesita que yo le dé mi consentimiento: mis ganas son palpables, transpiran por cada uno de mis poros.

Me quedo completamente colgada ante el menor de sus gestos, segura de que me va a llevar a ese terreno que ya he tenido el gusto de probar.

Nada me prepara para lo que sigue: cuando retrocede hasta el otro lado del sofá, separa ligeramente los bordes de mi toalla y desaparece entre mis piernas.

Las cierro sobre su cabeza, tan fuerte que suelta un gruñido y me bloquea la rodilla con la mano.

—¡Lane, espera!

«No puede hacer eso, es demasiado, es...».

—Te creo, ¿vale? Que sí, que sí, que hay muchos peces en el mar...

—¿Paro? —inquiere, alzando la cabeza.

En verdad, ni siquiera ha comenzado, pero, a pesar de ello, sus palabras acaban de hacer vibrar mi intimidad.

Si esos labios hablaran, Lane oiría su llamada.

Siempre me han gustado ese tipo de preliminares.

Lo miro, nos miro, sin saber qué decir. ¿Es esto lo que quiero?

Kirk es el único que se ha aventurado ahí, y puede que acabe sintiéndome culpable, en cierto modo, si Lane sigue.

No soy como esas chicas que disfrutan del momento sin valorar los pros y los contras.

Desconozco las intenciones de Lane y tengo miedo de caer en un pozo sin fondo. Necesito sentido común; necesito...

—¿Lois?

Está tan cerca de mi piel que su aliento impaciente se cuela entre mis pliegues, volando por los aires toda forma de lógica. Me trago mis preguntas y agacho la cabeza, solo para ver si será tan bueno como me imagino. «Después de todo, ¿qué es lo peor que podría pasar?».

Estoy tumbada, viendo cómo se acerca y, cuando me besa por primera vez, es como si me hubieran pegado un electrochoque en el esternón. Levanta unos ojos pícaros hacia los míos antes de volver a empezar. Mi campo de visión se reduce; no abarca nada más que Lane.

—¿Cómo te hace sentir? —vuelve a preguntarme mientras me sigue besando lentamente en los genitales.

Esa eterna pregunta me incomoda, pero mi cerebro está funcionando demasiado rápido como para indignarme.

Me arden los músculos, y mi respiración se agita.

Es muy diferente, quizá porque jamás me habría imaginado vivir esto con alguien que no fuera Kirk, y mucho menos con Lane.

Aligera la presión en mi rodilla y me hace cosquillas en el interior del muslo.

No dejamos de mirarnos. Parece estar leyendo algo en el fondo de mis pupilas.

Desaparece su seguridad y la sustituye una especie de prudencia, como si, de repente, Lane se sintiera tan intimidado como yo.

Siempre lo he visto como un chico con mucha experiencia, pero ahora he descubierto un lado diferente de él.

Es la primera vez que lo siento tan frágil y expuesto, y me gusta demasiado lo que genera dentro de mí. «Atención».

—¿Y esto?

Sus labios se vuelven cada vez más activos, y poco a poco me desligo de mi cuerpo. Muevo la cabeza sin saber qué responder. Ni siquiera entiendo lo que me está preguntando.

—¿O esto?

Al añadir la lengua a la ecuación, rompe mi última línea de defensas. Me rindo. Me arqueo, mis codos ceden, y me dejo caer.

—Dime qué te hace sentir... —insiste con un tono más entrecortado, con la lengua en el punto correcto—. Dímelo.

La única respuesta que obtiene es un gemido que no reconozco.

Lane se queda congelado, espira con sequedad como si acabara de darse cuenta de algo, y toda su compostura se evapora.

Lo que antes parecía un juego para él se ha vuelto más serio.

Presiona la parte interior de mis piernas para separarlas, y desaparecen todos mis pensamientos.

Ya no hay nada más que lo que está creciendo dentro de mi estómago y subiéndome al pecho.

Desde luego, esto se le da muy bien. Será por eso por lo que ya estoy cerca del orgasmo.

Sabe exactamente qué hacer, y se apropia de partes de mí que estoy descubriendo como si fuera la primera vez.

En el tumulto de mis sentidos, se despierta un sentimiento, pero me concentro en el sorprendente placer que Lane está dándome. Solo en eso.

No sé en qué momento deja de sujetarme las caderas para cogerme las manos, pero me arrimo a sus dedos y los aprieto fuerte con cada oleada de placer. Tiro hacia mí, o más bien es él quien lo hace. Es caótico y desenfrenado.

Cuando llego al clímax, me sacudo a toda velocidad y exploto contra el sofá.

Lane apoya la mejilla contra mi ingle, y se seca la boca en mi piel con la respiración acelerada.

Los latidos de mi corazón se calman, desaparece el peso que amenazaba con hundirme en los cojines y abro mucho los ojos, aturdida.

Noto un hormigueo en las piernas, que no dejan de temblar.

Con la vista al techo, noto asomar las lágrimas.

Lane se mueve, y yo aprieto los labios. No me atrevo a mirarle la espalda cuando se va al pasillo.

La puerta del baño se abre y vuelve a cerrarse, pero él no vuelve.

Me encuentro sola, intentando darle sentido a lo que acaba de pasar, expresarlo con palabras.

Nuestra amistad acaba de pegar un viraje brusco, y es Lane quien conduce.

Un conductor que no habla, que no me da ninguna indicación sobre el itinerario ni el destino final.

Siento calor y, aun así, estoy temblando.

Al cabo de una eternidad, logro dormirme; y, al día siguiente, no es Lane quien me despierta, sino la fiebre y las ganas de vomitar.