24. Lois
Lois
Tengo las palmas de las manos ancladas contra la puerta del baño para mantenerla cerrada, como temiendo que alguien entre.
No pienso permitir que me vean en este estado.
No me atrevo ni a girarme hacia el espejo.
La idea de hacer frente a esta Lois que no conozco me aterroriza por completo. «Joder, acabo de... ¡Joder!».
Me esfuerzo por recuperar el aliento o algo, lo que sea, dividida entre las ganas de reír y de llorar.
No sé cómo Lane ha conseguido abrir estas piernas, si apenas he podido ponerme de pie...
«¡Madre mía! Pero ¿qué le ha dado? ¿En qué momento a Lane le ha parecido que sería buena idea meterme los dedos en las bragas para celebrar el Año Nuevo?
¿Qué clase de propósito es este? ¿Y por qué yo se lo he permitido?
». La sorpresa no es excusa suficiente: tampoco soy tonta.
No lo he apartado porque, desde que nos besamos en la playa, algo extraño se ha alojado en mi cabeza.
He intentado ocultarlo detrás de una gruesa fachada en la que he puesto todo mi empeño, convencida de que era la única a la que aquella noche le había dejado huella.
Me había apegado a la certeza de que Kirk sería el único, pasara lo que pasara, pero se me está poniendo difícil no cambiar de opinión.
Lo único que me impide hacerme las preguntas adecuadas es la actitud de Lane y las palabras que me susurró antes de empezar.
—Lois, ¿qué haces? —oigo gritar a Becca desde el salón.
«Debatirme conmigo misma». Y, además, creo que estoy esperando a que Lane venga a llamar a la puerta para ayudarme a ver las cosas más claras. Pero, al cabo de unos minutos que se me hacen eternos, todavía no ha venido, así que me resuelvo a salir de mi escondite.
Obligo a mis piernas a adoptar un paso tranquilo, y a mi cara a adoptar una máscara estoica.
Lanzo una sonrisa rápida a los chicos, un saludo con la mano a mi amiga, y me voy a esconderme tras la puerta de la nevera.
Trasteo con los alimentos, contengo las ganas de reorganizarlo todo por orden alfabético, solo para postergar el instante en el que voy a tener que sentarme con los demás.
—¿Qué estás haciendo ahí dentro? —me pregunta Donovan.
—Estoy buscando los... ¡pepinillos! —respondo a toda velocidad mientras me hago con el tarro.
Lo pongo sobre la encimera, abro la tapa y me meto uno en la boca sin pensar. El sabor ácido me provoca una arcada. Odio los pepinillos, pero tengo que comprometerme con el papel. Trago sin respirar antes de ahogar este horror con un montón de agua. «¡Vamos, Lois, compórtate!».
Me acerco al círculo que se ha formado en el salón, y Adam me recibe con una sonrisa.
—Perdonad por presentarnos así. Hemos intentado llamar, pero no lo cogíais.
«Normal...».
—¿Qué estabais haciendo? —nos pregunta Lewis con cara de no haber roto nunca un plato.
—Nada.
Lane y yo hemos respondido al unísono, lo cual me provoca un rubor en las mejillas.
—¿No quieres sentarte? —se sorprende Becca, indicándome el sofá con unos golpecitos.
Al mirar el sofá en el que tanto placer he sentido hace tan poco, se me acelera el pulso. Ni hablar. Lo último que quiero hacer ahora es poner el culo ahí. En lugar de ello, me siento en el suelo.
—¿Va todo bien, Lois? —inquiere arrugando los ojos maquillados.
—¡Sí! —sobreactúo, con las manos en los muslos.
—Te veo un poco rara...
—¿Qué quieres beber, Becca? —Lane levanta la voz.
—Algo con azúcar, por favor.
Suspiro de alivio y busco a Lane con la mirada. Me cruzo con la suya un cuarto de segundo antes de que gire la cabeza. Mierda, esperaba encontrar algo que me tranquilizara en sus pupilas, pero nada. Joder, después de Fort Myers, ya me estaba costando, pero esto va de mal en peor.
—Bueno, tío, ¿qué tal Florida? —pregunta Don mientras se abre una cerveza.
—Estuvo bien.
No hay ningún entusiasmo en esa respuesta, y me decepciona que resuma nuestra semana así. «Sí, estuvo bien».
La noche se alarga, y yo me siento cada vez peor a medida que el comportamiento de Lane se me hace evidente.
Está... normal. Como si no hubiera pasado nada.
Nada de nada. Se ríe con sus colegas, me lanza pullas y muecas, igual que antes.
Eso debería facilitarme la tarea, pero lo único que genera en mí es una desagradable amargura.
Y la cosa empeora en los días sucesivos.
Todavía no han empezado las clases de nuevo, así que pasamos casi todo el tiempo con los Campus Drivers, y Lane insiste en ser el de siempre cuando estamos con sus amigos.
De repente, y muy a mi pesar, me convierto en una chica nerviosa y torpe mientras que él me tantea con total naturalidad.
¡Me cabrea! Podría resignarme y aceptar que el episodio del sofá no fue más que un delirio experimental, ¡si Lane se dignara a hablarme!
Después de todo, no tengo ninguna experiencia en estas cosas.
¿Me estaré comiendo demasiado la cabeza?
Quizá podría dejarlo estar si su actitud no cambiara por completo en cuanto volvemos a casa.
Entonces, sus miradas se intensifican y apenas se mueve cuando paso a su lado.
Este hombre es toda una gran contradicción, y me tiene confusa a más no poder.
Más de una vez he estado a punto de pedir una explicación a grito pelado, pero tengo que admitir que a una parte de mí le gusta esta atmósfera extraña que se ha instalado entre nosotros.
Estoy jodida. Cada vez que nos rozamos un poco demasiado al cruzarnos en el apartamento, me falta el aliento.
En cuanto ocupa su parte del sofá para ver la tele, dejo de respirar.
Cuando sus dedos tamborilean a escasos centímetros de mis piernas, tengo ganas de que se acerquen más.
Pienso en ello muchísimo, demasiado, y me persigue en sueños.
No me reconozco, y es desconcertante. No lo reconozco, y es excitante.
—Mierda... —gruño frente al espejo del baño, con el cepillo de dientes en la boca.
Debo de llevar más de diez minutos frotándome las muelas mientras repaso los acontecimientos desde... Buena pregunta, ¿desde cuándo exactamente? ¿Desde Navidad? ¿O desde antes?
—Que me corten la cabeza. —Escupo las palabras junto al dentífrico.
Inclinada hacia el chorro de agua que fluye del grifo, no veo entrar a Lane.
—¿Te falta mucho? —se queja a mis espaldas.
Me incorporo sobresaltada, y doy un giro de ciento ochenta grados mientras me seco el mentón.
—¡Estoy en el baño! —Me ofusco y me aferro a mi toalla, lo único que me cubre, por poco que sea.
—Ya, desde hace una hora —me replica cruzándose de brazos—. Y tu móvil ha sonado dos veces —añade con un tono más frío—. Era Kirk.
Me quedo boquiabierta.
—¿Ah, sí?
—Le he dicho que te estabas poniendo las braguitas.
—No habrás hecho eso de verdad —digo con un hilo de voz.
—¿No es lo que ibas a hacer? —me discute con una sonrisa de suficiencia—. ¿Me lo parece a mí o tu ex se está arrepintiendo de haberte dejado?
—No lo sé... Es verdad que no nos hemos cruzado desde que volvimos de Fort Myers. Pero es la primera vez que me llama.
Una ligera angustia se extiende por mi pecho en lugar de la alegría que debería sentir.
—Lo llamaré mañana —murmuro con un tono que, por alguna razón, no suena muy convincente.
Lane suelta un suspiro de desdén y me mira sin pestañear. Entonces, recuerdo que estoy casi desnuda, lo cual, dadas las circunstancias, no es muy favorable.
—Deja que me ponga el pijama —logro decir mientras tiro de la parte inferior de la toalla, que me cubre a duras penas las nalgas.
Señalo la puerta con la cabeza, pero ignora esta orden y sigue observándome.
«¡Que salgas de aquí! ¡Que salgas de aquí!
», repito en mi cabeza. Él descruza los brazos con una lentitud agobiante y mueve los iris de mi garganta a mis tobillos.
El ambiente de esta habitación se vuelve asfixiante, y eso que ya hace tiempo que ha desaparecido el vapor de mi ducha.
Pero lo que circula entre nosotros no tiene nada que envidiarle.
El oxígeno que intento reunir en la garganta es tan espeso que parece humo, e hiperventilo cuando Lane se me acerca.
No sé qué está pensando: su rostro de concentración me resulta indescifrable.
Se queda inmóvil a menos de un metro de mí y captura mis pupilas sin que pueda resistirme.
Percibo la tensión en su mandíbula, en sus músculos, como si luchara contra un enemigo invisible entre nosotros.
Viéndolo, comprendo que bastaría con un gesto por mi parte para que se acercara más. Pero no soy de las que toman la iniciativa; es más, soy incapaz de dar el primer paso. Y, además, necesito que sea él quien actúe, o me seguiré preguntando si soy la única que se está volviendo loca.
No me muevo ni un milímetro, y la toalla enrollada alrededor de mi pecho parece ceñirse más con cada segundo que pasa.
El único ruido que resuena en este cuarto de baño es el del grifo, que sigue abierto, hasta que Lane estira el brazo para cerrarlo.
Con ese movimiento, se reduce la distancia que nos separa, y cierro los ojos de forma espontánea.
No soy valiente; tengo cero confianza en mí.
Ahora mismo, sus labios están muy cerca de mi sien, y controlo mi respiración para que no parezca que la proximidad me tiene trastocada.
Me encanta sentir el calor de su respiración acelerada sobre la piel y adivinar la excitación que corre por sus venas, pero no puedo revelarlo.
Tengo miedo, porque sigo sin saber qué es lo que ha desencadenado este comportamiento por su parte, ni por qué emana esta tensión sexual palpable.
No me dice nada. No me da ninguna explicación.