23. Lane
Lane
El sol comienza a filtrarse por las persianas, pero ya tengo los ojos bien abiertos.
Lois y yo aterrizamos ayer por la tarde.
Aún queda más de una semana antes de que empiecen las clases de nuevo, así que ahora mismo debería estar durmiendo como un lirón borracho.
En lugar de ello, me encuentro mirando al techo y dándole vueltas a los acontecimientos de ayer en aquella playa.
Cada vez que me fuerzo a borrar todo eso de mi cabeza, mi cerebro me la juega y me vuelve a proyectar las mismas imágenes.
Una y otra vez. Todo esto me tiene loco, y lo peor es que Lois no ha mencionado ni una sola vez lo que pasó.
Pensaba que me diría algo a la mañana siguiente, pero nanay.
Al principio, me pareció que le daba un poco de vergüenza, pero enseguida volvió a actuar como siempre.
Cuando, durante el vuelo de vuelta a Columbus, se durmió apoyada en mí, estuve a punto de sacar las máscaras de oxígeno.
Estoy de los nervios, pero, si lo pienso, ¿qué esperaba?
Era para hacer rabiar a Kirky, ¿no? No significaba nada.
No tengo motivos para estar enfadado por ello; y, sin embargo, el hecho de que se fuera corriendo como si fuera algo horrible y vergonzoso me tiene rabiando.
Me cabrean ella y su puto ex, que se me repite más que el ajo.
Me cabrean ella y su puta lengua que todavía siento en la boca cuando cierro los ojos.
—¡Vale ya! —me rebelo, y salgo de la cama de un salto.
Me meto en la ducha sin más dilación y luego me voy directo al salón.
Me falta café. Mientras me relleno la taza, observo a Lois, profundamente dormida en su sofá, como si no hubiera cambiado nada.
«¡Pues claro que no ha cambiado nada!». Se mueve y entierra la cabeza en la almohada.
La manta cae al suelo, dejando a la vista su pijama ceñido.
¿Será posible? Es el mismo de siempre, de un gris apagado y con ovejas semiamorfas, pero incluso así me pone cachondo; me dan ganas de quitárselo y retomar por donde lo dejamos.
Con cada trago de café, me imagino tumbándome junto a ella, deslizando las manos por debajo de su camiseta mientras la beso en...
—¡Ya basta! —bufo antes de mojarme los calzoncillos.
Apoyo los codos en la isla central y respiro despacio. Lois sigue moviéndose en sueños; la miro.
— Amor mío ... —gime, dándome la espalda.
Tengo su culo en primer plano. Dejo la taza sobre la encimera con fuerza.
«Joder, ¡estoy cada vez peor!». Me niego a que las cosas cambien entre nosotros, por mucho que me gustara el sabor de su lengua, la jugosidad de sus nalgas entre mis dedos y el calor que sentí bajo el tejido de sus braguitas.
No es más que una reacción masculina que desaparecerá tan pronto como vino. «¡Que es Lois, joder!».
—¡Venga, arriba!
No tengo ningún motivo para despertarla; solo quiero que..., que deje de causar este efecto en mí.
—¡Estamos de vacaciones! —me replica con una voz pastosa.
Se da la vuelta para mirarme. Entorna los ojos. Yo entorno los ojos. Ella me saca la lengua. Yo le saco la lengua. «Así es nuestra relación; esto es lo que cuenta de verdad».
Se arrastra hasta la isla mientras se frota los ojos; me roba la taza para beber lo que queda dentro y se va al cuarto de baño entre bostezos.
Me sirvo más café mientras niego con la cabeza.
Tampoco hace falta buscar explicaciones: lo que pasó en Fort Myers se queda allí, y me repito que es mucho mejor que sea así.
—¿A qué hora te vas? —me pregunta al volver al salón.
Se refiere a la fiesta de Nochevieja de esta noche, a la que no quiere ir. Va a asistir la mitad del campus, habrá alcohol y chicas, pero este año no me llama en absoluto.
—Por la tarde-noche. ¿Seguro que no quieres ir? Becca viene.
—Segurísimo. Estoy cansada y quiero descansar en paz. Creo que estoy incubando algo.
Tengo la impresión de que se está guardando cosas. Doy tres pasos hacia ella y le pongo el dorso de la mano en la frente. Tengo ganas de tocarle también la boca, pero me resisto.
—¡No tengo ganas de jugar a los médicos! —se ríe, y me aparta la mano.
—Pues creo que te lo pasarías bien —argumento yo, y me acerco un paso más a ella.
La frase debería sonar a broma, pero la atmósfera se carga de inmediato. Lois pestañea, se mordisquea el labio y yo calculo cuánto tiempo me haría falta para empotrarla contra la pared que tiene detrás. «Lo mío ya es obsesión».
—¿Por qué me miras las cejas? —le digo. Me obligo a mirarla a los ojos.
—Por nada.
Se mueve a la derecha, en dirección a la nevera. Yo me tambaleo hacia delante, como si verla alejarse me desequilibrara.
—Voy a bajar a hacer la compra. ¿Quieres algo?
Digo que no con la cabeza y, cuando ella cierra la puerta tras de sí dos minutos más tarde, libero el aire que estaba reteniendo.
Me alegro de que no vaya a la fiesta de esta noche; necesito aclararme las ideas.
Con otra chica, la que sea. Llegados a este punto, es la única terapia que se me ocurre.
Estoy sirviéndome más café cuando veo su monedero amarillo ante mí.
—¡Lois! —Salgo al rellano llamándola.
Ya debe de estar abajo, así que desciendo los cinco pisos a toda prisa. Al llegar a la calle, me doy de bruces con ella... y su ex. Están hablando de algo, y Kirk se tensa nada más verme. Frunce los labios y cierra ligeramente los párpados.
—¿Qué pasa, tío? —le digo con simpatía.
Sin embargo, mi mirada no deja de ser glacial, algo de lo que Kirk se da cuenta claramente.
Odio verlo con ella: me da urticaria. Me juzga sin piedad mientras yo me acerco a Lois.
Le deslizo la mano por la espalda y la poso en su cintura; la atraigo hacia mi costado con un gesto posesivo.
No había vuelto a tocarla después de lo de Florida, y el tacto de su piel sobre mis dedos me acelera el ritmo cardiaco. Ella mueve las piernas, intranquila.
—¿Nos vemos en la fiesta de esta noche? —le pregunta él a Lois.
—Pues...
—Tenemos otros planes —me adelanto yo a responder.
Noto cómo su abdomen se tensa, y levanta la cara buscando mi mirada.
—Y compras que hacer —añado con un guiño.
No me molesto en despedirme de Kirk; agarro la mano de Lois y la llevo lejos de este tío que me da ganas de buscar pelea. Le aprieto con fuerza los dedos cuando se da la vuelta rápidamente para lanzar un «adiós» avergonzado por encima del hombro. Todavía no la he soltado cuando doblamos la esquina.
—No tenías por qué hacer eso —balbucea mirando nuestras manos—. Ya no hace falta. Creo que ya lo ha entendido.
—¿El qué ha entendido?
—Que tú... Que yo... nada, es igual.
—¿Cómo es que este chico te altera tanto siempre?
Deja de caminar y yo ya no tengo excusas para darle la mano, así que la suelto. Ella la hunde en el bolsillo y me mira con una mueca.
—Es Kirk, y yo le qui...
Se interrumpe y traga saliva al mismo tiempo que yo. O, al menos, lo intento, porque tengo la boca seca.
—No me gusta hablar de este tema contigo. —Frunce el ceño—. Siempre que lo hago, te ríes de mí.
—No lo hago —me defiendo con un tinte de sorpresa en la voz.
—Sí, Lane. Es verdad que, últimamente, ya no lo haces tanto, pero...
Rebobino todo lo posible: no recuerdo haberme reído en ningún momento. Bueno, sí, puede que al principio la picara de vez en cuando, pero eso fue hace siglos.
—Explícamelo —insisto, agachando la cabeza—. Te prometo que no oirás ni una palabra por mi parte. Por favor... —añado, sacando el labio inferior.
—Vale... Todo lo que he sentido siempre ha sido con él. Es mi único punto de referencia, Lane. En mi cabeza, todo vuelve a él.
—No lo entiendo.
«De verdad que no». Hace meses que el tío la dejó plantada, y sigue pegada a él como una lapa.
—Comprendo que para ti no es fácil de entender. No pasa nada.
A ver, si lo he traducido bien: para Lois, ¿ese trozo de mierda tiene el monopolio de los buenos momentos?
—Cuando te besé, ¿cómo te sentiste?
He pronunciado esta pregunta demasiado rápido como para retractarme ahora. «Igual hay que mejorar estas dotes para iniciar conversaciones». Lois se pone como un tomate; está tan sorprendida que se queda mirándome un buen rato sin saber qué decir.
—No tiene nada que ver —balbucea, mordisqueándose una uña.
Miro su boca, me acerco un paso más y sigo mirando su boca. A medida que me acerco, los ojos se le salen de las órbitas. El claxon que suena en algún lugar de la carretera me saca de mi trance.
—Francamente, Lois, deberías vivir nuevas experiencias —le suelto con una voz cortante—. Lo tuyo es de traca.
Todo esto era para decirle que debería acostarse con otros tíos para desquitarse del Kirk de las narices, pero no llego a formular la frase en voz alta.
—Tomo nota —me replica, y encaja el pulgar entre ambos—. ¡Qué buenos consejos das siempre!
Fuerza una sonrisa mientras pestañea.
—Y, oye, ¿para qué has bajado?
—Te ibas sin el monedero.
Me lo saco del bolsillo y se lo planto en las narices.
—Buen consejo número dos: es más práctico llevárselo para pagar.
—Mimimi... Gracias —farfulla, y me lo arranca de las manos—. ¿Y por qué le has dicho a Kirk que no ibas a la fiesta?
«Para tocarle los cojones». Pero también porque, en el fondo, preferiría quedarme en casa.
—He cambiado de opinión.
—¿En tres minutos?
—Sip.
—Tenía prevista una noche de chill delante de la tele. Exijo el monopolio del mando.
—Concedido. Bueno, venga, vamos a elegir un manjar congelado.
—Feliz año... —Sonríe.
Sigue sonrojada cuando emprendemos rumbo al supermercado.
Trato de inhibir la ligera decepción que me ha provocado su respuesta a mi pregunta sobre nuestro beso.
Me habría gustado que el estado en el que me había sumido fuera compartido.
Pero, al mismo tiempo, ¿qué cambiaría eso?
No es como si quisiera salir con ella. Es más bien una cuestión de ego, sumada a una falta de sexo patológica.
De vuelta al apartamento, Lois se pone a hincar codos mientras yo intento trabajar. Pero no hay nada que hacer, no me concentro: sigo rumiando lo que me ha dicho acerca de Kirk.