23. Lane #2
—Desembucha, Lane —dice de repente, irritada, cerrando la carpeta.
—¿A qué te refieres?
—¡No dejas de mirarme con esa cara de cabreo! ¿Qué he hecho ahora para contrariar a su señoría?
—No te estaba mirando.
—Que sí.
—Que no.
—¡Que sííí!
—¡Solo estaba pensando! De todos modos, me sigue pareciendo una locura que te bloquees de esta forma por un solo pavo.
—¿Todavía sigues con eso?
—¿Es mentira, acaso? Ahí fuera hay miles de tíos, y tú te quedas enganchadísima a uno solo por la costumbre.
—En eso consiste la monogamia, de hecho.
—Ya, pero ni siquiera estás saliendo con él —la contradigo un poco demasiado fuerte.
—Mmm, gracias por refrescarme la memoria.
—Perdón, pero es que es de gilipollas.
Balbucea algo antes de volver a enfrascarse en sus estudios, y yo la dejo tranquila durante el resto del día.
Cuando me acomodo en el sofá después de nuestra cena «equilibrada», sigo sin estar relajado. Lois se deja caer a mi lado antes de acurrucarse en una esquina.
—Aún no es medianoche, ¿seguro que no quieres ir con los demás? —me pregunta con un hilo de voz—. ¿Sabes?, no me importa quedarme sola. Así que si tienes ganas de celebrar la Nochevieja...
—¿Intentas deshacerte de mí?
—¡Claro que no!
—A mí esas cosas me dan igual —le aclaro, y estiro el brazo sobre el respaldo.
Agacha la cabeza y luego mira la tele. Así, hecha un ovillo, parece muy pequeña. Muy lejana.
—Puedes estirar las piernas, Lois.
Como veo que duda, le agarro los tobillos y se los coloco sobre mis muslos.
Se queda agarrotada durante un momento antes de espirar y relajarse.
Aquí no hay ninguna ambigüedad y, sin embargo, el calor de su piel me da fiebre.
No sé a qué estoy jugando cuando deslizo los dedos por sus pantorrillas, pero no puedo detenerme.
Intento aparentar indiferencia pero, en mi interior, soy consciente del más mínimo roce.
La noto temblar, siento su mirada atónita sobre mi mejilla, pero yo sigo mirando la tele.
Entre la sucesión de imágenes que emite la pantalla, las únicas que distingo son las de Lois empotrada contra esa maldita valla, Lois gimiendo, Lois chillando de placer si me hubieran dejado terminar.
Entonces, habría admitido que Kirk no es el único capaz de darle placer.
Eso es una gilipollez. Ese tío tiene cero experiencia, y ella lo venera como si fuera un condenado gurú.
Aprieto los dientes cuando mi respiración se acelera y exhalo de forma entrecortada.
—¿Lane? —susurra.
—¿Mmm?
—¿Todo bien?
—Sí.
Aparto sus piernas y me pongo de pie de un salto para servirme un vaso de agua. «¡Estoy desquiciado!». Lois me sigue con la vista mientras doy la vuelta al sofá. Apoyo las palmas en el respaldo y aprovecho la barrera textil para guardar las distancias.
—¿Es el Año Nuevo lo que te tiene tan inquieto? —me pregunta con una sonrisa.
—¿Qué propósitos te has marcado? —Evito su pregunta y recorro su rostro con la mirada.
—Puf... Me parece que los propósitos sirven para hacer cosas que no has conseguido hacer durante el año, así que...
—¿Volver con Kirk? —me oigo bufar sin poder evitarlo.
—Eh..., por ejemplo —responde con el ceño fruncido—. ¿Y tú?
—Ni idea.
Es mentira: tengo una idea extremadamente precisa, que se manifiesta cada vez con mayor insolencia en mis calzoncillos.
Ella agacha la cabeza y cambia de postura.
Se estira sobre el costado, con un brazo doblado bajo la cabeza, obligándome a contemplar sus curvas y reavivando el fuego de mi vientre.
—¿Por qué estás de pie? —se extraña ella tras unos segundos.
Estoy intentando combatir los impulsos de mi cuerpo, que buscan empujarme hacia ella.
Me arden los nudillos de tanto aferrarme al sofá.
Lucho hasta que ya no puedo más. No es una epifanía, sino una ola que me sumerge y a la que no puedo resistirme.
Salto por encima del respaldo y me dejo caer con intensidad sobre ella.
Da un respingo de sorpresa, y se queda sin respiración cuando me pego a su espalda.
El asiento es ancho, pero no lo suficiente como para que Lois pueda apartarse.
Ya está justo en el borde, y casi se cae al intentar lanzarme una mirada incrédula.
La ignoro y apoyo la palma de mi mano en su cadera para retenerla.
Traga saliva; noto cómo todas sus preguntas se agolpan detrás de su ceño fruncido.
—¿Quieres que te deje sitio? —balbucea.
—No, tranquila.
—¿Qué haces? —susurra con una voz temblorosa.
La miro a los ojos mientras sopeso los pros y los contras. O, al menos, prefiero pensar que lo hago.
—¿Sabes algo que no has hecho en estos cuatro años?
Retomo las idas y venidas por su piel, de su cadera a su rodilla, a la espera de una reacción por su parte.
Está tan pegada a mi cuerpo que solo distingo su cara mirándome.
No hay luz en la habitación y el reflejo de la pantalla es la única fuente de brillo, reflejándose en sus pupilas inquisitivas.
El olor de su pelo, muy cerca de mi nariz, me hace salivar.
Me está observando como si me hubiera vuelto loco y, de repente, comprende lo que quería insinuarle.
—¿Confías en mí? —le susurro con la punta de los labios.
No hay distancia de seguridad entre nosotros, por lo que sé cómo nota mi erección contra su culo, y es posible que huya chillando. Me estoy arriesgando mucho: esto podría acabar mal. Pero ella no se inmuta. O bien está demasiado estupefacta, o bien también lo desea...
Agacha la cabeza. No hay ningún Kirk al que provocar; estamos los dos solos en el sofá. Me dejo llevar, y la palma de mi mano sube hasta su abdomen, que se tensa.
Dejo pasar varios segundos para estar seguro de que entiende lo que estoy a punto de hacer. «Necesito hacerlo». Porque ya me ha abandonado la razón y, sobre todo, para acabar con esta fantasía que me obsesiona cada vez que le pongo los ojos encima.