22. Lois #3
—¿Decir qué? —exhalo, siguiendo el movimiento de sus labios.
—Que beso como un dios y que no puedes pensar en otra cosa después de probar mi miel.
—Esa frase es de una peli porno, ¿verdad? —Hago una mueca y lo miro a los ojos.
—Sí, pero en esa peli lo de la miel no va por la saliva.
Simulo una arcada que le hace reír.
—¿Estamos de acuerdo en que esto debe quedar entre nosotros?
—Reducir lo espectacular del beso que te he dado a un «esto» es, cuando menos, ofensivo.
—Te recuerdo que la que te ha besado he sido yo.
—Me alegro de que por fin lo admitas —se burla con aire victorioso.
—Tú, en cambio, me has besuqueado cual adolescente inexperto.
Abre la mandíbula, adopta una máscara de falsa indignación y, sin previo aviso, me agarra la cara con las manos.
—Y ahora, ¿qué coño haces? ¡Ah! ¡No! ¡No!
Demasiado tarde. Su lengua ya está trazando círculos en mi mejilla, y no tengo suficiente fuerza como para defenderme de su repugnante ataque.
—Voy a vomitar —gimoteo, aunque medio riéndome.
Por fin para e intento aprovechar para huir, pero me atrapa y mi espalda choca con su pecho.
—Qué bien me lo estoy pasando —canturrea con alegría.
—Y pensar que podrías estar ahora mismo en casa, royendo una pizza .
—Perderme esto habría sido una tremenda estupidez —me responde, envolviendo mis brazos con los suyos.
Me tiene a su merced, asida por las muñecas, y aprovecha esta vulnerabilidad para obligarme a seguir unos horribles pasos de baile.
Supongo que nos hemos acercado a la pista, porque la música ahora es ensordecedora.
Los bajos me retumban en el estómago y amortiguan mis pensamientos.
Pese a no querer bailar, sorprendentemente, me dejo llevar, sin pensar en mis movimientos.
Cerca de Lane, quien se mece contra mi espalda y me canta al oído.
Todo se sucede como en una cadena, y me encuentro sin respiración cuando Lane recorre mi cuello con la lengua.
—¿Acabas ya? —Con una risita ahogada, inclino la cabeza a un lado.
—¿Qué pasa? ¿Es que no se hace así?
Me estudia con la mirada, y gran parte de la insolencia de antes ha desaparecido.
Nuestros movimientos se ralentizan a pesar de la música electrónica a nuestro alrededor, y no lo aparto cuando vuelve a posar los labios en mi piel, como si quisiera retarme a contradecirlo.
Siento escalofríos: una mezcla de aprensión y una creciente euforia.
Poco a poco, pierdo el control, y Lane lo toma cada vez más, especialmente porque yo se lo permito.
Sujetándome todavía las muñecas entre sus fuertes dedos, reduce la distancia entre nosotros forzándome a cruzar los brazos sobre el vientre.
Vago entre la música y lo que me está haciendo, sin pararme a pensar en cómo hemos llegado a este otro juego.
Sin pensar, me doy la vuelta para mirarlo y le rodeo el cuello con los brazos.
Sus manos recorren mi espalda baja, despertando mis sentidos al mirarme de una forma totalmente diferente a la que me tiene acostumbrada.
Ninguno de los dos podría decir quién ha sido el primero en besar al otro.
Yo me aferro a su boca en el mismo momento en el que él desliza la lengua en el interior de la mía.
Aquí ya no hay razón que valga. No tengo ninguna excusa para tirarle del pelo, para que él cubra mis gemidos con sus gruñidos masculinos.
No hay ningún motivo exacto para que, sin saber muy bien cómo, me encuentre comprimida entre una valla de madera y su cuerpo sobreexcitado.
No hay nadie de quien vengarse cuando dos palmas ardientes recorren la distancia de la parte baja de mi espalda a mis muslos desnudos.
Esta espiral irresistible me excita de tal manera que tomo una de las manos de Lane para hacerla subir por debajo de mi falda.
Algo ronco resuena en algún lugar entre su boca y la mía mientras sus dedos me manosean la nalga.
Ya no tengo noción de nada: toda mi atención se concentra en las punzadas que siento en el vientre.
Mi cuerpo se arquea, buscando el de Lane; un contacto que obtiene cada vez que mis caderas se encuentran con las suyas.
Actúo como si todo fuera fácil y natural: lejos quedan mis temores del pasado.
Su mano viaja por mis piernas mientras la música se transforma en un potente zumbido.
Querría poder articular las palabras para pedirle a Lane que vaya más lejos, pero la adrenalina no me permite transmitir más que sílabas entrecortadas.
—Lois, ¿dónde estás?
Creo reconocer vagamente la voz de uno de mis hermanos, pero sigo demasiado lejos de aquí para reaccionar. No quiero parar.
—¿Lane? —insiste la voz.
El interpelado abandona mis labios, todavía ansiosos, para girar la cabeza a un lado. El oxígeno vuelve a llegar a mi cerebro con una inspiración temblorosa. Y entonces aterrizo en la tierra con violencia.
—Ahí están. Y tú me debes veinte pavos, Jarrow —suelta Jeff con voz tranquila.
Abro los ojos con horror para descubrir a Jeff y a Jarrow a unos pasos de nosotros. No parecen sorprendidos ni lo más mínimo de encontrar a su hermana empotrada contra una valla y con la falda levantada...
—¡Joder! Manda huevos, Lois. ¿No podías aguantarte ni aunque fuera dos días? —suspira Jarrow, y se saca la cartera del bolsillo.
Le pone un billete en la mano a Jeff con un mohín. «¿Qué acaba de pasar? Estoy flipando, pero de verdad. Alguien me ha echado droga en la bebida. No se me ocurre otra explicación».
—¡No es lo que pensáis! —exclamo mientras busco la mano de Lane para bajarme la falda—. Solo estábamos...
—¡Tranqui, hermanita! No hay problema. Lane nos cae de puta madre.
—¡Choca esos cinco, cuñado! —añade Jarrow con la palma en el aire.
Lane no responde al gesto de mi hermano; tiene ambas manos apoyadas a cada lado de mi cabeza, el mentón prácticamente pegado a mi frente, y noto su respiración errática en la raíz del cabello.
Estoy temblando. Pero ¿qué hemos hecho? Todas las sensaciones de antes se están cubriendo de angustia, y suelto lo primero que me viene a la cabeza.
—¡Era para joder a Kirk! —grito con desesperación.
Es mentira, pero me falta valor para admitirlo. Lane deja de respirar, aparta la cara y me observa con una intensidad asfixiante. Yo no puedo mirarlo; en lugar de ello, clavo mi atención en mis hermanos. Ya no sé cómo respirar. Aun sin el peso de Lane, siento que me ahogo. Me he quedado congelada.
Se da impulso para liberarme con el chasquido de sus palmas; y yo, sin pensar, sin dar sentido a su extraña reacción ante las palabras que acabo de escupir, me echo a correr. Las piernas me pesan y me duelen por la arena. Tiene que ser por la arena.
La música se vuelve lejana. Sigo avanzando para distanciarme de la pegajosa vergüenza que siento. Para alejarme de las sensaciones que me han estallado en el estómago y en el pecho mientras Lane me besaba, me tocaba... como Kirk nunca lo ha hecho.
Vacilo ante el peso de esta idea. ¿Se me había olvidado cómo era con él? ¿Por qué me siento como si nunca hubiera vivido una experiencia así? Maldita sea, estoy perdidísima. Jamás tendría que haber jugado a este juego. ¿Qué me ha pasado?
Ralentizo el paso. Inspiro y espiro cien veces.
Necesito recobrar la calma para darle sentido a lo que acabo de hacer.
Estaba enfadada, un poco achispada y atontada.
No hay nada más que decir ni otra explicación que buscar.
Lane ha querido ayudarme porque es mi amigo.
Jamás ha mostrado la menor atracción hacia mí y nada ha cambiado.
No ha sido más que una representación ridícula.
No siento nada por él. Kirk sigue ahí. Todo esto es por él. Por su culpa.
Sigo repitiéndome esta cantinela cuando llego frente a la casa de mis padres. Ni siquiera me he dado cuenta de cómo he llegado hasta aquí, de tan ocupada que estaba aclarando y vaciando mi mente, que ahora mismo me parece totalmente ajena.