22. Lois #2
—¿Y el plan C?
—¡No hay! —responde, y se encoge de hombros.
—¿Ya estás borracho?
—Para nada. ¿No crees que Kirk se merece una buena lección? Te toma por gilipollas, y me tiene harto. Se cree que tiene el control.
—Lane, no pasa nada, ¿vale? —murmuro. No me está gustando esto.
—Mira, Lois, estás con el llanto a flor de piel —añade, posándome las manos sobre los hombros—. Es un consejo de amigo...
«¿Un consejo de amigo?». Agacho la mirada y me mordisqueo el labio.
—Pero sin lengua, ¿no? —me sorprendo preguntando con una voz ahogada.
—Causaría mejor impresión: te lo digo como guionista.
—¿En la boca? —añado sin pensar.
—Bueno, si lo prefieres te puedo besar en la mejilla, pero no sé si quedará muy estético. Habría que pedir opinión a Carter.
—No te rías de mí. Es que..., bueno, yo...
—Estamos en su campo de visión directo, Lois. Es ahora o nunca.
Y, como para darle la razón, oigo las risitas insoportables de la mujer florero por encima de la música.
—Kirk, ¿me estás escuchando? —cacarea tan fuerte que se me desboca el corazón.
Miro el suelo, el mar, el sube y baja de la nuez de Lane; y, cuando abre la boca para decir algo, cierro los ojos. Lane es un tío: seguro que sabe de lo que habla. Y, de repente, me han entrado unas ganas locas de venganza.
—Adelante —murmuro tan bajito que no sé si me habrá oído.
Pasa un segundo, y otro, y estoy a punto de entreabrir un párpado cuando los siento.
Suaves y carnosos. Tímidos y ligeros. Labios extraños que despiertan algo familiar.
Me quedo inmóvil, Lane me besa lentamente, sin profundizar en este movimiento.
Se contenta con acariciarme la boca, quizá a la espera de que salga huyendo.
Es una posibilidad que tampoco descarto: estoy cagada de miedo.
Solo he besado a un chico en toda mi vida y, en este mismo momento, no puedo obviar mi inexperiencia y me siento como una niña.
Creo que Kirk me ha roto. No sé reaccionar: soy pasiva y ridícula. Ha sido una mala idea.
—Deja de pensar —dice Lane contra mi boca—. Solo es un besito de nada.
—Lo siento.
—¿Prefieres que pare?
Mi ausencia de respuesta pone fin a ese...
«besito de nada». Deja más espacio entre nuestros rostros y me mira sin decir nada.
Sus manos reposan todavía en mis hombros; eleva los pulgares para acariciarme las mejillas.
Conozco perfectamente el color de sus ojos: son verdes, pero, por alguna razón y sin saber muy bien por qué, ahora parecen diferentes.
—¿Quieres que volvamos a casa? —me propone sin soltarme.
Y yo no dejo de mirarle las pupilas. Es Lane: amable, generoso, y confío en él. Es la primera vez que soy consciente de ello.
—¿Lois?
Kirk no me ha roto: solo ha adormecido mis reflejos al apropiarse de ellos con el tiempo. Si quiero avanzar, debo tomar las riendas de la situación.
—Bueno, vámonos...
Él da un paso atrás, y todas mis dudas desaparecen.
Lo agarro por el cuello y me hundo en su boca.
Ya hemos dejado atrás las presentaciones, así que deslizo la lengua entre sus labios sin cerrar los ojos.
Lane abre mucho los suyos, y nuestras miradas caen prisioneras la una de la otra a medida que nuestras lenguas se liberan.
Una vuelta tímida, otra un poco más lanzada y una tercera menos premeditada...
, y pierdo el hilo. Noto cómo se aligera el peso de mis pensamientos.
Una vez pasada la sorpresa, Lane sube una mano de mi hombro a mi nuca para hundirse en mi pelo. Inclina la cabeza a la derecha para besarme con más intensidad. Me sujeta con fuerza, como si no estuviera lo bastante cerca, y yo estrujo el tejido de su camiseta como si se me fuera a escapar.
No sé durante cuánto tiempo nos besamos y, cuando el viento fresco vuelve a rozar mis labios húmedos, estoy desorientada. Le suelto la camiseta y agito los dedos, entumecidos, para crear distancia entre nosotros.
—Ha sido... un buen trabajo —logra decir, arrugando la frente.
Suelto una risita patética, y me froto los brazos para ayudarme a recobrar la compostura. Ha sido... rarísimo.
—Eh... Gracias.
—Kirk estaba verde de rabia —añade, señalando el fuego con la cabeza.
«¿Se ha dado cuenta de eso mientras lo besaba?». Porque por mi parte yo, claro está, no estaba muy pendiente de nada. Y tampoco creo que me haya lucido, precisamente.
—Pues... qué bien —balbuceo, aturullada.
—Voy a por otra copa. ¿Tú quieres algo?
—¡Sí! —le suplico prácticamente—. Lo que quieras.
Me quedo paralizada, viendo cómo se pierde entre la multitud.
Me pellizco el labio con el pulgar y el índice.
Me noto el corazón desbocado, con una especie de corriente eléctrica que me fluye por las venas y que solo parece ir en aumento.
Doy pisotones, me balanceo hacia delante y hacia atrás, me entran ganas de reír y de... «¿Dónde está Lane?».
Me acerco al bar improvisado. Las luces y la hoguera me deslumbran tanto que tengo que frotarme los ojos.
Recorro rápidamente con la vista los diferentes grupos hasta cruzarme con una mirada que me hace tragar saliva de golpe.
Lane tenía razón: en vista de cómo me mira Kirk desde el tronco en el que está sentado, no se ha perdido ni un segundo del espectáculo.
Espero sentir una punzada de culpa, pero nada.
Su insufrible amiga ya no está pegada a su hombro.
Como a cámara lenta, lo veo dejar la cerveza en la arena y ponerse de pie.
¿No pretenderá venir aquí? Sus labios murmuran unas palabras, y empieza a avanzar.
Directo hacia mí. Veo cómo se acerca, pero algo me impulsa a girar la cabeza en otra dirección.
Como si mi alma lo hubiera visto antes que mis ojos.
Lane. Sigue cerca del bar, con un vaso en cada mano, hablando con una morenaza que reconozco desde aquí.
«¡No me lo puedo creer!». Como impulsadas por un resorte, mis piernas deshacen el espacio que nos separa.
—¿Se puede saber qué haces? —le suelto con toda la acritud del mundo y una brusquedad que hace que Lane se sobresalte.
—Nos estábamos conociendo —responde Emily sin perder la calma y con un tono melindroso mientras me mira de arriba abajo.
«¿Ahora va a por Lane? ¿En serio? ¿Ha terminado con Kirk y se tira a por mi nuevo, falso, novio?». Debería alegrarme de que haya dejado en paz a Kirk, pero mi cólera solo va en aumento.
—En ese caso, no hace falta que sigas sujetándome el vaso.
Se lo quito a Lane y lo vacío de un trago.
—Ah, y ya que estamos, me quedo con este también —sigo, quitándole su propio vaso, a la vez que me deshago en insultos mentales hacia Emily.
Me trago casi la mitad y lo levanto a su salud, poniendo fin así a este simpático intercambio. Lane me mira con esa expresión suya que tanto me inquieta. Inspiro hondo para contener las ganas de tirarle de los pelos.
—En fin, «Amélie», ¡que tengas buena noche! —le dice él con una voz desinteresada.
Con un ágil brinco, se lanza sobre mí y me agarra por la cintura tan rápido que suelto un grito y me dejo caer en su hombro.
Se me escapa el vaso y cae al suelo, salpicando a Lily la Furcia.
Ya estoy demasiado lejos de ella para oír lo que sale de su boca descontenta, pero sí lo bastante cerca como para que ella pueda distinguir la peineta que le dedico.
Atravieso en zigzag una marea de cuerpos danzantes mientras saludo a algunos conocidos que me ven pasar boquiabiertos.
—Pero ¿qué haces? —le pregunto a Lane, acompañándolo de unos golpecitos en los riñones.
—Nos salvo de una muerte lenta y dolorosa —le oigo replicar.
—No parecías estar sufriendo mucho...
Se para y aprovecha el impulso para frenarme a mí. Caigo hacia atrás, y él agarra la parte inferior de mi camiseta para impedir que acabe con el culo en el suelo. Luego, en lugar de soltarme, se me acerca un poco.
—Desde luego, cada día me sorprendes más, Lois.
—¿Y eso?
—Haces muy bien de novia celosa —declara, tirándome de un mechón.
—No me gustan las chicas que van a por los tíos que ya están cogidos.
Arquea una ceja burlona.
—¡Ya sabes a qué me refiero! —le golpeo el pecho, exasperada.
No deja de mirarme, ni tampoco de juguetear con mi pelo.
Me da la impresión de que quiere decirme algo, así que me quedo mirándole los labios como en un acto reflejo.
«Mierda, ¿por qué ahora me dan más ganas de besarlo otra vez?
». Me ordeno a mí misma acabar con esta broma de mal gusto inmediatamente.
—¿Lois?
—¿Mmm?
Pestañeo y vuelvo a mirarle las cejas. Eso está mejor. Es simple e inofensivo. A nadie le entran ganas de lamer cejas.
—Ven.
—¿Adónde?
En lugar de responder, toma mi mano y me lleva hasta una amplia zona de la que emana una música bastante guay. Está más tocón de lo habitual, pero me imagino que sigue metido en su papel.
—Ahora que hemos cumplido con nuestras respectivas misiones, ¿podemos disfrutar de esta noche?
«¡Nuestras misiones!».
—Claro. ¿Qué te apetece hacer?
—¿Bailar? —susurra mientras se mueve al ritmo de la música.
—Mmm... ¡Va a ser que no! —Me río y lo aparto—. No quiero ver ese contoneo. ¡Me da pavor!
— Come on , baby , mueve el bo ...
—¡Déjate de tonterías! Para empezar, ¡el Lane al que yo conozco no baila!
—Entonces, permíteme que os presente... —cuchichea, y me agarra las manos con tal fuerza que no puedo soltarlas—. ¡Relájate un poco, Lois! ¿Te quejas de que no te cuento nada y ahora me rechazas? —Simula un lloriqueo—. ¿No crees que ese morreo ya ha sido un paso importante?
«Sí, un poco demasiado».
—Es que...
—Tú déjame a mí.
«¡Au!». ¿Esa frase me acaba de causar una palpitación?
—No hace ni diez minutos que me estabas comiendo la boca, ¿y ahora vas de tímida? —insiste mientras me hace girar sobre mí misma.
—No lo digas así... —farfullo entre jadeos.
—¿Por qué? ¿Te dan ganas de repetir? —ronronea mientras se mueve de un lado a otro delante de mí.
Tiene que estar de broma. Dicho esto, este sería el momento para pronunciar un «no». Pero estoy rememorando la sensación de su boca sobre la mía, y eso bloquea todo lo demás.
—Puedes decirlo, Lois.