Sin freno (Campus drivers 1) 22. Lois
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22. Lois

Lois

Acabo de cometer una enorme gilipollez. Lane me mira como si me hubiera vuelto loca, y las dos pesadas, que llevan cinco minutos dándome la brasa, han perdido fuelle. He actuado por impulso. Si no tuviera ese ligero sabor a sal en los labios, podría pensar que me lo he imaginado todo.

—¿Nos presentas? —interviene Shirley con curiosidad.

—Estas son Shirley y Rona —farfullo.

Lane sigue sin dejar de mirarme, y su boca tampoco se ha movido desde el beso. Por fin, pestañea y se gira hacia nuestro público.

—Lane, encantado. ¿Sois amigas de Lois?

—Son amigas de Kirk —corrijo, mirándolo con intención.

—¡Lo mismo da! —pía Rona.

No me gusta nada el brillo conspirador que se enciende en sus pupilas.

—Le estábamos diciendo a Lois que no se puede perder la fiesta de mañana por la noche.

—No es exactamente lo que me decías —replico, obligándome a sonreír.

Más bien al revés. Antes de que llegara Lane, la querida Rona me estaba dando una lista de motivos por los que no ir. Según ella, sería muy duro para mí encontrarme con Kirk de la mano de su prima. La misma que estuvo intentando quitármelo durante los tres años de instituto. «¡Zorra!».

—Pensaba que todavía estabas con el shock de la ruptura —cacarea con esa voz insoportable.

—Como ves, lo está llevando la mar de bien —asevera Lane.

Me lanza una mirada furtiva, ahora que ha entendido por qué me he abalanzado sobre él al verlo llegar.

Se coloca detrás de mí y encaja las manos entre mis brazos tensos para posarlas en mi abdomen.

Va más lejos aún: desliza la punta del índice por el borde de mis vaqueros.

La botella de agua que tengo en las manos emite un ruidito de plástico ahogado.

—¿Quieres ir a esa fiesta? —me susurra en la mejilla sin quitarles el ojo de encima a las chicas—. Yo tenía otros planes, pero...

Intento sonar natural, pero no lo consigo.

Y la cosa se complica todavía más cuando su boca me roza la garganta y baja el dedo, flirteando peligrosamente con la cinta elástica de mis bragas.

Me brota un temblor descontrolado en el estómago: no me gusta el giro que ha tomado este jueguecito, aunque mi cuerpo parezca pensar lo contrario.

Le hundo las uñas en el dorso de la mano para obligarle a subirla.

—Ya veremos mañana —logro balbucear, y le propino un pisotón para que me suelte.

Exhala contra mi pelo, y se hace a un lado antes de volver a asfixiarme con su brazo. Deja caer su peso sobre mí, de forma que su mejilla me presiona la sien.

—Bueno, no es que no disfrute de vuestra compañía —dice con un tono que se acerca a la ironía—, pero Lois me había prometido un plan la maaar de interesante. Que tengáis un buen día.

—¿Puede que nos veamos mañana, entonces? —insiste Shirley.

—Sí, quizá —concluye él con un saludo militar.

Levanto una mano con educación, aunque es un corte de mangas lo que me imagino que hago, y dejo que Lane me aleje de este par de urracas.

Espero a estar donde no me ven para deshacerme del brazo de Lane. Clavo la vista al frente, ignorando sus miraditas de reojo.

—Ni una palabra —gruño.

—¡Oh! No te preocupes; todavía tengo la boca dormida por ese beso tan apasionado que me has dado.

Me giro hacia él y lo fulmino con la mirada.

—Creía que estabas a punto de arrancarme la ropa y frotarte contra mí para impresionar a tus amigas.

—Primero: no son mis amigas. Y segundo: no buscaba impresionarlas.

—¿Así que has sentido la imperiosa necesidad de meterme la lengua de forma totalmente natural?

—¡Que no te he metido la lengua, hombre! ¡Solo quería que se callaran!

—Pero ¿qué te han dicho?

—Estaban muy compungidas por mi pobre corazón roto. ¿Te suena de algo?

—Continúa. —Elude la pregunta.

—Antes de que llegaras, Ro...

—Antes de que te me lanzaras al cuello...

—Rona —pronuncio más fuerte— me decía que, si iba a la fiesta de mañana, sería muy «chungo».

—¿Por Kirk?

—Sí.

—Oye, tengo una duda: ¿esas tías saben que eras algo más además de la novia de ese tío?

Acaba de meter el dedo en la gran llaga de mi vida.

—La gente de aquí solo me ha conocido con él —revelo con un hilo de voz.

—¡Hasta hoy!

—Sí. A todo esto, gracias por seguirme el juego.

Me da un toquecito con el hombro, y nos pasamos el resto del día paseando.

Al atardecer, regresamos a casa, y apenas he cruzado el umbral cuando mis hermanos se abalanzan sobre mí.

—¡Dime que vais a ir a la playa mañana por la noche! —empieza Kesley.

«¿Todo el mundo con la dichosa fiesta?».

—¡Papá y mamá nos dejan ir solo si también venís Lane y tú! —salta Jeff casi sin dejarle terminar.

—¿Nos calmamos? —protesto, e intento abrirme paso.

—Lane, habrá música y chicas —argumenta Jarrow en busca de apoyo masculino—. Y alcohol —añade en voz baja.

—¡Lo he oído! —le advierto.

—Solo una copa... —intenta negociar con un pestañeo—. ¿Quieres que te recuerde el pedal que te pillaste hace un par de años?

—Aunque, bueno..., ¿papá y mamá lo saben? —piensa Diego en voz alta.

Pongo los ojos en blanco mientras me desato los cordones de las zapatillas. Jeff vuelve a la carga.

—¡Lane! ¡Tú y yo ya somos como hermanos!

—Os conocéis desde hace cuatro días —le contradigo.

—Y tienes cierta influencia sobre esta arpía, ¿no es así? —sigue, haciéndome caso omiso.

—¿Perdón? —Indignada, le lanzo mi zapatilla.

Los chicos se echan a reír. Estoy en desventaja.

—Ahora en serio, ¿no podríais haber adoptado chicas? —les grito a mis padres, quienes están viendo la tele en el salón.

—¿Para que se me caiga todo el pelo que me queda? —replica mi padre con fingido espanto.

—¿Y yo pasarme todo el tiempo quitando kilómetros de pelo de la ducha? —La traidora de mi madre echa más leña al fuego.

—Lane es nuestro invitado: decide él —mi padre zanja la discusión.

Lo sigue un concierto de lloriqueos y súplicas hasta que Lane abdica en favor de mis hermanos.

—Genial, porque me muero de ganas de ver a mis «mejores amigas» —me lamento, y me encierro en mi habitación.

«Y a Kirk pavoneándose con su nuevo ligue...».

Habría dado un ovario para estar en cualquier otra parte.

Observo desanimada la playa abarrotada. ¿Por qué me habré puesto una falda, joder?

El viento agita con fuerza el tejido, y está haciendo más frío.

De hecho, lo que de verdad debería preguntarme es: ¿por qué he venido?

Después de todo, nada me impedía dejar a Lane ir solo con sus nuevos cómplices.

—¡No os alejéis del embarcadero! —bramo a mis hermanos, quienes se han echado a correr delante de nosotros.

—Ven, que te invito a una copa —dice Lane, riéndose y empujándome ligeramente.

Farfullo y arrastro los pies. Él se pega a mis hombros, y me guía entre la multitud de jóvenes fiesteros.

—Si te dejo aquí mientras hago una paradita en el bar, ¿no te escaparás?

—Alcohol —me contento con pedir.

—Por supuesto, señorita. Ahora mismo, señorita.

Desaparece de mi vista. Me quedo esperando, sin moverme un centímetro, salvo cuando alguien me golpea de repente por detrás.

—¡Oye!

—¡Mierda, perdón! —oigo una voz disculparse.

«¡Ay! Joder, retiro lo dicho: daría los dos ovarios para estar en cualquier otra parte».

—¿Lois? ¿Eres tú?

No me doy la vuelta. Puede que, si rezo mucho, consiga evaporarme. Lo oigo dar una vuelta a mi alrededor para verme la cara.

—¡Ah, hola, Kirk! —le suelto con una falsa indiferencia por la que deberían concederme un óscar.

—¿Qué tal?

—¿Bien, y tú?

—¿Qué haces? —me pregunta, arrugando la frente.

«¡Te acabo de preguntar que qué tal!».

—¡Ah! ¡Ahí estás! —interviene de repente una voz nasal—. ¡Te he estado buscando por todas partes!

Aquí está Emily, la famosa prima de Rona. Inflo las mejillas para que no se me note lo tensa que tengo la mandíbula.

—¡Ah! ¿Tú también has venido? —se dirige ahora a mí, con un tono totalmente diferente.

Me muero de ganas de excavar un agujero enorme en la arena, pero no sé si para esconderme yo o para enterrarla a ella.

—No pensaba que te atreverías a venir sola —insiste, y me tira el humo de su cigarrillo.

«¡Decidido: el agujero es para ella!». Y para Kirk, que ni se molesta en decirle nada.

Estoy buscando una respuesta cuando aparece un vaso de plástico en mis narices.

—Su bebida, señorita.

Sobresaltada, me giro hacia Lane, quien se ha apoyado en mi espalda. Le dedico una sonrisa ladeada y él, rodeándome los hombros con un brazo, se gira hacia nuestro público.

—Eh, Kirk —le dice con una voz tranquila—. ¿Todo bien, tío?

Los ojos de este último se posan sobre mí, luego sobre Lane, y luego otra vez sobre mí. Claramente, le sorprende verlo aquí. Lejos de Columbus.

—Todo bien —suelta este mientras se rasca la nuca.

Lane se inclina sobre mi vaso y aspira por mi pajita con indiferencia. Disfruto de la tensión del ambiente y de las caras de sorpresa de Kirk y Emily.

—¿Y tú eres...? —pregunta Emily, mirando a Lane con interés.

«¡No se toca!».

—Lane. Va con nosotros a la facultad —le aclara Kirk con un tono sombrío—. Los demás están allá —añade, señalando con la cabeza—. ¿Vienes, Lily?

Y, con ese pretexto, se van.

«¿Lily?». ¡Puaj!

—Bebe —me ordena Lane, consciente de lo que acaba de pasar.

Obedezco sin rechistar y vacío mi vaso de piña colada. «¡Puaj!». Qué cargado está. No suelo beber, así que ya puedo tener cuidado si no quiero acabar como hace dos años. Por poco poto en las rodillas de Kirk. En retrospectiva, casi me arrepiento de no haberlo hecho.

—¿Vas a llorar? —me pregunta Lane, preocupado, y acerca su cara a la mía.

—No... Solo estoy sorprendida, enfadada, triste y no lo suficiente borracha.

—¿Has visto la cara que ha puesto cuando he interrumpido vuestra agradable conversación? Seguro que eso le ha jodido la noche.

—¿Tú crees? Soy tenaz, pero no estúpida. Hace cuatro meses que me ha dejado y ya es la segunda chica con la que le veo. Se acabó.

—No sé... Pero tengo una idea para que no se olvide de ti.

—¿Y qué idea sería esa? —suspiro, y me acomodo el pelo detrás de las orejas.

—Vas a tener que poner de tu parte, pero te noto envalentonada hoy.

—Miedo me das. No pienso bañarme desnuda.

—¡Ah! Mierda. Bueno, plan B: te voy a besar.

«¡Ja, ja, ja! Muy gracioso».