21. Lane #3
—Lois y Lane están probando todas las posiciones de la cama de hospital.
—¿Desnudos? —interviene Diego, apoyado en los hombros de Jeff.
—¿Quién está desnudo? —Reconozco la voz de Kesley sin verlo.
—¡Venga ya! ¡Lo que faltaba! —explota ella—. ¡A la cama, todos! —Suena agotada.
Me da un ataque de risa ahogada que logra cabrearla un poco más. Se va al pasillo dando talonazos, empuja a sus hermanos muertos de risa y cierra la puerta de su habitación de un portazo.
—Bonitos calzoncillos —me dice Jeff antes de volver a su cuarto.
—¡Suelta esa arena ahora mismo! —le advierto a Lois, encajándole la cabeza en mi axila.
Ella forcejea e intenta pegarme patadas. Estamos en mitad de una playa llena de gente que nos mira como si estuviéramos locos, pero me la suda. Le he provocado «sin querer» un «desafortunado» tropezón en la orilla, con lo que se ha mojado y ahora ha decidido que debe cegarme en venganza.
—Que sueltes la arena —repito.
—Vale —la oigo ceder.
—¿Me tomas por tonto? —le grito. Veo perfectamente que tiene todavía la mano llena.
Desdobla los dedos uno por otro, y luego los agita por encima de la cabeza.
—Mira —anuncia con el dedo corazón levantado.
—Buena chica —la felicito acariciándole la cabeza, que sigue atrapada bajo mi brazo.
La libero y doy un paso atrás. El pelo húmedo le cae sobre la cara, y se parece bastante a la niña de The Ring .
—No es culpa mía que te hayas tropezado con mi pie...
Me espero una salida de las suyas, pero se limita a encogerse de hombros y trotar hacia el agua para lavarse las manos.
—Tienes buen perder —comento, y me pongo detrás de ella.
Ella se incorpora con total tranquilidad, sin decir ni una palabra ni mirarme siquiera.
—Te estás haciendo la...
Chof.
Mis palabras se pierden en la arena mojada que la tía me ha tirado a la cara.
—Ups —la oigo añadir—. No sé qué ha pasado.
Intento abrir los ojos, pero tengo las pestañas llenas de los granos de la traición. Me froto, pero es peor.
—Espera, que te ayudo.
—¡No!
Demasiado tarde. Me rocía la cara. Una vez. Dos veces. Antes de vaciar la botella entera y soltar un suspiro de satisfacción. Uso mi camiseta para borrarme las últimas huellas de su ataque y me muerdo el carrillo ante su sonrisa de suficiencia.
—¿Hacemos las paces? —me propone, sacando el labio inferior.
—Bueno —cedo con un suspiro.
Camina ante mí hacia atrás, pero con paso sereno.
—Tenía sed —me quejo, contemplando la botella vacía que lleva en la mano.
—¿Quieres que vaya a rellenarla? —bromea, señalando el mar.
Veo un bar que rodea la playa y me dirijo hacia allí.
—Espera un minuto, que voy a comprar otra.
—¡Quiero una pajita!
Corro hasta el edificio y espero en el mostrador. Cojo una pajita de un enorme vaso lleno; me siento tentado de mordisquearla solo para enrabiar a Lois. Cuando me llega el turno de pedir, tengo el condenado reflejo de guiñarle el ojo a la chica que está detrás de la barra. «La costumbre».
—¿Qué te pongo?
—Una botella de agua para llevar, gracias.
—¿Estás de vacaciones? —me pregunta mientras se acerca a una mininevera.
— Yes , he venido a pasar las fiestas.
—Me lo imaginaba. Si no, ya te habría visto por aquí.
Se inclina sobre el mostrador y se mordisquea el labio con desenvoltura. Me tiende la botella, pero, cuando tiro suavemente de ella, no parece querer soltarla. En condiciones normales, me habría gustado profundizar en esta conversación, pero Lois me espera fuera.
—Puedes quedarte con el cambio —le digo, y le pongo delante un billete de cinco dólares.
—Hay una fiesta mañana por la noche, en esta misma playa, un poco más lejos. Es la tradición de los jóvenes de aquí, por si te animas...
—Me lo apunto —me contento con responder con educación.
Avanzo hacia el lugar donde he dejado a Lois hace unos minutos, pero ya no la veo. «Como me esté preparando otra jugarreta de las suyas, ¡acabará con la cabeza bajo el agua!».
Hay varios grupos de personas, que recorro con la mirada estirando el cuello, hasta que la veo cerca de un bungaló.
No está sola: está hablando con una rubia y una pelirroja, y no necesito oír lo que dicen para saber que el encuentro no tiene nada de agradable para Lois.
Algo no le está gustando. Tiene los ojos entornados, y su cabeza sube y baja al ritmo de lo que sea que le está contando la pelirroja.
La conozco lo suficiente como para analizar sus reacciones, incluso cuando el sol me está dando en la cara.
—Es hora de correr en su ayuda —murmuro para mis adentros.
Corro a su alcance, removiendo la arena a mi paso.
Lois parece inquieta, buscando una escapatoria.
Luego, mira de refilón el bar del que acabo de salir, y su humor mejora en cuanto me ve venir.
Debería haberme imaginado lo que está tramando, solo por la expresión de su rostro, pero no tengo tiempo.
Llego hasta ella, y no me da ni tiempo para reaccionar.
Con una exclamación que sobresalta a las otras dos, me da las gracias por la botella con una voz mucho más aguda de lo normal.
Luego, se pone de puntillas y posa sus labios en los míos.