21. Lane #2
Tiro de la camiseta por primera vez y luego por segunda. Pese a todos mis esfuerzos, no me baja más allá del ombligo.
—¡Ay, madre! —Está doblada de la risa—. Te has puesto la mía.
Cierro los ojos y sacudo la cabeza lentamente mientras me envuelven risas de todas partes.
—Esta foto valdrá su peso en oro —oigo comentar a Lois.
Se coloca contra mi brazo, que paso detrás de sus hombros, y agarro su nuca para simular que la estrangulo. Ella inclina la cabeza hacia mi estómago descubierto y le da una cachetada.
—¡Vas a la moda de Florida, querida! —Ahoga la risa en mi pecho.
—Tú mira al pajarito y sonríe —gruño entre dientes.
Me desliza la mano por la espalda y la posa en la cintura. Mary se está riendo tanto que necesita tres intentos para conseguir inmortalizar este momento.
—Mándame la foto al móvil.
—Como la compartas, te cortaré en pedacitos.
—Ya sabía que eras un psicópata —me replica, pellizcándome el costado—. Menos mal que a mí me gusta vivir al límite.
—Y menos mal que a mí me gustas tú —murmuro sin pensar.
—¿Cómo has dicho?
—Que menos mal que me caes bien —corrijo.
Nos separamos, y me voy a vestir como una persona decente.
El resto de la noche se desenvuelve en un ambiente cálido; me va a estallar la barriga cuando abandonamos la mesa. Ayudo a Mary a lavar los platos, en parte por educación, pero sobre todo porque me cuenta anécdotas sobre Lois que podré utilizar más tarde.
—¡Mamá, vale ya! —gime la interesada al entrar en la cocina—. ¡No sabes cómo va a usar Lane esas revelaciones!
—Ya hemos acabado —dice Mary con un guiño cómplice—. ¡Venga, todos a la cama!
Me da un beso tierno en la mejilla, y yo resisto la tentación de abrazarla. Se comporta conmigo como mi madre no lo ha hecho jamás y no sé cómo reaccionar.
Adelanto a Lois en las escaleras y me meto el primero en la ducha. Repito los acontecimientos del día en mi cabeza mientras me enjabono y, de repente, me pregunto cómo le habrá ido a Carter. Estaba pensando tanto en mí que se me había olvidado que para él también ha debido de ser raro.
—¿Te falta mucho? —me dice Lois, molesta, tamborileando sobre la puerta.
Con una toalla anudada a las caderas y el cepillo de dientes en la boca, la asusto al abrir sin previo aviso. Me tomo un tiempo para escupir el dentífrico y me seco el pelo con un gesto lento.
—¡Venga, fuera! —me escupe antes de expulsarme.
Me tira la muda sucia con una sonrisa, y yo saco el instrumento de tortura de mis vaqueros: la alarma de su abuelo.
—Si vas a ser mala, tendré que vengarme —canturreo, arma en mano.
—Me portaré bien —gruñe, fulminándome con la mirada.
—Maravilloso.
No se lo cree ni ella. Me tumbo en la cama, que resulta ser bastante más cómoda de lo que esperaba.
Oigo el agua correr, espero a que salga del baño y dejo pasar unos minutos más para asegurarme de que ya está cómoda en su cama.
Saco la cajita de debajo de la almohada, cuento hacia atrás en mi cabeza como si estuviera detonando un arma de destrucción masiva y hundo el dedo en el botón mientras simulo el ruido de una explosión.
La alarma suena detrás de mi cabecero, el tabique no es muy grueso, y oigo quejarse a mi vecina.
Su cama debe de estar justo al otro lado, porque oigo su voz con total claridad.
—Ya vale, Lane...
—¿Quién me habla? ¿Abuelo, eres tú? —pregunto con angustia fingida.
—¡A dormir!
—Te escucho como si estuvieras debajo de mi cama.
—Como vuelvas a pulsar esa cosa, te voy a...
—¿El qué? ¿Esto? —la interrumpo, y vuelvo a pulsar.
Oigo una sucesión de pitidos e insultos simultáneos, y me echo a reír. Entre los chirridos de su somier, me concentro para distinguir otros ruidos. De repente, mi puerta se abre de par en par. Casi me da un infarto.
—¡Dame eso!
Está muy oscuro, y se lanza sobre mí tan rápido que no me da tiempo de esquivarla.
—¿Eres una ninja o qué? —jadeo al notar su codo hundirse en mi plexo.
Me quita el juguete y hace una voltereta hasta aterrizar de pie. Tanteo la lámpara de la mesilla y la enciendo para encontrar a Lois totalmente despeinada, ofuscada en quitarle las pilas al aparato.
—¡Confiscadas! —canturrea, agitándolas ante sí.
Me lanza la cajita, ahora inútil, y me incorporo para mirarla.
—Te queda bien —murmuro, señalando con el mentón su camiseta de Superman.
Ella baja los ojos y traga saliva al darse cuenta de que no lleva puesto nada más que mi regalo, que apenas le cubre la parte superior de los muslos desnudos, y unas bragas.
Se apresura a tirar hacia abajo, aunque no arregla nada.
No lleva sujetador y el tejido se pega a sus pechos de tal manera que...
—¡Apaga la luz! —pide, azorada, y se pone de rodillas.
—Solo si me devuelves las pilas.
—¡Que te den!
Tira de mi manta y se enrolla dentro entre insultos.
—¡Se me van a helar los pezones!
—No es mi problema.
Alza una ceja ante mis calzoncillos de Bugs Bunny.
—Tú...
—Pero ¿qué cojones pasa aquí? —gruñe una voz ronca.
Es Jeff, quien nos observa desde el umbral de la puerta todavía abierta.
—¿Estáis follando en la habitación del abuelo?
—¿Qué? ¡Qué va! —se defiende Lois, que se ha puesto escarlata.
Es verdad que, vista desde fuera, esta escena podría llevar a confusión muy fácilmente. Estoy en la cama, prácticamente desnudo, y Lois está envuelta en una manta, con las mejillas encarnadas y toda despeinada.
—¿Qué coño hacéis? —le toca ahora preguntar a Jarrow, quien ha aparecido al lado de su hermano.