Sin freno (Campus drivers 1) 21. Lane
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21. Lane

Lane

—¡Lane, salchicha!

Atrapo al vuelo la carne que me tira Jarrow, la dejo caer en mi plato y me soplo los dedos.

Es increíble la capacidad que tiene la familia de Lois para quitarme cualquier inquietud a base de embutidos.

Nos hemos instalado en el jardín para degustar una carne a la parrilla que me hace la boca agua.

De no ser por los adornos navideños esparcidos a nuestro alrededor de cualquier manera, casi creería que acaban de empezar las vacaciones de verano.

—¡Lane, segunda salchicha!

—¡La tengo!

—¡Bien pillada! —Mitch me mira con aprobación—. Lois me ha dicho que estudiabas cine. ¿Tú también estás en un equipo?

—No.

—Pero Lane hace otra actividad en paralelo —revela Lois mientras hunde el tenedor en el filete.

Me giro para mirarla con los ojos como platos. No irá...

—Es guionista —añade mientras mastica.

—¿Ah, sí? ¡Eso está genial! —me halaga su madre.

«Bueno, si solo fuera eso...».

—De películas porno —concluye Lois con una sonrisa que exhibe todos sus dientes.

No es que me avergüence de lo que hago, pero ¡tampoco es un tema para una comida familiar!

—¡No sabía que para esas cosas hacía falta guion! —comenta Mary con una voz curiosa.

—¡Ah! ¡Gracias, mamá!

—¡Pues claro que sí! —se ofusca Kesley al otro lado de la mesa.

—Y tú, ¿cómo lo sabes? —Su madre se atraganta y lo fulmina con la mirada.

—Tranquila, mamá. ¿Tú no estás de acuerdo, papá?

—Se quema la carne. —Huye a la barbacoa para evadir la respuesta.

—¿Y se paga bien? —me lanza Diego con evidente interés.

—No me puedo quejar.

—¿Podrías ponerme en contacto con una actriz? —interviene Jeff.

—Jeffrey...

—¡Que es broma, mamá!

O no, a juzgar por el gesto discreto que me dirige a espaldas de su madre.

—Tengo que insistir, Lois, en que este amigo tuyo me cae mucho mejor que el otro —añade mientras se rellena el vaso.

Es extraño, pero hay veces en las que un comentario insignificante puede calar hondo en nosotros.

Me ha comparado con Kirk, casi como si Lois fuera mi novia.

La busco con la mirada y mi cerebro, mi eterno enemigo, me envía imágenes en ráfagas.

Un escenario de mierda que no tiene nada que ver con los que suelo escribir.

Está claro que el sol de Florida me está friendo las neuronas.

—¿Tengo algo en los dientes? —me pregunta Lois, preocupada, ante la insistencia de mi mirada.

—No, ¡es solo que me quedo estupefacto viéndote comer más de mil calorías! —bromeo para camuflar la realidad.

—¿Y desde cuándo te preocupas por la línea, cariño?

Lois me manda señales de socorro, y yo elevo una ceja mientras frunzo los labios.

—La tenía asqueada de tanto comer pizza cada noche —explico sin dejar de mirarla.

—¡Ah, vale! Ya que estamos, es muy amable por tu parte acogerla hasta que encuentre alojamiento.

—No es nada. Lo hago con gusto.

—Bueno, tampoco es que estuvieras muy entusiasmado al principio —me pincha Lois.

—Bueno, puede ser, pero no te dejé en la calle, a diferencia de Kirk.

He hablado sin pensar y me doy cuenta al oír exclamaciones de estupor y un «¡mierda!» que emana de mi vecina. Por lo visto, Lois no les había dado todos los detalles.

—Gracias, Lane —explota, y deja caer los cubiertos con fuerza.

—¿Que ha hecho qué? —brama Diego al unísono con sus hermanos y su padre.

—No ha sido exactamente así —farfulla mientras me propina un puntapié por debajo de la mesa.

Un puntapié que no pasa desapercibido.

—El piso es suyo y...

—¿De verdad le estás buscando excusas? —Mitch está que trina.

—Es lo único que hace —balbuceo lo bastante alto para que me oigan.

Esa manía que tiene no deja de sacarme de quicio. Últimamente, parecía que había mejorado, pero me doy cuenta de que sigue igual que siempre: lo quiere demasiado como para ser objetiva.

—Ha echado a mi niña a la calle... Después de tanto tiempo, de todos los partidos de baloncesto a los que fuimos a animarlo... Voy a por la pistola...

—¡Si no tienes pistola! —replica Lois con los ojos en blanco.

—Ya me buscaré una.

—¡Papá, no te metas en esto, por favor!

—Está en la ciudad. Me lo crucé con el monopatín ayer por la mañana. ¡Exijo venganza! ¡Hago un llamamiento a la brigada antihijos de pu...!

—¡Jarrow! —le grita su madre—. Se dice brigada anti... —Se queda pensando antes de continuar—: ¡Cabronazos a los que habría que castrar!

—¡Esa es mi vieja! —ruge él, y se pone de pie de un salto.

—Es algo que tengo que gestionar yo, ¿vale? —vocifera ahora Lois, quien también se ha puesto de pie.

Se hace el silencio. Todo el mundo la mira.

—¡Vais a calmaros y disfrutar de la Nochebuena como Dios manda!

—afirma en el mismo tono—. Ya os he contado todo lo que teníais que saber, y habéis prometido dejar a Kirk en paz.

No soy una niña, y me ocupo de mis propios asuntos como mejor me parece.

Y, si a alguno se le ocurre meter las narices, se lleva una patada. ¿Entendido?

Vuelve a sentarse, despliega la servilleta y se cubre los muslos con ella.

—He estado con él cuatro años —prosigue, ahora más tranquila—. Y no puedo pasar página de un día para otro. Además, ninguno sabéis toda la historia. Ni tampoco os importa. Y ahora, pásame las verduras, Jeff.

—Eh... Sí.

La miro atónito. No me puedo creer su actitud con ese tío. Podrá engañar a sus padres, pero conmigo no funciona. Puede que esos cuatro años fueran maravillosos, pero la forma de comportarse del tipo se merece un poco de rencor, como mínimo.

«Pero, joder, ¿por qué me como tanto la cabeza con esto?».

Ataco la carne en un intento de quitarme de la mente todas esas gilipolleces. Es problema de Lois, no mío. Sea su amigo o no, es su vida.

—¿Qué tal si abrimos los regalos ahora? —propone Mary para aligerar el ambiente.

Lois aprovecha la oportunidad para abandonar la mesa, y yo la sigo inmediatamente. Al llegar al último escalón de las escaleras que conducen a los dormitorios, acelero para adelantarla y barrarle el paso.

—Siento haber cortado el rollo.

—No te preocupes, Lane. Para cuando bajemos, ya habrán pasado a otra cosa. Y, además, me haría falta más para arruinar esta noche. Y tú, ¿te lo pasas bien o sigues enfadado conmigo por haberte obligado a venir?

—Pues..., sorprendentemente, no me está disgustando —exhalo sorprendido.

—Ya te dije que mi familia estaba bastante bien.

—Había comprado una cosita para tus padres, pero no tengo regalos para tus hermanos secretos.

—Yo les he comprado vales regalo. Les decimos que son de parte de los dos, y arreglado. Por cierto, encontré lo que habías escondido en mis bragas. ¿No tenías otro sitio, pervertido?

Muevo las cejas con malicia. En realidad, metí el paquetito en su mochila el día en el que se fue sin fijarme bien en dónde. Pero jamás se lo diría. Me gusta demasiado la cara que pone ahora mismo.

—¿Es algo vergonzoso? —inquiere, preocupada.

—¡No! Nada que temer. Puedes abrirlo delante de la tropa sin problemas.

—Quería asegurarme...

Mary está colocando los regalos encima de nuestras respectivas sillas cuando salgo de la casa. Al verla sonreír, se me hace un nudo en el fondo del estómago. Nunca había vivido una Nochebuena así: sencilla y familiar. Ojalá Mike pudiera ver esto.

—¡Tira! —se impacienta Lois detrás de mí.

Vuelvo a mi sitio temblando y con el corazón amenazando con salirse de mi pecho.

—Me alegro de teneros a todos aquí esta noche —declara Mary, arropándonos con su tierna mirada.

—Gracias por haberme invitado —digo con calidez.

Lois me da una palmada en la pierna y deposita por encima una cajita cuadrada envuelta con mucho cuidado. Antes de que aparte la mano, se la aprieto con torpeza para agradecérselo.

—¡Vaya, qué fular tan bonito! ¡Gracias, Lane! ¡Me encanta!

Le sonrío a Mary a mi vez para agradecerle la pulsera de cuero que acabo de desenvolver.

—¡Muy buena elección! —me halaga Mitch, mostrando la botella de vino que le he regalado—. Nos la vamos a beber entre hombres antes de que te vayas.

—¡Oye, eso no mola! —protesta Lois con un mohín.

—Tengo champán francés —le susurra su madre.

—¿Dónde? —se sorprende su marido.

—En un lugar donde no lo encontrarás jamás.

—¿Con los productos de limpieza? —se burla Kesley, y le lanza una bola de papel de envolver a su padre.

—¡Ja, ja, ja! ¡Desde luego, has heredado el humor de la tía Aubrey!

—¡Qué ataque más gratuito!

Me fijo en Lois, que está abriendo su último regalo: el mío.

—Alucino —dice con asombro al descubrir la camiseta azul adornada con una enorme « S » en el centro.

La exhibe con dificultad entre risas. Tenía miedo de que pensara que era una chorrada, pero veo por su cara que me la he ganado, así que no me arrepiento de mi elección. Lewis estaría orgulloso si la viera.

—Venga, Lane, abre el tuyo.

Tiro del lacito amarillo y despego con mucho cuidado los trocitos de celo.

—¿Tienes algún TOC con el papel de regalo o qué? —se impacienta Jeff—. ¡Arráncalo ya!

—Lo siento, tío, es una costumbre. Mi colega Lewis siempre los envuelve como una bomba y nos prohíbe arrancarlo. Tengo traumas.

Sigo con mi propósito y, cuando termino, desdoblo el envoltorio con delicadeza.

—¿Os habéis puesto de acuerdo? —me pregunta Mary al descubrir lo que su hija me ha comprado.

—Para nada.

—¿Ahora sí que podemos hacer bromas con Superman? —suplica Diego.

—¡Que no! —replica Lois.

—¡Jolines! ¡Eres mala!

Todos se ríen mientras palpo la tela. Había cientos de posibilidades, y Lois y yo tuvimos la misma idea.

—¡Hay que hacer una foto! —Mary lo está disfrutando de lo lindo—. ¡Venid aquí, los dos!

Nos quita de las manos las camisetas de Superman y nos indica que nos pongamos delante de la escalinata.

—¡Ponéoslas! —exige dando saltitos.

—¿Se transforma al caer la noche? —le susurro a Lois.

—¡Nunca la mires a los ojos!

Atrapo al vuelo la camiseta que Mary me tira y me deshago de la que llevo puesta antes de llevarme una azotaina.

—Mamá, ¿acabas de hacerle una foto a Lane sin camiseta? —se indigna Lois.

—Estoy probando la iluminación, cariño.

—Yo flipo.

Paso los brazos por las mangas y, al hacerlo, noto que algo no va bien.

—¡Ay, mierda, esa no es! —constata Lois, y se parte de risa.