Sin freno (Campus drivers 1) 20. Lois #2
59%

20. Lois #2

—¿Hay algo que quieras contarme, chavalito? —lo interroga.

—Tengo el número de mi agente de la condicional, si eso le hace sentir más seguro. Dice que estoy progresando adecuadamente en el control de la ira.

Silencio en la sala.

—¡Perfecto! ¡Puedes llamarme Mitch! —se quita la máscara por fin.

Ignora la mano de Lane y le da un abrazo que concluye con una fuerte palmada en la espalda. No puede dejar de hacer el numerito cada vez que uno de sus hijos invita a alguien a casa, pero es la primera vez que le responden con la misma moneda.

—¡Oye! ¡Qué fuerte estás! —comenta, y retoma las palmadas.

—Papá, que me lo vas a romper —me indigno, y alejo a Lane de él.

—Eres un guerrero, tío —interviene Jeff—. Kirk se cagó en los pantalones cuando conoció a papá. ¡Tú los tienes bien puestos! —concluye, y alza los pulgares.

—Entonces Kirk tenía catorce años —aclaro, y entorno los ojos—. ¿Dónde están los demás?

—¡Kes, Jarrow, Diego! —los llama mi padre a gritos, como de costumbre.

Mi madre le da un vaso de agua a Lane, quien me mira por encima del cristal mientras bebe despacio.

—¿Qué pasa, qué pasa? —vocifera Jarrow, haciendo su entrada montado en monopatín.

—¡En casa no! —lo regaña mi madre, y le tira de la oreja en cuanto se acerca a ella—. ¡Di hola a nuestro invitado!

—¡Hola a nuestro invitado!

Le ofrece el puño a Lane, quien, tras unos segundos de vacilación, se lo choca.

—Y este es Kesley —le informo cuando entra este último.

—¿Tienes un tatu? —le pregunta a Lane sin preámbulos.

—No.

—¡Qué pringado!

—Pero ¡ha ido a un concierto de Anti-Flag, tío! —le grita Jeff desde el sofá.

—¡Mola!

Le doy una palmadita a Lane en el antebrazo para inspirarle confianza.

—Pero ¿cuántos sois? —susurra, ocultándose tras su vaso vacío.

—Ya solo queda uno.

Llega Diego con la nariz hundida en su videoconsola.

—Lane, te presento al friki. Friki, te presento a Lane.

—Pero puedes llamarme Diego —añade, y le estrecha la mano.

Mis hermanos se desploman en nuestro amplio conjunto de sofás. Me puedo imaginar perfectamente lo que estará pensando Lane: no solo Jeff es adoptado. Los cuatro lo son, y sus respectivos orígenes no dejan lugar a dudas. Yo soy la única hija biológica, detalle sin importancia.

—Pero bueno, ¡si ya son más de las cuatro! —suelta mi madre de repente, mirando su reloj con inquietud—. Cariño, enséñale a tu amigo dónde va a dormir. Luego, ven a ayudarme a la cocina. Los chicos van a limpiar la barbacoa.

—Sí, mamá.

Invito a Lane a seguirme con una inclinación de cabeza. En mitad de las escaleras, me tira de la muñeca.

—¿Y a ti también te han adoptado?

—No. Tenía dos años cuando llegó Jeff. Y cuatro cuando acogimos a Jarrow y cinco con Diego y Kes.

—¿Eres la mayor?

—Sí. Jeff era un bebé cuando lo adoptaron. Jarrow, Diego y Kes tendrían un año. Creía que ya te lo había dicho.

—Me estoy dando cuenta de que casi no sé nada de ti —comenta, y me estudia con la mirada como si fuera la primera vez que me ve.

—Hay que saber descubrirse poco a poco.

—¿Como una bailarina de striptease ?

—Mmm..., yo quizá no lo habría descrito así, pero ¿por qué no?

Sigo subiendo, y cruzo el pasillo mientras le indico cada una de las puertas y lo que ocultan tras ellas.

—Esta es mi habitación. Y este es mi baño. Te recomiendo que uses este y no el de mis hermanos.

—Tomo nota.

—¡Y aquí está tu nidito! —sobreactúo al abrir la puerta del fondo del todo—. Era la habitación de mi abuelo, que murió el año pasado.

Dejo entrar a Lane sin quitarle los ojos de encima a medida que descubre el que va a ser su cuarto durante los próximos días. Su reacción no tiene precio. ¡Es la mejor venganza del año!

—Es una... —duda, examinando lo que está oculto bajo una gruesa manta.

—Una cama de hospital, sí. Mi madre quería deshacerse de ella, pero a mi padre le hace gracia tenerla.

Está tan estupefacto que resulta cómico.

—Pero ¡lo ha limpiado todo! ¡Lo juro! —añado tragándome la risa—. Ya no huele a pis. Y mira, hasta tienes un orinal en el armario, por si te da pereza levantarte a mear.

—¿Cuándo dices que sale mi vuelo de vuelta?

—¡El día 30, igual que el mío!

—¡Ah!

—¡Eh! ¡Venga, una semana en Florida, lejos del frío y la soledad!

—En una camilla de hospital que probablemente haya visto más de lo que debería.

Se frota la cara. Yo apoyo el hombro contra la pared y suelto un largo suspiro exagerado.

—¿Podrías intentar parecer contento? ¡Que esta noche es Nochebuena!

Relaja la nuca y estira la cabeza hacia el techo antes de sentarse en el borde del colchón.

—Ven, Lois.

Da unas palmaditas a su lado para ser más explícito. Me acomodo a su derecha y juego distraída con la costura de mis vaqueros deshilachados mientras espero a que hable.

—Dame un tiempo para familiarizarme con todo, ¿vale? Ya es bastante raro para mí estar aquí. En una familia de verdad, que parece demasiado maja para ser real.

—Antes me has dicho que apenas sabías nada de mí, pero tú tampoco me cuentas nada —me atrevo a responderle compungida.

Cuando no se está comportando como un osezno recién destetado, es cordial y afable, pero siempre se mantiene discreto, por no decir hermético. No soy el tipo de chica cotilla que se dedica a hacer preguntas indiscretas, pero, a veces, me gustaría que Lane me hablase de él.

—Mis padres no se parecen en nada a los tuyos. Son cerrados y fríos.

Su perfil hosco me tiene cautivada. Sé muy bien que le cuesta hablarme de ellos, y eso es todo lo que voy a sacar hoy.

La verdad es que me duele un poco que no sienta que tenemos suficiente confianza.

Pero recuerdo que una vez mi madre me dijo un día: «Las confidencias no se ganan y la confianza no se vende».

—No te creas: ¡los míos pueden ser insoportables a veces!

—le susurro, empujándolo con el hombro—.

El año pasado, mi padre insistió en acompañarme a la visita del campus.

Iba por ahí amenazando a todo quisqui, diciéndoles que antes era poli y estaba dispuesto a lo que fuera si alguien le hacía daño a su hijita.

Es su mentira favorita, y siempre funciona.

—Espera, entonces ¿no es verdad que tu padre antes era poli?

—Entiendo que te ha soltado esa trola a ti también... ¡Pues no es verdad! ¡Mira que le dije que no empezara con eso otra vez!

Nuestro ataque de risa hace rechinar el somier.

—¿Qué es eso? —me pregunta Lane, asomándose para coger una cajita.

—El mando del abuelo. Lo usaba para llamar.

Pulsa el enorme botón rojo, provocando un pitido al otro lado de la pared.

—¿Está sonando en tu habitación? —se sorprende.

—Sí, porque es la que está más cerca y a mi abuelo le encantaba volverme loca. Dame eso, que te veo venir.

Intento recuperar el condenado instrumento de tortura, pero Lane es más rápido y, sobre todo, mucho más alto que yo.

—Creo que este cacharro va a alegrarme las vacaciones —se burla mientras se lo mete en el bolsillo.

—Zen, Lois —exhalo en voz alta—. En fin, te dejo que entres en comunión con este sitio mientras echo una mano a mi madre. Cuando termines, ve al jardín con los demás.

—Una barbacoa navideña —comenta mientras mira por la ventana.

—No somos muy de guardar tradiciones.

—Eso me ha parecido.

Me esfumo y troto hasta la cocina. Cuando mi madre me oye llegar, deja la sartén que tenía en la mano y se me acerca con cara de estar tramando algo.

—¡No me habías dicho que Lane era tan guapo!

—¡Tranquila, asaltacunas!

—¿Está soltero? ¡Dime que estáis saliendo!

—¡Mamá! ¡No! Es un amigo, no hay nada entre nosotros.

—Pero no dejaba de mirarte en el salón.

—Porque los distintos miembros de esta familia lo tenían aterrorizado y buscaba algo que lo tranquilizara —digo con seguridad.

—Tenéis una cierta vibra...

—Deja de leer esos libros tan raros, que se te suben a la cabeza. Él no tiene novia, pero yo no estoy libre. Bueno, sí, pero tú ya me entiendes...

—Kirk no era mal chico, pero yo te veo mucho mejor sin él. Más... tú.

—¿Perdón?

Es la primera vez que me hace cualquier comentario relacionado con mi pareja. Estoy alucinada. Enciende el horno, y murmura algún tipo de conjuro que no entiendo mientras se anuda el delantal a la cintura. Abre un cajón y se vuelve hacia mí.

—Quiero que este chico sea el padre de mis nietos —me dice apuntándome con un cucharón de madera.

«Eh... ¿Cómo?».

—Eso es problemático... —Me río y pongo los ojos en blanco.

—Me recuerda a tu padre a su edad.

—¿Y se supone que eso debería convencerme? —replico con una mueca—. Bueno, venga, dime qué tengo que hacer.

Con un brillo en las pupilas, me posa un brazo en los hombros y me susurra al oído:

—Tengo un vestidito que sería perfecto para...

—¡Me refería a la comida! —suelto indignada, intentando zafarme de ella—. No hay quien pueda contigo...

No vuelve a sacar esta conversación, y cocinamos tranquilamente mientras escuchamos los gritos y las carcajadas que provienen del exterior.

Sonrío al reconocer la risa ronca de Lane.

No me arrepiento de haberlo puesto contra las cuerdas: tengo el presentimiento de que esta semana va a reforzar nuestra amistad.