20. Lois
Lois
Entorno los ojos para leer por quinta vez la línea que me interesa en la pantalla.
—¡Estate quieto, que me mareas! —riño a mi hermano, y le propino un golpecito en la coronilla.
Estoy montada a caballito en su espalda, en mitad del área de llegadas del aeropuerto, estirando el cuello en busca de Lane. Su vuelo ha aterrizado y espero reconocerlo en la multitud que se desenvuelve a mi alrededor. Apoyo el mentón en el cabello rizado de Jeff y me aferro a sus hombros.
—¿Tu amigo viene o qué? —gruñe, doblando las rodillas.
—Has sido tú quien ha insistido en acompañarme, así que cállate y súbeme, que me caigo.
Me agarra más fuerte las rodillas y me aúpa. Algunos pasajeros nos miran: hay que decir que mi hermanito mide casi dos metros. Conmigo subida encima, como para no vernos.
—¡Ahí está! —grito al ver a Lane atravesar las puertas automáticas.
Va a paso lento, retorciendo su gorra mientras mira a su alrededor. A medida que se va acercando, se me acelera el corazón. «¡Cuánto he echado de menos a este idiota!».
—¡Lane, por aquí! —lo llamo agitando la mano.
—¡Lois, bájate de mi espalda! —se impacienta Jeff.
—Con lo que te gusta presumir de bíceps normalmente —le replico tirándole de la oreja.
Intenta morderme el dedo y yo le tapo la boca con la palma a modo de broma. Vuelvo a mirar al frente y me encuentro enseguida con los ojos de Lane, inmóvil plantado ahí en medio, mirándome con interés.
Me bajo de mi escalera humana y zigzagueo entre la multitud a toda velocidad.
Antes de poder pararme a pensar en lo que estoy haciendo, me lanzo a su cuello.
No se lo esperaba y por poco se cae de espaldas.
Suelta la mochila y me envuelve con sus brazos mientras pego las piernas a sus caderas.
Me estrecha cada vez más fuerte y después se aleja un poco para poder mirarme a la cara.
—No creas que con unos pocos mimos vas a hacer que me olvide... —murmura, y entorna los ojos—. No me has respondido a ningún mensaje desde ayer, sinvergüenza.
—Podrías haberme llamado...
—¿Para que me lo volviera a coger tu padre?
—Te ha dado cague, ¿eh?
Intenta conservar la pose de enfado, pero veo en sus ojos verdes que no es tan rencoroso.
—¿Has hecho un amigo nuevo? —cambia de tema. Está mirando a un punto por encima de mi pelo.
Por poco me desnuco para ver lo que me está señalando con el mentón a mis espaldas. Es mi hermano, que no se ha movido desde antes y me hace señas para que me dé prisa.
—Has escogido a un buen ejemplar. ¿Tenías ganas de estirar las piernas? —dice con un tono inexpresivo—. Como este semental africano tenga el mismo tamaño abajo...
—No estarás insinuando que...
Alza una ceja cargada de significado, y yo me impulso con los brazos para volver al suelo.
—No estarás hablando de su polla.
Sigue mirándome, imperturbable. Entreabro la boca, y se apodera de mí una risa atronadora. Estoy literalmente doblada de la risa, negando con la cabeza y con los ojos llenos de lágrimas.
—Bueno, ¿nos vamos o qué?
Apenas estaba empezando a calmarme cuando Jeff se acerca.
—¿Qué le pasa? —le pregunta a Lane, y me da la risa otra vez.
—Ni idea.
Me alejo para retomar el aliento y secarme las mejillas húmedas, y vuelvo con ellos.
—Jeff, te presento a Lane.
—¿Eres tú? ¿En serio? —bromea mi hermano, y le tiende la mano.
—Lane, te presento a Jeff —continúo mientras intento calmar los espasmos de mis hombros.
—¿Qué te hace tanta gracia, hermanita?
—¿«Hermanita»? —repite Lane mientras nos mira a los dos en alternancia.
Aprieto los labios y asiento. Se me escapa otra risotada histérica al ver el entendimiento reflejado por fin en la cara de mi amigo.
—Pareces sorprendido —comenta mi hermano, cruzando los brazos sobre el pecho hinchado.
Se retan con la mirada. Me esperaba una reacción hostil, pero, para mi gran desconcierto, Lane se desinfla.
—Es que... Lois no llega al metro veinte y es más blanca que una sábana. Y tú...
—¿Tengo el cuerpo de un dios y la piel negra como la noche? —termina Jeff por él.
—¡Yo no lo habría dicho mejor!
Y, como si se conocieran desde que iban en pañales, chocan los puños y se echan a reír.
—Soy su hermano adoptivo —aclara.
—Ahora lo entiendo.
—¿No le has hablado de nuestra familia para nada? —me pregunta Jeff mientras salimos.
—Creía que sí... —balbuceo, pellizcándome el mentón.
—De verdad que estoy alucinando con vosotros... —suelta Lane, y finge volver sobre sus pasos—. Yo que no tenía muchas ganas de venir, ya para empezar...
Estamos cerca del aparcamiento ya. Me paro en seco y lo agarro por la manga para que no dé ni un paso más.
—¿Es que no te alegras de verme? —Hago pucheros, simulando un temblor en el labio.
—No, si ahora me vas a obligar a ponerme contento, igual que me has obligado a venir.
—Sois más raros que un perro verde —comenta Jeff, y se mete en el coche.
Se instala en el asiento trasero. Lane deja en el maletero su mochila, que me quedo mirando; de repente, me viene a la mente la mañana en la que yo dejé mis cosas en su coche.
¡Quién iba a pensar que, cuatro meses más tarde, estaríamos así!
Cierro la puerta y, cuando nuestras miradas se cruzan, no me cabe duda de que está pensando exactamente lo mismo.
—Pues yo me alegro mucho de tenerte aquí.
—¡Después de tu encerrona maquiavélica, eso espero! —se queja mientras se quita la chaqueta—. Hay que ver, qué diferencia de temperatura.
—Ya te lo había dicho.
Abre la puerta del copiloto, y yo, la del conductor. Antes de que pueda acomodarse, lo llamo y lo amenazo con el dedo por encima del techo del automóvil.
—No vuelvas a mencionar el miembro de mi hermano pequeño.
—¿«Pequeño»?
—Tiene diecisiete años.
—¿Y os lo habéis creído?
—¡Eres tontísimo! Era un bebé cuando mis padres lo adoptaron. Venga, sube, que nos están esperando.
Con un rostro de nuevo endurecido, se instala en el asiento con un largo suspiro.
—¿Listo para conocer a los Hogan? —fanfarroneo mientras arranco.
Me lanza una mirada que habla por sí sola, a la que respondo con un besito en el aire.
Los primeros kilómetros transcurren en silencio; Lane está tenso y jadea.
«¡Será gallina!». Por suerte, Jeff está muy hablador y logra templar el ambiente.
Se pasan todo el viaje hablando de música.
Ya me había dado cuenta de que nos gustaban los mismos grupos, pero el interrogatorio de Jeff es implacable.
Lo observo por el retrovisor central, y veo enseguida cómo se enamora de mi amigo y de sus referencias musicales.
—¡Por una vez, Lois trae a casa a un tío guay! —exclama de repente. Del susto, estoy a punto de dar un frenazo.
—¿Por qué? ¿Es que trae a muchos? —bromea Lane mirándome.
—¡A ninguno, aparte de Kirk! —replico, y le frunzo el ceño a mi hermano.
—Sí, pero era como si fueran diez. Qué coñazo de tío.
—No empieces, Jeffrey...
Sabe a lo que se expone cuando lo llamo por su nombre completo.
—Hoy es un día de celebración —añado, intentando poner voz agradable—. Estoy llena de alegría y amor por el prójimo, no me amargues el día con...
—¿Ese imbécil patético? —me interrumpe Lane con una indiferencia fingida.
—¡Le dejo mi habitación con mucho gusto! —grita Jeff, golpeando los respaldos—. ¡Se la ha ganado!
—Mamá le ha preparado la del abuelo... —canturreo con una sonrisa.
—Ah, sí, es verdad. Bueno, lo siento, tío: me caes genial, pero me quedo con mi cama.
La cabeza de Lane se debate entre Jeff y yo. No entiende nada de lo que estamos diciendo, y yo me froto las manos de alegría. Muy pronto sufrirá mi pequeña venganza por haber intentado librarse de celebrar la Navidad.
—¡Ya estamos aquí!
Aparco delante de casa. Lane sigue sentado dentro cuando llego al porche.
—¡Venga, Laney!
Veo su dedo corazón pegado a la ventanilla, al mismo tiempo que Jeff se me cruza por delante para llegar al salón.
—¡Ya estamos salvados, chicos!
No oigo lo que sigue, porque he tenido que volver al coche para desalojar a su ocupante.
—Venga, O’Neill, fuera de aquí.
—Después de todo lo que he hecho por ti —gruñe mientras se quita el cinturón.
—Por eso precisamente. Es mi manera de darte las gracias.
Se queda congelado y se gira lentamente hacia mí. No le he dado la entonación sarcástica habitual porque, por una vez, lo digo en serio.
—Te aseguro que te lo vas a pasar muy bien. Mis padres son geniales, no te harán sentir incómodo. Y mañana, nos vamos a la playa. ¡El agua estará a veintidós grados!
—Suena tentador, pero no me he traído el bañador.
—Le puedes tomar uno prestado a mi hermano.
—Será broma, ¿no? ¿Has visto el culo que tiene?
—Empiezo a preguntarme varias cosas —suelto entre risas, y hago una mueca—. Primero su pene, y ahora su culo. Sabes que puedes contármelo todo, ¿verdad?
—Me cansas.
—Y no me refería a Jeff con lo del bañador.
—¿Tienes más hermanos?
—Por desgracia, sí —suspiro.
—¿Venís, chicos? —grita mi madre desde el interior de la casa.
Lane por fin se decide a despegarse de su asiento. Coge sus cosas y me sigue al interior en silencio.
—Puedes dejar la mochila y la chaqueta en el recibidor.
Obedece sin rechistar, se quita la gorra y se me queda mirando un buen rato. Me contento con sonreírle y tirarle de la mano.
—¡Conque aquí está el famoso Lane! —declara mi madre—. Yo soy Mary. ¡Bienvenido a nuestra humilde morada!
Llega dando vueltas hasta él con su túnica de hippie y lo estrecha entre sus brazos como si fuera su sexto hijo.
—¿El viaje ha ido bien? —le pregunta acariciándole los hombros.
—Eh..., sí. Gracias. Muy bien. Fenomenal —logra decir, rojo como un tomate.
Ella se echa a reír y me mira.
—Es igual de hablador que tú. —Con una risa ahogada, vuelve a la mesa del comedor—. ¡Cariño! ¡Ya ha llegado Lane!
—¡Guardo la pistola y voy!
Los pasos de mi padre resuenan en la escalera. Oculto mi sonrisa con la mano al ver su falsa expresión severa aparecer en el umbral de la puerta.
—Señor. —Lane toma la iniciativa y le da la mano.
Mi padre lo juzga durante un lapso que parece excesivo. Habría sido un gran actor. Lane carraspea y me mira de reojo.
—Papá... —suspiro.