Sin freno (Campus drivers 1) 19. Lane #3
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19. Lane #3

—Ahora mismo íbamos —miento. Noto la mirada atónita de Carter, quien está oyendo toda nuestra conversación.

—¿Ah, sí?

Carter abre la boca y yo levanto la mano para obligarlo a callar. Ya tengo bastante con su sentimiento de culpa; solo faltaría que se meta Lois también.

—¿Va a dormir contigo? —sigue interrogándome.

—Sí.

—¿En mi sofá?

—Sí.

Frunzo el ceño; no entiendo absolutamente nada de esta conversación.

—Vale... —dice con un jadeo.

—¿Querías algo más? —inquiero para romper el silencio que se ha extendido.

—¡Te voy a patear el culo, mentiroso de mierda! Becca me acaba de escribir. Está emocionadísima porque Cart va a pasar Navidad con ella. ¡Lo cual quiere decir que vas a pasar la noche solo!

—Joder, cómo cascan las mujeres —suspiro, ignorando la expresión divertida de mi amigo.

—¿Y tú no me dices nada? —sigue ella en el mismo tono.

—No.

—Y ¿por qué no?

—¡Porque me da igual!

Se aleja el teléfono de la boca y oigo una retahíla de insultos amortiguados.

—Te llamo en cinco minutos. —Y, con esto, cuelga.

Me quedo mirando el teléfono, estupefacto.

—¡Qué bronca te ha caído! ¡Como cuando éramos pequeños! —se mofa Carter.

—¡Es por tu culpa!

Mi móvil empieza a sonar de nuevo, y ya no me atrevo a responder.

—Responde o te vas a llevar una buena cachetada en el culo.

Le dedico un corte de mangas. Él coge el teléfono sin avisar y vuelve a activar el altavoz.

«¡Traidor!».

—¿Ya estás más tranquila? —suelto, alzando los ojos al cielo.

—Naciste el 31 de agosto, ¿verdad?

—¿Por qué?

—Responde a la pregunta —me ordena con un tono que no admite contradicción.

—Sí...

La oigo susurrar y, luego, una voz masculina tras ella, antes de que prosiga:

—Escúchame, pedazo de zoquete...

—Me...

—¡Chist! Te vas a ir a tu habitación como un niño bueno, vas a meter tus cosas en una maleta y vas a reservar un taxi para mañana por la mañana.

—¿Perdón?

—Y, luego, te irás a dormir muy pronto. Te pondrás la alarma a las seis de la mañana.

—Pero ¿de qué hablas?

—Tu vuelo sale a las nueve y cuarenta y cinco mañana. Como lo pierdas, te juro que...

—¿Mi vuelo? Lois, no entiendo nada...

Carter se va a asfixiar con la risa. Me quedo mirándolo, desubicado.

—¿Mi vuelo? —repito, pero, mientras lo hago, una idea empieza a manifestarse en mi cabeza—. Oye, ¿no estarás esperando a que vaya a pasar Navidad contigo?

—¡No solo lo espero, Lane! Mi padre te ha comprado un billete y no se puede devolver.

—¡Estás delirando! ¿Quieres que vaya corriendo a casa de tus viejos solo para una cena?

—Hasta mañana, Laney —se pone a cantar como una loca.

—No, Lois, no...

—¡Ah! ¡Y no te olvides de coger una camisa bonita! La azul no: la odio.

—¡Lois!

—¡Besitos!

«¡Y va y me cuelga!».

—Estará de broma, ¿no? —farfullo mirando a Carter, quien se está sujetando la barriga de tanto reír.

—No podría ir más en serio, colega.

—Pero ¿qué locura es esta? ¡No pienso ir!

Me suena un pitido en la mano: es un correo electrónico de Lois.

—¡Joder! ¡Era verdad lo del puto billete!

—Déjate de taxis; te llevaré yo antes de irme con Becca.

—Ni hablar. Olvídalo.

—¿Por qué?

—Carter, estamos hablando de celebrar Navidad con una familia a la que no conozco.

—Pero a Lois sí que la conoces.

—¿Y qué? Es muy raro. ¡Por no decir patético!

—¡No digas tonterías! Te recuerdo que acabas de convencerme para que me vaya con Becca.

—Sí, pero es tu chica.

—Y es Lois —me rebate.

—Que no es mi novia —me apresuro a recalcar.

Su risa me da ganas de partirle la cara.

—De todos modos, es demasiado tarde. Sería de muy mala educación decir que no ahora que ya te han comprado el vuelo. Así no es como yo te he educado, pequeño.

—Esto es un complot —gruño, y cierro los ojos—. Voy a llamarla.

Marco su número. Suena el tono de llamada y, cuando creo que voy a encontrarme con su contestador, una voz grave me regala un cálido «¿Hola?».

—Eh... ¿Sí?

—Tú debes de ser Lane.

—Sí...

—¿Has recibido el billete de avión?

—Sí, pero...

—Mi hija es tozuda como una mula, ¿a que sí?

—Sí, señor.

—Y yo soy su padre... ¿Entiendes adónde quiero llegar?

—Entiendo que esa encantadora faceta de su personalidad la ha sacado de usted...

—Vaya, ¡qué rápido lo has captado! Así me gusta. Tu avión sale a las nueve y cuarenta y cinco. No me obligues a soportar el mal humor de mi hija hasta fin de año. ¿Ya te ha dicho que antes era poli? Como me entere de que estás pensando siquiera en no venir, muevo unos hilos y te mando al calabozo.

Me echo a reír. «Supongo que estará de broma».

—No estoy de broma —me informa con voz seca.

«¡Joder!». Me alejo el teléfono como por miedo a que oiga mis pensamientos. Luego, exhalo haciendo mucho ruido en un intento de aclararme las ideas. Me debato entre la curiosidad y mi lado salvaje difícil de reprimir.

—Aquí eres bienvenido —me dice, ahora con voz más suave y sincera—. No pienses tanto. Es verdad que mi hija no me lo ha contado todo sobre su ruptura con Kirk, pero, por lo que entiendo, has estado a su lado. Y no hay motivo para quedarse solo en Ohio. ¡Ohio! —repite con voz socarrona.

No sé qué decir.

—Además, si no vienes, te lo hará pagar con creces —concluye con una carcajada.

—No me cabe duda.

—Veo que por fin nos hemos puesto de acuerdo. ¿Hasta mañana?

Cierro los ojos y sacudo la cabeza. Noto cómo mi respuesta se abre camino en mis amígdalas.

—Hasta mañana.