Sin freno (Campus drivers 1) 19. Lane
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19. Lane

Lane

Llega la primera tanda de exámenes en todo su esplendor, y mis noches se vuelven desesperadamente idénticas.

Cervezas, estudio, pizzas, estudio... Ya es mi tercer año, y el odio que siento ante la efervescencia de este periodo sigue latente.

Como de costumbre, espero hasta el último momento para ponerme, a costa de mi salud mental.

Dicho esto, este año es diferente. Tengo un binomio infernal: una compañera de piso que debió de ser coronel en una vida pasada.

En cuanto se dio cuenta del retraso y el desorden que llevaba, me organizó una rutina militar.

Así que me veo obligado a acatar las órdenes de una Lois ultramotivada que me hace recitar las lecciones hasta en el baño.

A cambio, yo le presto mi cuerpo para practicar.

No es tan agradable como suena: estoy empezando a pensar que disfruta de pellizcarme y hacerme sufrir.

—¡Deja de quejarte! —me grita mientras me tira de la pierna.

Estoy tumbado en mi cama, con Lois sentada a mis pies.

—¡Ya podrías cambiarte de carrera! ¡Una en la que solo tengas que tocar cadáveres! —protesto mientras trato de zafarme.

—¡No te muevas!

—¡Esto es una tortura!

—Pero ¡qué quejica eres! —murmura, dándome golpes en la rodilla.

Hace la croqueta para ponerse de pie. Aprovecho que me está dando la espalda para incorporarme y agarrarla por la cintura. Tiro de ella, de forma que cae sobre mi colchón. Comprendiendo que busco venganza, intenta escabullirse.

—¡Suéltame! —chilla, ahogada, al notar mis manos en la parte baja de su muslo.

Esquivo su pie, que viaja hacia mi vientre, y hundo el pulgar en su rótula mientras mi otra mano atrapa su muñeca al vuelo.

—¡Ay!

—¿Qué? ¿A que duele? —me burlo mientras continúo moviendo los dedos por su piel.

—¡Te vas a enterar, Lane! —grita, y se resiste con más fuerza.

Yo sigo acercándome y me pongo encima de ella para hacerle cosquillas. Ella se contonea entre grititos agudos, pero no me cuesta nada dominarla.

—¡Pesas una tonelada! ¡Quita!

—Es que eres muy cómoda —digo a modo de negación, mientras la pellizco en el costado.

Se queda inmóvil y, de repente, su cuerpo se relaja. Cometo el error de creer que se ha calmado, hasta que retoma sus movimientos caóticos y su rodilla me golpea en plenos testículos.

—¡Joder!

No puedo respirar, y caigo sobre ella con pesadez.

—¿Te he hecho daño? —la oigo susurrar contra mi nuez.

No respondo: soy incapaz de juntar dos palabras. Cuando desaparecen los pinchazos, levanto la cabeza e intento asesinarla con la mirada.

—¿He ganado yo? —tiene las narices de decir.

Arrugo los párpados para alejar mis ideas asesinas, y de repente tomo consciencia de nuestra postura. Debe de habérmelo leído en la cara, porque la suya se vuelve escarlata.

—Ahora que ya hemos empatado, ¿te puedes apartar? —me susurra, y traga saliva.

—¿Qué? ¿No te gustan las muestras de afecto entre amigos? —me mofo, y le planto el codo al lado de la oreja.

—Qué raro. Parece que estás a punto de lamerme la cara...

—¿Quién hace algo así?

—Estás pasando los límites de mi aura de amistad, Lane.

—No te preocupes: aunque quisiera, no hay nada que pueda penetrar en tu aura, dado que acabo de perder la polla.

—Y yo que me alegro.

—Aunque no me opondría a un masaje de una profesional... —exhalo, y vuelvo a tumbarme en el mismo sitio.

Para complementar mi broma, me abro de piernas y alzo las cejas.

—¡Eres un asqueroso!

—Venga, así es como practican los fisios deportivos.

—¿Eso te lo ha dicho Lewis?

Asiento con la cabeza, y ella niega. Se me queda mirando durante un tiempo, mordiéndose el labio. Está bastante mona cuando hace eso.

—Vale, voy a buscar un rodillo. Tú no te muevas —me dice, y salta de la cama.

Sale de mi habitación y, por suerte para mí, no vuelve.

Pero, por si las moscas, me cubro el pecho con el edredón para ocultar la erección inesperada que acaba de hacer acto de presencia.

Tendría que llamar a April: hace demasiado tiempo que no lo hago con ninguna chica, y mi estúpido cerebro necesita una vacuna de recuerdo. «Joder, que es Lois».

Después de darme una ducha, la encuentro en el salón, en plena conversación por teléfono con su madre.

—Llegaré por la tarde-noche —la oigo aclarar—. Sí, vale. Yo también tengo ganas. Yo bien. Dale un beso a papá de mi parte y dile a Kesley que deje mi habitación despejada. Como vuelva a encontrar su caja de pañuelos ahí dentro, se los haré tragar.

Cuelga y se acerca a mí, junto a la nevera.

—¿Cuándo te vas? —le pregunto.

—¡El sábado! No puedo pensar en otra cosa que no sean esos quince días de vacaciones.

—¿No tienes miedo de la reacción de tus padres cuando les cuentes lo de Kirk?

—Intento no pensar en ello.

Se sirve un gran vaso de agua y se lo bebe de un trago.

—Ah, oye, ¿no pones árbol? —me pregunta de repente.

—No. Seremos solo Carter y yo, una consola y dos platos descongelados.

—Es un concepto interesante. De todos modos, es una pena que no hagas nada con tus padres.

—Hace bastante que es así... Y soy el primero al que le alivia.

Tuerce el gesto, y yo me tenso al presentir la llegada de las preguntas. Tan solo le he confiado que no estamos unidos, sin entrar en detalles. Pero no indaga: debe de intuir que es un tema sensible. Es fácil ser amigo de esta chica.

—Volveré el día treinta —me suelta finalmente—. ¿Tienes planes para Año Nuevo?

—Todavía no me han confirmado dónde se celebrará. Lewis iba a preguntarle a su padre si podíamos usar una de sus cabañas de la zona.

—Suena bien.

—Bueno, no me esperaba que dijeras que sí tan rápido. ¿Sabes qué tiene planeado Kirk?

—No.

No sé por qué le estoy hablando tanto de ese tío hoy, y quizá no debería. Su actitud hacia él ha cambiado: parece menos apegada desde Acción de Gracias.

—Por cierto: a las siete, tengo que llevar a Esperanza y a Prudencia a su clase de baile y pasar a recogerlas cuando terminen —le explico.

—¿Ah, sí?

—Sí. Me echaron una mano cuando me olvidé de tu cumpleaños, así que les dije que les devolvería el favor, y resulta que tienen una memoria de elefante.

—¿Así que les vas a hacer de chófer?

—Sí.

—Pobre criaturita. ¡No sabes dónde te has metido!

—No me importa. Me caen bien.

—¿No tendrá Lane O’Neill un tierno corazoncito detrás de ese muro de hielo? ¿O será que se te está despertando el espíritu navideño?

—Soy un santo, como bien sabes —la pincho.

—Es verdad. Tus problemas psicológicos hacen que a veces se me olvide.

Se encoge de hombros y suelta un suspiro forzado.

—¿Te dejo en el campus?

—Vale. Llegaré con mucho tiempo, pero así podré repasar por última vez. A ver si acabo con esto ya. ¡Estoy hasta la coronilla!

De camino a nuestros últimos parciales, estoy ansioso y contrariado a partes iguales. Tengo ganas de que empiecen por fin las vacaciones de Navidad, pero hay algo que me perturba, y no sabría decir qué es.

—Lois, como no te des prisa, ¡vas a perder el avión!

—¡Ya, ya! —grita desde el cuarto de baño.

Cruzo el salón a zancadas, pasándome la mano por el pelo. No sabría explicar por qué me agobio. A esta hora no hay mucho tráfico. Si nos vamos ahora, Lois pillará su vuelo sin contratiempos.

—Tu piso recuperará por fin la calma —me dice ella, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.

—¡Un milagro navideño! —canturreo mientras tiro del asa de su mochila para cargármela—. ¿No llevas nada más?

—Todavía tengo la habitación llena de ropa. La iba a llevar a casa de Kirk durante las vacaciones de Acción de Gracias, pero...

Se encoge de hombros, y echa un último vistazo a su alrededor antes de ponerse el abrigo.

—¡Qué ganas de llegar a Fort Myers para poder deshacerme de este engorro! —se lamenta, subiéndose la cremallera.

—Por no hablar del gorro —añado, y se lo bajo hasta la nariz.

Como el tejido le tapa la mitad de la cara, lo único que le veo son los labios, que forman una sonrisa, y la lengua cuando me la saca.

—A él tampoco lo echaré de menos.

—¿Y a mí? —me oigo susurrar.

Se me ha escapado. Suelto las costuras de su gorro y retrocedo con paso agarrotado. Ella relaja la expresión, dejando que se vislumbre una mueca divertida.

—¡Qué blando te estás volviendo! —bromea, alzando una ceja—. Pero tú tranquilo: te voy a echar de menos, pequeño Laney —sigue con una voz exageradamente tierna, y me pellizca las mejillas—. ¡Vivir aquí contigo es tan agradable que estas dos semanas van a ser un infierno!

—Pues yo a ti no te voy a echar de menos en absoluto —le digo, y lo acompaño de unos golpecitos en la mano.

—¡Qué mentiroso! Sin mi alegría de vivir, te verás condenado a una existencia monótona y deprimente.

—¿Ah, sí? Entonces, todas las veces que te vi llorar, ¿eran lágrimas de alegría?

—¡Ja, ja, ja! ¿Bueno, qué? ¿Vamos?

—¡Hace rato que espero!

—Solo tendrás carbón bajo el árbol —bufa, y coge su bolso.

—Pero si ni siquiera tengo.

Alza los ojos al cielo, coge las llaves de mi coche y es la primera en salir. Yo sigo con su mochila a la espalda, y aprovecho que ya no está para colarle un paquetito dentro. Lo encontrará al llegar a casa.

El trayecto al aeropuerto nos lleva menos de treinta minutos. Dejo el coche en el aparcamiento y la acompaño al amplio vestíbulo. Cuando llegamos a la puerta de embarque, evidentemente, no puedo seguir.

—Gracias por traerme. Muy amable por tu parte —me da las gracias mirándose los pies.

—No hay de qué. ¿Me mandas un mensaje cuando llegues a casa de tus padres?

—Vale. Me quedan unas cuatro horas de vuelo y, como me va a recoger mi padre, hay que prever otra hora más para volver a casa.

Asiento con la cabeza. Mi suela rasca el suelo en un gesto involuntario. No se me dan bien las despedidas; por lo general, me contento con dejar a mis pasajeros en la zona de estacionamiento rápido sin salir del coche. De repente, me siento como un idiota por no saber cómo actuar ahora mismo.

—Bueno, pues nada...