Sin freno (Campus drivers 1) 18. Lois
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18. Lois

Lois

Ayer por la tarde, antes de ir a buscar a sus padres y a su hermanita para las vacaciones de Acción de Gracias, Becca me hizo una breve visita para prestarme un vestido.

No se lo había pedido, pero se ha tomado en serio su papel de asesora de imagen.

Me ha encasquetado la prenda dentro de su funda, prometiéndome las peores represalias si se me ocurría ponérmela con mallas o, peor aún, si se me pasaba por la cabeza prescindir del maquillaje y de los zapatos.

No me habré mostrado demasiado convincente, porque esta mañana, mientras recogía el correo, me he encontrado con su brillo de labios preferido en el buzón.

Presa de los remordimientos, he corrido a buscar un par de botas bonitas para perfeccionar mi conjunto.

Estoy poniéndomelas con esfuerzo, tirando de ambos lados para encajar el pie, cuando recibo un SMS de mi madre.

Mamá: ¡Que pases un buen día de Acción de Gracias, cariño!

Al mensaje le sigue una foto de mi padre luchando contra un frasco de pepinillos. En segundo plano, veo a mi hermano, el benjamín de la familia, muerto de risa. Me entra el bajón por no estar en casa. Pensándolo ahora, creo que la decisión de quedarme aquí ha sido un error.

Me vuelve a sonar el móvil, y esta vez es Lane, quien está con los demás desde el mediodía.

Lane: Don termina un viaje y pasa a buscarte. 15 minutos. Espero que no hayas comido nada, ¡porque Adam no tiene límite!

Él también se ha sacado una foto. Es un selfi.

En la parte inferior izquierda, Lane mira el objetivo sonriente, mientras que Adam aparece de espaldas, enfrascado en su cocina.

No se da cuenta de la presencia de Lewis detrás de él, en plena pose obscena.

Me echo a reír, y me siento algo mejor. Voy a pasar una buena noche y tendré un montón de cosas que contarles a mis padres y hermanos cuando los vea por Navidad.

Lois: Estoy lista.

Lane: Tocará el claxon tres veces para que bajes.

Lois: ¡Qué clase!

Lane: ¡Campus Drivers, baby!

A continuación, me pongo a teclearle una respuesta a mi madre:

Lois: Os echo de menos. ¡Os quiero muuucho! Qué ganas de veros el mes que viene.

Mamá: Te queremos, mi vida. Pásatelo bien con tus amigos .

No menciona a Kirk. Mejor.

Al oír los tres largos bocinazos, me apresuro a encontrarme con mi conductor.

—¡Qué frío! —Estoy tiritando mientras me meto en el coche—. Prefiero las temperaturas de Florida.

Hundo el mentón en el cuello de mi abrigo y me froto las manos.

—¿Quieres que te estreche entre mis brazos para darte calor? —me propone Donovan, con un jueguecito de cejas.

—Circula.

—¡Vale! —suspira, y sube la calefacción.

Cuando aparca delante de su residencia y me guía a la habitación que comparte con los demás, lo que me espera al otro lado de la puerta me pilla por sorpresa.

—Pero joder, ¡¿y esto?! ¡No es una habitación!

No me creo lo que ven mis ojos. Sabía que la facultad ofrecía alojamientos de categoría superior a algunos estudiantes, pero esto... ¡es un piso con todas las letras!

—¿Cómo lo habéis hecho para conseguir la suite presidencial del campus?

—Mi padre es el entrenador de los Buckeyes, lo que viene con sus ventajas. Y el padre de Lewis es una estrella en su campo. ¡El combo de la victoria!

—Madre mía, qué envidia. ¡Y, además, está limpio y ordenado! —añado al llegar al amplio salón.

—¡Hola, Loiiisss! —me recibe Lewis, con un abrazo demasiado fuerte.

—¡Déjala, que la vas a asfixiar! —interviene Lane, y lo aparta.

Agarra la cremallera de mi abrigo y la baja para quitármelo.

Me da la impresión de que se le abren un poco los ojos al posarlos en mi vestido.

Me besa la sien con una naturalidad inquietante antes de alejarse con mi chaqueta bajo el brazo.

Saludo a Carter, quien me dedica una mirada indescifrable, y me acerco a los fogones que tienen enfrascados a Adam y a Lewis.

—¡Huele que alimenta! ¿Os ayudo? —les ofrezco, poniéndome de puntillas para poder examinar el contenido de la cazuela.

—¡Perdónala, porque no sabe lo que dice! —exclama Don, apartándome—. Pobre niña —añade con un suspiro—. Estos dos son los únicos que tienen permiso para acercarse.

—Gracias, Lois, pero ya está todo casi listo —me informa Adam con un guiño.

Lane me llama y me hace señas para que vaya con él a la mesa.

—Hoy estás muy guapa —me halaga, y me agarra de la mano para hacerme girar sobre mí misma.

—Gracias —murmuro, sonrojándome—. Y tú te has puesto una camisa. —Me doy cuenta al mirarlo—. Bueno, además del vaquero que está en las últimas, pero se aprecia el esfuerzo.

—¡Lane! ¡Ven a trinchar el pavo! —lo llama Adam.

—El deber me llama. Te he servido una copa de vino: la tienes encima de la mesa.

Me hago con mi bebida, que está en el lugar indicado, y bebo un trago mientras sigo a Donovan con la mirada. Camina raro.

—¿Te has hecho daño?

—El último partido fue muy violento. Jugamos contra nuestros contrincantes directos, son una panda de salvajes. ¡Su delantero por poco me rompe la pierna!

Se acerca cojeando al sofá, donde se instala entre quejidos de dolor.

—¿Quieres que le eche un vistazo? —me ofrezco mientras tomo asiento en el reposabrazos.

Asiente con la cabeza y, en menos de un segundo, ya se ha quitado el pantalón y está exhibiendo sus calzoncillos.

—¿Tienes pomada, por casualidad?

—En ese cajón de ahí.

Me hago con el tubo y vuelvo con él. Me siento en el borde del sofá y caliento el gel con las manos mientras él me indica la zona sensible.

—Menudo moratón llevas. ¿Te has puesto hielo?

—Sí.

—Si te hago mucho daño, dímelo —le informo, apoyándole ambas manos en el muslo.

—¡Me encanta cuando me hablas así, Ama Lois! Nos haría falta una palabra de seguridad.

—No empieces con tus guarradas.

—Yo digo «criptonita».

—Calla —bufo mientras intento concentrarme en la tensión que siento bajo los dedos.

Cierra por fin esa bocaza incansable y me permite poner en práctica lo aprendido en mis clases magistrales. Si me vieran las chicas de la facultad, se morirían de envidia.

—Te desenvuelves bien —murmura con un brazo detrás de la nuca.

—Gracias. Deberías tomarte un relajante muscular —añado mientras le aplico un poco de gel directamente sobre la piel.

—¿Cómo es que nunca has venido a ninguno de nuestros partidos? ¿Es por Kirk?

—Sí. Siempre he ido a verlo, así que me da pena dejar de asistir, pero después de todo lo que ha pasado...

—¡Puedo pedirle a mi padre que lo eche del equipo, si quieres!

—¡No!

—Es broma, Lois. Pero estaría bien que vinieras un día de estos. Llevarías una pancarta en mi honor y lanzarías confeti a mi paso.

—Ni en sueños.

—¡Donny, Donny, Donny! —se pone a chillar con una voz horriblemente aguda.

—Ya tienes bastantes groupies ; tu ego no soportaría ni una más.

Parece pensárselo dos veces antes de encogerse de hombros.

—Tú me caes bien, Lois.

Lo miro, sorprendida.

—Lo digo en serio —añade—. Eres una chica estupenda.

—Esto... Tú también.

—¡Gracias!

No se lo digo, pero el que me tenga ese aprecio me conmueve. Estoy empezando a construir algo que no gira en torno a Kirk y, en lugar de angustiarme, me da seguridad. Aunque, bien mirado, ¿no era eso lo que Kirk me reprochaba? ¿Que organizara mi vida alrededor de la suya?

—En fin, ya casi he acabado.

—No me habías dicho que eras maga —dice, entusiasmado, y estira la pierna.

—Son los trucos que me enseñan en clase. Y cada vez me gusta más.

—Pareces sorprendida.

—No me juzgues, ¿vale? En un principio, elegí la carrera por Kirk. Era una forma de ir a la misma universidad que él y, cuando acabara, poner mis competencias a su servicio.

—Sí que estás enamorada, ¿eh? —comenta, estudiándome con la mirada.

—Pareces sorprendido —le replico con sus propias palabras—. ¿Tú nunca te has enamorado?

—No creo... Ha habido chicas que me gustaban más que otras, pero me paro a pensarlo y creo que donde más me gustaban era en la cama.

—¡Mi príncipe encantador!

—Me deja más tiempo para momentos como este.

Sonrío mientras termino de masajearle el muslo. Él se mueve e inclina la cabeza para mirar detrás de mí. No sé lo que ha visto, pero su actitud cambia inmediatamente.

—¡Ah! Cómo me gusta esto —gime en medio de una sucesión de extraños gruñidos prolongados.

—¿Y ahora qué haces?

—¡Ah! ¡Lois! ¡Ah! ¡Sí!

—¡Deja de hacer eso!

—Mmm...

Retiro las manos con una mueca. Lane aparece en ese mismo momento.

—¿Qué pasa aquí? —suelta con una voz ronca.

Donovan sigue soltando gemidos lascivos hasta que le hundo el índice en un punto sensible.

—¡Criptonita! —grita, retorciéndose con tal brusquedad que se cae del sofá.

—¿Ya te ha hecho su ataque de ninja ? —le grita Lewis desde la mesa.

—¿Qué clase de brujería ha sido esa? —se lamenta Donovan, quien sigue en el suelo—. ¡Ya no siento la pierna!

—¡Menudo tío blandengue! —me burlo mientras me levanto.

Me pongo encima de él, entornando los ojos y apuntándolo con el dedo.

—Eso solo eran los preliminares, Wolinsky. Puedo hacer lo mismo, pero más arriba.

Pone los ojos como platos y planta instantáneamente ambas manos entre sus piernas.

—¡Te he dicho que me caías bien! Creía que éramos amigos —lloriquea entre aspavientos.

—¿Intentas robarme a mi Supercolega? —interviene Lane, rodeándome los hombros con el brazo.

—¡Ha sido ella la que ha ido a por mí! No es culpa mía que mi rabo las vuelva a todas locas.

—Ponte el pantalón antes de que te lo corte —replica Lane, y me lleva a la mesa para comer.

Me acomodo junto a Carter, mientras que Lane ocupa la silla de mi derecha. Adam sigue en la cocina con Lewis. Sus gestos se coordinan a la perfección, como si hubieran estado haciendo esto toda la vida.

—Hace tiempo que se conocen, ¿no? —le pregunto a Lane.

—Desde la guardería. Crecieron juntos y nunca se han separado.

—Como hermanos.

—Pues sí. De hecho, nacieron el mismo día.

—¿Ah, sí? ¡Mira tú por dónde!

Sigo observándolos en silencio, y me vienen a la mente mis propios hermanos. Es mi primer día de Acción de Gracias sin ellos y los echo muchísimo de menos. Por suerte, las vacaciones de Navidad serán bastante largas y podré pasar diez días en casa.