17. Lane #2
—Soy Prudencia —me informa mi interlocutora.
—¿Dónde está?
—Con nosotras, en casa. Ha ido al baño, así que he aprovechado para contestar yo.
Mi frente se encuentra con el volante y exhalo todo el estrés que tenía almacenado.
—Ahora voy.
—Ya puedes ir preparando tus mejores disculpas, jovencito, o mi hermana y yo tendremos que ocuparnos de ti.
Cuelga, y yo dejo escapar una risa nerviosa.
Cuando llego a la entrada del edificio, una de las gemelas nonagenarias me está esperando en la acera. Soy incapaz de distinguir si se trata de Esperanza o de Prudencia.
—No sabe que has venido —me informa sin sonreír—. Lo único que me disuade de darte un buen castigo es la cena sorpresa que nos hemos zampado gracias a ti. ¡Estaba deliciosa!
Con una mueca de culpabilidad, la sigo, avergonzado.
Al entrar en un vetusto salón, lo primero que veo es una nueva mirada llena de arrugas y poco acogedora.
—Buenas noches.
—Está lavando los platos en la cocina —se contenta con indicarme, señalando a la derecha con una uña carmesí.
Apenas he dado el primer paso en esa dirección cuando me encasquetan tres platos sucios.
—Cuidado con los cuchillos —oigo murmurar a una de ellas.
Llego a la cocina y, al reconocer la espalda de Lois, mi corazón se reaviva.
—Ya casi he terminado —dice sin darse la vuelta.
—Toma —exhalo, y le dejo los platos a un lado.
Se sobresalta tanto que su mano golpea lo que acabo de dejar. Con unos reflejos espectaculares, atrapo el montón de platos antes de que se hagan añicos.
—¿Se puede saber qué haces aquí, Lane?
Tiene el rostro pálido y contrariado. Ahora sí que la he cagado.
—La cena de esta noche. Es que...
—Ya es casi medianoche; es muy tarde —me corta con un tono de voz que trata de dominar.
—Lois, lo siento. ¿Por qué no me lo recordaste?
Deja el plato que está sosteniendo en el fregadero.
—¿Estás de coña? —me suelta, tirando tan fuerte de un paño que ventea el aire entre nosotros—. ¡Esta tarde te he preguntado si seguía en pie!
—¿Ah, sí?
Me estrujo los sesos: no recuerdo para nada que me haya dicho eso.
—Ahora que lo pienso, me has respondido «mmm-mmm». Las únicas palabras que te has dignado a dirigirme desde hace días. Tendría que haberme imaginado que no significaban nada.
¡Ay! Sus palabras me afectan más de lo que creía que podrían. Sale disparada de la cocina, y la oigo reprender a sus amigas.
—¡Estoy muy enfadada con vosotras!
—Estaba preocupado, cielito.
—¡Sí, claro!
—¿No has visto que está más blanco que un fantasma? Lo tenías angustiado.
—¡Y una mierda!
—Esas palabras tan groseras afean una boca tan bonita...
Una silla raya el suelo, chirría una puerta y yo salgo de la cocina en cuanto puedo. Lois ya está en la entrada. Antes de que pueda decir «mierda», ya se ha ido.
—Gracias por haberme cogido el teléfono. ¡Lo tendré en cuenta!
—¡En esta casa no hay alzhéimer, corazón! ¡Te tomamos la palabra!
Aterrizo en la acera y giro la cabeza de derecha a izquierda en busca de Lois. Ella dobla una esquina y yo acelero para alcanzarla.
—¡Espera!
Se le tensan los hombros, pero no aminora la marcha. Sigo apretando el paso entre maldiciones. La adelanto y freno ante ella, obligándola a detenerse. Ella bufa e intenta esquivarme, pero se lo impido. Se rinde, se cruza de brazos y me desafía con la mirada.
—Lo siento —repito.
—No pasa nada, ¿vale? No estoy molesta contigo. Va todo bien. Pero ahora quiero volver a casa.
—Mentira.
—Vuelve a tu fiesta, Lane. No soy una de esas chicas susceptibles; no tienes por qué comportarte así conmigo. De todos modos, tampoco es como si fuéramos amigos de verdad. Vuelve con tus colegas y mañana será otro día.
Me cabrea que me suelte eso a la cara.
—Pues claro que somos...
—¡Que no pasa nada, Lane, de verdad! —explota de repente.
Y luego, rompe a llorar. Me tambaleo.
—No llores por mí... —murmuro, tendiéndole la mano.
—Solo estoy decepcionada. —Inspira por la nariz e intenta secarse las lágrimas—. He tenido una semana de mierda y esperaba pasar una buena noche. Se te ha olvidado; son cosas que pasan.
Tengo ganas de contárselo todo. «¡No es tan difícil, joder!». Mi hermano se mató en moto. No es como si fuera un horrible secreto de familia. Abro la boca, pero no me sale nada.
—Últimamente he estado un poco disperso.
—Sí, ya lo he notado.
—Es solo que...
—No te pido nada, Lane. Estoy ahí, ocupando espacio en tu casa. No me debes nada, ¿vale? Te prometo que no hay ningún mal rollo entre nosotros.
—Tampoco es que ocupes tanto espacio —susurro mientras jugueteo con la costura de mi chaqueta.
—A partir de enero, debería haber algún sitio libre en una residencia.
Desde nuestro acuerdo, que parece haber sido años atrás, no hemos vuelto a hablar de su ocupación de duración indeterminada. He acabado por acostumbrarme. Quizá incluso a apreciarla...
—Voy a casa. Hasta mañana.
Me rodea, pero la detengo agarrándole la mano. Mis dedos se deslizan entre los suyos y ella los mira con sorpresa.
—Feliz cumpleaños.
Suelta un jadeo de sorpresa y aprieta los dedos alrededor de los míos.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo ha dicho Esperanza —miento.
Lo último que quiero es que sepa que ha sido Kirk. Su nombre no merece ni ser nombrado.
—Ah, eh... Vale..., gracias —murmura, mordiéndose el carrillo.
—¿Por qué no me lo habías dicho?
—No tenía importancia.
—¡Pues claro que la tiene!
Me decepciona que no me lo haya dicho: se me habría ocurrido algo para celebrarlo. Mi mirada vaga a nuestro alrededor y reparo en algo que servirá.
—Toma: acepta esta flor, Corazón Roto.
Le pongo toda la teatralidad de la que dispongo al ofrecerle la flor que acabo de arrancar de un parterre.
—Es mi cumpleaños. Al menos podrías hacer el esfuerzo de no usar ese apodo insoportable —se queja mientras se la lleva a la nariz.
Contrae las aletas inmediatamente.
—¿Algún problema?
—Huele a pis —resopla, y la tira al suelo.
Finjo indignación y miro mi magnífico regalo.
—Qué desagradecida... —suspiro negando con la cabeza—. Pero, al menos, te he hecho sonreír un poco.
—Eso te lo reconozco. No era cosa fácil.
—¡Venga, ven! —Tomo la iniciativa, tirándole de la mano.
—¿Adónde? No hace falta que me lleves; pensaba coger un taxi.
—¡Traidora!
—Vuelve y pásatelo bien, Lane.
—No me apetece. Los dos hemos tenido un asco de noche. La excusa perfecta para pillarnos un ciego.
—¿Quieres tomarte una copa? ¿Conmigo?
—¡Sí, señora! Y no solo una.
—Y luego, ¿quién conduce?
—¡Qué aguafiestas!
Sigue dudando, meciéndose hacia delante y hacia atrás.
—Vamos —suelta después de mucho meditarlo.
Le libero por fin la mano y le ofrezco el brazo en su lugar. Ella desliza el suyo por debajo del mío y andamos de esta manera hasta el primer bar que encontramos por el camino.
Nos reímos como adolescentes sobre cualquier tontería.
Esta noche no ha sido como me la imaginaba, en absoluto.
Desde la muerte de Mike, he pasado cada doce de noviembre en la más profunda oscuridad.
Bebiendo, destrozando algún que otro objeto para intentar calmar mi ira.
Pero la verdad es que ahora me siento más ligero, y no tiene nada que ver con el whisky ni con el ruido.
No es eso lo que ahoga mis mórbidos recuerdos, sino Lois y su decimonoveno cumpleaños.
Lois y su risa ridícula. Lois y sus miradas cómplices cuando nos burlamos de los torpes intentos de donjuán que se van irremediablemente al traste.
—No estoy de acuerdo con lo que has dicho antes —suelto de repente mientras reposo mi vaso vacío.
—Mmm... ¿Podrías ser más concreto? Nunca estamos de acuerdo.
—No es culpa mía que siempre te equivoques.
—¡Es mi cumpleaños, y exijo que no se me lleve la contraria!
—Lo siento, pero ya es la una de la mañana, Corazón Roto. Se te ha acabado el chollo.
—Puf... Bueno, en fin, ¿con qué me vas a llevar la contraria esta vez?
—Tú y yo sí que somos amigos.
Abre la boca, lista para replicar algo, pero la he dejado desconcertada.
—Estás borracho —se burla, hundiéndose en su asiento.
«Si fuera solo eso...». Pero no. De hecho, tengo las ideas muy claras.