Sin freno (Campus drivers 1) 17. Lane
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17. Lane

Lane

Hoy no he ido a clase. No tenía ganas de fingir que es un día como otro cualquiera. Estamos a día doce. Hace tres años que mi hermano se mató con la moto. La mayor parte del tiempo lo sobrellevo como puedo, pero hoy me permito el lujo de hundirme.

Con el chirrido de la puerta, Lois vuelve de clase justo en cuanto yo pongo un pie en el salón.

—¿Has hecho pellas? —me pregunta con voz suave.

—Qué observadora.

Mi tono no suena ni antipático ni cálido.

Es tan inexpresivo como un electrocardiograma desenchufado.

Me sirvo un café solo con una mano, y marco el número de Carter con la otra.

Mi compañera de piso deja el bolso cerca del sofá y se acerca al fregadero, donde estoy yo.

La miro de reojo con el teléfono en la oreja.

—¿Sigue en pie lo de esta noche?

—Mmm-mmm —le respondo, aunque no he escuchado lo que me ha dicho.

Dejo la taza en el fregadero y me dirijo a la cómoda para coger la cartera y las llaves del coche.

—¿A qué hora vu...?

—Sí, Cart, soy yo. ¿Tienes todo o paro a comprar? —le pregunto a mi amigo, interrumpiendo a Lois.

—Tranqui, todo controlado.

—Perfecto. Yo estoy saliendo de casa.

Le suelto un «chao» rápido a Lois y cierro al salir.

Tengo la música a tope y, para cuando llego a casa de Carter, me noto presión en el pecho. Lo primero que hago es beberme un vaso de cerveza casi de un trago.

—Me he comprado un videojuego nuevo —me informa mientras agita una caja ante mis ojos.

Agacho la cabeza y me desplomo en su sillón.

Siento los ojos de Carter clavados en mí.

Se preocupa, pero sabe que se me pasará tarde o temprano.

Hoy es el punto culminante de mi tormento periódico, así que se muestra paciente.

Y, además, él tampoco lo está pasando precisamente bien.

Mike era su mejor amigo. Tenían la misma relación que Adam y Lewis: una complicidad casi fraternal, como la que él y yo compartimos ahora.

Enciende la consola y jugamos en silencio durante horas. No me concentro: Cart me destroza sin ni siquiera intentarlo. Harto de ganar, tira el mando en el sofá.

—¿ Pizza ? —me propone, folleto en mano.

—Como quieras.

—Me jode verte así, colega. Mike no lo habría querido.

—Pues, entonces, suerte que está muerto —gruño por lo bajo, pellizcándome las aletas de la nariz.

—¡Ja, ja, ja! Qué gracia.

—No puedo ser como tú, Cart. Por mucho que hayan pasado tres años, no dejo de pensar en todo lo que nos quedaba por hacer y que jamás haremos.

—No entiendo por qué siempre tienes ese aire de culpabilidad cuando hablas de él. Fue un accidente, Lane; no fue culpa tuya.

—¡Ya lo sé! Pero una parte de mí se siente culpable por vivir cosas que Mike jamás conocerá. Y no es justo, joder.

—La vida rara vez es justa.

—Y luego vas y te mueres —termino con un suspiro.

Elevo los ojos al techo y luego hago un barrido visual de la habitación mientras inspiro hondo. Tengo la impresión de que la habitación se está haciendo cada vez más pequeña. Respiro con dificultad y no dejo de sudar.

—Olvídate de la pizza. Hay fiesta en casa de Jonas. Coge tus cosas y vamos —declaro.

—¿Ah, sí?

—Sí, necesito espacio, chicas y alcohol más fuerte.

—¿Chicas? —recalca con el ceño fruncido.

—¿Qué?

No dice nada; en lugar de ello, se me queda mirando mientras me pongo la chaqueta y las bambas.

—¿Vienes o qué?

—Lane, no sé si es buena idea. Los dos últimos años los hemos pasado en casa...

—Si no quieres venir, allá tú.

Al acercarme a la puerta, lo oigo coger su chaqueta y las llaves.

—Conduzco yo —me suelta.

—No, me apetece. A ti te tocará a la vuelta, cuando yo esté demasiado borracho como para unir dos palabras.

—Insisto en que es una mala idea.

Nos instalamos en el coche. Carter no está contento, pero pronto se consuela llamando a Becca, quien accede a encontrarse con él en casa de Jonas un poco más tarde. Cuando aparco cerca de la villa, la calle está abarrotada, y mis amigos me dan la bienvenida apenas cruzo el umbral.

—¡Laney, has cambiado de opinión! —grita Lewis fingiendo voz de chica.

—¡Nos íbamos a coger un señor pedo, así que llegas en el momento perfecto! —añade Donovan, y me agarra por el codo.

Adam me hace una señal con la cabeza, y yo voy atravesando la multitud mientras saludo con un guiño a las chicas que me sonríen con ganas. Primero me tomo unas cuantas copas, y luego voy a por una de ellas para desquitarme.

Don nos rellena unos vasos enormes, me encasqueta uno y nos instalamos en un rincón del salón. Apenas he podido sentarme y llevarme el vaso a los labios cuando una rubia se me sube a las rodillas entre risitas. Reconozco enseguida a la cajera del supermercado.

—¡Qué bien que hayas venido! —me grita en la oreja.

Agacho la cabeza. No es una chica rellenita, pero parece pesar una tonelada. Me paso el vaso de plástico de una mano a la otra, ansioso por terminarme mi pócima salvadora. Pero, en plena maniobra, la chica agita el brazo en dirección a sus amigas, haciendo que se derrame.

—¡Ups, lo siento!

—Quita —gruño mientras la aparto.

—Te voy a buscar otro.

—Ala, pues sí.

Inspiro muy hondo y marco el compás con el pie mientras la espero. Pero, cuando intenta volver a su sitio encima de mis muslos, la envío a paseo sin saber por qué.

—Luego —la corto ante su insistencia.

Mis labios entran por fin en contacto directo con el whisky con cocacola. Me lleno la boca, pero, justo cuando voy a tragar, aparece ante mí otro elemento indeseable que casi me obliga a escupirlo todo.

—¡Hola, Kirky! —canturrea Lewis, saludándolo con su manaza.

—¿Dónde está Lois? —arranca el imbécil sin rodeos y con una voz ebria.

Trago con dificultad. El que me faltaba para amargarme la noche.

—¿Y a ti qué te importa? —bufo mientras bebo otro trago.

—Normalmente la tienes siempre pegada como una lapa —me replica.

Se me tensa la mandíbula; espiro por la nariz y aprieto los dedos alrededor del plástico. No se me escapan las miradas de mis amigos; ninguno ha sacado a colación la muerte de mi hermano, pero están al corriente.

—Déjalo, Kirk. Hazme caso, tío: de verdad que no es el momento para montar tu pataleta —le dice Donovan.

Por desgracia, este hace caso omiso del consejo.

—¿Dónde está? —repite, mirándome de reojo—. Tengo que hablar con ella.

—¿Y yo qué sé? No soy su dueño —gruño, y me llevo el vaso a los labios.

—Estáis todos aquí menos ella —observa con el ceño fruncido—. ¿Por qué?

Será un imbécil, pero no se le escapa nada... No tenía previsto venir aquí esta noche, así que ni siquiera se me ha ocurrido llamar a Lois por si quería acompañarme. De todas formas, preferiría que no llegara a conocer esta faceta de mí.

—¿Dónde está? —insiste, dando un paso hacia mí.

—De verdad que tienes un problema, tío. La dejas plantada, te comportas como un mierda, ¿y ahora quieres jugar a los detectives? Que te pires.

—Es...

Los chicos acaban de formar un corro a su alrededor, así que pierde el hilo de sus palabras.

—Esta casa es enorme, Kirk. Vuelve con tus colegas —concluye Lewis, abriéndole el paso.

El aludido comienza a alejarse antes de quedarse inmóvil cerca de Becca, quien se acaba de acercar.

—¿Por qué no ha venido Lois? —pregunta de nuevo, esta vez dirigiéndose a Becca.

«Pero bueno. ¿En qué idioma hay que hablarle a este tío para que lo entienda?».

—Tenía una cena con Lane —responde la interpelada sin vacilar. Arrugo la frente al oír esas palabras.

—¿De qué hablas? —bufo, incorporándome.

Ella se gira hacia mí, abre mucho los ojos al verme y luego se muerde el labio, pensativa.

—Bueno, eso es lo que me ha comentado esta mañana —explica, y saca el móvil.

Se lleva el dispositivo al oído y, al no obtener respuesta, escribe un SMS. Es verdad, hace un rato Lois me ha dicho algo de una cena, pero ¡se me había olvidado por completo! ¿Era esta noche? Imposible, jamás habría aceptado. No en esta fecha.

—Mierda —farfullo mientras me froto los ojos.

—No contesta. A lo mejor se ha quedado dormida —sugiere Becca.

—Te va a hacer la cruz —interviene Lewis, negando con la cabeza—. Está feo dejar plantada a una dama.

—Sobre todo en su cumpleaños.

«¿Cómo?». Miro a Kirk, que me observa con desprecio.

—¿Cómo has dicho?

—Hoy es el cumpleaños de Lois. ¿No lo sabías? Está feo no saber cuándo nació una chica a la que te tiras con regularidad.

No me molesto en contradecirlo, de tan perplejo que me ha dejado esta nueva información. Me saco el móvil del bolsillo y busco el número de Lois en la aplicación de Campus Drivers. Después de todo este tiempo, ni siquiera la he guardado en mis contactos.

Le hago múltiples llamadas que me llevan una tras otra a su buzón de voz.

—Ve —me susurra Carter—. Ya vuelvo con Becca.

Le doy mi vaso y desaparezco.

Intento contactar con Lois durante el trayecto de vuelta.

Irrumpo por fin en el apartamento, enciendo la luz y recorro la habitación con la mirada. La mesa está puesta y hay un ligero aroma a comida, pero Lois brilla por su ausencia.

—¡Soy un gilipollas!

Mis nuevas llamadas siguen sin respuesta. Recorro a zancadas mi salón, pensando en dónde podría estar. Los únicos amigos suyos a los que conozco están en la fiesta, así que no se me ocurre adónde podría haber ido. Espero que no esté con ese maldito Aaron. En esa moto...

—Contesta, Lois... —me desespero durante mi enésimo intento de llamarla.

Quizá le haya pasado algo. «¡Joder!». Solo ahora me doy cuenta de que la he estado ignorando estos días.

No era nada personal: lo único que quería era pasar este mes de mierda sin que nadie más tuviera que sufrir mi humor de perros.

Menuda jugada maestra: ¡he jodido lo único que empezaba a gustarme de mi monótona vida!

Vuelvo a mi coche y circulo por las calles de Columbus durante un tiempo indefinido. Debo de ir por la centésima llamada, pero Lois sigue sin responder. Me siento por los suelos y, por primera vez, no tiene relación con Mike.

—¿Hola?

Freno y me paro a la derecha. Escucho bocinazos insistentes a mis espaldas, pero me da igual.

—¡Joder, por fin! ¡Lois!

—Esa lengua, niño.

Me alejo la pantalla de la oreja; no es ella quien me ha hablado.