16. Lois #2
—Yo sí me subiría —interviene una estudiante, y se cuela delante de nuestro grupo.
Donovan hace como si no existiera: está demasiado ocupado mirando a Carrie, quien lo juzga con insolencia.
Se acerca a ella. Está tan cerca de su cara que espero que ella recule.
Admiro la determinación de esta chica. Da igual que la frente apenas le llegue al mentón a su adversario; no se mueve ni un milímetro.
—¿Qué? —dice. No está impresionada en absoluto.
—¡Tengo los muslos más cómodos de todo el campus! —contraataca, convencidísimo.
—¿Ah, sí?
Se retan con la mirada hasta que Becca pone fin a su enfrentamiento.
—¡Déjala en paz, Don! Ahórrate el esfuerzo; es inmune a tu magia.
—Pues qué pena —suelta Lewis—. Bueno, tampoco es nada nuevo.
Detrás de mí, Lane se ríe, y yo me pongo tensa al darme cuenta de dónde estoy. Aprieto las nalgas en un acto reflejo. «Pero ¿en qué estaré pensando? Así le doy nuevos motivos a Kirk».
Justo cuando voy a ponerme de pie, Lane me bloquea con el brazo, y su aliento cálido me hace cosquillas en la oreja.
—Espera un minuto —murmura, apretando su agarre.
Giro la cabeza para intentar detectar dónde está Kirk, pero la cara de Lane obstruye mi campo de visión. Está tan cerca de la mía que no veo nada más.
—Si está enfadado, es que la pelota está en tu tejado —anuncia con una sonrisita—. Lo has probado a tu manera y no ha funcionado.
Mis ojos van y vienen entre sus iris y sus labios. El ruido que nos rodea pasa a un segundo plano y aumenta la temperatura. No siento más que el peso de su brazo sobre mi vientre. El pecho de Lane me presiona la espalda con cada respiración, y me siento como si me estuviera hundiendo en su cuerpo.
—¡Kirk ha dado media vuelta! —resuena una voz en alguna parte—. ¡Vía libre!
Salgo de este estado alterado de consciencia y me acomodo de forma más natural entre Adam y Becca. Me sacudo las rodillas y cruzo una mirada con Lane. Le sonrío para agradecerle que me haya ayudado a enrabiar a Kirk.
—¿Quién va a ir a la fiesta de Jonas? —pregunta Donovan sin quitar la vista de su móvil.
Lewis y Adam pronuncian un «yo» simultáneo. Me quiere sonar lo de la fiesta, pero no recuerdo quién es el tal Jonas.
—¿Lane? —insiste Don.
—No sé. Os dejo, que tengo clase —añade, y se pone de pie—. ¿Has cogido las llaves, Lois?
—Sí, sí.
—Volveré tarde.
Abro la boca para preguntarle qué tiene planeado, pero me retracto. No es asunto mío. Y, además, no sé por qué, pero su voz se ha enfriado.
Escucho a medias lo que dicen los demás, distraída.
—¿Te vienes a estudiar con Carrie y conmigo? —me propone Becca.
—Hoy no. Me gustaría volver a casa pronto.
—Como quieras.
Me abraza a modo de despedida.
Como aún es pronto, decido volver a pie.
Así tendré tiempo para digerir todo lo de Kirk.
Camino casi una hora y media hasta llegar al apartamento.
Me pongo a hincar codos un rato, ordeno el salón y limpio el cuarto de baño.
Enseguida se hace de noche, y no tengo ganas de ir al gimnasio hoy.
Me deslizo bajo una manta en el sofá y me atiborro de patatas fritas y series de televisión.
El comportamiento de Kirk me ha arruinado un poco la motivación.
Ni siquiera ha mencionado mi nuevo corte de pelo ni mis esfuerzos. Puaj.
Espero el regreso de Lane, ya que tengo ganas de hablar con alguien, pero no vuelve en toda la noche.
Los días siguientes, pasa un poco lo mismo y apenas cruzamos palabra.
La soledad me oprime cada vez más y, cuando vuelvo de la facultad el jueves, no me encuentro muy bien.
Menuda semana llevo. Como mañana sea igual...
Si le había propuesto a Lane prepararle la cena precisamente este viernes era porque es mi cumpleaños y quería hacer algo especial.
Igual que antes. Con Kirk, siempre cocinaba para los dos ese día y, este año, me daba miedo enfrentarme a un cambio de programa demasiado radical.
Vale que no será Kirk quien probará mi comida, pero algo es algo.
Espero que Lane no lo haya olvidado. Quizá debería refrescarle la memoria, por si acaso, aunque no hace falta decirle que es por mis diecinueve años.
Si me lo pregunta, le diré que es para agradecerle su continuada hospitalidad.
Sigo pensando en eso mientras abro el portátil y envío el enésimo correo preguntando por el servicio de residencias universitarias. Aunque estoy bastante bien con Lane, debería guardarme las espaldas. Tarde o temprano, me pedirá que le deje en paz.
Cada vez lo veo más distante: habla poco, se refugia en su habitación antes que de costumbre y parece perdido en sus pensamientos cuando se digna a sentarse a mi lado en el sofá.
No me atrevo a decirle nada, porque puede que sea mi presencia prolongada lo que causa esta actitud.
Y es raro, porque últimamente nos estábamos entendiendo bastante bien, a pesar del mal comienzo de nuestra amistad.
No sé..., hay algo que no me dice, y la frustración me va a matar.
No soy curiosa por naturaleza, pero con este chico no puedo evitar hacerme miles de preguntas.
—En fin —suspiro, y doy un golpecito a la mesa baja con el puño—. Hay que buscar una buena receta para mañana por la noche.
Quién sabe, a lo mejor eso aligera un poco el ambiente.
Sigo hablando sola una media hora y después, una vez encontrado el menú perfecto, me calzo las zapatillas y me voy andando al supermercado del centro.
Vago por los pasillos, lleno el carrito siguiendo la lista al dedillo.
Añado lo que Lane compra cada semana y lo que yo necesito.
Al llegar a la caja, me doy cuenta de que me he pasado un poco.
Llevo cinco bolsas llenas que va a haber que llevar a casa de alguna forma.
Sigo caminando unos metros antes de dejarme caer en el primer banco a mi alcance.
Saco el móvil del bolsillo y me conecto a la aplicación de Campus Drivers.
¡Necesito que alguien me lleve! Con Lane ni lo intento, porque sé que va a estar ocupado con Carter todo el día.
De repente, se me ocurre escoger a Adam; nunca me ha hecho sentir incómoda, al contrario que Lewis y Donovan.
Me vibra el dispositivo entre los dedos: ha aceptado mi solicitud.
—¡Hola, Lois! —me suelta, y sale del coche nada más llegar—. He tenido que comprobar tu solicitud tres veces para asegurarme de que no era un sueño.
—He hecho la compra y necesito un esbirro para llevarla a casa sana y salva.
—¿Lane ya sabe que le eres infiel?
—Está trabajando con Carter. No quería molestar.
—Seguro que habría venido de todos modos, pero me alegro de que me hayas llamado.
—Está de mal humor últimamente y no quería empeorarlo.
Adam se queda pensativo un momento y me estudia con la mirada. Me da la impresión de que tiene ganas de contarme algo importante, pero cambia de opinión.
—Todos tenemos épocas más complicadas que otras. Pero no te preocupes: en cuanto celebremos Acción de Gracias, todo eso será agua pasada. Ya verás: comeremos de maravilla y, lo que es más importante, nos lo pasaremos genial.
—Vale.
Durante el trayecto, hablamos de la universidad, de sus estudios de comunicación, y, cuando se para, me siento casi decepcionada porque nuestra conversación ya haya acabado.
La verdad es que me cae muy bien, y me gustaría saber más sobre él.
Es la primera vez que me siento tan a gusto con un chico, sin ningún tipo de ambigüedad entre nosotros, y es muy agradable.
Me ayuda a subir la compra y hasta me echa una mano para guardarla.
—¿Te apetece beber algo? —le propongo una vez que todo está en su sitio.
—Muy amable, pero me tengo que ir.
—Avísame si me necesitas para preparar la comida.
—Perfecto. ¡Te llamo la semana que viene!
Me abraza rápidamente y, cuando la puerta se cierra tras él, me encuentro bastante mejor. Me ha conseguido sacar ciertas preocupaciones de la mente, y estoy mucho más serena cuando me quedo sobada en el sofá. Tengo un sueño tan placentero que no sabría decir si Lane ha vuelto para dormir o no.