Sin freno (Campus drivers 1) 16. Lois
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16. Lois

Lois

Aún no le he dado a Adam una respuesta a su invitación.

No logro decidir si prefiero volver a casa o quedarme aquí.

No he visto a mi familia desde este verano, pero me aterra la idea de cruzar las calles de Fort Myers, las mismas que tantas veces he recorrido con Kirk.

Nos criamos allí, éramos amigos antes de ser pareja.

Tengo tantísimos recuerdos que me da miedo que me abrumen.

Segundo problema: no les he dicho nada a mis padres todavía.

Y, por lo tanto, tampoco saben que vivo con Lane.

Aunque, bueno, dado que los padres de Kirk ya lo saben, es posible que ya se haya enterado toda la ciudad, pero preferiría no pensar en eso.

Sea como sea, de Navidad no me libro, pero puedo ganar unas semanas si evito el día de Acción de Gracias.

Mis padres son un poco hippies , así que nunca le han dado mucha importancia a esta tradición.

Seguro que no se lo tomarían a mal si decidiera quedarme en Columbus.

Al contrario: estarían orgullosísimos de que su pequeña Lois haya hecho nuevos amigos.

Por otro lado, los echo mucho de menos, y también a mis diabólicos hermanitos. ¡Qué dilema!

Salgo de una clase en la que no he seguido nada, mientras le doy vueltas a lo mismo por enésima vez. Voy tan cabizbaja que me doy de bruces con un cuerpo más duro que una columna. Dejo caer mi bolso, que me apresuro a recoger.

—¡Mierda, perdón! —me disculpo mientras me enderezo.

Todavía no he levantado la cabeza cuando una voz que reconocería por encima de cualquier otra me responde:

—Hola.

La mirada de Kirk casi me hace atragantarme con mi propia saliva.

—Eh... Mmm... Holi —balbuceo mientras me deslizo el asa del bolso por el hombro.

«¿“Holi”? ¿En serio? ¡Ya te vale, Lois!».

—¿Cómo te va? —me pregunta mientras juguetea con su gorro.

—Bien. Ahí estamos.

«Lo estás mejorando. ¡Que es Kirk!». Pero, tras la ruptura y su cambio de actitud, me siento como si estuviera frente a un extraño.

Solo que el corazón me late más rápido, obstinadamente enamorado de él.

Tengo que calmarme de alguna forma. ¡Después de tanto tiempo esperando a que me dirija la palabra!

—¿Y tú? —logro pronunciar.

—Bien.

—He visto que habéis ganado todos los partidos, qué guay.

—Sí, no nos quejamos.

No es la conversación más fascinante del mundo.

—¿Cuándo irás a Fort Myers? —Cambia el peso de un pie al otro.

—¿Cuándo?

—Por Acción de Gracias, ¿cuándo piensas volver?

«¡Genial, volvemos con el temita!».

—¡Ah! Aún no sé si volveré a casa.

Maldigo para mis adentros en cuanto esas palabras salen de mi boca. ¡A lo mejor iba a proponerme que fuéramos juntos!

—¿Es broma? ¿Y con quién lo vas a celebrar? ¡Si todos los años lo haces con tu familia!

Su tono ha cambiado. Se cruza de brazos, con el ceño fruncido.

—Sí, pero las cosas cambian —replico, a la defensiva—. Me han invitado unos amigos —añado, aferrándome al asa del bolso.

—¡¿Esos de ahí?! —resopla, y señala detrás de mí.

Me doy la vuelta y reconozco a los Campus Drivers, afincados en su puesto habitual. También están Becca y su compañera Carrie. Las oigo reír a carcajadas desde aquí. Agacho la cabeza sin querer.

—¿Desde cuándo te juntas con ese tipo de gente?

No me gusta nada ese tono mordaz. Quiero decirle que son bastante simpáticos, pero no me da tregua.

—¿Solo te estás tirando al tío con el que vives o Lewis también tiene derecho de pernada?

Es como si me hubiera estallado un tsunami en el pecho. Doy un paso atrás, niego con la cabeza y me repito lo que me acaba de soltar a la cara para asegurarme de que no lo he soñado. «No habrá insinuado que...».

—¿Perdón? ¿Cómo...?

—¿Que cómo sé que vives con O’Neill? Oí a Donovan hablar de ello con Lewis durante un entrenamiento. Ahora entiendo mejor por qué te veo tan a menudo cerca de casa.

Abro y cierro la boca sin saber qué responder. Una extraña corriente eléctrica me recorre el cuerpo, y la garganta me palpita como si se estuviera preparando para abrir una válvula que ni siquiera sabía que estaba ahí.

—¿No dices nada?

—¿Desde cuándo eso te preocupa? —Pongo una mueca de amargura—. Es la primera vez que me diriges la palabra voluntariamente en casi tres meses, ¿y es para decirme eso?

—No te reconozco —dice con frialdad.

«¿Se está burlando de mí?».

—¡Eres tú quien hace como si no me conociera desde el principio de las clases! —estallo. No reconozco la cólera que me está consumiendo.

—Necesitaba espacio, Lois —replica con un tono que aviva mi dolor—. Hemos pasado cuatro años viéndonos a diario, dependiendo el uno del otro. Quería otra cosa.

Me había imaginado de muchas formas diferentes esta conversación que esperaba con impaciencia, pero nada me ha preparado para esto. Duele. Es como una segunda ruptura. Pero la sorpresa de la primera vez no está ahí para amortiguar mi reacción.

—¡Me dan igual tus razones! ¡Es tu manera de hacerlo la que me da ganas de vomitar!

Me dejaste tirada, Kirk. Le dejaste mis cosas a la portera como un gilipollas egoísta.

No te preocupaste ni una sola vez de cómo me las apañaría, a dos días de empezar las clases.

Dónde iba a dormir... ¿Te das cuenta de que te has comportado como un cabrón de primera?

Después de cuatro años, después de todo lo que hemos vivido juntos, ¡me echas de tu vida y de tu apartamento!

Y, a pesar de eso, te he dejado en paz. ¿Y ahora vienes a insultarme?

—Me subo a los agudos a medida que mi indignación crece—.

¿Denigras a quienes me tendieron una mano cuando me encontré en la calle con nada más que tres bultos? ¡Me das vergüenza!

Mientras le soltaba toda esa retahíla, le he ido hundiendo el índice y, ahora que la ira cegadora se ha disipado un poco, me fijo en su rostro descompuesto.

—Soy yo la que no te reconozco —concluyo con toda la frialdad de la que dispongo.

Lo dejo plantado y me dirijo con paso furioso a Lane y sus amigos. Durante un breve instante, dudo de si girar a la izquierda para extender mi mal humor por las calles de Columbus, pero mis piernas se ven atraídas hacia mi compañero de piso.

Nada más verme, nota mi perturbación y arruga la frente.

—¡Dame esa hamburguesa ahora mismo! —le ordeno sin más preámbulos, irrumpiendo en mitad de su apacible círculo.

Se me queda mirando boquiabierto y el sándwich se le queda suspendido ante los labios. Le extiendo la mano y enarco una ceja para indicar que no hay posibilidad de negarse.

—¡Ah, bonito saludo!

Obtiene un gruñido por respuesta.

—¿Sabes la de grasa que tiene esto? —me dice, y le pega un mordisco.

—Dámela —le repito, acercándome más a él.

Noto miradas ajenas sobre nosotros, pero no me importa. Necesito esa hamburguesa ya mismo. Necesito tranquilizarme, y ahora nada me va a ayudar más que eso. Lane abdica; le arranco la comida de las manos y doy un mordisco. Con los ojos cerrados, busco la calma entre la carne y el chédar.

—¿Mejor? —Se ríe mientras estira las piernas.

Lo ignoro y engullo otro mordisco mientras miro detrás de mí. Kirk no se ha movido y me observa con estupor. Me falta el aliento. Nunca había estado tan enfadada como lo estoy ahora con él.

—¡Acepto vuestra invitación! —les suelto a los chicos con la boca llena.

—¿Cómo dices? —me pregunta Donovan con una ceja en alto.

—No lo hemos entendido —se burla Lewis, y se pone la mano de visera contra el sol.

—Que digo que sí a la cena de Acción de Gracias —repito más despacio.

—¡Genial! —se entusiasma Adam.

Canalizo mis nervios para ofrecerle una sonrisa amistosa. No me decidía a pasar esa noche con ellos, pero mi conversación con Kirk ha terminado por convencerme. «¡Ahora sí que no pienso volver a casa!».

—¿Lois?

—¿Qué? —escupo en dirección a Lane.

—Tranquilita...

—Perdona. —Me reprendo a mí misma y exhalo.

—¿Qué te ha dicho? —me pregunta, señalando con la cabeza a mi ex.

No sabía que Lane me había visto hablar con él. Qué pena; por una vez, me habría gustado que interviniera. Incluso ni me habría molestado que lo hiciera Lewis. En condiciones normales, lo habría evitado, pero a veces hay que arrimarse a un clavo ardiendo.

—¡Sabe que vivo contigo y ha tenido la poca vergüenza de darme una lección de moralidad!

—¿Es una broma? —Se tensa inmediatamente.

—Me puso de patitas en la calle —exhalo mientras me va calando la gravedad de sus actos—. ¡Se deshizo de mí como de un polvo de borrachera!

—¡Aleluya, hermanos! —canturrea de repente para sus amigos—. ¡Nuestro Corazoncito Roto ha recuperado sus facultades mentales!

Le pego una patada en la tibia; ahora mismo no es el momento de burlarse de mí.

—Ya era hora de que te despertaras. No se merecía el puto pedestal en el que lo tenías. Tu Kirk es un mierda. Peor que la mierda.

—Y por ahí asoma —interviene Becca, e inclina la cabeza.

—¿Ah, sí? —Me tenso, pero no me atrevo a darme la vuelta.

—Sí, ahí lo tienes. Menuda cara pone. No sé lo que le has dicho, pero ¡está cabreadísimo!

La parte de mí que aún sigue enamorada de él se regodea.

Puede que mis palabras le hayan calado y venga a disculparse.

O puede que tenga más groserías que decirme...

Ha estado bien cantarle las cuarenta, pero creo que no tengo valor para una segunda ronda.

Me muero de ganas de refugiarme en el sofá de Lane, en posición fetal.

—Me piro —exhalo. Noto cómo se me acelera el pulso.

—¡No! ¡Súbete a mis rodillas, Lois, deprisa! —suelta Lane, con una convicción que me da ganas de confiar en él.

Dejo caer mi bolso sobre la hierba y me siento como puedo en sus muslos. Me aprisiona con el brazo, firme sobre mi abdomen, y luego reposa el mentón en mi clavícula. Su aroma, al que me he acostumbrado, me envuelve por completo.

—¡Uala! Pero, tío, ¿cómo lo haces? —exclama Donovan con ojos como platos—. Tú pides por esa boquita y ella obedece. ¡Fenomenal!

Busca a su alrededor hasta que sus ojos se posan en Carrie, la compañera de Becca.

—¡A mis rodillas, deprisa! —le ordena con total seriedad.

—Antes muerta —le responde ella con una mueca.