Sin freno (Campus drivers 1) 15. Lane
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15. Lane

Lane

Estoy garabateando lo que me pasa por la cabeza cuando alguien me arranca los papeles de las manos. Miro con sorpresa a Lois, quien los lanza por los aires sin precaución.

—Eh... ¿sí?

Se gira, se inclina hacia delante y, en cuestión de un segundo, está pasando una pierna por encima de las mías para instalarse a horcajadas sobre mis muslos.

—¡Oye! ¡Oye! ¿Qué haces, Lois? —Me tenso.

—¿A ti qué te parece? —susurra mientras intenta hacer que me tumbe.

Me resisto y la agarro por el hombro para alejarla.

Me echo a reír; seguro de que está a punto de soltarme una pulla o que va a volver a intentar sonsacarme alguna explicación.

Ella suelta una risita ahogada, me mira a los ojos y, cuando creo que va a decir algo, se contonea y se sube la camiseta por encima de la cabeza.

Mi risa se convierte en un sonido ahogado.

—Pero bueno...

Me quedo sin palabras ante el sujetador más sexi que he visto jamás. Gris perla, con un encaje tan fino que sus pezones parecen a punto de atravesarlo. Se me ha hecho la boca agua, pero..., pero ¡si es Lois!

—Ah, es por el pastelito, ¿no? ¿Demasiado azúcar en el torrente sanguíneo? —logro decir sin dejar de mirarle los pechos.

—Tócalos —me ordena. Su voz suena muy diferente.

Pestañeo y obligo a mis hormonas a calmarse.

—Venga, Laney, sé que quieres.

Difícil ocultárselo. Toca mi erección y mis manos se aferran a sus caderas en un acto reflejo incomprensible.

Quería apartarla, pero solo la he acercado más.

Ella suspira de placer, se muerde el labio y echa la cabeza hacia atrás.

Es delirante. ¡Esto no está pasando! Es Corazón Roto.

Intento repetírmelo, pero el baile de sus senos ante mí me hace perder el hilo. Soy débil.

—¿Y Kirk? —logro preguntarle. Algo me arde en el vientre.

—¿Quién? —Se ríe y se inclina hacia mí—. Bésame.

Mis labios se acercan a los suyos sin protestar, pero Lois niega con la cabeza y me agarra un mechón de pelo para guiarme más abajo.

—Aquí. Sé que piensas en ello desde lo de la piscina.

Me suelta el pelo y se lleva las manos a la espalda para quitarse el sostén.

A medida que este se separa de su cuerpo, el corazón se me va acelerando.

Nunca pensé que llegaría un día en el que la desearía tanto.

Seguramente es un grave error, dado que vive aquí, pero no puedo desprenderme de esta excitación que me hace tiritar a pocos centímetros de su pecho. Tengo que probarlo.

Dejo de pensar y me meto uno de sus senos en la boca. Cierro los labios sobre él, pero se me escapa. Vuelvo a intentarlo, una y otra vez, estrechando su cuerpo con más fuerza entre los dedos. Cada vez que intento aspirar, desaparece.

—Lane —gime, primero con suavidad, pero lo repite con una intensidad que aumenta cada vez más—. ¡Lane! —ruge con una voz mucho más grave de golpe—. ¡Lane!

Abro los ojos sobresaltado, con el pulso acelerado, y me cuesta varios segundos, sin aliento, asimilar lo que acaba de pasar. Me miro las manos, que sostienen con fuerza la sábana arrugada.

—¡Lane! —susurra la misma voz grave a mis espaldas—. ¡Arriba, amiguito!

Mi cerebro está todavía perdido en el palacio de Morfeo, pero no me hace falta mirarle a la cara para reconocer a Carter, quien me llama desde el umbral de mi habitación. «Era un sueño».

No sé si estoy decepcionado o aliviado, pero no tengo tiempo de pensar en ello. Oigo a Carter rodear la cama, y sus piernas aparecen en mi campo de visión.

—Pero ¿qué veo? ¡ Mazel tov , hermano!

—No es lo que piensas. Solo estábamos durmiendo.

—Eso ya me lo imaginaba... No hay más que veros. Hasta durmiendo parecéis cabreados —constata mirando el colchón—. Os dais la espalda. Cada uno en un lado de la cama. Sí, sí, ya se ve que es platónico... —suspira, y niega con la cabeza.

«Sí, eso díselo a mi subconsciente».

—Tiene pinta de que se está muy calentito... ¿Puedo meterme ahí con vosotros?

—¡Largo! —le gruño, y le tiro mi almohada.

Lois se mueve y Carter se traga la risa. Me incorporo con cuidado y nuestra atención se dirige a mi compañera de lecho.

—Dame ese salami —murmura en sueños.

Alzo una ceja y miro de reojo a Carter, quien tiene lágrimas en los ojos y se está mordiendo el puño para no reírse. Le hago señas para que se vaya.

Salgo de la cama y me quedo plantado en la entrada de la habitación.

Giro la cabeza y me quedo mirando, durante quizá demasiado tiempo, a esa Lois dormida que se ha colado en mis sueños.

Como si sintiera el peso de mi mirada, se da la vuelta y estira los brazos por encima de la cabeza, regalándome una vista directa de sus pechos.

—Joder —refunfuño, y me voy de la habitación de las tentaciones.

Encuentro a Carter sentado en un taburete de la cocina, esperándome con una sonrisa bobalicona de oreja a oreja.

—¿Me he perdido la transición del sofá a la cama? —arranca sin rodeos.

—¡Podrías haber hecho café!

—Te estaba esperando. Así que Lois y tú...

—¡Que te calles! Quiso echarme una mano con el guion y se quedó dormida en mi cama.

—¿Y tú la dejaste?

—Estaba tan agotado que no me di ni cuenta —me defiendo mientras enciendo la cafetera.

Le doy la espalda mientras me deshago de las últimas imágenes de mis sueños. Pongo dos tazas entre nosotros y tomo asiento frente a él. Me tiro de los calzoncillos con una mueca.

—¿Algún problema, Laney?

—Ninguno.

Inclina la cabeza para ponerse al nivel de la mía, que he agachado, y carraspea con satisfacción.

—¡Tal como yo pensaba!

—¿Qué?

—¡Has tenido un sueño guarro! Te lo veo en el blanco de los ojos, ¡por no hablar de cómo hueles a lefa, colega!

—¿Desde cuándo te sorprenden estas cosas? —Dejo caer la taza con ímpetu, cabreado.

—¡Desde que es Lois!

«¡Este tío es poco menos que un puto mago!».

—¡Nos pasamos cuatro horas trabajando en escenas de folleteo, tío! Tampoco le busques tres pies al gato.

—Vale —dice con un retintín francamente irritante.

—Lo digo en serio.

—Vale —repite con el mismo tono.

—Vete a tomar por culo.

—Vale.

Se pone de pie de un salto y simula decir «L. O. I. S.» de forma muy exagerada. Da repelús.

—Vale ya —le bufo, amenazándole con el dedo.

Me ignora e insisto:

—¿Esto te ayuda a visualizar una nueva escena clave?

Al oír la voz de Lois resonar en el salón, Carter se congela tan rápido que se cae de culo.

—¡Lois! —exclama, y se pone de pie—. ¿Has dormido bien?

—Uf —responde con un bostezo—. He soñado unas cosas rarísimas...

—¡¿Ah, sí?! —suelta Cart mirándome con fingida sorpresa—. ¿De qué tipo?

—Había comida por todas partes y un enorme...

—Salami —murmura él guiñándome el ojo.

—Pastel —continúa ella con ingenuidad—. Creo que la dieta me está afectando.

Se acerca a la cafetera, y yo aparto la vista cuando tira de su pantalón corto para recolocárselo. Se bebe el café en tiempo récord, observa el calendario que hay colgado detrás y suspira mientras mira por la ventana.

—¿Te dejo en la facultad? —le propongo mientras Carter se aleja para hacer una llamada.

—No, voy a ir a pie, que hay que quemar el pastelito de ayer. Estamos a uno de noviembre —añade haciendo una mueca.

«Dime algo que no sepa».

—¿A qué viene esa cara?

—A nada. —Se encoge de hombros.

Arrastra los pies hasta su bolsa, que sigue en el mismo sitio desde que llegó, y busca algo en su interior. Se va al baño con su ropa sin decir nada más. Antes de perderse en el pasillo, parece dudar un momento.

—¿Te apetecería que cocináramos algo un día? —me dice finalmente, girándose hacia mí.

—¿Qué celebramos?

—Nada. Solo es una idea.

—Si te apetece...

—Entonces ¿qué tal el viernes? Este no, el siguiente.

—Eh... Vale.

—Genial.

Se hace a un lado para dejar pasar a Carter y desaparece de mi vista.

Está muy rara esta mañana. Nuestras risas de anoche se han esfumado.

Parece que algo le preocupa. Me viene a la mente la trifulca con Aaron, y el sabor de los remordimientos se mezcla con el del café.

¿Estará pensando en eso todavía? Me pasé de la raya...

¿Por qué no me contuve anoche? ¿Por qué no le expliqué simplemente la razón por la que verla en la moto me sacó de mis casillas?

—He quedado con Becca en el centro —me informa mi amigo mientras se guarda el móvil.

—Todo bien.

—Tú estás pensando en tu hermano —declara mientras se pone la chaqueta.

—Anoche, cuando salía de tu casa, fui a buscar a Lois después de las clases, pero resulta que iba a llevarla a casa su profesor. En moto.

Cuando acabo mi discurso, recobro el aliento por primera vez.

—Te ha traído malos recuerdos, sobre todo tan cerca del aniversario de su muerte.

—Peor. Se me fue la olla totalmente. Estuve a punto de pegarle un puñetazo a ese tío en la boca.

—Oye, ¿y Lois lo sabe?

Mis ojos hablan por mí; Carter niega con la cabeza.

—No entiendo por qué te lo guardas, Lane.

—No me gusta hablar de mi vida.

—Ya, pero es Lois.

—¿Qué quieres decir con eso? Casi no la conozco. Me costó casi un año contárselo a los demás.

—Muy bien. Y entonces ¿qué es lo que te pica?

Se me acerca y hunde las manos en los bolsillos.

—¿No te habrá puesto un poco celoso verla con ese tío?

—¡Déjate de gilipolleces! Y, además, esa tía está enamorada de su ex. No se va a tirar a otro.

—¿Te refieres a ti o a su profe?

—Carter, Lois no me interesa, ¿vale? ¡Déjate de indirectas raras!

—¿La consideras una amiga o no?

Me froto la cara y suspiro.

—Sí, supongo. Algo así.

—Te diré una cosa, colega. Yo tengo amigas y nunca me pongo así. Eres un pelín torpe en las relaciones sociales, así que te voy a ayudar un poco.

—Te escucho, doctor Carter.

—Tíratela.

Suelto una risa forzada, y él sonríe, satisfecho.

—Además, Lois...

—¿Sí? —lo interrumpe ella de pronto, saliendo del baño—. ¿Estabais hablando de mí? —añade con suspicacia.

—Le decía a Lane que tendrías que tirarte a...

—Carter —le bufo, mirándolo de reojo.

—Algún tío —prosigue como si nada—. O tía, si lo prefieres.

Se queda mirándolo con ojos muy sorprendidos, y luego se agacha para coger su portátil de la mesa baja.

—No voy ni a preguntar por qué debería hacer eso —declara mientras se pone el abrigo.