14. Lois #3
—Pero ¿qué te pasa con las motos? —susurro levemente sin saber realmente por qué.
Veo que se crispa antes de cerrarse como una ostra. Espero un poco, aunque tengo la sensación de que eso es todo lo que voy a sacarle.
—¿Adónde vas? —me pregunta al verme salir de la habitación con paso decidido.
No le respondo, y me voy a la cocina. Abro los armarios en busca de lo que hemos comprado esta tarde, me hago con un cuchillo y me voy sin más dilación. Me subo a su colchón, me siento contra el cabecero y pongo la cajita de cartón en mis muslos.
—No irás a comerte eso en la cama, ¿no? —me suelta al ver el pastelito que estoy desenvolviendo.
—¡Tú comes en mi cama cada día! —le replico apuntándole con el cuchillo—. Y tus amigos también, para colmo. Así que sí: ¡me pienso zampar este pastelito tan delicioso aquí mismo!
—¿Qué ha pasado con tus buenos propósitos?
—¿Qué ha pasado con tus respuestas a mis preguntas? —contraataco con el mismo tono.
Suspira, coge un paquete de pañuelos de su escritorio y se sienta en la cama conmigo. Me tira dos por encima.
—¡Puaj! Si son los que usas para las pajas, ¡no, gracias!
—¿Perdón? ¿Y eso, a qué viene?
—Todos mis hermanos tienen también pañuelos en la mesilla. Tengo un bloqueo psicológico con ese tema. ¡Qué asco!
—Eres una chica bien rara.
—Calla un momento. Déjame disfrutar de esto —le interrumpo, acercándome un trozo enorme de pastelito a la boca.
Inspiro el dulce aroma del chocolate industrial y empiezo a salivar tanto que me veo obligada a tragar. Y, cuando el sabor tan esperado explota en mis papilas, no contengo un gemido, el gemido de una chica a dieta que se ha privado de estos manjares durante demasiado tiempo.
—Joder, es el mejor día de mi vida —murmuro con los ojos cerrados.
Al volver a abrirlos, veo a Lane mirándome fijamente.
—¿Qué? —pregunto con la boca llena.
—Nada.
—Te he cortado un trozo. ¡No me hagas quedar como una tragona ahora! Además, es el pastelito de la amistad. —Le encasqueto un trozo.
Cojo otro y lo levanto a su salud.
—¿Tu guion va bien? —le pregunto señalando los folios desperdigados sobre el escritorio.
El cambio de tema le desestabiliza. Está tan sorprendido que no insisto más. No se imagina que estoy buscando un método más sutil para obligarle a abrirse.
—La verdad es que no. No estoy muy inspirado últimamente. Pero Carter es implacable. Sabe cómo asegurarse de que no me escaquee.
—¿Sois amigos desde niños?
Me he acordado de que Becca me contó un día que Lane y él se conocían desde hace mucho, pero quiero que me lo cuente él. Que me hable un poco de su vida. Toma aire, y desvía la mirada a un lado. Me quedo mirando sus labios fruncidos.
—Sí.
Vaya, qué buena respuesta. Tengo la impresión de que tiene ganas de contarme más, pero no lo hace. Me quedo algo decepcionada, pero procuro no mostrarlo. Si he aprendido algo de nuestra convivencia, es que a Lane hay que cogerlo con pinzas.
—¿Quieres que te eche una mano? —le propongo, y dejo la bandejita de aluminio en su mesita.
—¿Quieres ayudarme a hacer porno? —se mofa, y alza una ceja.
—¡Deja de mirarme como si fuera una solterona reprimida! Además, ya te he dicho que tengo hermanos con las hormonas revolucionadas, así que sé más sobre el tema de lo que me gustaría.
—Eso suena a propuesta indecente. —Se ríe y se acerca al escritorio—. Si no viniera de ti, podría pensar que va con segundas.
—Pero ¡viene de mí! —canturreo, y me pongo cómoda—. Te está vibrando el móvil —añado al ver la pantalla que se acaba de encender al lado de mi rodilla—. Una tal April.
Cojo el dispositivo para ver la foto que aparece.
—¡Ya sé quién es! —exclamo con asco—. ¡Es la que casi me ahoga el mes pasado! Si va a volver, ¡avísame para que duerma en el coche!
Lane vuelve a su sitio encima de la cama y le oigo bufar.
—Está buenísima —comento con tono desganado—. En este puerco mundo no hay justicia. ¿No vas a contestar?
—No.
Recupera su móvil, lo tira a nuestros pies y me tiende unas notas escritas con sumo cuidado.
—Lee esto, a ver qué puedo añadir. Nada de mariconadas, Corazón Roto, o ¡considérate despedida!
—¿«Despedida»? ¿Eso quiere decir que me vas a pagar?
Me lanza una mirada que parece decir muchas cosas, entre ellas «ya vives aquí, cari», y yo me escondo detrás del papel.
Y así, sin darnos cuenta de cómo, Lane y yo nos ponemos a trabajar codo con codo.
No sé si le soy de gran ayuda, porque me entra la risa demasiado a menudo.
Pero no parece molestarle, y se le ve más calmado que al principio.
No he conseguido saber nada más de lo de la moto, pero decido no pensar en ello por ahora. Me lo estoy pasando demasiado bien imaginándome escenas de sexo descabelladas, y el asombro de Lane con cada una de mis propuestas es para partirse.
No me doy cuenta de cómo pasan las horas y no pienso ni una sola vez en Kirk.
Ni siquiera cuando se me nubla la visión por el cansancio y mi cuerpo se hunde en las almohadas.
Lo único que importa son mis esfuerzos por ganarme a este enorme cabezota.
Y tengo muchos más recursos de los que se imagina.