Sin freno (Campus drivers 1) 14. Lois #2
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14. Lois #2

—¡Bájate de ahí! —vuelve a gritar esa voz que no sé si reconozco.

El timbre suena ronco y amenazador y, por instinto, aprieto los muslos contra las caderas del conductor.

—¿Lo conoces? —oigo que me pregunta.

Me peleo con la correa del casco y, cuando por fin logro quitármelo, lo primero que veo es a Lane, en medio de la carretera, corriendo hacia nosotros. Abro la boca y entorno los ojos en un intento de averiguar qué narices le pasa.

A medida que se acerca, me voy encogiendo. Da miedo. Nunca lo había visto así. Está enfurecido y le oigo soltar groserías a diestro y siniestro. Aaron se quita el casco y me mira perplejo. No le devuelvo la mirada; estoy demasiado concentrada en la estruendosa llegada de Lane.

—¿Qué coño haces? —me interpela con una voz atronadora.

Se queda plantado a dos pasos de mí, mirando con rabia el vehículo en el que estoy sentada.

—¿Algún problema, tío? —pregunta Aaron.

—¿Qué coño haces en esa puta moto? —suelta, ignorando abiertamente a su propietario.

—Mmm. Ahora mismo, volvía a casa —respondo con un hilo de voz, como si se tratara de mi padre.

Aprieta los puños, jadea mucho y sus pupilas parecen las de un poseso. «Pero ¿qué mosca le habrá picado?».

—¿Cuál es el problema?

—¡Métete en el coche! —me espeta señalándome con el dedo.

Enarco las cejas y me echo a reír.

—Pero ¿quién te has creído?

—¿Con qué derecho te crees a hablarle así? —interviene Aaron, bajándose de la moto.

Hincha el torso y se acerca a Lane. Yo dejo el casco a mi lado y me deslizo por un lado para poner el pie en el suelo. Noto la mano de Lane rodear mi brazo, tirar de él y, en cuestión de un instante, me encuentro a sus espaldas, como si corriera un grave peligro.

—Súbete a esa mierda y arranca —le ruge a Aaron.

Sigue clavándome los dedos en la piel, y le tiemblan tanto que duelen.

—Déjala —le ordena Aaron, y da un paso al frente.

—Lane, me haces daño —murmuro mientras intento zafarme.

Gira la cabeza para mirarme el brazo, y luego me mira a los ojos.

Lo que leo en los suyos me deja sin aliento: una mezcla entre rabia y miedo.

Tiene las pupilas dilatadas y brillan con una angustia que no alcanzo a entender.

Su respiración errática resuena entre nuestros rostros y, sin poder contenerme, le pongo una mano en la mejilla.

Él sigue sin quitarme los ojos de encima, y es la primera vez que hay una intensidad tan tangible entre nosotros.

—¿Qué pasa?

—Espérame en el coche, Lois.

—Pero...

—Por favor.

No es ni una orden ni una propuesta. Sus palabras suenan como una súplica, y se me hace un nudo en el estómago.

—De acuerdo —cedo con un suspiro.

Me libera el brazo de una vez y, en cuanto aventuro el primer paso, Aaron rodea a Lane para interceptarme.

—¿Lois?

Cuando Lane lo empuja, el ambiente apesta a testosterona.

—¡Ya vale, Lane! —Tiro de su chaleco, exasperada—. ¡Quien tiene que poner el culo en el coche eres tú!

—Tú no...

—¡Ya mismo! —le corto mientras doy pisotones.

Nos enfrentamos mirada contra mirada durante lo que parece una eternidad, hasta que por fin parece resignarse. Antes de alejarse, le lanza por última vez a mi profesor de aquagym :

—No se va a montar en tu moto. —Lo amenaza con el índice—. Jamás. O te parto la boca.

Tras estas dulces palabras, se marcha con paso exaltado, y yo me froto los párpados mientras niego con la cabeza.

—Lo siento, Aaron.

—¿Es tu novio?

—¡No! Es solo un colega. No sé por qué ha reaccionado así.

—O bien le gustas, o bien tiene un trauma gordo con estas cosas —responde señalando la moto.

—No soy el tipo de Lane. —Me río, y miro hacia atrás—. En fin..., que no entiendo nada. Me da hasta vergüenza. Espero que me sigas permitiendo asistir a tus clases.

—¡Pues claro!

—Estupendo.

Me tenso cuando me estrecha entre sus brazos. El oportuno sonido de un claxon me hace retroceder.

—Bueno, pues hasta el martes. Que pases buena noche, y te pido perdón otra vez.

—Lo mismo digo —concluye él, mirando al otro lado de la carretera.

Me meto las manos heladas en los bolsillos del abrigo y troto hasta el coche de Lane.

Me abalanzo dentro para ponerme el cinturón, miro al conductor y cruzo los brazos sobre el pecho.

Lane tiene la vista clavada al frente. Por mucho que carraspeo, ¡tres veces seguidas!

, no se inmuta. Harta de esperar, decido romper ese insoportable silencio.

—¿A qué ha venido eso?

Al menos, mi voz le hace reaccionar, pero no como habría esperado. Gira la llave en el contacto, hace rugir el motor y se adentra en la circulación. Yo sigo mirándolo, inmóvil, aunque me den ganas de vomitar.

—¡Si no abres la boca, me bajo en el próximo cruce!

Inspira, se digna por fin a mirarme y, cuando creo que va a hablar, se contenta con abrir mucho la boca. Y eso es todo.

—¡Ja, ja! ¡Muy gracioso!

Se detiene en un atasco y yo me desabrocho el cinturón, dispuesta a hacer efectiva mi amenaza. Tiro de la manija para abrir la puerta, pero no caerá esa breva. Está bloqueada; nada que hacer.

—¡Abre! —me impaciento.

Él sigue mudo. Yo acabo desistiendo y bajo los brazos.

Cuando por fin llegamos a su piso, salgo a la calle de un salto y subo los escalones de tres en tres deshaciéndome en insultos.

«¡No se va a salir con la suya!». Dejo caer el bolso cerca del sofá y me quedo de pie en medio del salón.

Lane entra también, arroja las llaves sobre la cómoda de la entrada y se pierde en el pasillo que lleva a su habitación. «¡Será posible!».

—¿Te estás burlando de mí? —le grito sin obtener respuesta.

Bueno, pues nada: a grandes males, grandes remedios.

Lo sigo, golpeando el parqué con los talones.

Abro la puerta con la palma de la mano, que rebota contra la pared con gran estruendo.

Lane está instalado en un sofá, con los codos apoyados sobre las rodillas.

Sube y baja los hombros rápidamente, como si hubiera entrado corriendo.

—¡Exijo una explicación! —anuncio a pleno pulmón—. ¿Sabes la vergüenza que me has hecho pasar? ¡Si crees que te vas a librar tan fácilmente, vas listo, amigo!

Sigue mirando el suelo y marcando el compás con el pie. Acerca un brazo al escritorio y coge unos cascos para cubrirse las orejas. No le doy tiempo de encender el móvil para poner música. Le arranco los cascos, y con ellos casi el cuero cabelludo, y los tiro sobre la cama.

—Te escucho —insisto.

Se pone de pie y se arrodilla en el borde de la cama para recuperarlos.

—Si crees que me voy a olvidar... —gruño, y me agacho a su lado.

Trepo al colchón y le hundo el codo en el omóplato para impedirle avanzar.

Intenta librarse de mí clavándome la palma en la mejilla, pero eso solo me irrita aún más, y estalla una trifulca en la que él intenta apartarme y yo me impulso con el pie.

Aterrizo sobre la mitad de su espalda y avanzo un poco por encima de su cabeza.

Estoy a dos dedos de conseguirlo cuando Lane gira sobre sí mismo.

Me agarro a sus hombros, pero me deslizo a un lado y caigo de espaldas al suelo, momento en el que aprovecha su pesado cuerpo para abalanzarse sobre mí y ganarme ventaja.

—¡Socorro! —logro decir a duras penas, jadeando.

Pestañeo, la presión se reduce un poco y el rostro de Lane, con ojos como platos, se revela justo encima del mío. Muevo las piernas, pero las suyas bloquean mis movimientos. Me está cubriendo las orejas con ambas manos y me observa con el ceño fruncido.

—He ganado —gruñe sin moverse ni un milímetro.

—He ganado yo —le replico, imitando su tono.

—Yo estoy encima y tú debajo.

—Has hablado.

Pone una mueca, y yo levanto las caderas para que me libere. Rectificación: me tiene inmovilizada con todo su peso, y yo no soy capaz de hacer más que un pequeño y ridículo amago.

—¡Quita! —digo, ahogada y todavía pataleando.

—¿No querías hablar?

—¡Así no!

Extiende los brazos, se separa de mí y me recorre el cuerpo con la mirada.

La intensidad me hace temblar, pero no tengo tiempo de pararme a pensar en el malestar que se extiende por mi pecho.

Lane se pone de pie de un brinco y se sienta en el borde de la cama.

Me ofrece la mano y me ayuda a ponerme de pie.

Yo no dejo escapar ni sus dedos ni sus pupilas.

Estoy decidida a sonsacarle información, y él lo sabe.

—No sabía que ibas a venir a buscarme —intento darle pie.

—No sabía que tu profesor era del tipo que llevaba a casa a sus alumnas.

—No veo por qué eso es un problema. Ni por qué te importa.

No lo he dicho con tono agresivo, pero Lane no se lo toma bien. Me suelta la mano y abre la boca para replicar, pero se retracta en el último momento. ¡Me saca de quicio!

—¿Por qué no me has llamado? —me suelta de repente.

—Desde el principio, te prometí hacer todo lo posible por que no notaras mi presencia.

—¡Venga ya! ¡Déjate de tonterías! ¡Sabes muy bien que ya no estamos en ese punto!

—Ya soy mayorcita —me defiendo, mosqueada.

—¡Sí, eso ya lo veo! ¡Una chica mayorcita que se monta en la moto de un tío que casi no conoce de nada!

—Aaron es muy majo. ¿Qué problema tienes con él?

—¡Joder, que eres una puta inconsciente!

No entiendo su comportamiento. Vale que ya no estamos tirándonos de los pelos cada cinco minutos, pero esto...

—Espera, ¿ahora te preocupas por mí? —resoplo, estupefacta.

Asimila mis palabras; parece que esta pregunta le perturba tanto como a mí.

—Llevamos dos meses viviendo juntos —contesta, como si eso fuera una respuesta.

—¿Y?

—Y ya está.

—Sería una declaración de amistad muy conmovedora si no sonara como el dogma de una secta.

—¿Es una queja?

—Depende... ¿Hay otras normas que deba seguir, gran gurú?

Se pierde en sus pensamientos, y me veo obligada a chasquear dos dedos delante de su nariz para que regrese al presente.

—Mientras vivas bajo este techo, no volverás a montar en una moto —me suelta con tono sombrío.

No me esperaba esa salida en absoluto.