Sin freno (Campus drivers 1) 14. Lois
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14. Lois

Lois

Observo las calles de Columbus por la ventana, instalada a la derecha de Lane.

Los lugareños caminan a paso rápido por las calzadas, envueltos en abrigos que la caída de las temperaturas ha hecho indispensables.

No puedo creer que el tiempo haya pasado tan rápido.

Ya hace dos meses que Kirk rompió conmigo.

Ocho semanas desde que intento cambiar tanto mi cuerpo como mi estado de ánimo.

Sesenta noches durmiendo en el sofá de Lane.

No es que sea incómodo, pero, desde que descubrí aquella habitación desocupada al fondo del pasillo, los cojines ya no me parecen tan mullidos.

Hasta que Lane me pidió que fuera a recuperar el proyecto de guion de su escritorio, nunca había recorrido aquel pasillo.

Así que no lo pensé: abrí la primera puerta que vi, convencida de que en el piso no había más que una habitación.

Después de todo, llevo en su sofá desde finales de agosto. ¿Cómo podría haberlo sospechado?

Mi primera impresión fue de sorpresa, por las dimensiones de la habitación, y, a pesar de la penumbra, las persianas estaban echadas, y distinguí enseguida una cama grande, un escritorio y dos cómodas.

Pero enseguida me di cuenta de que esa habitación no la ocupaba nadie.

No había ningún indicio de actividad, ni tampoco de ese aroma característico que deja Lane.

Me quedé congelada, dejando que mi estupor se convirtiera en ira.

¡Ese cretino me había tenido partiéndome la espalda en el sofá durante dos meses cuando tenía un espacioso colchón esperándome a apenas unos pasos!

En cuanto Lane me llamó, cerré la puerta, corrí a su habitación para cumplir con mi misión inicial y volví al salón hecha un manojo de nervios.

Estuve tentada de soltarle un comentario mordaz, hasta que recordé algo importantísimo: ya me estaba haciendo un favor enorme al permitirme quedarme cerca de Kirk.

¡Mejor no tentar a la suerte y conformarme con su viejo sofá!

—¿En qué piensas, Corazón Roto?

Aparto la vista de la calle que circula ante mis ojos y me fijo en mi conductor.

—En la lista de la compra que había preparado y que me he dejado en tu cocina —respondo, encogiéndome de hombros.

Podría preguntárselo, he tenido dos semanas para hacerlo, pero algo me lo impide. Probablemente, el miedo de acabar en la calle por sobrepasar los límites mal definidos de Lane.

—Ya que sigues con esa tontería de dieta, creo que tampoco te hará mucha falta.

—Mimimimi.

—Hay que ver, qué conversaciones tan apasionantes tenéis siempre —nos pica Lewis desde el asiento trasero—. Joder, os parecéis a mis padres.

Le saco la lengua y me quedo mirando a Lane un poco más, estupefacta por la relación que tenemos.

No sé si puedo llamarla amistad, porque jamás nos hemos confiado nada personal; pero, sea lo que sea, es curioso lo bien que nos entendemos.

Me pregunto qué resultará de este encuentro inesperado cuando haya recuperado mi vida junto a Kirk.

Lane y sus amigos no son el tipo de chicos con quienes se suele llevar bien. Yo tampoco, en condiciones normales.

—¿Por qué me miras tanto, Lois? ¿El efecto Campus Drivers ha hecho acto de presencia por fin?

—¡Ay, no! ¡Me has pillado! —exclamo—. Me estoy enamorando de ti, Laney. Estás increíble cuando te abrochas el cinturón. Y, cuando giras el volante, ¡los ojos se me hacen chiribitas!

—Espera a que me veas aparcar en paralelo —susurra arqueando las cejas.

—¡Ay, sí, porfa! ¡En paralelo!, ¡apárcame en paralelo! —grito mientras me abanico con la mano.

—Estáis Superlocos —nos interrumpe Lewis, apoyándose en nuestros asientos.

—¿Me recuerdas por qué tenías que venir con nosotros a hacer la compra? —inquiere Lane, aprovechando un semáforo en rojo para mirarlo.

—Tengo la regla y me he quedado sin tampones —replica con total naturalidad.

Nada más entrar en la tienda, Lewis se hace con un carrito y se embala con él por el pasillo.

Me separo de los chicos en la primera bifurcación que encuentro.

Yo sí que necesito tampones, y no me apetece tenerlos pegados al culo.

Recorro las secciones a grandes zancadas, y enseguida tengo los brazos llenos.

No me había parado a revisar los productos del carrito, que ahora empuja Lane, hasta ahora.

Al analizar lo que ha comprado él, me echo a reír.

—¿Qué es eso, colega? —suelta Lewis, señalando el carrito en el que está la caja de preservativos—. ¿Desde cuándo comes esa mierda saludable?

—No es para mí —responde, y frunce el ceño.

—¿Dónde está la grasa y el colesterol?

—Aquí —intervengo, y dejo caer todo lo que llevo dentro.

Lewis se nos queda mirando a ambos alternativamente, y Lane se muerde el labio.

—Os hacéis las compras el uno al otro —declara Lewis negando con la cabeza.

—¿Qué coño haces? —gruñe Lane al ver que su amigo hace una foto de la escena.

—Esto tengo que enseñárselo a Ramos Fernando. El pobre todavía se siente culpable por lo del sofá.

No entiendo nada de lo que dice Lewis, y su reacción acaba por hacerme sentir incómoda.

—¡Dame eso! —Lane pierde la paciencia.

Se echa a correr detrás de Lewis, y yo me adelanto hasta la caja sin dejar de mirar el carrito. Tampoco sé muy bien por qué he escogido la comida de Lane y viceversa. Es todo rarísimo.

Cuando me llega el turno y estoy delante de la cajera, me cuesta entender lo que me dice.

—¿Cómo?

—¿Es tu novio?

—¿Qué?

—O’Neill. ¿Estáis saliendo?

—¿Quién?

—¡Lane! —Se impacienta y señala algo a mis espaldas.

Me quedo mirándola, confusa, hasta que la reconozco. También estudia en la OSU; recuerdo habérmela cruzado por el campus.

—¡No, no!

—Nunca lo había visto venir aquí con una chica —declara, y arruga los ojos maquillados.

—Solo somos amigos.

Mi frase suena un poco rara, pero parece convencerla.

—Cuarenta y tres dólares con sesenta y dos centavos —concluye.

Le tiendo el dinero, y ella me devuelve el cambio con una sonrisa radiante.

¡Ah, no! ¡No era para mí!

No había oído a Lane deslizarse detrás de mí, y esos dientes torcidos que exhibe son para él.

—¿Qué tal, Zoey?

—No me puedo quejar —susurra ella mientras juega con su collar.

—¡Me alegro!

—¿Vas a ir a la fiesta en casa de Jonas?

—¿Cuándo era?

—El doce de noviembre.

Alzo una ceja al oír esta fecha, y a Lane se le acelera un poco la respiración.

—Ya veremos —murmura con un tono de voz totalmente distinto.

—Espero que nos veamos —insiste ella, y se inclina hacia delante.

Lane deja escapar una especie de risa ahogada antes de coger las bolsas y poner rumbo hacia el coche.

—¿Tú irás? —me pregunta ella sin mostrar ahora el más mínimo interés.

—No, es mi cumpleaños.

Estoy casi segura de haberle oído bufar un «pues mejor» cuando me alejo.

Lane está metiendo las compras en el maletero. Le noto cierta tensión en los hombros.

—¿Va todo bien?

Se sobresalta y se golpea la nuca con el portón.

—Sí —suspira, y lo cierra de un golpe—. Sube, que te llevo a tu clase de deporte.

—¿Y Lewis?

—Se ha dado a la fuga con sus condones.

El trayecto hasta la piscina es corto y transcurre sin que Lane diga ni mu.

—¿Seguro que va todo bien? —le insisto con voz queda mientras me desabrocho el cinturón.

—Sí —me repite aferrado al volante.

—En fin, gracias por traerme. ¿Vuelves a casa?

—Me voy a tomar una birra con Carter.

—Bueno, pues hasta luego.

Bolso al hombro, me adentro en el recinto, aunque miro atrás varias veces antes de hacerlo.

Para cuando empujo las puertas acristaladas, el coche aún no ha arrancado. No hay quien entienda a este tío, de verdad.

Me desvisto y me meto en el agua tiritando.

No estoy muy concentrada en las instrucciones del profesor, y Aaron me lo señala más de una vez.

No sé si es porque tenemos edades similares, pero se dirige mucho más a menudo a mí que a mis compañeras, cosa que parece complacer a Esperanza y a Prudencia, quienes me miran con insistencia.

El resto de las abuelitas, en cambio, me examinan como si les hubiera robado la merienda.

—¡Estás progresando! —me felicita Aaron cuando me encuentra abrochándome el abrigo a la entrada.

—¿En serio? Pues me siento como un cachalote borracho chapoteando en el agua. Y yo que quería quedar bien delante de tus admiradoras de la tercera edad... —bromeo mientras me pongo la gorra.

—¿Qué quieres? ¡Las preparo para la guerra!

Me paso la tira del bolso por encima del hombro con un bufido.

—Me tengo que ir. ¡Hasta la semana que viene!

—¿Te acompaño al coche?

—Muy amable, pero voy andando.

—¿Vives muy lejos?

—Un poco. —Procuro ser ambigua y me encojo de hombros.

—En ese caso, te llevo —me propone.

—Gracias, pero no me importa andar.

—Ni hablar. Está oscuro, hace frío, acabas de quemar casi mil calorías...

—¡Como mínimo! —me río, e intento retroceder.

—En serio, Lois.

Cambio el peso de un pie a otro, tentada de rechazar la propuesta. Pero, al mismo tiempo, estoy agotada y muerta de hambre.

—Bueno, vale.

—Sígueme, he aparcado justo enfrente.

Nos ponemos a hablar de la lista de reproducción que ha elegido para la clase. Justo cuando me estoy burlando de sus canciones más anticuadas, algo me deja congelada en mitad de la acera.

—¡Toma!

Me tiende un casco, que no acepto.

—Es una...

—Moto —termina él—. ¿Es tu primera vez?

—Eh... Pues sí.

—Iré con cuidado, te lo prometo.

Hago una mueca, pero, un instante después, me encuentro con un pesado casco encajado en la cabeza. Aaron me aprieta la correa bajo el mentón y me guía al asiento, donde me subo a horcajadas como puedo.

—Agárrate bien a mi cintura y sigue mis movimientos. No te preocupes: iré despacio. Llegaremos antes de que te desmayes.

Se instala delante de mí y, ni corta ni perezosa, me aferro a su cazadora.

—¿Lista?

Abro la boca para responder, pero una especie de rugido me interrumpe.

—¡Lois!

Me sobresalto tanto que estoy a punto de caerme del bólido de Aaron. Mi nombre ha sonado desde algún lugar de la calle, y giro la cabeza en dirección al emisor. Por desgracia, mi casco no está bien sujeto, y no veo nada más que tejido gris.