13. Lane
Lane
«Le estaba mirando las tetas».
—¿Vas a ralentizar o estás intentando matarnos? —se inquieta Lois desde el asiento del copiloto.
«Le estaba mirando las tetas. Marcadas bajo la licra empapada».
—¡Lane!
—¡No te estaba mirando las tetas!
«¡Mierda! Esto era lo último que quería decir».
—¡Por Dios, que ya te he dicho que lo he captado! Te juro que, si lo repites una vez más, me quito la camiseta y te pego esa cara de idiota que tienes entre ellas.
Me imagino la escena al instante y, al sentir subírseme una adrenalina inaceptable por la entrepierna, hago una mueca.
—¡Tampoco hace falta que pongas esa cara de asco! —masculla entre dientes mirándome de reojo.
Abro la boca para rebatir su interpretación, pero me retracto. Ni hablar de que se monte películas. Esto no tiene nada que ver con ella, es simplemente un mal reflejo.
Acelero otra vez sin prestar atención a sus gruñidos.
—¿Tienes prisa?
—Carter me espera en casa para trabajar.
Aparco y ni siquiera espero a que ella salga para entrar en el edificio. Me alcanza frente al ascensor y subimos los cinco pisos en silencio.
—¿Cart? —llamo al abrir la puerta de mi casa.
—¡Estoy en el sofá, cariño! —responde con una voz chillona.
Veo su cabeza asomar por el respaldo, y agita la mano para saludar a Lois cuando se da cuenta de que está detrás de mí.
—¡Perdón, te he robado la frase! —le suelta sonriendo.
—No lo creo, no.
Voy hacia el frigo, me sirvo agua y la miro por encima del vaso mientras ella se acerca.
—Me voy a hacer un batido, ¿quieres uno? —me propone mientras abre la nevera.
—Sí, ¿por qué no?
—Carter, ¿un batido depurativo?
—¡Mejor una cerveza!
Con la cabeza metida en el cajón de frutas y verduras, Lois estira el brazo para pasarme la cerveza. La cojo y avanzo con paso despreocupado hacia Carter, quien levanta las cejas mientras me voy acercando hasta donde está.
—¿Qué pasa?
—No está nada mal, ¿eh? —susurra mientras echa un vistazo al culo de Lois, que asoma detrás de la puerta abierta del frigo.
—Enséñame lo que has hecho —lo esquivo mientras me dejo caer en el sofá.
Se ríe, luego extiende sobre la mesa baja un fajo de hojas llenas de anotaciones.
—He recibido la aprobación general. Tenemos que cerrar las escenas principales lo antes posible. Ya te he hecho la transferencia del primer pago a tu cuenta, y el segundo llegará cuando hayamos acabado esto.
—Perfecto.
—Bueno, a ver, Lois, ¿has terminado ya? ¡Estamos trabajando!
No recibo más respuesta que el ruido de la batidora. Una vez, dos veces, y luego una tercera acompañada de una sonrisa traviesa.
—¡Y voilà ! —exclama entusiasmada mientras vierte su mezcla verdosa en un vaso grande—. ¡Aquí tienes, campeón!
Miro con poca emoción la preparación que agita delante de mí.
—¿No se suelen hacer con frutas este tipo de bebidas? ¿Por qué es verde?
—¿En qué andáis trabajando? —me ignora mientras sorbe por la pajita.
—En una nueva película —precisa Carter.
—¿Una película?
—¿Lane no te lo ha dicho?
—¿Decirme el qué?
—Que somos guionistas asociados.
—¿De verdad?
—Te recuerdo que estoy inscrito en un curso de Escritura Audiovisual en la OSU.
—No me acordaba, ¿estás seguro de habérmelo mencionado alguna vez?
Bueno, visto el tiempo que lleva viviendo aquí, suponía que sí...
—¡Ahora entiendo el porqué de tanta pasión durante nuestras noches de cine! —me dice mientras se sienta en un cojín en el suelo.
Oigo a Carter soltar una risita y le lanzo una mirada fulminante.
—¿Vuestras «noches de cine»? Suena divertido...
—No de ese tipo de películas... —mascullo en su dirección.
Ya no se puede contener y estalla en una carcajada insoportable.
—¿Me he perdido algo? —pregunta Lois, mirándonos de reojo.
—¡Ay, Dios! —Carter sigue partiéndose mientras se da palmadas en las rodillas—. Me imagino la escena perfectamente. ¡Tengo que tomar apuntes!
Lois se arrodilla y coge uno de los folios de la mesa baja. Observo su rostro mientras descifra las notas. Pone los ojos como platos, las mejillas se le enrojecen y sus labios se fruncen.
—¿Pornografía? —articula al dejar la hoja con cuidado—. Porno... —repite parpadeando.
—¡Sí, señora!
—¿Algún problema, Corazón Roto?
—Es que...
Noto que está reflexionando, que, de alguna manera, está buscando las palabras adecuadas mientras se queda mirando el puñetero batido.
—¡Desarrolla!
—¿De verdad hay guionistas para este tipo de películas?
Oigo que Carter se atraganta, apoyo los codos en las rodillas sin apartar los ojos de ella.
—¿Qué escuchan mis oídos? —grita levantando un cojín por los aires.
—¡No me miréis así! A ver, es un género en el que siempre ocurre lo mismo, así que disculpad por creer que este tipo de trabajo no exista...
—¿Acaso ves películas para adultos, Lois? —pregunto con voz muy solemne.
—¡No!
Arqueo una ceja.
—Vale. Reconozco que sí que he visto una...
Se está poniendo roja como un tomate. Mientras, yo lucho por mantenerme sereno, aunque por dentro me esté desternillando.
—¿Y eso te ha bastado para sacar conclusiones generales?
—Está bien, ¡puede que haya visto varias! —admite cruzando los brazos sobre el pecho—. Pero ¡nunca enteras! Es todo asqueroso y tan... masculino.
—¿Qué falta según tú? —pregunta de repente Carter.
—Romanticismo, por ejemplo.
—¿En serio? —Me parto de risa—. Es lo más estúpido que te he oído decir. ¡Y créeme, que hablas mucho! ¿Romanticismo? ¡Con solo pronunciar esa palabra me matas la libido!
Entrecierra los ojos. A estas alturas, reconozco perfectamente que ya ha activado su modo guerrera.
—¿Ves, Lane? ¡Precisamente por tipos como tú las chicas no pueden disfrutar viendo una película porno!
No sé si son las palabras «disfrutar» y «porno» saliendo de la boca de Lois las que acaban de petarme el cerebro, pero no tengo ni idea de qué contestar. Solo puedo quedarme mirando su gesto ofendido. «Tío, ni se te ocurra mirarle las tetas».
—¡Ah, querida Lois! —exclama Cart chocando sus manos—. ¡Desde 1997 no se dice «película porno»! Y en boca de una chica, suena horrendo —añade sacudiendo la cabeza—. Laney, ¡déjale que se lea el proyecto general! Tiene que entrar en materia, tío.
—¿No tienes clase de aquagym ?
—No, ¿por qué? ¿Acaso te asusta lo que pueda llegar a leer, Laney? —me provoca sonriendo de oreja a oreja.
—La carpeta está en mi escritorio, ve a buscarla —respondo, con la paciencia ya al límite.
—¿En tu habitación?
Su tono ha cambiado, como si le acabara de pedir que entrara en la cueva del demonio.
—¿Te da miedo, Corazón Roto?
—¡En absoluto!
Se pone de pie y trota hasta desaparecer por el pasillo del fondo.
—Qué monos sois vosotros dos, ¿no? —canturrea Carter jugando con su botellín vacío de cerveza.
—Cierra el pico.
—¿No se suponía que iba a quedarse solo un tiempo?
Me sorprende que haya tardado tanto en hacerme notar ese detalle que intento relegar a un segundo plano.
—Es culpa tuya, Cart. Me la encasquetaste tú, ahora no voy a echarla a la calle.
—Sí, claro —asiente, sin perder su típico gesto de cabrón—. ¿Piensas seguir dejándole el sofá? Podrías...
—Ni hablar —estallo con rabia—. ¡La habitación no está disponible!
—Cálmate, no iba a decir eso. Iba a bromear con que podrías dejarle un hueco en tu cama.
—¡Ah! Pues aún menos. Lois no me interesa.
Se instala un silencio incómodo entre nosotros. Me siento un idiota por haber supuesto que hablaba de dejarle la habitación de Mike.
—¿Qué? —suelto al verlo pensativo.
—Nada.
—¿Qué le estará llevando tanto tiempo? Lois, ¿te apañas o necesitas un plano?
—¡Ya voy!
Cierra la puerta del pasillo a su espalda con un gesto extraño.
Avanza hacia nosotros, perdida en sus pensamientos.
«¿Qué le pasa? ¿Le ha impresionado mi habitación o qué?
». Me rompo la cabeza, pero no entiendo su repentino cambio de humor.
Levanta la mirada hacia el sofá y se queda observándolo un buen rato.
Niega con la cabeza y se sienta entre Carter y yo. Se recoge las piernas contra el pecho y se sumerge en la lectura de nuestra última creación. Al captar la mirada inquisitiva de Cart por encima de su cabeza, respondo con un encogimiento de hombros.
Sus pestañas revolotean mientras los ojos recorren las líneas.
Por extraño que parezca, me pone nervioso que descubra esta parte de mí.
Nunca me ha avergonzado esta actividad que sorprende a tanta gente, pero verla concentrada en mi trabajo me produce un efecto raro.
O quizá sea por el sitio que se está haciendo en mi intimidad a base de batidos verdes. Deliciosos, por cierto.
Un chasquido de lengua me saca de mis pensamientos.
—¿Qué pasa? —le pregunto mientras me inclino hacia ella—. ¿Es demasiado para tu corazoncito sentimental?
—No digas tonterías. ¡Que únicamente haya tenido a una sola persona en mi cama no me convierte en una estrecha!
—¿Solo con una persona? ¿No has estado con nadie más que con Kirk? Dame eso, criaturita mía, que no vas a poder soportarlo.
—¡Vete a la mierda! —responde apartando las hojas de mi mano.
—Como quieras.
—¿Qué te parece? —interviene Carter.
—No está mal... Es bastante dinámico y profundo.
—¿Cómo dices? —pregunto, riéndome ante su elección de adjetivos.
—Dame mi vaso —responde, ignorando la pregunta.
Le aproximo la bebida a la cara, pero en lugar de cogerla, acerca sus labios a la pajita y bebe varios sorbos largos.
Apoyo un brazo en el respaldo y espero a que termine.
Cuando intenta volver a atrapar la pajita con la boca, se la aparto unos centímetros para fastidiarla.
Al percatarse, me lanza una mirada asesina.
Nos desafiamos durante unos segundos y luego, en cuanto intento meterle la pajita de plástico en la nariz, protesta.
—Me sacas de quicio.
—Tú a mí también —contesto al momento.
Carter carraspea ruidosamente antes de irse a mi habitación para hacer una llamada.
Lois pasa la última página, después echa un rápido vistazo a los primeros borradores de las escenas de sexo.
—¿Cómo es físicamente posible esta postura? —comenta, mordisqueándose una uña.
Mira al techo, seguramente para visualizar mejor lo que acaba de leer.