12. Lois #2
El grosor de mi lengua parece haberse multiplicado por tres en mi boca, y me quedo muda mientras Kirk ocupa el sitio de Lewis, con expresión despreocupada.
Se recuesta en la camilla y se ajusta el bañador húmedo, todo sin cruzar mirada conmigo.
No entiendo cómo hemos llegado a esto. ¿Cómo puede comportarse conmigo como si fuéramos completos desconocidos?
Lo peor es que no siento rabia, sino que me siento totalmente miserable.
—Con cuidado, tengo una contractura...
—¿Aquí? —termino la frase por él, rozando la parte interna de su muslo.
—Sí —suspira, apretando los labios.
Es su punto débil, lo recuerdo perfectamente. Anda que no habré pasado horas masajeándole ahí. Me pone triste que haya sentido la necesidad de recordármelo.
Me tiemblan los dedos al hundirlos en el bote de crema y pierdo toda coordinación al sujetarle la pierna.
—¿Qué tal tus clases? —consigo articular.
—Están bien.
—Me alegro.
Estoy prácticamente sin aliento, sintiendo cómo las gotas de sudor me bajan por la espalda. Espero que me devuelva la pregunta, pero no lo hace.
—¿Y tus padres están bien?
Creo que suspira.
—Sí.
—¿Ya lo saben?
Lamento haberle formulado la pregunta justo después de soltarla.
—Claro —responde con un tono de voz completamente plano—. ¿Los tuyos no?
—Bueno, es que... no ha surgido la ocasión aún.
Miento. Mis padres me llaman cada semana y siempre encuentro la forma de esquivar el tema. Mi madre está absorta en la ampliación de la tienda y mi padre se ha aficionado a hacer maquetas con cerillas. Gracias a eso, lo evito.
Los minutos siguientes son los más largos de mi vida.
Me esfuerzo por no romper a llorar y contengo los sollozos.
Cuando suena el silbato del entrenador, me siento mareada y con ganas de vomitar.
Kirk se aleja sin decir palabra, y me froto los ojos con el dorso de la mano para no meterme crema dentro.
Después, me seco con el pantalón de chándal y me giro al escuchar mi nombre.
—¡Ven para aquí! —me llama Donovan desde la piscina.
Lewis y él están apoyados en el borde, haciéndome señas para que me acerque. En mi estado actual, preferiría ahogarme antes que hablar con ellos, pero mis pies me llevan hasta allí sin que pueda evitarlo.
—Tú has llorado —empieza Don frunciendo el ceño.
—No.
—Tienes los ojos enrojecidos —añade Lewis inclinando la cabeza.
—No es nada, la crema es mentolada, me pican los ojos.
—Ajá. Nada que ver con el caraculo de Kirk, ¿no?
Están más atentos a lo que hago de lo que pensaba. Pese a que podría conmoverme, solo hace que me encierre un poco más en mí misma.
—¿Quieres comer con nosotros? —me propone Don, trazando grandes círculos con las piernas.
—Gracias, pero no tengo hambre.
—¿Por qué nos evitas siempre?
—¿Qué? Para nada. Es solo que...
Qué raro... no consigo definir mi relación con ellos. Son amigos de Lane, y aunque vengan a casa a menudo y los vea en el campus con frecuencia, no puedo considerarlos mis amigos.
—No nos quiere —lloriquea Lewis.
—No es eso.
Como les diga que nunca había tenido amigos chicos antes de conocerlos, se van a mofar fijo. Siempre he tratado con los amigos de Kirk, pero nunca han sido los míos como tal, aunque alguno me caiga bien. Así que no, no sé cómo comportarme ante estos dos energúmenos.
—¡Hey, Lane! —grita de repente Don.
Parpadeo y sigo la dirección hacia la que está mirando.
—¿Qué hacéis, chicos?
—Intentamos hacernos amigos de Lois, pero me da que está cagada.
—Pero ¡qué chorradas dices!
Lane viene riéndose y me tira de un mechón de pelo.
—¿Todo bien, Corazón Roto?
Aún tengo esperanzas de que saque ese maldito apodo de su vocabulario.
—¡Ah! No, no. Ya veo que no va todo bien —añade, atrapando mi mentón entre los dedos—. ¿Qué le habéis hecho?
—Es por Kirky, tío.
—El pavo ese es un tremendo...
—¡Basta! —protesto, con la cara aún atrapada entre las manos de Lane.
Entorna los ojos y trato de liberarme para escapar de su mirada inquisitiva. Odio que hablen así de Kirk. Ni lo conocen ni entienden en absoluto lo que le quiero. Todos predican la soltería, así que ¡gracias por nada!
—Dejadme ya en paz con el temita.
Él arruga los labios y lanza una mirada a sus colegas. Oigo a uno de ellos salir de la piscina a mis espaldas, pero estoy demasiado concentrada en la información que evocan sus ojos.
—¿Puedo darte un consejo, Corazón Roto?
—No hace falta.
—Pero es que creo que tú...
—He dicho que no.
—Vale, muy bien...
Entonces suelta mi cara y levanta las manos como avisándome de que yo misma me lo he buscado.
Y mientras intento descifrar todo esto, siento unos brazos rodeándome la cintura.
Me levantan del suelo y me quedo pegada a un torso empapado.
No me da ni tiempo de forcejear porque, un segundo después, acabo bajo el agua; salgo a la superficie escupiendo.
—Jo... ¡Joder! —exclamo tosiendo.
Manoteo y pataleo hasta llegar al borde de la piscina entre las carcajadas de esos tres animales que me rodean.
—Pero ¿estáis locos? —protesto, intentando impulsarme fuera del agua.
Alguien me agarra del tobillo y vuelvo a caer hacia atrás. Me giro hecha una furia hacia Lewis, quien se ríe a carcajadas y me tira agua a la cara.
—Eres hombre muerto —exclamo abalanzándome sobre él.
Mis hermanos pequeños son igual de insufribles.
Parece que solo hay una cosa que hacer con gente así: ignorarla.
Pero yo nunca he podido. Agarro el pelo de Lewis con una mano y le hundo la cabeza con la otra, al mismo tiempo que enredo mis piernas a su cintura y dejo caer todo mi peso sobre este maldito Campus Driver.
Es el único momento en el que lamento haber perdido dos kilos novecientos, exactamente.
—¿Qué está haciendo? —pregunta Donovan detrás de mí.
—¡Darme un abracito! —dice Lewis entusiasmado.
— ¿Lois? —pronuncia Lane con voz curiosa.
—¡Argh!
Intento hundirle un rato más, pero este tío es un rival mucho más fuerte que mis hermanos.
Acabo soltándolo y nado rápido hasta el otro lado, lejos de estos graciosillos.
La ropa se me pega al cuerpo cuando salgo del agua y, como si la humillación no fuera suficiente, paso por delante de Kirk, inmóvil a pie de grada, con sus ojos azules clavados en mí.
Genial, no se ha perdido ni un detalle de mi bañito a la fuerza.
Mierda, va a sacar conclusiones... Intento hablarle, pero ya se ha ido en cuanto suelto la primera palabra.
—¡Toma!
Me enredo con la toalla que me cae encima de la cabeza y, cuando la consigo apartar, me giro hacia la voz que reconozco.
—¿Estáis orgullosos? —suelto mientras me froto el pelo.
Alineados delante de mí, con los brazos cruzados y una sonrisa enorme pegada a la cara, asienten al unísono. Los miro uno por uno y, por mucho que intente evitarlo, mis labios se estiran. «¡Pedazo de traidores!».
—Acabáis de hacer que quede como una idiota delante de Kirk —resoplo secándome los brazos.
Un escalofrío me recorre al sentir una corriente de aire sobre mi ropa chorreante.
—Créeme, Lois, Kirk no te ha tomado por idiota, al menos por lo que a hoy respecta —se ríe Lewis con una mirada conspiradora—. Te digo yo que no le ha molado nada ver tus muslitos empapados enganchados a este cuerpazo. ¿Verdad, Lane? ¿A que se le veía cabreado?
Su amigo no contesta, y yo lo miro. Sus ojos verdes están fijos en mí, pero no a la altura de mi cara.
—¿Laney? —insiste Lewis.
—¿Qué estás mirando? —suelto indignada, sabiendo perfectamente con qué se ha quedado embobado.
Cruzo los brazos sobre el pecho, frunzo el ceño y doy un pisotón.
—¿Es cosa mía o me estás mirando las tetas?
—¡Para nada! —Parpadea bruscamente.
—Está usando rayos infrarrojos para ver lo que hay debajo de la camiseta.
—O usando sus poderes para secarla con la mirada —añade Don.
—En general esa miradilla fogosa suele mojar a las nenas aún más...
—¡Que no le estaba mirando las tetas, joder! ¡Estaba reflexionando! —protesta Lane dándole un manotazo a Donovan.
—Sí, yo también suelo pasar mucho tiempo reflexionando —se burla Lewis, rascándose la barbilla.
Me envuelvo en la toalla y observo su animada discusión hasta que decido que ya he tenido suficiente.
—Bueno, que me voy a cambiar —digo yendo hacia los vestuarios.
—¡No te estaba mirando las tetas! —insiste Lane, señalándome.
—¡Vale! —le concedo, alzando las manos.
—Te llevo a casa, nos vemos en el aparcamiento.
—¡Vale! —repito en el mismo tono.
Sigo caminando, empujo la puerta del vestuario y, justo cuando paso junto a tres estudiantes emperifolladas como si estuvieran yendo al baile de fin de curso, Lane insiste otra vez en lo mismo, gritando desde lejos.
—¿Qué ha dicho? —se ríe una de ellas mirándome de arriba abajo con sorna.
Que no me estaba mirando las tetas. Qué pesado, ya lo había entendido a la primera.