Sin freno (Campus drivers 1) 12. Lois
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12. Lois

Lois

Tendría que estar eufórica, por fin empiezan las prácticas.

Ese momento en el que los estudiantes de Fisioterapia del Deporte ponen en práctica todo lo aprendido sobre piel humana.

Programa del día: preparación física en la piscina y estiramientos musculares.

Toda mi promoción esperaba este momento con ansia: aquellos que se lo toman más en serio, porque es la ocasión perfecta para entrar en el meollo del asunto, y los más idiotas, porque es la consagración de todas sus fantasías sobre los jugadores del equipo de baloncesto.

Los Buckeyes son nuestros conejillos de indias oficiales.

Admito que es atractivo, nada mejor que el muslamen de un jugador de baloncesto.

Hablando de ellos, hacen su ruidosa entrada en el complejo deportivo. Kirk es el primero en atravesar las puertas dobles, y bajo la cabeza sin saber muy bien por qué. Sí, debería estar feliz, pero estoy muerta de miedo.

Cuando levanto la vista, casi me entran ganas de arrancarme los ojos al darme cuenta de que Donovan y su colega Lewis son los últimos que entran.

Mis compañeras de curso se agitan y se empiezan a apelotonar.

Estoy convencida de que hasta serían capaces de ahogarse entre ellas con tal de tener el privilegio de trabajar con uno de ellos.

Pongo los ojos en blanco más de una vez al escucharlas admirar sus cuerpos semidesnudos.

—¡Silencio! —se impacienta el profesor dando palmadas—. Sé que estas prácticas alteran a gran parte de la clase, pero os recuerdo que lo que hagáis aquí tendrá un peso considerable en la nota final.

Abre su cuaderno y continúa:

—El grupo piscina que se ponga en posición. Los demás, acercaos a mí.

Me uno al profesor Moretti y le agradezco en silencio por haberme ahorrado pasar una hora en bañador. Aunque la dieta ya esté dando resultados, estoy contenta de no tener que exhibirme hoy frente a toda esa gente. Eso sí, la semana que viene ya no me libro.

Cuando llega el entrenador del equipo, los jugadores se calman al instante. Si Donovan no me hubiera dicho que es su padre, lo habría dado por sentado de todas formas. Son como dos gotas de agua: mismo pelo castaño, ojos marrones idénticos, y hasta ese leve gesto repetitivo con la boca.

—¡Venga, chicos! La mitad a la piscina, y la otra fuera. Cada vez que suene el silbato, cambio.

—¡Sí, coach !

No necesito buscar a Kirk con la vista, solamente sé dónde está por instinto. Cruzo su mirada un cuarto de segundo, y estoy tan sorprendida que se me olvida reaccionar. Genial, por fin me presta un mínimo de atención, y me quedo paralizada cual pez muerto.

Se dirige al trampolín y salta al agua. Nada hasta una esquina, y una morena no tarda en alcanzarlo.

Suspiro frente a ese cuerpo que conozco al dedillo y al que no puedo echar más de menos.

Un cuerpo al que he visto crecer y fortalecerse durante cuatro años hasta convertirse en la magnífica figura que es hoy.

Parpadeo para apartar las lágrimas que se asoman y vuelvo la atención al profesor.

—Hoy nos centraremos en los músculos del muslo. Aductores, tensores y cuádriceps.

—¿Y en los glúteos? —susurra una chica detrás de mí.

—Os aconsejo que recordéis que las calificaciones empiezan desde ya.

Me froto las manos, masajeándome el interior de las palmas, mientras espero la asignación de parejas. «¡Por favor, que me toque cualquiera excepto Lewis y Donovan!». Incluso estoy dispuesta a tocar al tío aquel superpeludo. Cualquiera, menos ellos.

—Voy a ser generoso esta mañana —retoma el profesor mientras destapa el bolígrafo—. Os dejo elegir a vuestro paciente.

Levanto la cabeza al instante, aliviada, ya que las otras chicas ya se están disputando a los dos Campus Drivers, por lo que estoy salvada.

—Lo siento, queridas mías, pero ya le he prometido la exclusividad a alguien —exclama Lewis apartando las manos que lo manosean—. ¡Loooisss!

No. ¡No! Mantengo la cabeza en dirección opuesta adrede y busco a otro jugador con urgencia.

Ya me quiso poner en ridículo delante de todo el mundo durante su estúpida reunión de inicio de curso, y no pienso dejar que se repita la misma historia.

Me cuesta hacer amigas, no necesito enfrentarme a una horda de estudiantes frustradas.

—¡Loooisss!

Dios ¡No soporto que se ponga a gritar mi nombre de esa manera! El entrecejo fruncido del profesor Moretti no me pasa por alto, así que me resigno a enfrentarme a un Lewis sonriente. Agita la mano, y yo me limito a ponerle mala cara a modo de respuesta.

—¡Ven aquí un momento, «cielito mío»! ¡Súbete a las piernas del tito Lewis!

—¡Conley! —lo reprende una voz a mis espaldas.

—Tranqui, coach , que Lois y yo somos Superamigos.

—Señorita Hogan —interviene el señor Moretti—. Vaya espabilando, que no tenemos todo el día.

—Pero es que...

—Ni peros ni peras, ¡manos a la obra!

Doy un brinco involuntario y avanzo con paso tenso hacia Lewis, quien se ha recostado en la camilla. Algunas de mis compañeras me lanzan miradas de envidia, otras suspiran decepcionadas. Son ridículas. Donovan se instala un poco más lejos y me envía un beso con la mano. «¡Me va a dar algo!».

—Suavecito, ¿eh? Soy un tío supersensible —anuncia Lewis.

Ignoro sus palabras por completo y echo un vistazo a los esquemas pegados en la pizarra grande del fondo. Luego vuelvo a las piernas tensas de Lewis y las contemplo sin hacer el mínimo gesto.

—¿Estás intentando darme un masaje telepático?

Coloco mi mano sobre su tibia, después el índice en un punto exacto bajo su rodilla. Respiro hondo y presiono con todas mis fuerzas.

—¡Au! —grita retorciéndose.

Le bloqueo la pierna. Ahora está a mi merced.

—¿Qué pasa por ahí? —nos pregunta el profesor.

—¡Solo un calambre, profe! —respondo sonriendo.

—Me has hecho daño —se lamenta Lewis frotándose el muslo.

—¿De verdad? —le pregunto fingiendo estar profundamente afligida—. Solo estoy en primero, ya sabes...

Se ríe y cruza los brazos detrás de la cabeza. Decido dejarme de jueguecitos para no arriesgarme a que me pongan mala nota.

—Bueno, ¿qué novedades hay en el país de los superhéroes?

—Nada en particular —respondo mientras cojo una buena cantidad de ungüento.

—¿Y qué hay de tu ex? —susurra echando un vistazo hacia Kirk.

—La relación entre fisio y paciente debe limitarse a lo profesional. —Eludo el tema mientras llevo mi palma al borde de sus pantalones cortos.

—¿Sigues ocupando el sofá de Lane? Deduzco que no ha cambiado nada.

Mis manos se tensan sobre su piel.

—¡No lo digo con mala intención! —añade, notando mi tensión—. Está genial que estés en su apartamento. ¡Lane está mucho más tranquilo desde que concentra toda su mala uva en ti!

Me regala una pequeña sonrisa, y parece que se relaja un poco más.

Es cierto que mi compañero de piso está más calmado últimamente.

No es por llevarle la contraria a Lewis, pero su famoso mal humor casi ha desaparecido.

Desde que empezamos nuestro maratón de cine, las cosas entre Lane y yo han cambiado.

Ahora es agradable, pero he de decir que aún me estresa un poco que de repente cualquier día decida poner fin a mi ocupación de sofá.

Se suponía que solo me iba a quedar de forma temporal, pero ya llevo casi mes y medio instalada en el salón.

Yo sigo ahí como si nada, esperando que Lane no pierda los nervios un día sin previo aviso.

Me preocupo de llenar la nevera cada semana, y de limpiar el salón y el baño.

Y, por supuesto, ni se me ocurre pisar el pasillo que lleva a su habitación, como si fuera el sarcófago maldito de La momia .

La voz de Lewis me saca de mis pensamientos.

—¿Cómo?

—He notado algo, justo aquí.

—¿Aquí? —le pregunto mientras miro el lugar que señala.

—Sí, como una descarga eléctrica.

Cambio de posición y rodeo la mesa para llegar a la zona indicada. Me agacho y coloco el dedo en la parte externa de su muslo, a lo largo de una gran cicatriz en la que no me había fijado hasta el momento. Aprieto un poco más, y su pierna se estremece.

—Es por la cicatriz que tienes —comento incorporándome—. Es normal que la zona esté sensible. Parece que la herida fue profunda, y los nervios suelen estar más reactivos tras un trauma. ¿Cómo te la hiciste?

—Mi padre construye cabañas en los árboles y yo le ayudo todos los veranos. Hace seis o siete años me corté con una de sus sierras y se me clavó un trozo de madera justo ahí. De verdad que daba un asco...

—Me lo imagino. Aunque pudo haber sido peor.

—Totalmente, me llega a pillar un poco más arriba y pierdo a Bandido.

—¿A Bandido? —pregunto antes de entender—. ¡Qué idiota!

Me río ante su mohín y sacudo la cabeza. Este chico es hasta simpático cuando no se mete conmigo.

El profesor Moretti viene a hacerme algunas preguntas, observa mis movimientos y toma apuntes.

Lewis me facilita el trabajo, y yo le doy las gracias cuando el entrenador ordena invertir los grupos.

Apenas tengo tiempo de retroceder cuando va y me planta un beso en la mejilla.

Me pongo como un tomate mientras se aleja hacia la piscina.

—¡La próxima semana me toca a mí! —fanfarronea Donovan, dándome un codazo.

Luego se marcha corriendo y salta al agua, salpicando a quienes están cerca.

—¡Donovan! —gruñe su padre señalándolo.

Vuelvo frente a la camilla vacía, sintiéndome de repente estresada por la llegada del segundo grupo, del que Kirk forma parte. Está todavía todo mojado, y yo no puedo apartar la vista de él mientras se seca con la toalla.

—¡Vamos, chicos, nos vamos instalando!

Los deportistas se van distribuyendo, y yo no sé qué hacer.

Muero por tocar a Kirk, pero no estoy segura de poder soportar su indiferencia.

Al mismo tiempo, sería el momento perfecto para retomar contacto.

Me agito, tengo calor y me cuesta respirar.

Estoy completamente angustiada, pero es finalmente el destino quien decide por mí.

—Hola, Lois.