Sin freno (Campus drivers 1) 11. Lane
33%

11. Lane

Lane

—¿Qué haces, Lane? —me interroga Don desde mi sofá.

—¿Qué? —replico sin apartar la vista de la calle de abajo.

—Es la tercera vez que haces de vigía desde tu ventana. ¿Acaso hay una vecina nueva en el edificio de enfrente paseándose sin sujetador?

Escucho a alguien correr hacia mí y una mano me empuja a un lado.

—¿Dónde? —dice Lewis emocionado contra el cristal.

—¡Quita! —gruño a la vez que le aparto—. ¡No hay nada que ver!

Se encoge de hombros, visiblemente decepcionado, y vuelve a desplomarse junto a los demás. Otra vez han venido a pasar la tarde aquí, cargados de guarrerías para picar.

—¿Qué pasa, Laney? —se burla Don, echándose la gorra hacia atrás—. ¿Lois no ha respetado su toque de queda o qué?

—No digas tonterías, tío.

—¿Por eso está tan gruñón? —exclama Adam incorporándose.

—¡Seguro!

—¡Para nada! Hace lo que quiere, ¿vale?

—Seguramente estará con Becca —reflexiona Don, dando un trago de cerveza.

—No, Becca está con Carter —replico de inmediato.

Maldigo por lo bajo al oírlos cuchichear y reírse.

—En cualquier caso, sí que es bastante tarde —comenta Adam mirando mi reloj.

—No me extraña, con la cara que ha puesto cuando Lewis se ha despedido diciendo que ya nos veríamos más tarde en «vuestra casa».

—«¿Vuestra casa?» —salta Lewis, partiéndose de risa—. ¡Yo no he dicho «vuestra»!

—Sí que lo has dicho. ¿Verdad, chicos?

—¡Sí! —responden todos a coro.

—Os evita —concluyo, pasando de sus jetas insoportables.

—Más bien te evita a ti —corrige Don, señalándome con la botella—. Carter me ha contado la que liaste el sábado...

«Joder, voy a cargarme a ese chivato de mierda».

—¿Qué pasó el sábado? —pregunta Adam.

—Lane trajo a una de sus actrices, y casi se la tira en pleno sofá. Lois estaba ahí tumbada y digamos que sufrió daños colaterales. ¡Hubiera pagado por verlo!

Sueltan una carcajada general y lo cierto es que no puedo evitar sumarme a ellos. Reconozco que esa historia me va a perseguir un tiempo. Aun así, Lois casi no me ha dirigido la palabra desde entonces, y casi hasta he echado un poco de menos sus pullas. «Solo casi», repito en mi cabeza.

—¡Se habrá quedado Supermal!

—¡Supercabreada, más bien!

—¡Superhúmeda!

—¿Vais a parar ya con los jueguecitos de palabras?

—Lois Lane, colega —anuncia Lewis en voz alta—. Es Supergracioso.

Dejo mi puesto de vigilancia, pongo los ojos en blanco y me apoyo en la isla central. De forma automática, desbloqueo el móvil y miro la pantalla. Cada vez que se pone negra, repito la misma dinámica.

Es absurdo, porque Lois ni siquiera tiene mi número.

Joder, ¿por qué me preocupo tanto? Lleva apenas dos semanas aquí y pronto se irá.

Al menos en teoría, porque está claro que no ha encontrado ninguna solución.

No me imagino dejándola en la esquina de la calle y deseándole suerte mientras me despido con la mano desde la ventanilla. ¡Vaya marronazo!

Justo cuando me giro hacia la nevera para servirme otra bebida, suena una notificación de la aplicación de los Campus Drivers.

—¿A quién le ha tocado? —pregunta Adam.

—A mí —respondo pulsando el icono.

Me llevo el botellín a la boca, pero lo detengo en el aire.

Solicitud de viaje: CorazónRoto04.

Aceptar – Rechazar – Enviar mensaje

—Si es una estudiante de salida nocturna, ¡voy contigo, tío! —grita Lewis.

Me quedo atónito ante el perfil incompleto de Lois. Es la primera vez que me contacta por este medio, y no sé explicar la ligera angustia que me invade. «Puede que haya tenido un problema...». Acepto la solicitud con el pulgar y me pongo los zapatos sin decir palabra.

—Entonces ¿quién es? —insiste Lewis mientras cojo mis llaves del gancho.

—Es Lois.

—¡Superguay! ¡Voy!

—Tú no vienes...

—¡Yo también! —me interrumpe Don saltando sobre sus pies.

—¡Yo igual! —grita Adam.

—¡Solo hay cuatro plazas en mi coche!

—¡Nos la suda! —canturrean pasando frente a mí.

—Aposentaré mi culito sobre las piernas de Donny —susurra Lewis al abrir la puerta.

—Chicos, en serio... ¿Cuál es vuestro problema? —Pero todos me ignoran.

Aguanto su jaleo hasta llegar a la dirección que ha indicado Lois. Está muy cerca del centro comercial. Me acuerdo de que esas estúpidas clases a las que se había apuntado empezaban esta tarde. Me pregunto qué hace todavía allí a estas horas.

—¡Ahí! ¡La veo! —grita Lewis sacando la mano por la ventanilla trasera—. ¡Loooisss!

Apago el motor frente a ella y noto de inmediato su cara desconcertada al ver mi carga ruidosa. Luego descubro que no está sola, sino acompañada de dos serias ancianas, quienes se parecen mucho, y van dando golpecitos con los pies en el asfalto. «¿Qué coño habrá tramado esta tía ahora?».

Los demás ya están fuera cuando llego a su altura. Me lanza una mirada que casi podría hacerme mearme de miedo.

—¿Todo bien? —pregunto con curiosidad.

—¡Santo cielo, Lois! —exclama la mujer de cabello naranja—. ¡Están todos para comérselos!

Abro mucho los ojos antes de entrecerrarlos. No tengo ni idea de lo que está pasando.

—¡Espe! —la reprende Corazón Roto dándole un toque suave en el hombro.

—¿Quién es Lane? —pregunta la otra anciana.

—Mmm... soy yo.

Siento dos pares de ojos fijos en mi cara.

—¿Qué?

Luego escucho a Lois reírse cuando me quedo atrapado entre sus dos nuevas amigas.

—¡Mira esos brazos, Pruden! —se maravilla de repente la que está a mi izquierda.

Me pellizca el bíceps mientras la otra me clava un dedo en el pectoral.

—¡No me lo puedo creer! —protesta Lois alzando los brazos al cielo—. ¡Volved aquí, panda de crías!

Les susurra algo a toda velocidad mientras yo echo un vistazo a mis colegas, que no se pierden detalle.

—Perdóname, Lois —dice una—. Voy a intentar serenarme, pero no puedo negar que estoy totalmente dispuesta a oír cualquier burrada que salga de esa boca con tal de verla en acción. ¡Tiene unos labios tan jugosos! ¿Podrías pronunciar «Prudencia», por favor?

—¡Te prohíbo hacer eso! —sisea Lois señalándome con el dedo—. He cambiado de idea, te puedes ir, ¡no necesito tus servicios!

—Yo sí —susurra la famosa Prudencia—. Igual sí que soy un poco incontinente, ahora que lo pienso.

«¡Vale! Así que de eso se trata». Todo claro.

—¿Colegas de aquagym ? —digo con sorna, metiéndome las manos hasta el fondo de los bolsillos.

—Señoras, un placer conocer a las nuevas amigas de Lois —interviene de repente Donovan.

—A esta pobrecita le hacían falta nuevas amistades —añade Lewis.

—¿Se puede saber qué hacéis los cuatro aquí? —estalla Lois avanzando con paso furioso—. ¡He pedido un chófer, no a todo su séquito al completo!

—¡Venga, tira! Si somos Supercolegas.

—¡Incluso diría Supercercanos!

—¡En absoluto!

—Me gustan mucho esas mechitas rubias —dice Espe, guiñándole un ojo a Lewis.

Lois se cubre las mejillas con las manos. Está que echa humo. Y yo no me arrepiento en absoluto de haber aceptado la solicitud.

—Vosotras dos, ¡a casa! —les ordena entonces a las gemelas.

—¿Nosotras también podemos hacer uso de vuestros servicios?

—¡Esperanza, basta ya!

—Está reservado solo a estudiantes de la OSU —responde Adam con una sonrisa.

—Pero las amigas de Lois son nuestras amigas —declara Donovan con solemnidad—. Seguro que os puedo apañar carnés universitarios falsos.

—¡Qué encanto!

—Esto es una pesadilla —protesta Lois con una mueca.

—¿Nos vemos el martes que viene, cielito mío?

—Sí, vale... —suspira, mientras uno de mis colegas se burla del nuevo mote de Lois.

Me despido de mis dos nuevas fans y, cuando levanto la vista para buscar a Lois, la veo un poco más adelante, caminando por la acera.

—¿Qué haces, Corazón Roto?

—Darme un paseo, ¿no te jode? —responde levantando el dedo corazón sin girarse.

Mis colegas plantan un par de besos rápidos en las mejillas arrugadas de Esperanza y Prudencia antes de apretujarse en la parte trasera de mi coche. Me siento al volante, riéndome solo. Arranco y alcanzo enseguida a nuestra pequeña fugitiva.

—¡Sube! —le digo inclinándome hacia el asiento del copiloto.

Sigue andando como si nada.

—¡Vas a pagar el viaje, aunque vuelvas a pie! Te vamos a seguir hasta casa, así que deja de hacer pucheros.

Estaba seguro de que iba a seguir caminando, pero de repente se para tan de golpe que tengo que frenar en seco. Cede demasiado rápido: decepción por un lado, victoria por el otro.

—Joder, Lane, relájate un poco —protesta Donovan, ahogado por tener el cuerpo de Lewis encima.

—¿No querías venir? Pues ahora apechugas —digo, desbloqueando las puertas.

Lois entra en el coche y lanza una mirada cansada hacia atrás mientras se abrocha el cinturón. Admito que ver a Lewis medio sentado entre Don y Adam tiene su gracia.

—Bueno —pregunto arrastrando la voz al retomar la marcha—. ¿Cómo ha ido?

—¿La conversación va incluida en el pack ? —responde.

—¡Uhhh! —grita alguien detrás.

—Soy un chófer atento.

—Qué detallazo.

Luego echa un vistazo al móvil antes de girarse hacia mí.

—¿Veinticuatro dólares? —exclama enseñándome la pantalla—. ¡Si solo hay seis kilómetros hasta tu casa!

—Ya, pero es tarde...

—¡Y me acabas de añadir un suplemento de «persona peligrosa»! ¿Qué significa eso?

—Que me siento amenazado —digo sin apartar la vista de la carretera.

—De acuerdo, en ese caso más me vale amortizar esos cinco dólares extra —dice, soltándome un puñetazo en el hombro.

—Ese golpecito no llega ni a los dos dólares, Lois...

Voy lanzando alguna que otra mirada al retrovisor interior: me devuelve los tres rostros atentos de mis amigos, quienes no pierden palabra de nuestra entretenida conversación.

—Me faltan palomitas por aquí —cuchichea Adam.

—Y espacio —se queja Don.

—¡Shhh! Este es el mejor momento de la semana —anuncia Lewis asomándose de entre los asientos.

Lois le lanza una mirada de reojo antes de pegarse a la puerta

—Me encantan tus amigas —continúa él, apoyando los codos en nuestros respectivos respaldos—. ¡Esperanza y Prudencia, qué monada!

—De hecho, son dos características que te pegan muchísimo —me burlo mirándola brevemente—. ¿Por casualidad no habrás conocido a alguna más? No sé, tipo ¿a Sexo y a Decadencia?

—Sí, claro —dice ella—. Y hasta me han dado su tarjeta, espera...