Sin freno (Campus drivers 1) 10. Lois #2
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10. Lois #2

Consulto la hora, suspiro y busco una excusa para no volver enseguida.

Desde que me he cruzado con los Campus Drivers al mediodía y Lewis me ha soltado ese «hasta la noche», así, tan alegre, intento encontrar cualquier excusa para llegar al piso lo más tarde que pueda.

Para colmo, Becca está con Carter, la biblioteca cierra antes porque les toca inventario, y tampoco es que me apetezca ir sola al cine.

Estos son los momentos que peor llevo. La soledad se vuelve tan opresiva que noto cómo el llanto me sube por la nariz.

Inspiro a la vez que miro al techo para contener las lágrimas que amenazan con salir, y me voy rápidamente del vestuario antes de ponerme a llorar a mares.

Atravieso el centro comercial y salgo a la gran plaza de la entrada.

Noto cómo la humedad empieza a asomar bajo mis pestañas; me siento en un banco, cierro los ojos y apoyo la cabeza contra la pared.

Dios, no sé qué hacer. Si no encuentro otra alternativa, voy a tener que buscarme un motel.

—¿Qué pasa, corazón mío?

Parpadeo. Una de las gemelas está sentada a mi lado, pero no la he oído llegar. Imposible saber si es Prudencia o Esperanza, pero deseo que sea la segunda. Ahora mismo necesito un poco de esperanza.

—Tú estás con la moral por los suelos —añade, inclinándose más.

—Quizá un pelín —digo en un suspiro, frotándome los ojos.

—¿Qué haces, Prudencia? —pregunta entonces Esperanza, cojeando hacia nosotras—. Ya sabes que cada vez que te sientas ahí tardas diez minutos en levantarte.

—Nuestra nueva amiga está hecha polvo. ¿Nos queda vino?

—Escondí dos botellas cuando ese viejo fósil de Agustín vino a visitarnos ayer.

—¡Perfecto! ¡En alto, muchacha!

—¿Perdón? —balbuceo sin entender.

—Necesito un brazo firme para volver a ponerme de pie sobre mis viejas piernas.

—¡Ah!

Me levanto de un salto y le ofrezco el codo.

Ella desliza su brazo por debajo, mientras yo la voy levantando despacio. Oigo que su cadera cruje y, cuando estoy segura de que no va a caerse, intento apartarme. Pero Prudencia no suelta mi brazo y, al segundo siguiente, el otro queda secuestrado por una Esperanza bien sonriente.

—Vivimos ahí —me indica señalando con su dedo arrugado hacia un callejón de enfrente—. Qué detalle tan bonito acompañar a dos ancianas.

—Sí, muy servicial por tu parte —añade la otra.

Mi cabeza va de una a otra, y ante esas sonrisas cómplices y cálidas, cedo. Total, no tengo nada por hacer, y quizá una buena acción mejore mi karma.

Cruzamos la avenida principal y caminamos unos minutos más junto a los comercios. Giramos por una perpendicular más residencial y nos detenemos ante una casita encajada entre dos edificios recientes. No parecen dispuestas a soltarme, así que me dejo arrastrar hacia dentro.

—Bienvenida a nuestro hogar, Lois.

—Es muy bonito —comento con educación, deteniéndome en algunos adornos bastante... sugerentes.

—Siéntate, vamos a tomar una copa de Shafer.

—Es vino tinto —me susurra Esperanza al ver que no reconozco el nombre—. Nuestros nietos nos regalaron una caja entera por nuestros noventa años.

—Gracias por la invitación, pero yo...

—¡Shhh! Rara vez tenemos visitas, ¿no querrás disgustarnos?

—Qué feo jugar la carta de la culpa —replico, cruzándome de brazos.

—¿Puedes coger los aperitivos del armario de arriba? —ataja, desapareciendo en otra habitación.

Me río sola ante esta velada improvisada que jamás hubiera imaginado. Bueno, así gano algo de tiempo antes de volver con Lane.

Dejo la bolsa en la mesa baja y tomo asiento en el amplio sillón rosa pálido que me ofrece Prudencia.

—¿Te ha gustado la clase de aquagym ? —me pregunta luego.

—Hace poco que he vuelto a hacer deporte, así que ha sido duro.

—Es verdad que Aaron es un auténtico torturador. Si este ejercicio no hubiera contribuido a controlar mi sequedad vaginal, lo habría abandonado hace años.

Me atraganto con un bretzel.

—Venga, cuéntame tus desamores —prosigue, justo cuando Esperanza se deja caer a su lado.

—¿Así que desamores? —exclama llenando nuestras copas—. ¡Menos mal que tenemos una segunda botella!

—Pero ¿vosotras cómo...?

—Vamos a ver, creo que sé reconocer a un corazoncito roto cuando lo veo —murmura Prudencia llevándose el vino a los labios.

Mordisqueo otro bretzel ; no es recomendable para mi dieta, pero qué más da.

Me muevo en el sillón con un súbito impulso de escapar.

No me apetece nada desahogarme acerca de mi ruptura y sus desastrosas consecuencias, sobre todo frente a estas dos abuelitas que parecen recién salidas de una comedia televisiva.

Me bebo mi primera copa enseguida, y está tan buena que pronto me dejo tentar con una segunda.

—Vamos, cielito. Esperanza se ha casado cuatro veces, sabrá aconsejarte.

—Pareces tan solita...

—Sí —suspiro, sintiendo que mi garganta se relaja.

Al fin y al cabo, no me vendría mal algún consejillo. Me acomodo un poco más, dejando descansar las manos sobre los reposabrazos suaves, y respiro hondo.

—Mi novio me dejó hace dos semanas —me oigo decir—. Acabábamos de mudarnos juntos y, tras cuatro años de relación, rompió conmigo como si fuera lo más fácil del mundo. Dos días antes de empezar la universidad, ¿os lo imagináis?

—Pobrecita mía, ahora entiendo esa carilla de perro apaleado.

—¿Te dijo por qué?

«¡Ay, pregunta trampa!». Todavía no estoy ni lista, ni lo suficientemente borracha como para ponerme aquí a enumerar sus razones.

—Se hartó de mí, por lo que parece. Empezar la universidad le dio ganas de tener más libertad...

—¡Ay! Estas nuevas generaciones... —se queja Esperanza sacudiendo la cabeza—. Entonces ¿has alquilado una habitación en el campus?

—No, era demasiado tarde para inscribirme. Vivo en casa del vecino del quinto piso..., bueno, en su sofá, más concretamente.

—¿Ese canalla te echó a la calle? —se indigna Prudencia sirviéndome de nuevo.

—Es que la casa era suya...

—¿Y eso qué más da?

No es la primera vez que me lo dicen, pero nada funciona, no consigo odiar a Kirk. Estoy demasiado ocupada cuestionándome a mí misma.

—Menos mal que tu amigo te acogió bajo su ala. ¿Es guapete o qué?

—¡Lane no es mi amigo! —Me río un poco demasiado fuerte.

Este vino es mágico, resbala solo hasta el estómago y me da una enorme sensación de plenitud.

Tengo la lengua bien suelta y, para cuando Esperanza apura la botella, yo ya les he contado mi convivencia forzada con pelos y señales.

Parece que se lo están pasando bomba, porque están entusiasmadas y parlotean sin parar.

—Bueno, y eso es todo —concluyo dándome palmadas sobre las rodillas.

—Si tuviéramos una habitación libre, te acogeríamos encantadas.

—Sois adorables. ¡Dios, ya son las once de la noche? Me marcho ya, pero gracias por este momento tan... inesperado.

—¡Ay, Lois, no puedes dejarnos así! —se queja Esperanza—. Sobre todo, después de habernos hablado de ese mozo, ¡que hasta nos ha tachado de incontinentes!

—Has dicho que era chófer o algo así, ¿no? —continúa Prudencia entrecerrando los ojos.

—Sí.

—Y ya se ha hecho muy tarde —prosigue, golpeando su uña naranja contra su mejilla flácida.

—Mmm, también.

—Entonces ¡llámalo! ¡Dile que venga a recogerte!

—No creo, no.

—¡Hazlo! ¡Se merece un buen castigo! ¡Ese estúpido joven va a ver cómo se las gastan las gemelas Faraday!

Me río ante sus gestos vengativos.

—Estoy segura de que no vendrá —articulo, haciendo girar el teléfono entre mis dedos.

—Me he casado cuatro veces —me recuerda Esperanza, analizándome con una mirada indescriptible—. Créeme que vendrá.