Sin freno (Campus drivers 1) 10. Lois
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10. Lois

Lois

Estoy teniendo un sueño maravilloso. Camino por una inmensa playa de arena caliente y, frente a mí, un hombre corre por la orilla del mar.

En mi mente es Kirk, aunque su silueta y su cabello oscuro se parecen más a Lane.

El sonido de una puerta que se cierra resuena en algún lugar, y unas risitas lejanas se mezclan con mis ensoñaciones.

Me siento bien. No me acerco al agua, y es raro porque siento cómo mis pies se mojan de golpe.

El paisaje se desvanece cada vez más, el sol se aleja, y de repente me embargan sensaciones más reales y...

—¡Aaauuu! —grito al sentir un peso sobre mis tobillos.

—¡Hay alguien en el sofá! —chilla de inmediato una voz nasal.

—¿No me digas? —gruño mientras recupero la compostura.

—Mierda, me había olvidado... —Escucho suspirar a Lane.

Parpadeo para intentar ver mejor; creo distinguir el rostro indignado de una mujer y el cuerpo de Lane trasteando con su pantalón.

De repente, se hace la luz y me quema la retina hasta que la escena completa me remata: descubro a una chica de largas piernas, de pie junto al sofá, con la falda subida sobre las nalgas.

Me miro los dedos de los pies, que tienen un brillo extraño, vuelvo a ella y de nuevo a mis pies.

Y ahí lo entiendo. Están empapados, y no tiene nada que ver con que estuviera soñando con el mar.

—¡Oh, Dios mío!

Salgo del sofá disparada y doy saltitos sobre el parqué mientras repito mis últimas palabras una y otra vez.

—Bueno, ya está, Lois, no exageres.

A la mierda lo de la gratitud. Estoy que trino.

—¿Que no exagere? ¿Te estás quedando conmigo, Lane? Pero si ella está... Tiene... ¡Joder, si ni siquiera lleva bragas! ¿Te imaginas si hubiese tenido la cabeza ahí? —estallo, señalando el sitio donde a esta pava le ha dado por apoyar sus nalgas húmedas—. ¡Podría haberme... ahogado! ¡Voy a vomitar!

Diría que ni siquiera estoy exagerando cuando empiezo a tener arcadas, doblada por la mitad.

—¿Qué broma es esta? —lanza su amiga, clavándome la mirada.

—Mi habitación está al fondo del pasillo. Primera puerta a la derecha, no te equivoques —articula Lane, dedicándole un guiño ridículo.

—¡Tampoco le vendrá mal darse una vuelta por el baño! —suelto en cuanto sale del salón—. ¡Debería estar prohibido mojar tanto, joder!

—La verdad es que les suelo provocar ese efecto a todas. Te lo puedo asegurar.

Me meto un dedo en la boca y finjo una arcada con total facilidad.

—¡Voy a lavarme los pies! No, espera: ¡voy a amputármelos ahora mismo!

Echo a andar hacia el baño sin correr para no resbalar, entro en la bañera, me siento en el borde y abro el agua. Me da igual que esté helada, quiero borrar el regalito que esta chica me ha dejado en los dedos de los pies.

—Es que no me lo creo —repito, sacudiendo la cabeza.

Cojo el gel de ducha de Lane y me lo vacío sin contemplaciones sobre la piel. Jamás uso sus productos, pero ahora mismo no tengo piedad.

—¿Cuchilla lisa o dentada? —lanza una voz burlona detrás de mí—. ¿Quieres hacerlo bien?

Me giro sin cortar el agua y veo a Lane apoyado en la pila, con un cuchillo en cada mano.

—Te aconsejo que los apartes lo más lejos posible de mi vista —le suelto, fulminándolo con la mirada—. Si no, te juro que voy a usar los dos para serrarte los cojones.

—Estoy aterrorizado.

Cierro los ojos e intento con todas mis fuerzas recuperar la calma que había en mi sueño. Sin éxito.

—Vete de aquí —suspiro mientras cierro el grifo.

Me pongo de pie, pero al pasar la pierna por encima de la bañera, mi pie mojado resbala hacia atrás y mi cuerpo se va hacia delante. Cuando me pongo a agitar los brazos, anticipando el peor de los impactos, Lane se lanza hacia mí con las armas en la mano.

—¡No, no, no! —entro en pánico justo cuando las arroja al inodoro.

El ángulo de mi caída se reduce peligrosamente, pero Lane se abalanza sobre mí, me sujeta de los hombros y me atrae contra su torso.

Si mis manos no estuvieran ocupadas agarrando el cuello de su camiseta, le sacaría una pancarta de diez sobre diez en reflejos.

Recupero el aliento contra su clavícula.

—Estás intentando librarte de mí —gruño, apartándome de su agarre.

—¿Y ahora va a ser culpa mía que hayas estado a punto de pegarte una hostia?

—¿Qué se supone que pinto yo en el baño en plena noche, medio dormida, según tú? ¡No contestes! —añado, presionando mi dedo índice contra su boca insoportable.

Se ríe por debajo de mi dedo y lo visualizo con toda claridad, hundiéndoselo hasta las amígdalas.

—Sé que estás deseando que me largue cuanto antes —retomo con una voz más suave ahora—. Pero no hacía falta que me lo recordaras con una entrada tan triunfal.

Frunce el ceño, aparta mi mano y me suelta los hombros, que todavía tenía agarrados.

—Te juro que no lo he hecho para fastidiarte —dice despacio—. Me había olvidado de que estabas aquí, y mira que me lo pones difícil para que no me acuerde, ¿eh?

Inhalo aire para contestar, pero me quedo muda. Lo que veo en su cara no deja dudas sobre su sinceridad. Sin embargo...

—Si vuelve a pasar, te prometo que haré todo lo necesario para que recuerdes durante mucho tiempo que estoy aquí —sentencio sin respirar.

—Tranquila, este episodio va a quedar grabado en mi memoria.

—¡Estupendo!

—¡Genial!

—Ahora te vas.

—Ahora me voy.

Retrocede hasta el pasillo sin quitarme los ojos de encima.

—Ya nos disculparás por el alboroto, Corazón Roto.

Al principio, yo, muy ingenuamente, creo que está pidiéndome perdón por lo ocurrido.

Su mueca insolente se mezcla tan bien con su sonrisa simpática que me dejo engañar.

Pero no dura mucho tiempo. Entiendo a qué se refiere un minuto después, cuando su fuente ambulante empieza a soltar risitas y grititos de gaviota histérica.

Entro en el salón, golpeando el parqué con los talones y me lanzo al sofá, no sin antes cubrir la zona infectada con una manta.

Me tapo la cara con un cojín, e incluso intento asfixiarme para perder el conocimiento.

Pese a que los ruiditos llegan amortiguados desde la habitación de Lane, solo se oye eso.

—Está en su casa, Lois —me repito una y otra vez.

A pesar de mis esfuerzos, no consigo dormir. Sus revolcones parecen eternos; no sabía que acostarse con alguien pudiera durar tanto tiempo. Kirk y yo nunca... En fin, no quiero pensar en él ahora.

Entreabro un ojo cuando oigo sus pasos de buena mañana. Lane murmura algo a su compañera, quien suelta una risita y lanza una mirada en mi dirección. Tengo la tremenda tentación de sacar el dedo corazón a pasear, pero finjo estar dormida hasta que se va. «¡Ya era hora!».

—Sé que estás fingiendo, Lois.

—Bueno, también ella fingía —replico sin abrir los ojos.

—Es buena actriz.

Dicho eso, se encierra en su habitación. Si supiera dónde guarda el aspirador, si es que tiene uno, me deleitaría usándolo delante de su puerta.

Pasa el resto del domingo en la cama, mientras yo me pongo a repasar el contenido de las clases.

Las prácticas empezarán pronto, y no es que haya sido precisamente la estudiante más aplicada estas últimas dos semanas; así que mantengo la nariz pegada a mis apuntes y a la pantalla del portátil, incluso cuando Lane se pone a trastear en la cocina y se sienta a mi lado por la noche para ver la tele.

No hablamos, y no me molesta en absoluto.

Cada vez que hablamos, termina en guerra, y cada vez me cuesta más no soltarle algún moco.

Entre ejercicio y ejercicio, navego por páginas de alquileres, sin hallar el santo grial.

A veces noto su mirada desviarse hacia mi perfil concentrado, o asomarse a la pantalla por encima de mi hombro.

Me tenso de inmediato, pero él tiene la decencia de no comentar mi lamentable y nula habilidad para encontrar soluciones.

De hecho, lleva ya un buen rato sin mencionar la puñetera cuenta atrás.

Me meto en la piscina para empezar mi primera clase de aquagym, con mi bañador de cuerpo entero y faja reductora incorporada.

El agua está bien de temperatura, y chapoteo unos minutos en un extremo, lejos de las demás.

Aunque todavía no vea a Aaron, sé que acaba de llegar, por la súbita agitación.

Nado hasta el último carril e intento colarme discretamente entre dos gorros plateados.

—¡Anda! ¡Una recién llegada! —exclama mi vecina de la derecha.

Asiento sonriendo y me recoloco el tirante en su sitio.

—¡Anda! ¡Una recién llegada! —replica la de la izquierda.

Le devuelvo la misma sonrisa antes de fruncir el ceño. Qué raro, es igualita que la otra. Las observo respectivamente; seguramente me da esa impresión porque sus gorros son idénticos.

Aaron empieza a saco con la sesión y, para cuando termina la última canción, el gorro se me ha resbalado por delante de la frente y ni siento las piernas. Motivación, motivación.

—Mira esas nalguitas de jovencita —oigo murmurar a alguien a mis espaldas.

Estoy secándome las piernas con la toalla. Una vez más, flipo al fijarme en la mujer que ha dicho eso y en su compañera. Se han quitado el gorro y el pelo es lo único que las diferencia.

—Y esos pechos firmes —comenta la otra—. Hum, igualitos que los míos en 1948.

—Aquellos eran buenos tiempos.

Testigo de ese alucinante intercambio, me quedo inmóvil con la toalla en la mano.

—¿Cómo te llamas, cielito?

—Lois.

—Soy Prudencia, pero llevo fatal mi nombre —se presenta la del pelo gris.

—Yo soy Esperanza, y llevo muy bien el mío —añade la segunda con su permanente de color naranja.

—¿Sois hermanas?

—¡Gemelas! —precisan al unísono.

Ahora me cuadra. Salvo por su distinto peinado, son dos gotas de agua. Además de ser igual de parlanchinas, por supuesto.

Se meten en uno de los cambiadores del vestuario y aprovecho para hacer lo mismo.