9. Lane #2
Gira al instante por un pasillo perpendicular y se pierde entre la típica multitud de un sábado por la tarde. Me parto con esta tía, es la primera que me planta cara así. Cuando pienso en sus crisis habituales de llanto, me cuesta creer que ambas sean la misma Lois.
Cuando un grupo de niños me empuja, me doy cuenta de que estoy parado en medio del pasillo, mirando hacia donde se ha ido Lois. Vuelvo a tierra, me pido un café expreso para llevar y luego me compro unas camisetas, sin ni siquiera probármelas.
Al volver al coche, me vibra el móvil porque alguien ha reservado viaje conmigo. Los sábados por la tarde suelo estar disponible para llevar a los estudiantes a sus prácticas o a la biblioteca universitaria.
De hecho, aparco delante de la biblio para esperar a la chica que ha reservado pero que aún no ha llegado.
Salgo del coche y me recuesto tranquilamente sobre el capó resplandeciente.
Mis ojos siguen a los grupos de alumnos, deteniéndose un poco más en los culazos que pasan por delante.
Ahí me doy cuenta de que hace tiempo que no me acuesto con una tía, y que ya me empieza a picar seriamente...
El sonido del móvil interrumpe mis pensamientos.
—Carter, cuánto tiempo —bromeo al descolgar.
—Shane Winfield nos ha invitado a una fiesta —empieza diciendo, sobreexcitado—. Esta noche, en su villa, tú y yo.
Es como si mi mejor amigo me hubiera leído los pensamientos reprimidos.
—Por mí bien.
—¡Genial! ¿Pasas a recogerme sobre las nueve?
—Sí, así lo hacemos.
—Ponte guapo, tío. Estarán las últimas actrices de moda.
Winfield es un gran productor, acaba de ganar un premio, y tenerlo entre nuestros contactos es sinónimo de grandes oportunidades. Además, sus fiestas siempre son enormes, y ya sé que no saldré de allí solo.
—Acaba de llegar mi clienta, Cart. Nos vemos más tarde.
— Yes.
Me guardo el móvil en el bolsillo, rodeo el coche y abro la puerta trasera.
—¿Algún problema? —le pregunto a la pelirrojita que me mira raro.
—¡No, no! —exclama demasiado alto mientras se acomoda con prisa.
Se enreda con las correas de la mochila, tira demasiado fuerte del cinturón y se queda atascada. Me río por lo bajo mientras vuelvo al volante. La observo por el retrovisor mientras lucha con el cinturón y, cuando finalmente consigue abrocharse, su cara se pone roja como un tomate.
—¿Primera vez? —lanzo mientras giro la llave de contacto.
—Eh... sí.
No se atreve a mirarme, así que vuelvo la vista a la carretera sin añadir nada más. Estoy acostumbrado a las novatas de Campus Drivers que siempre se derriten por su conductor.
Cuando aparco frente a la residencia, parece un poco decepcionada por la rapidez del trayecto y balbucea cuatro palabras incomprensibles al salir del coche. Le guiño un ojo cuando me saluda con la mano y me marcho pitando.
El apartamento está vacío y en silencio cuando empujo la puerta.
No tengo ni idea de a qué hora piensa volver Lois, solo espero que se haya acordado de coger el otro juego de llaves.
Se las di la semana pasada, después de que se quedara dos horas esperando en mi rellano.
Sé que se contuvo para no perder los nervios; vi cómo se mordía los carrillos cuando insinué que ya debía de estar acostumbrada a merodear por las escaleras.
No puedo evitarlo, me divierte un montón volverla loca.
Quiero pensar que es mi manera de vengarme del tema del sofá, pero, honestamente, aún no tengo muy clara la razón.
Me pongo la ropa adecuada, la que cumple doble función: impresionar a un productor forrado y, de paso, ligar con una de sus actrices.
Mis colegas se suelen burlar de mí, pero en realidad sé que solo están celosos por los pibones que llevo a casa.
Puede que estén superoperadas, pero yo disfruto que te cagas, que es exactamente el objetivo.
He bebido un poco en casa de Winfield, pero no estoy borracho.
Si estoy mareado es únicamente por April, quien insiste desde que hemos entrado en mi edificio en que le coma las tetas.
Ha estado pendiente de mí durante toda la noche, hasta que ha acabado en mis piernas, y ya no se ha despegado.
Me juego lo que sea a que le he dejado la marca de mi erección en su faldita ligera.
—Nos vamos a divertir —jadea contra mi cuello mientras la levanto contra mí en el ascensor, que por fin han arreglado.
Enrosca sus piernas alrededor de mis caderas, y en lugar de buscar mis llaves, meto mis dedos dentro de ella.
—¿No llevas ropa interior? —gruño en su boca.
—Me he quitado el tanga en tu coche —susurra pegándose aún más.
—¡Qué malota!
Sostengo el juego de llaves con la mano que me queda libre y abro la puerta, con tan poco cuidado que choca fuerte con la pared de la entrada; la cierro de un golpe de talón sin soltar a la sanguijuela que me está chupando la lengua.
El salón está sumido en la oscuridad. Mi pantalón va a estallar si no actúo rápido.
Tengo las manos en sus nalgas y su faldita está subida hasta la tripa; está tan mojada que tengo la bragueta empapada.
No me paro a reflexionar, solo me concentro en cómo será el momento en el que me hunda en ella.
No pienso, y la lío bastante. Porque al hacerla caer en mi sofá, me olvido de que está ocupado.