9. Lane
Lane
Desde que a Lois le dio por cambiarse el corte de pelo y ponerse a correr por toda la ciudad, no hago más que verla entrar y salir con unas zapatillas fucsias a juego con sus camisetas de deporte.
Tengo que admitir que le echa ganas. Todas las tías suelen funcionar igual: de repente se motivan para hacer ejercicio, se tiran dos días en ayunas antes de zamparse una hamburguesa enorme.
Pero ya ha pasado una semana, y el régimen draconiano de Lois no ha hecho ni una sola excepción.
Incluso ahora, que exhibo una pizza gigante ante ella.
—¿Ni siquiera un trocito de nada? —insisto otra vez, con la boca llena.
—Sigo diciendo que no —responde de nuevo—. No hago todos estos esfuerzos para luego lanzarme a los brazos de tu mozzarella a la primera de cambio.
—También lleva chorizo...
—Lo sé —dice, inspirando hondo y cerrando los ojos.
Se echa hacia atrás el pelo empapado de sudor y aprieta los dientes.
—Me ducho y me voy otra vez.
—¿Adónde?
—He visto un anuncio de clases de aquagym en la piscina del centro comercial.
—Vale.
Se detiene en medio del salón y me mira raro.
—¿Qué pasa?
—Esto pasa... —Resopla, señalándome a mí y luego a ella.
—¿El qué?
—Casi hasta parece una conversación —articula, asintiendo con la cabeza—. Es rarísimo.
Y luego se va directa al cuarto de baño.
Tiro el borde del trozo de pizza a la caja de cartón y me estiro contra el respaldo del sofá.
Lois no se equivoca: la cosa es bastante rara.
Han pasado dos semanas desde que se instaló en mi sofá y, a veces, se me olvida que no pinta nada aquí.
A su favor, tengo que decir que es muy discreta y se esfuerza por resultar una compañía agradable, incluso cuando hago todo lo posible para sacarla de quicio.
Reconozco que es un jueguecito bastante divertido; me encanta en cuanto no logra contener sus respuestas cortantes.
No sé cómo lleva lo de buscar piso; yo me limito a recordarle cada día el tiempo limitado de nuestro acuerdo, solo por el gusto de verla rabiar.
—¡El tiempo vuela, Corazón Roto! —le grito cuando sale del baño ya cambiada.
—Tranqui, que no hay riesgo de que se me olvide.
Se agacha junto a su bolso, mete el móvil dentro y hace una mueca al incorporarse.
—Estás con agujetas, ¿o qué?
—Un poco —admite, sujetándose el tobillo para estirar el muslo—. Me duelen músculos que ni recordaba tener.
—¿Has dicho que ibas adónde?
—A la piscina del centro comercial.
—Yo también tengo que ir. Te dejo allí, si quieres.
—¿A la piscina? —se extraña mientras repite el estiramiento con la otra pierna.
—Al centro comercial.
—¿Gratis? —Frunce el ceño al soltarse el pie.
—Haces demasiadas preguntas, Corazón Roto.
Salgo del sofá, me calzo y cojo las llaves del mueble de la entrada.
—Entonces ¿te decides?
—Vale, pero me dejas lejos de la entrada.
—¿Por quién me tomas? ¿Por tu padre, quien tiene que dejarte a una manzana del insti para no darte vergüenza delante de tus amigos?
Hago una pausa dramática y me tapo la boca con la mano.
—¡Ostras! Que he dicho «dejar», la palabra prohibida.
—Yo a mi padre le hubiera dejado llevarme de la mano hasta la taquilla, si hubiera querido —contesta pasándome por delante.
No sé qué responder, y debo decir que eso me jode. Esa tía tan odiosa me ha robado el sofá y las salidas ingeniosas.
Yo cojo el ascensor, y ella baja por las escaleras.
Cuando llego a la calle, me está esperando delante del coche, mirando fijamente la fachada del edificio. No hace falta preguntarle qué está buscando o, más bien, a quién.
—¿Nos vamos ya? —grito, dando un golpe en el techo del coche.
—Sí... —suspira, toqueteándose el pelo.
—Déjame adivinar: tu Kirkecito no ha visto todavía a la nueva Lois de pelo corto, ¿no?
—Nop. Y creo que me está evitando... ¿Sabes si sigue saliendo con Juliet? —me pregunta con la boca pequeña cuando nos sentamos.
—Ni idea. Podemos pasar a verla al bar, si quieres.
—¿Los dos juntos? —se sorprende tanto que hasta me da rabia.
—¡Ah! No, tienes razón. Ya hemos pasado una noche durmiendo en el mismo sofá y estamos empezando a charlar como dos colegas. Lo que faltaba es que, encima, ahora nos fuéramos de cañas.
Giro el volante riéndome y acelero sin añadir nada.
—¿Por qué sonríes así?
—¿Así cómo? —pregunto, mirándola fugazmente de reojo.
—No sé qué adjetivo usar. Es como... una especie de sonrisa visceral.
—Tienes ese efecto en mí, Corazón Roto, ¿qué quieres que le haga?
Lois niega con la cabeza y sube el volumen de la radio. Me sorprende oírla tararear la canción del grupo que suena en el coche. Si hay algo que me gusta de esta tía, son sus gustos musicales.
Trastea con el móvil, resopla y hace una mueca. Está tan concentrada en la pantalla que ni se da cuenta de que dejo el coche en el aparcamiento principal, a dos pasos de la entrada.
Apago el motor y paso un brazo por detrás de su asiento para ver qué está tramando.
—Qué feo eso de stalkear al ex —susurro cerca de su oreja.
Se da un susto tan grande que el móvil se le escurre de las manos y se le cae a los pies. Creo que me insulta al recogerlo.
Sale del coche y se mete en el centro comercial mientras me lanza constantes miradas de reojo.
Con unas ganas tremendas de tocarle las narices, la sigo hasta el complejo deportivo que ocupa por completo el último piso.
—¿Por qué sigues aquí?
—A lo mejor a mí también me interesan esas cosas de baile acuático... —respondo arrastrando las palabras.
—Sabía que tendría que haber venido andando. ¿De verdad no tienes nada mejor que hacer un sábado por la tarde?
—Te apoyo en tu emancipación, Corazón Roto.
—Cuando dices «emancipación», yo lo que oigo es «emasculación»... —replica ella—. Esa palabra les suena de maravilla a mis oídos.
—Y la palabra «sintecho», ¿cómo te suena? —contraataco acercando mi cara a la suya.
Ella sostiene mi mirada unos segundos largos; las chispas que cruzan sus pupilas me hipnotizan.
—Bizqueas un poco, ¿no? —articula, inclinando la cabeza.
Se me escapa una risita ahogada, y justo cuando se está volviendo hacia la recepción de la piscina, veo cómo sus labios dibujan una sonrisa diminuta.
—¡Hola! —exclama la recepcionista incorporándose.
—Hola. He visto un anuncio sobre cursos de aquagym y me gustaría apuntarme.
—Lo siento, pero la campaña de inscripción empieza a principios de verano. Vas tarde, solo quedan los turnos reservados a personas mayores.
—Ay, el karma... —canturreo apoyándome a su lado.
La oigo refunfuñar. Luego entrecierra los ojos mientras piensa.
—Imaginemos que aceptáis que participe en los cursos de mayores. A cambio, me comprometería a cederle mi plaza a alguien si quisiera inscribirse.
La recepcionista se sorprende de la propuesta de Lois. Yo, no. Esta tía está dispuesta a todo para reconquistar a su chico, incluso a compartir piscina con la mitad de una residencia de ancianos.
—¿Y bien? —insiste, inclinándose más sobre el mostrador.
—No lo sé, nunca he recibido este tipo de solicitud. ¡Ah! Justo a tiempo, el profesor está aquí, le voy a preguntar. Aaron, ¿puedes venir un momento?
Giro la cabeza hacia el fondo de la sala y veo a un tipo acercarse con una sonrisa.
Con su camiseta caqui sin mangas y su ridículo bañador, no puedo evitar poner los ojos en blanco.
Huele a cloro y a testosterona, lo que me provoca de inmediato una reacción química.
Me entra un instinto típicamente masculino: unas ganas increíbles de mearme en sus horribles chanclas.
—¿En qué puedo ayudaros? —anuncia, mirando a Lois de arriba abajo.
—Esta joven quiere apuntarse a tus clases, pero los únicos huecos que quedan están reservados para la tercera edad. Ella propone participar igualmente, con la condición de ceder su plaza si hiciera falta.
—¿Solo tú o también tu novio? —pregunta, señalándome con el mentón.
—¿Mi qué?
Se vuelve hacia mí y abre los ojos al darse cuenta del malentendido.
—No, solo yo —se apresura a corregir—. No es mi novio. De hecho, ni sé quién es esta persona.
—¡Qué cabrona! —murmuro bastante alto.
Me lanza una breve sonrisa irónica antes de volverse para mirar al tipo este.
—Tengo muchas ganas de asistir a estas clases. Por favor.
Es bastante más alto que ella, le sacará como una cabeza y pico, igual que yo. De hecho, tengo vista directa al escáner que le está haciendo. Estamos hablando de clases de aquagym de mierda, pero ¡la está evaluando como si estuviera postulando para ser su mujer!
—No veo objeción —anuncia finalmente, rascándose la barbilla—. Pero que sepas que mis abuelitas nunca te cederán la primera fila. Si no te da miedo enfrentarte a una élite de jubilados, ¡la plaza es toda tuya!
—Me quedaré atrás, no sabrán ni que existo.
—Eso está claro, porque no tocarás fondo —bromea, evaluándola de arriba abajo—. Y que conste que no es por presumir, pero verás que no tienen ojos más que para mi trasero —añade con un gesto de falsa pena.
«¡Qué payaso, de verdad!».
—Os dejo para que podáis formalizar la inscripción —concluye, estirando la goma del bañador y soltándola de golpe—. ¡Nos vemos pronto!
—Muchas gracias, ¡qué ganas de empezar!
Mientras rellenamos la ficha y escucho las indicaciones de la secretaria, repaso la escena en mi cabeza. Llegamos al segundo piso, que está abarrotado. Me detengo de golpe, lo que pilla a Lois tan desprevenida que casi choca conmigo. Retrocede refunfuñando.
—«¡Qué ganas de empezar!» —la imito con una voz mucho más aguda.
—Uf, ¡cállate! Es un deporte completísimo. Mejoraré mucho mi silueta.
—¿A base de hacer pasos laterales en una piscina llena de incontinentes?
—Eres tan... —murmura frunciendo el ceño.
—¿Sensato?
—No.
—¿Excepcional?
—Sigue buscando.
Se pone en marcha de nuevo, y yo acelero para colocarme a su izquierda.
—¿No tienes nada que hacer, Lane?
—Sí.
—¡Pues venga!
—¡Es por aquí! —le informo, señalando con el dedo delante de nosotros.
—¿Ah, sí? Entonces iré por allá. ¡Que tengas un buen día!