Sin freno (Campus drivers 1) 8. Lois #2
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8. Lois #2

Abro un ojo para ver qué me ofrece Becca y frunzo la nariz ante su bolsa de patatas. No sé cómo lo hace: va por la segunda. Si yo hiciera lo mismo, se me quedaría el culo atrapado en esta silla para siempre.

—No, gracias. Dejo las guarrerías a partir de ya. Tengo que perder peso —balbuceo, sintiendo cómo me sonrojo.

—Tú te lo pierdes, porque están buenísimas. Recuérdame, ¿por qué querías tú adelgazar? ¡Ah, sí! Para recuperar al idiota de tu novio.

—¿De verdad? —se indigna mi peluquera—. ¿Puedo decir que es la mayor estupidez que he oído en mi vida? No, porque ahora va en serio: es la mayor estupidez que he oído en mi vida.

—También lo hago por mí —replico con una falta de sinceridad tan grande que hasta me quema la lengua.

—No tienes nada que envidiarle a esa Juliet, ¿eh? —intenta tranquilizarme Becca.

Le lanzo una mirada incrédula mientras se mete tres patatas en la boca.

—También es verdad que estamos hablando de la hermana de Carter, así que está claro que lo llevan en la sangre. A Lane le pasa lo mismo; hay cosas que no se pueden evitar.

—¿De qué hablas?

—Ese tío me hace ovular solo con pensar en él.

—Pues a mí no —murmuro, negando con la cabeza.

—¡Aleluya! —exclama Carrie, aplaudiendo—. ¡Por fin una chica que no se derrite por esos Campus Drivers de pacotilla!

—Ignórala, mi compi solo tiene ojos para los personajes de sus novelitas pastelosas.

Becca señala la librería que tenemos enfrente:

—¿A que es enorme para lo pequeña que es la habitación? —dice suspirando.

—En fin, ahora me toca a mí —continúa, limpiándose los dedos en la parte de arriba del pijama—. Tengo mil prendas que nunca me pongo. Te voy a preparar unos cuantos conjuntos y luego ya me dirás qué te parecen, querida.

—En realidad no tienes por qué...

—¡Claro que sí! No aguanto más tus malditas mallas.

—Dudo que usemos la misma talla.

—¡Carrie, has hecho un trabajo increíble! —me corta con un gesto—. ¡Está cañón!

—Admito que te cambia la cara, Lois.

— Mmm. Gracias.

Aún no me he mirado, pero me fío de lo que me transmite, por alguna razón.

La hora siguiente, me dejo desvestir y vestir por Becca una docena de veces. La ropa que me pasa me queda sorprendentemente bien. Insiste en maquillarme un poco y, cuando por fin me giro hacia el espejo grande, me quedo con la boca abierta.

—¿Te gusta?

Me quedo mirando mi pelo, o lo que queda de él. Acabo de perder unos cincuenta centímetros de largo, y el corte a lo garçon ligeramente asimétrico que se mueve delante de mis ojos me deja muda.

—Me acostumbraré.

Suena más a pregunta, y Carrie se ríe, dándome unas palmaditas en el hombro.

—Todo irá bien, Lois. Estás muy guapa.

—No estoy segura de este top —digo, bajando la mirada por mi cuerpo.

—¡Te hace unas tetas increíbles! —comenta Becca, metiéndome el dedo índice en el escote.

—¿No es un poco corto? No me gusta que se me vea la tripa.

Tiro del tejido, que vuelve a colocarse inevitablemente justo bajo mi ombligo.

—Está súper de moda.

Justo el tipo de respuesta que no significa nada para alguien tan fan del dúo mallas–sudadera como yo.

—No sé yo...

—Yo soy la coach , y tú, la esclava de la moda —sentencia mi estilista con los brazos en jarras.

—¿Quieres que eche un vistazo a cómo está la situación bajo tus braguitas? —me propone Carrie.

—Creo que ya es suficiente por hoy. Hablamos otro día, ¿vale?

—¡Como quieras!

—Os tengo que dejar, tengo compras que hacer y un novio al que reconquistar.

—¡Estás buenísima, vas a recuperar los huevos de Kirk! —grita Becca levantando los puños en el aire.

—Eso es —le contesto, riéndome de su cara de guerrera—. Que tengáis un buen día, chicas, gracias por todo.

De camino al centro comercial, no puedo evitar mirarme en los escaparates por los que paso. Todavía me cuesta acostumbrarme, pero estoy bastante contenta con el resultado.

Me gasto sesenta dólares en ropa deportiva y treinta más en el supermercado. Me muero de hambre, y lo que llevo en las bolsas no es nada apetecible. Pero no me falta fuerza de voluntad: ¡que vivan la lechuga y el té!

Recupero el aliento al llegar a la entrada del edificio de Lane, y dejo las bolsas a mis pies para que los músculos de mis brazos descansen. Como espero encontrarme con Kirk, me tomo todo el tiempo del mundo mientras subo hasta su piso; acerco la oreja a su puerta sin detenerme.

Cuando por fin llego al quinto, estoy agotada y espero que Lane no haya salido. Solo ahora me doy cuenta de un detalle más bien importante: no tengo las llaves de su casa. Apoyo el codo en la manilla y, por suerte, cede. La puerta se abre.

Estoy tan aliviada de no tener que quedarme en el rellano que no noto de inmediato los cinco pares de ojos que se giran hacia mí.

—Hola... a todos.

Los Campus Drivers están aquí al completo con Carter, reunidos alrededor de la mesa baja llena de cosas para picar. «¡Pollo, Lois, piensa en el pollo!». Ninguno pronuncia palabra; todos están paralizados, mirándome como si el diablo acabara de entrar. Finalmente, Lewis rompe el silencio:

—¿Quién es usted, señora?

Entonces entiendo que todos se han quedado un poco de piedra con mi nuevo look y me sube el calor a las mejillas.

—Haced como si no estuviera, solo estoy de paso —balbuceo torpemente, corriendo hacia la nevera.

Oigo cómo cuchichean, y solo tengo ganas de esconderme entre las latas de cerveza y la bandeja de hamburguesas. Meto las compras en el cajón de frutas y verduras, y me quedo un momento más tras la puerta de la nevera.

Cuando me atrevo a echar un ojo hacia allí, veo que me están observando.

—¿Alguien quiere una cerveza? —propongo con un hilillo de voz.

—¡Yo! —acepta Adam sonriendo—. Ven, que te hago sitio.

—No hace falta, tengo planes —respondo mientras echo mano de un botellín helado.

Se lo paso desde lo más lejos que puedo, y él me da las gracias haciendo un gesto con la cabeza.

—Te queda genial —añade, llevándose el cuello del botellín a los labios.

—Gracias.

—Ramos Fernando se va a volver pronto a su país —exclama Donovan, dándole un codazo a Lewis.

Frunzo el entrecejo sin entender nada y doy un paso atrás.

—Tú no eres de las que hacen las cosas a medias, ¿eh, Corazón Roto?

El que acaba de intervenir es Lane, con su voz grave y su eterno tono afilado. Nunca debería haber dejado que el alcohol dictara mis palabras anoche. No soporto que conozca esta parte de mí ahora. No se me ocurre ninguna respuesta, solo siento la urgente necesidad de largarme de aquí.

Retrocedo hasta la bolsa de plástico que he dejado en la entrada, corro al baño y recupero el aliento de pie entre el inodoro y el bidé. Cierro la puerta con pestillo y me deshago de esa maldita ropa para ponerme la que acabo de comprar.

Una vez vestida con un conjunto deportivo completamente nuevo, me armo de valor para pasar delante de los chicos sin que parezca que estoy huyendo.

—Vamos, suda de todo —suelto, balanceándome sobre mis zapatillas nuevas.

Tomo una gran inspiración y abro la puerta de un golpe, lanzándome sin pensar.

«Bum».

—¿Qué estabas tramando detrás de la puerta? —protesto, poniendo distancia con el torso que se interpone delante de mí.

Reconozco a Lane solo por el olor de su camiseta. «Joder, ¡qué ganas de que esta convivencia termine ya».

—¿Querías algo en particular?

No le miro, y él no suelta prenda. Siento que espera algo y, cuando me duele demasiado el cuello de tener la cabeza agachada, me decido a mirarle completamente de frente.

—¿Qué? —suspiro, tirando de mi camiseta de licra sin mangas—. ¿Te queda algún comentario en la recámara? ¿Un consejo que me ponga de los nervios, quizá? ¿Una receta excelente y baja en calorías?

Suelto mis palabras a toda velocidad mientras él permanece impasible.

—¿No? ¿Nada? Muy bien, entonces déjame pasar, por favor. Tengo intención de recorrerme toda la ciudad, a toda hostia, para encontrar piso. ¿A que te sorprende mi entusiasmo y mi capacidad de matar dos pájaros de un tiro?

«Ni siquiera he empezado a correr y ya estoy sin aliento, ¡genial!».

Estoy a punto de darle un empujón con el hombro para abrirme paso, pero se aparta por sí mismo.

Apenas doy dos pasos cuando decide intervenir:

—Tu corte está guay.

Me quedo paralizada y sacudo la cabeza, girándome hacia él. «Algo he oído mal, es imposible».

—¿Cómo?

—Que te queda bien —responde con voz plana.

Y aquí va otro de nuestros extraños cara a cara. Me encuentro de nuevo frente a un Lane inusual. Este tipo es realmente imprevisible, ¡me irrita!

—¿Te das cuenta de lo...?

—¿Generosos que son mis cumplidos? —termina la frase por mí.

—Agotador que eres... —le corrijo, poniéndome el pelo corto detrás de las orejas.

Se encoge de hombros antes de apoyarse en la pared del pasillo. Me va a volver loca con ese vaivén entre tío desagradable y tío simpático. Al final, ni siquiera sé diferenciar si está hablando en serio o si se está burlando de mí.

—Bueno... hasta luego —concluyo, volviendo a ponerme en marcha.

Antes de entrar en el salón, me detengo por última vez.

— Gracias —digo en un suspiro, sin mirar atrás.