Sin freno (Campus drivers 1) 8. Lois
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8. Lois

Lois

Abro los ojos al notar el efecto de la borrachera de anoche martilleándome las sienes.

Tengo el hombro dormido de haber sostenido el peso de mi cuerpo durante la noche.

Parpadeo para aclararme la vista, y lo primero que distingo me hace pegar un salto: el dedo gordo del pie de alguien casi metido en mi fosa nasal, unido a una pierna peluda que recorre mi cuerpo.

Levanto un poco la cabeza para intentar entender esa postura imposible.

—¡No me lo puedo creer! —oigo salir de mi boca al descubrir a Lane durmiendo en mi sofá.

Su cabeza, apoyada contra el reposabrazos, está al lado de mis pies y viceversa.

Se podría decir que estamos entrelazados en una posición difícil de definir.

Una de mis piernas pasa entre las suyas, lo que ha hecho que la camiseta se le suba hasta el torso, mientras la otra está doblada sobre su cadera.

Pero ¿qué pinta él aquí?

—¡Eh! —exclamo moviéndome con esfuerzo.

Me tiene prácticamente inmovilizada, solo puedo activar mi pie izquierdo. Como Lane es bastante más alto que yo, mi dedo del pie apenas alcanza su garganta cuando estiro la pierna. No tengo la uña tan corta. Igual, si me concentro, puedo clavársela en el cuello.

—¡Lane!

Hundo mi arma improvisada en la piel de su cuello y doy pequeños toquecitos desordenados.

—Hum... —gruñe, apartando mi pie.

Insisto, hasta que me recompensa con una patada en la barbilla. ¡Hostia! Estoy en deuda con él, pero eso no lo justifica todo.

—¡Bueno, ya basta! —exploto, forcejeando con todas mis fuerzas—. ¡Fuera de mi sofá! ¡Ahora!

Su cuerpo se tensa, e incorpora lentamente la cabeza. Sus ojos recorren mi uña esmaltada, siguen por mi pantorrilla y mi cadera hasta aterrizar en mi mirada asesina.

—¿Qué tal? ¿Has dormido bien? —lanzo con voz amarga.

Entrecierra los párpados, sacude la cabeza y vuelve a analizarnos.

—¡Sí, sí, ya ves que aquí sigo! —digo impaciente, moviendo la mano por encima de nosotros.

—Tienes los pies grandes —suelta con voz ronca.

Abro la boca sin saber qué responder. Bueno, sí que sé qué decir, pero no debo olvidar que mi destino está en sus manos hasta finales de mes.

—¡Quítate de ahí! —le suelto, aun así.

—¿Por qué no eres tú la que se levanta primero?

—¡Porque tu muslo de al menos treinta kilos bloquea todos mis intentos de liberación!

Nuestras miradas se cruzan, y aguardo su pulla.

—Tengo ganas de que recuperes a tu chico... —dice, ofreciéndome una enorme sonrisa.

—Pues mira, ¡al menos estamos de acuerdo en algo por una vez! —le contesto.

Se estira por completo, obligándome a apartar su pie de mi cara. Su mano se engancha en mi pantorrilla, empuja mi pierna en un ángulo bastante antinatural y por fin recupero la libertad.

Mientras se sirve un café, estiro los músculos, ocupando todo el sofá. Pero la calma dura poco. Los recuerdos de la noche vuelven, y noto cómo las nuevas lágrimas me empiezan a escocer en el borde de los párpados.

—¡Venga, Lois! —me susurro a mí misma—. Basta de autocompasión, ¡toca pelear!

Asiento al final de mi breve discurso mental, atizo un puñetazo a los cojines y me pongo de pie al instante.

—¡Tus monólogos internos son la hostia de entretenidos! —se burla Lane desde la isla de la cocina.

—No vas a arruinarme el día, ¡ni hablar! —le respondo, señalándole con el dedo—. ¡Ni siquiera existes! De hecho, estoy hablándole a la nada. No estás aquí.

—Si eso, aprovechamos y me pasas tu truco para realizarlo. Me encantaría verte desaparecer de mi campo de visión.

—¿Quién me habla? —canturreo mientras me dirijo al cuarto de baño.

Se ríe, y yo no puedo evitar que me asome una sonrisita al cerrar la puerta detrás de mí. Antes de ducharme me quedo quieta frente a la pila, analizándome por completo. Necesito un cambio radical, y solo conozco a una persona que pueda ayudarme.

Cuando salgo del cuarto de baño, dejando empañado todo el espejo, llamo a Becca de inmediato.

—Necesito que me hagas un favor —empiezo nada más llegarme su «hola» somnoliento.

—Mmmm... ¿Qué?... —responde ella, bostezando.

Lane, quien sigue donde antes, me mira por encima del tazón de café. Me alejo hacia la ventana para esquivar sus bromitas.

—Tienes que ayudarme a ser más... bueno, menos... mejor, vamos.

—¿Qué llevas puesto? —consigue articular por fin Becca.

—¿Perdón?

—¿Qué llevas puesto ahora mismo?

—Eeh... unas mallas...

—Hostia, ¡pues ven ya! —dice—. Yo me ocupo de ti.

Cuelga y yo me quedo mirando el móvil, repitiendo mentalmente la conversación tan particular que acabamos de tener. Luego, me agacho junto a una de mis bolsas, que siguen llenas. Lane no me ha ofrecido usar su armario y me da igual, no tengo gran cosa. Cojo las zapatillas y me calzo en silencio.

—¿Necesitas que te lleve? —pregunta él.

—Me las apaño, gracias. —Me pongo los auriculares, los conecto al móvil y le hago un gesto de despedida a mi compañero de piso temporal.

«Things gonna be alright, things gonna be just fine ... » .

La canción de Jain suena en mi cabeza, y me la repito mientras camino hacia la habitación de Rebecca.

Podría haber dejado que Lane me llevara, pero hoy es el primer día que aplicaré mis buenas intenciones: crudités, pechuga de pollo y mucho deporte.

Así que voy a paso rápido hacia el campus.

Mis viejas zapatillas no resultan demasiado adecuadas, así que pasaré por el centro comercial cuando termine con Becca.

Empujo por fin las enormes puertas de la residencia, subo las escaleras hasta llegar a su puerta, empapada de sudor. Me seco la frente con el antebrazo y toco la puerta tres veces.

—¡Pasa!

Entro con un nudo en la garganta y un punto de envidia. No tener un sitio propio es un peso que odio arrastrar.

—¿Has venido andando? —me pregunta Becca mirándome—. Parece que estés a punto de vomitar...

—Probablemente sea la resaca de anoche —resoplo, dejando el bolso en el suelo.

Doy una vuelta sobre mí misma para ver su pequeña habitación.

Ayer no mentía cuando dijo que no me podía alojar: este sitio es diminuto, y lo comparte con una tal Carrie, a la que oigo roncar en la cama del fondo.

Tengo que admitir que, pese a todo, el sofá de Lane sigue siendo la opción más cómoda.

—¿Lista para un cambio de look ? —arranca mi amiga sin más dilación—. Cuanto más te miro, más pienso que es ahora o nunca. ¿Quieres una cocacola?

—Un vaso de agua, por favor.

Se va hasta el cuarto de baño dando saltitos y vuelve enseguida con un vaso de plástico.

—¿Qué tal acabó la fiesta? No te vi al irme.

—Es que buscabas en el lugar equivocado. No estaba en el fondo de la boca de Carter —le digo, guiñándole un ojo.

—Pues la verdad es que él también se pasó un buen rato dentro de la mía —responde ella, arqueando las cejas.

—¡Puaj! ¿No era Donovan tu objetivo, por cierto?

—Es que me dio un superflechazo con Carter, no me lo explico.

—Es majo. No entiendo cómo puede ser amigo de Lane.

—Por lo que pillé, se conocen desde críos.

—¡Ah! Ya veo.

—Y tú, ¿cómo te encuentras?

—Paso palabra —replico masajeándome las sienes.

—No sé cómo aguantaste tan tranquila anoche. Yo en tu lugar habría liado una buena.

—No veo cómo eso hubiera cambiado nada.

—Bueno, ¿lista para tu nuevo yo?

—¡Al cien por cien!

—¿Alguna idea?

Me lleva hasta su gran espejo de pie y se coloca detrás de mí, apoyando la barbilla en mi hombro. Suspiro desesperadamente al ver el reflejo de esa pobre chica en el espejo.

—Tengo ganas de hacerme un tatuaje, de teñirme el pelo de azul y de hacerme un piercing en la nariz —suelto de golpe, sin respirar.

—Mmm... vamos a conformarnos con un buen corte de pelo, ¿vale?

—No soporto más mi cara...

—¡Carrie, arriba! —grita Becca, haciéndome fruncir el ceño.

Los restos del alcohol de ayer siguen chapoteando en el fondo de mis oídos, y la imagen de Kirk y Juliet aún me ronda la cabeza.

—¿Qué? —se queja una voz desde la cama del fondo.

—Necesito tus dotes de peluquera para mi amiga Lois, aquí presente.

En el reflejo del espejo veo que la sábana se agita y asoma una cabeza rubia.

—¿Cuándo fue la última vez que metiste tijera? —me pregunta, analizándome—. ¿En los años ochenta? —añade, bostezando.

—Algo así.

Se incorpora del colchón.

—Te aviso: no cuentes conmigo para cortarte solo las puntas. O todo, o nada.

Menuda exagerada, si sus rizos rubios están tan largos como mi pelo.

—Haz lo que te parezca —murmuro, enredándome un mechón en el dedo.

Camina arrastrando los pies hacia el cuarto de baño y sale armada con un par de tijeras, un peine y un cuenco con agua.

—Cuando termine, ya me ocupo yo de tu horrible cutis —añade Becca.

—Yo voto por depilarte las cejas de regalo... —comenta Carrie, asomando la cabeza por encima de mi hombro—. Viéndolas, ni me quiero imaginar cómo estarán tus ingles.

—¿Qué tendrá que ver?

—Ya sabes, enséñame las cejas y te diré cómo llevas el chichi —replica, frunciendo los labios.

—Es una experta en el tema. Depila la mitad de los pubis de este campus, puedes fiarte.

Bajo la mirada hacia mi vientre instintivamente y resoplo, haciendo una mueca.

—Lo que me imaginaba —dice riéndose mientras moja el peine—. Cada cosa a su tiempo, ¿de acuerdo? De momento voy a librarte de esta horrible mata.

—¿Has hecho esto antes? —pregunto inquieta, al verla juguetear con las tijeras junto a mi oreja.

—¡Mil veces!

Hace girar su silla de escritorio y me sienta en ella. Reprimo el impulso de santiguarme, pero por dentro me pongo a rezar como si no hubiera un mañana.

Cuando oigo el primer tijeretazo, al mismo tiempo que mi «piedad» silenciosa, me tenso e ignoro el largo mechón que cae al suelo. Clavo las uñas en los reposabrazos y acabo cerrando los ojos durante minutos.

Chasquea la lengua y la silla gira; imagino que es señal de que ha terminado. Me da miedo lo que voy a ver, tanto que me entran náuseas. Aunque puede que aún sea culpa de la resaca. Mi estómago se retuerce y gruñe con fuerza, como siguiendo el hilo de mis pensamientos.

—¿Quieres?