Sin freno (Campus drivers 1) 7. Lane #3
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7. Lane #3

—No, no lo entiendes —replica, sacudiendo la cabeza con fuerza—. Yo lo que quiero es recuperar mi vida con él.

Sus labios repiten la frase varias veces, como para grabársela.

—Eso es lo que quiero hacer —añade con otra voz—. Y eso es lo que voy a hacer.

Abro los ojos como platos y suelto una risita breve.

—¿Me estás diciendo que vas a adaptarte a sus caprichos de mierda con la esperanza de volver a conquistarlo?

—Sí.

—Lois, eso no funciona así. ¡La tendencia natural siempre sale a flote, créeme!

—¿Qué sabrás tú? —se defiende, fulminándome con la mirada.

—Tranquila, Corazón Roto. No soy ningún experto en parejas, te lo concedo, pero no hace falta tener un máster en Ciencias Humanas para entender que tu idea es una cagada.

—Tengo que cambiar... —articula sin escucharme.

Casi puedo oír cómo se agita su cerebro.

Separa la mano de la pierna para alcanzar la botella de vodka que he dejado cerca, y cada sorbo que da va acompañado de un asentimiento.

Vete tú a saber lo que estará tramando en su cabeza de loca ahora mismo, pero, sea lo que sea, parece estar de acuerdo consigo misma.

La luz que brilla en sus ojos casi me hace estremecerme.

Bebe otra vez, así que la obligo a darme la botella.

—Creo que ya has bebido suficiente.

Remuevo lo que queda de alcohol y me lo acabo de una sentada.

Mientras trago, mi cuerpo se contrae. Tengo el brazo suspendido en el aire y el cuello de la botella todavía pegado a mis labios.

Lois se ha dejado caer sobre mi pecho y su pelo me roza la barbilla.

El aroma de su champú llega hasta mi nariz, y algo se agita de pronto en mi estómago. Demasiado alcohol, sin lugar a dudas.

Quiero levantarme, pero su espalda pesa contra mi pecho y no me atrevo a moverme. Todavía sigue en plena lluvia de ideas; estoy seguro de que no se ha dado cuenta de lo cerca que están nuestros cuerpos. Esto no es propio de ella, ni siquiera somos amigos, así que espero a que se separe.

Tras unos minutos, empiezo a impacientarme, pero cuando por fin se incorpora y sale de la habitación sin decir palabra, el alivio esperado no llega.

Parpadeo y me pongo de pie, un poco demasiado rápido, teniendo en cuenta la borrachera que llevo.

Noto mi respiración pesada y cómo todo me da vueltas.

Oigo abrir y cerrar la nevera.

Cuando voy a su encuentro al salón, veo que se está echando una cerveza en su sofá. Bueno, ¿qué estoy diciendo? Más bien en mi sofá.

—Aclárame una cosa, ¿Kirk también tiene debilidad por las borrachas?

—La cerveza me aclara las ideas —responde con voz ronca.

Es un poco el problema del alcohol, ¿no?

, lo que parece un buen plan en estado de embriaguez suele ser un desastre al día siguiente.

Cojo el mando de la tele del mueble y me dejo caer a su lado, suspirando.

Paso de un canal a otro hasta dar con la repetición de un partido de hockey .

Intento concentrarme en el juego, pero mis ojos no dejan de mirar el perfil de mi vecina.

—Tus pensamientos hacen ruido —resopla lanzándome una mirada asesina.

—¿De verdad? —digo levantando una ceja y riéndome.

—Sip —asiente mientras cambia de postura—. ¡Me estás llenando de malas vibraciones, aguafiestas! Por cierto, feliz cumpleaños.

Apenas tengo tiempo de digerir el cambio de tema cuando se arrodilla y me señala con un dedo.

—Voy a demostrarle que puedo ser exactamente la chica que él quiere —declara con una convicción desmesurada—. A partir de mañana, voy a cambiar. ¿Y sabes qué?, al final me lo agradecerás.

—¿En serio?

—Sí, señor, porque gracias a eso ya no tendrás que aguantar mis enormes posaderas en tu sofá.

—Déjate de tonterías, tú...

—Shhh, shhh —me interrumpe, apoyando su índice sobre mis labios con la suavidad de una borracha.

—¿De verdad es eso lo que quieres? —intento articular.

—Sí —suspira apoyándose otra vez en el respaldo mullido—. Sí —repite acomodándose más, como si confesarlo recargara su batería—. Llorar no sirve de nada. Necesito un objetivo, y este es perfecto.

Me encojo de hombros, porque al fin y al cabo puede hacer lo que quiera, me da igual.

Aunque me parezca una locura, al menos ha dejado de llorar durante los últimos diez minutos.

¡Todo un récord! Bueno, si este plan absurdo le da fuerzas para salir de su bajón, que así sea, porque yo ya no puedo más con tanto lloriqueo.

Así que, si ya de paso acorta su estancia aquí, mejor todavía.

Luego se sumerge en el silencio y yo hago lo mismo.

Paso un dedo distraído por la tela del sofá y sonrío al escuchar un leve ronquido a mi derecha.

Nunca había visto a nadie quedarse dormida tan rápido.

La miro y me pregunto cómo he podido llegar a aceptar esta extraña convivencia.

Quiero recuperar la tranquilidad de mi apartamento, pero debo admitir que su presencia me distrae de mis propios pensamientos.

Le quito la cerveza, que todavía sostiene, y vuelvo la vista a la tele, planeando irme a la cama cuando acabe el primer tiempo; pero al final ni veo el primer tiempo, ni me voy a la cama.