7. Lane #2
—Guapa, buen tipo, divertida, segura de sí misma, pelo brillante. Además, estoy convencida de que tendrá las piernas suaves y... fijo que también es increíble en la cama.
Estoy a punto de soltar una carcajada justo cuando rompe a llorar y se tapa la cara con las manos.
Hasta ahora su autocompasión me estaba cansando, pero de repente me da pena.
Recuerdo lo que ha dicho Adam y, por mucho que me fastidie admitirlo, tiene razón.
Lleva días comiéndose la cabeza mientras su ex ya se está tirando a otra.
Pongo los ojos en blanco, sintiéndome flaquear.
¿Desde cuándo me afectan los dramas sentimentales de una chica con el corazón roto?
—No puedo competir contra ella —la oigo murmurar.
Sus palabras me hacen torcer el gesto, y decido, por puro impulso, pasar por alto ciertas promesas que le he hecho a Juliet, aunque eso signifique desatar una guerra. La hermana de Carter —a la que por cierto conozco desde que estaba en la cuna— no tiene precisamente mejor carácter que Lois...
—Pero ¿tú la has visto bien? Tiene la nariz torcida desde que una chica del instituto le dio un cabezazo. Creo que tengo una foto suya con los ojos morados y una patata en mitad de la cara. Te la enseñaré, si quieres.
—¿En serio? —solloza, cruzándose con mi mirada en el espejo.
—Incluso tengo una donde sale con vómito en el pelo. Debe de estar por ahí, en algún cajón. ¿Verla te haría sentir mejor?
—Creo que sí —murmura, frotándose los ojos.
Intento hacer que sonría sin saber muy bien por qué, pero aún no está del todo bien. Pasa el siguiente minuto mirándose en el espejo, con los hombros temblando todavía. Cuando creo que por fin está más calmada, las lágrimas le vuelven a resbalar por las mejillas. «A la mierda...».
—Lois —suspiro, agachándome a su lado.
—Ahora no, Lane. Por favor, guarda para mañana lo de meterte conmigo.
—¡No iba a vacilarte!
—Sí, claro...
—Si te sirve de consuelo, Juliet no es precisamente de las que apuestan por las relaciones a largo plazo.
—Eso no cambia nada —responde con un nuevo sollozo, cerrando los ojos con fuerza—. Duele porque ya no puedo engañarme a mí misma. Juliet es exactamente su tipo; Kirk ya me reprochó que yo no fuera así.
—¿Qué quieres decir? —pregunto, arrugando las cejas.
—Lo que me dijo fue que..., según él...
Se muerde el labio y juguetea con las rodillas, como si las palabras le quemaran la garganta. No sé qué me impulsa a hacerlo, pero me siento detrás de ella, con las piernas a ambos lados de su cuerpo.
—Suelta todo lo que tengas dentro, Corazón Roto.
Apoyo los codos en las rodillas e inclino la cabeza para ver su reflejo.
—Sé que ya te parezco patética...
—Razón de más para que sigas hablando, tampoco es que la cosa pueda empeorar mucho... —bromeo, dándole un leve empujón.
—Pues... Kirk me dijo que había demasiadas cosas que descubrir en la uni y que no quería arrepentirse de nada. Que yo soy demasiado tranquilita, demasiado previsible..., que no estoy lo suficientemente delgada y...
—¿Que no estás lo suficientemente delgada? ¿Este tío va en serio?
—No es que me lo dijera con esas palabras, pero... he engordado un poco estos meses. Me he descuidado, según él...
La observo a través del espejo, alucinando con la sarta de gilipolleces que acaba de soltar.
Vale, no tiene el cuerpo de las princesitas de turno con las que suelo salir, que tampoco es que sean ninguna referencia, por cierto, pero ni de coña está gorda.
Y aunque lo estuviera, joder, ¿desde cuándo eso es motivo para que alguien te deje?
—Tu Kirk es un gilipollas —escupo cada palabra, poniendo especial énfasis en la última—. ¡Hasta su nombre da asco! Kiiirk-Kirk-Kirk... —lo repito varias veces—. Al decirlo ahora, casi me recuerda al sonido que se hace cuando te entran ganas de potar.
Finjo una arcada exagerada y ella abre los ojos, llenos de lágrimas, antes de estallar en una risa tan repentina que hasta hace que me dé un susto. Me doy cuenta de que es la primera vez que la oigo reír, y ella debe de pensar lo mismo, porque se queda quieta al instante.
—Mi hermano Jeff dijo exactamente lo mismo el año pasado, conque sé de uno que va a estar encantado cuando se entere de que su antiguo cuñado me ha dejado.
Es la primera vez que menciona a su familia, y aunque me tienta preguntarle más, me callo. No quiero que me devuelva la pregunta. Tema tabú.
—Parece que él ya ha pasado página. Debería ayudarte a hacer lo mismo, ¿no? ¿Por qué no disfrutas tú también de las ventajas de la universidad?
Suelta un lamento áspero. Como una mezcla entre la risa y la queja.
—Echo de menos a Kirk... No sé quién soy sin él —dice al fin, mirando al suelo—. He crecido a su lado, he construido todo en torno a nosotros, y ahora me he quedado sin rumbo. Quiero recuperar mi vida.
Un velo de vergüenza le oscurece los ojos brillantes. Entiendo que acaba de soltar una verdad que le cuesta tragar. Me contengo para no decirle que es la cosa más absurda que he escuchado en mi vida. Todo esto me supera. Soy, con diferencia, la peor persona a la que podría contarle algo así.
—Conseguirás superarlo más rápido de lo que te imaginas. Acabas de entrar en la universidad, ¡los mejores años para pasarlo bien!
«¡Guau, qué labia la mía!».