Sin freno (Campus drivers 1) 6. Lois #3
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6. Lois #3

—Es mi cumpleaños, y necesito que me ayudes con las compras. Tenemos un trato, ¿recuerdas?

—¿Me estás chantajeando? —protesto, viendo perfectamente a qué está jugando.

—Coche —se limita a responder.

Me muerdo la lengua y repaso mis opciones en menos de un segundo. Me cuesta más bien poco, ya que no tengo ninguna.

—Vale, pero ¡con una condición! —cedo, trotando detrás de él—. No mencionarás nuestra... convivencia temporal. Bajo ningún concepto.

—Pues tú te encargas de la barra.

—Capullo.

—¿Perdón?

—Nada, no he dicho nada.

Me meto en su coche refunfuñando. «Si se cree que voy a pagar por este viaje, va listo». Me pongo los auriculares, subo el volumen al máximo y no me los quito hasta que entramos en la tienda que hay al lado de su casa.

Mientras recorremos los pasillos, me viene a la cabeza la presentación de antes.

—Por cierto, ¿cómo se os ocurrió lo de Campus Drivers? —le pregunto cuando me encasqueta una cesta—. ¿Erais amigos de antes?

—Lewis y Adam ya se conocían al llegar a la uni. Donovan es el capitán del equipo de baloncesto donde juega Lewis. Todos tienen cochazos, lo cual reforzó el lazo.

—¿Y tú? ¿Cómo acabaste metido en medio? ¿También por tu coche?

—Sí. Vieron mi Camaro en el campus y vinieron a pedirme matrimonio.

—Déjame adivinar... fue amor a primera vista.

—No exactamente. No soy un chico fácil.

—¿Estarás de coña?

Deja tres botellas en mi cesta y me lanza una mirada aburrida. Tengo que llevarla con las dos manos, hasta que se da cuenta de que voy cargada como una mula.

—Dámela.

—Gracias. Entonces ¿lo de la apli?

—Ya habrás visto que Don tiene bastantes fans por ahí.

Siempre querían darse una vuelta en su coche, así que empezamos a hacer bromas con que les cobraríamos por eso y, entre broma y broma, nos dimos cuenta de que la OSU es uno de los campus más grandes.

Así que decidimos que sería buena idea montar un servicio de conductores.

Estuvimos meses trabajando en ello e inauguramos Campus Drivers a principios del curso pasado.

—¿Y os va bien?

—Sí.

—Está guay, tuvisteis una buena idea.

Parece sorprendido por mi cumplido. Estoy tentada de aclararle que es mejor que no se acostumbre.

Terminamos de llenar la cesta de alcohol en la tienda y, durante la siguiente hora, nos dedicamos a preparar la casa: él empuja el sofá contra la pared del fondo y reorganiza el salón, mientras yo me encargo de construir una maldita pirámide de vasos.

Más de una vez se me cae la mitad y tengo que contenerme para no mandarlo todo a la mierda.

—¿No te vas a cambiar, Corazón Roto?

—No.

—¿Ni siquiera vas a hacer un pequeño esfuerzo por mi cumpleaños?

—Que te den.

Como había avisado, ¡mi cuota de amabilidad se ha agotado!

Me siento bastante aliviada cuando Becca llega a la fiesta. ¡Por fin una cara conocida!

—Estás muy guapa —le digo, señalando su vestidito rosa fucsia.

—Tú estás... igual que antes —responde con un puchero de reproche—. ¡Te va a tocar venir a casa a que te dé un par de clases de moda!

—Sí, venga, lo haremos —bromeo, mientras le paso un vaso vacío—. ¿Qué bebes?

—¿Vodka?

—Te lo traigo.

El piso se llena muy rápido y, finalmente, me alegro de estar ocupada sirviendo a todo el mundo. Hablo brevemente con Adam, intento escapar de Lewis y luego de Carter. Lane se comporta de manera muy diferente conmigo que con los demás.

—¡Lois! —me llama de repente—. ¿Nos puedes traer la pila de vasos, por favor?

Le lanzo una sonrisa que interpreta a la perfección y me acerco a la pirámide roja, que no augura nada bueno.

Sujeto los dos bordes de la bandeja grande y avanzo despacio hasta la mesa baja.

Cuando me queda solo un metro por recorrer, estoy demasiado ocupada felicitándome mentalmente por la hazaña que estoy a punto de lograr, así que me olvido por un instante del cabroncete del karma, que siempre me observa pacientemente desde arriba.

—¡Carter, tu hermana está aquí! —anuncia Adam desde el sofá.

Giro la cabeza hacia la puerta justo cuando Lane la cierra detrás.

Una pareja entra en el piso. Mi cuerpo se queda rígido, y la gravedad decide ponerse manos a la obra: la bandeja se inclina en un ángulo desastroso y la preciosa pirámide, fruto de media hora de trabajos forzados, se evapora.

Escucho una voz que suena un poco a Lane maldiciendo, pero yo estoy en trance, atrapada en una pesadilla.

—¡Feliz cumpleaños, Lane! —lanza la morena alta que acaba de llegar, sin prestarme ni un segundo de atención.

—Gracias, Ju.

Se inclina para darle un beso en la mejilla.

—¿Hoy no te toca trabajar en el bar?

—Sí, en una hora. Solo hemos venido a tomar algo.

Lane extiende la mano de manera amistosa hacia el chico cuya palma está apoyada en la parte baja de la espalda de su hermana.

—Bienvenido a mi casa, tío.

—Te presento a Lane —añade la chica a su compañero.

—Hola. Yo soy Kirk.

Un cubo lleno de karma se derrama sobre mi cabeza.

—¿Kirk? —repite Lane, lanzándome una mirada interrogativa.

Sí, mi Kirk. Ese que quería un respiro, aparentemente para oxigenar mejor la boca de su nueva novia.