Sin freno (Campus drivers 1) 6. Lois #2
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6. Lois #2

Escucho con atención el resto de la presentación, que van turnándose para hacer. Explican el sistema de viajes para estudiantes, tanto dentro del campus como en la ciudad.

Cuando Lane empieza a hablar sobre cómo usar la aplicación, le descubro un lado agradable que, por lo visto, parezco no merecer.

Responde amablemente a las preguntas, da detalles sobre los horarios, y debo admitir que sabe cómo ser convincente.

Si no me entraran tantas ganas de tirarle del pelo, casi podría dejarme embaucar.

Adam termina su parte, y estoy segura de una cosa: es el que más me gusta de los cuatro. Tiene esa sonrisa franca y contagiosa que podría hacerme caer rendida... si no estuviera tan locamente enamorada de Kirk.

—¿Tenéis alguna otra pregunta?

Guardo discretamente mis cosas en el bolso para poder largarme en cuanto todo esto acabe. He pasado bastante desapercibida, y el estrés casi se me ha evaporado.

—¡Yo sí que tengo una! —exclama Becca de pronto.

«Ay, Dios, ¡no!».

Bajo la cabeza a toda velocidad, casi metiéndola dentro del bolso, mientras rezo para que el pelo me tape bien la cara.

—¿Podemos contactaros a cualquier hora del día y... de la noche?

«¡Becca! ¿En serio?».

—Nuestros horarios disponibles se actualizan cada treinta minutos, y podéis enviar peticiones especiales a través del chat.

—Es bueno saberlo.

—¿Algo más? ¿No? Bueno, en ese caso, ¡vamos allá con este primer fin de semana de fiesta!

Oigo a mi vecina moverse y deduzco que ya ha terminado. Me da golpecitos en el hombro con la uña, y giro la cabeza levemente hacia ella para lanzarle una mirada asesina que ni siquiera percibe.

—El año pasado no conseguí meterme a ninguno en la cama —me susurra sin dejar de mirarlos.

—Qué tragedia más espantosa —murmuro entre dientes.

—Donovan estuvo a punto de caer, así que empezaré por él —sigue mascullando.

Mi mirada viaja hasta toparse con los Campus Drivers, y suelto un horrible «hostia puta» cuando los ojos de Lane se cruzan con los míos.

Me reconoce al instante, y se le dibuja una sonrisa maliciosa en su diabólico rostro.

Levanta una mano y mueve los dedos para saludarme, mientras le da un codazo a Lewis.

—¿Le conoces? —me pregunta Becca, al darse cuenta de que se dirige a mí.

—¡Para nada!

—¡Hey, Lois! ¿Qué tal, pequeña? —lanza Lewis robándome toda credibilidad de la peor manera posible.

—¡Cuando quieras puedes venir a ocupar el asiento trasero de mi Road Runner! —añade Donovan levantando un pulgar que de repente tengo ganas de romper.

«Espera, ¡que la cosa aún puede empeorar!».

—¡Sí que los conoces! —insiste Becca, girándose hacia mí.

—No es lo que crees —me justifico, sintiendo cómo me hormiguean las manos.

Noto que nadie habla a nuestro alrededor. Es como si tuviera todas las miradas clavadas sobre mis mejillas, mi espalda... En fin, por todas partes. Tiro de la cremallera de mi bolso y lo aprieto contra mi pecho mientras dibujo una sonrisa falsa sobre mi boca reseca.

—¡Que paséis un buen fin de semana! —concluye finalmente Adam, apagando el proyector.

«¡Aleluya!».

Me levanto de golpe como si mi asiento estuviera en llamas. Empujo a todos los que están en la fila para huir de esta pesadilla de lugar antes de que las cosas se pongan todavía más embarazosas. «Mierda, sabía que estos tíos iban a encontrar la manera de dejarme en evidencia».

Subo las escaleras y me encuentro atrapada en una fila de estudiantes. Algunas chicas me repasan de reojo, y casi que prefiero ni hablar de las asquerosas miradas masculinas. «¡Maravilloso!».

Me escabullo hasta llegar a la primera máquina expendedora, busco una moneda que tengo al final del bolsillo y la acerco a la ranura. Pero mis manos tiemblan tanto que se me escurre y rueda por el suelo.

—¿Me estás castigando? —gruño, levantando los brazos al cielo.

Justo cuando me giro para intentar recuperarla, comprendo que, efectivamente, estoy siendo castigada por la divinidad cuando veo a Lane a un metro de mí, haciendo rodar la monedita de un dedo a otro.

—¿Dios te responde?

—¡Dame eso! —le exijo, lanzándome hacia él.

Con un golpe de pulgar, lanza la moneda al aire y, cuando intento atraparla, solo agarro aire.

—Necesito este café —siseo impaciente.

—¿Cómo hemos estado? —me interrumpe, moviéndose hacia mi derecha.

—¡Soporíferos!

—Pero qué mala, Lois.

Se guarda mi única moneda en el bolsillo del pantalón corto y me mira, orgulloso de sí mismo.

—Ya ocupo bastante parte de tu espacio vital, Lane. Así que, ¿por qué no me ignoras en la universidad?

—¿Te molesta?

—¡Sí!

—¡Ahí tienes tu respuesta!

—¡Uf!

Me paso un poco gritando, lo que atrae todavía más las miradas sobre nosotros. Peor aún, Kirk entra al aula y levanta la vista hacia donde estamos.

—Me largo —balbuceo, mientras empiezo a huir.

—Súbete al coche conmigo, Lois.

Mis ojos se abren con horror y no me atrevo a mirar a Kirk. Estoy segura de que ha escuchado la propuesta de Lane, que podría malinterpretarse en otras circunstancias.

—No. Aún es demasiado pronto para irme, forma parte de nuestro acuerdo —susurro entre mis labios apretados.

—¿Por qué hablas tan bajo? —articula él de la misma manera, inclinándose hacia mí—. ¿No quieres que los demás sepan que tú y yo vivimos juntos?

—¡No vivimos juntos! —gruño, hundiendo mi dedo índice en su pecho.

Al menos, intento hacerlo, pero este imbécil tiene los pectorales más duros que su cabeza.

—Sin conoceros casi pensaría que estáis a punto de comeros la boca —se burla Donovan, interrumpiéndonos.

Quito el dedo de su pecho de inmediato y retrocedo dos pasos, mirando a mi alrededor. Mientras tanto Becca se ha ido acercando, sonriendo de oreja a oreja.

—Dime una cosa —lanzo con un entusiasmo desbordante—. ¿Qué tal si hacemos noche de chicas hoy?

—Lo siento, pero Donny me ha invitado a su fiesta —celebra sin disimulo alguno—. Me ha dicho que tú también ibas a estar, así que nos veremos allí.

—¡Ah, pues perfecto! —exclama Lane, dándome un golpecito en el hombro—. ¿Cómo de genial es eso?

—¿Qué fiesta?

—Cada año, a principios de curso, hacemos una fiesta en casa de Lane por su cumpleaños.

—¿Quieres mi dirección? —bromea el interesado.

—En ese caso, iré a la biblioteca —articulo mirándole directamente a los ojos.

—Imposible, no abre hasta la semana que viene.

Cierro los ojos y me tomo mi tiempo para respirar hondo.

—¡Vamos, Lois! ¡Kirk y tú os lo vais a pasar genial! —retoma Becca, deslizando su brazo bajo el de Donovan.

—¿Quién es ese Kirk? —le pregunta Lane.

«¡Oh, oh! ¡Mierda!».

—¡Pues su chico!

—¿En serio?

Ladea la cabeza y me lanza una mirada intensa. Acaba de darse cuenta de que no le he dicho nada a Becca sobre la ruptura y probablemente se esté preguntando por qué.

—¡Nos vemos más tarde! —concluye ella, despidiéndose con la mano—. ¿Me acompañas hasta la entrada, Don?

—¡Sí, señora!

Se van alejando y yo vuelvo a centrarme en buscar una vía de escape, pero Lane me da una patadita en el zapato con el suyo.

—Kirk, ¿eh?

—Cállate —gruño, mirándole de reojo.

Y hablando del rey de Roma, lo localizo a unos metros de mí. Está mirando hacia otro lado, pero tengo la sensación de que nos ha estado observando.

¡No puede ser! Nunca doy con él cuando lo busco, pero en cuanto Lane o sus colegas están cerca, aparece de la nada. Menuda gafe estoy hecha.

—Por cierto, Lane, ¿podrías decirles a tus amigos que sean un poco menos... efusivos?

—¿Es decir...?

—Preferiría que hicieran como si no existiera —murmuro, mirándome los pies.

—¿Y por qué no se lo dices tú misma?

—No quiero que se sientan ofendidos.

—Ah, o sea, ¿que conmigo te da igual?

—¡Completamente! —replico, encogiéndome de hombros.

—Y, sin embargo, soy yo el que te ofrece alojamiento... —dice, levantando una ceja.

Tiene razón. No puedo ser tan borde con él. Es de mala educación, y además me está haciendo un favor enorme... Pero joder, ¡no para de picarme! Me cuesta la vida no lanzarle pullitas de las mías cuando está cerca. Es una faceta de mí que ni yo misma reconozco.

—Lo siento —digo, forzando una sonrisa.

Él me examina un segundo y luego asiente con suficiencia.

—Sabes que, si les digo eso, van a hacer justo lo contrario, ¿verdad?

Suelto algo parecido a una queja mientras me recojo el pelo en un moño.

—Anda, vamos.

—De verdad que no me apetece nada ir a la fiesta.