Sin freno (Campus drivers 1) 6. Lois
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6. Lois

Lois

Hoy es viernes. Mientras muchos se alegran de que llegue el fin de semana, yo estoy por los suelos.

Hace casi una semana que Kirk rompió conmigo.

Seis días exactos desde que me dejó sin volver a dar señales de vida.

Esta mañana le he mandado mi vigésimo tercer mensaje, sí, los he contado, sin contestación.

Bueno, no del todo. Respondió al primero:

Kirk: Déjame respirar un poco, xfa.

«Cuánta amabilidad...».

A los mensajes se suman once llamadas ignoradas y otras tantas veces que he intentado que me abra la puerta.

Él quiere que corra el aire, pero yo no consigo respirar en este vacío.

Detesto en lo que me estoy convirtiendo, pero mi orgullo está igual que mi corazón: roto.

Por eso el apodo de Lane me duele tanto.

«Lane». Madre mía, pensar que llevo en el sofá de este tío desde el domingo...

Jamás habría imaginado acabar así. No tengo muchos amigos en Florida, solo los de Kirk.

Y aquí, ni uno. Así que compartir una pequeña parte de piso con un estudiante a quien acabo de conocer es una locura.

Encima un chico. En cierto modo, se podría decir que tendría que estar acostumbrada a convivir con individuos del sexo masculino.

Soy la mayor de cinco hermanos; cuatro chicos, o lo que es lo mismo, ni un respiro.

Pero esto... esto no tiene precedentes. Aun así, cuando Lane accedió a dejarme su sofá, no lo dudé ni un segundo.

Por una sola razón: Kirk vive tres pisos más abajo.

Como el tema alojamiento está solucionado durante cierto tiempo, puedo concentrarme en lo importante: pillarle entre dos plantas y convencerle de que vuelva conmigo. ¡No puede haber borrado cuatro años de sentimientos en seis días!

La única razón por la que me he levantado del sofá esta mañana, aparte de la presencia de Lane, es la certeza de que voy a cruzarme con Kirk aquí: en el aula magna frente a la que llevo esperando diez minutos, como todos los estudiantes de primer año.

La reunión obligatoria que va a durar toda la tarde no me interesa lo más mínimo.

Sirve para que los clubes de la OSU se presenten y recluten al mayor número posible de nuevos miembros.

No van a engancharme. A menos que el objeto de todas mis obsesiones decida apuntarse a alguno, por supuesto.

—¡Lois!

Me doy un susto y se me cae el cuaderno. Me agacho enseguida para recogerlo antes de que alguien vea la cantidad de pequeños « K IRK » garabateados por todas partes.

—¡Rebecca, hola!

—Prefiero Becca —puntualiza dándome un breve abrazo—. ¿Qué te cuentas? —añade, apoyando la cadera en la pared con una pose terriblemente femenina a la que yo jamás llegaré.

—Eh... Nada especial. ¿Y tú?

Me muerdo los carillos al oír mi molesta costumbre de contestar sin saber qué decir.

—He pasado un verano de lo más lo-co —empieza mientras se retoca la coleta rubia.

—Parece que ir a recuperación no es tan horrible como parece... —replico con una sonrisa.

—Ha sido genial —suspira con mirada pícara—. Bueno, he vuelto a suspender, así que aquí me tienes de nuevo en primero... Pero el profe de Literatura Avanzada compensó con creces la bronca monumental de mi padre. ¡Tendrías que haber visto sus caderas!

—¿Sus caderas? ¿Eso es lo que te gusta de un chico?

—No era un chico, Lois —corrige con un mohín—. Era un hombre. Y sí, las caderas bonitas chocando con mis riñones... me pierden.

Siento cómo me arde la cara al entender de qué habla.

—¿Y tú? ¿Qué tal con Drake?

—Kirk.

—¡Ups!

El corazón se me acelera y mi mirada se posa en cualquier sitio menos en ella.

—Bien... —murmuro con una sonrisa forzada.

—¿No está contigo?

—Sí... —repito sin querer—. O sea, no. Bueno, sí. Llega enseguida —concluyo, casi sin aire.

Por suerte, parece no darse cuenta de mi estado. O le da igual, lo cual también me vale.

Las puertas se abren al fin con un chirrido agudo y una marea humana irrumpe en el aula.

Entre recoger mi bolso y ponerme en marcha, he perdido de vista a Becca. Consigo quedarme en un rincón, arriba del todo, junto a la entrada, fingiendo que estoy escribiendo algo en el móvil. Así podré ver a Kirk en cuanto llegue.

—¿Qué haces ahí? ¡Ven a sentarte! —me corta Becca, tirando de mi brazo sin darme opción de escapar—. ¡Las dos primeras filas ya están llenas!

Baja las escaleras corriendo hasta la tercera fila y empuja a dos chicas sin disculparse.

—¿De verdad tenemos que sentarnos tan abajo? —susurro mirando hacia atrás.

—¡Por supuesto! ¡Siéntate! —ordena, tirando de mi camiseta.

Abato el asiento de madera protestando, mientras sigo lanzando miradas a mi alrededor.

—Deja a tu novio donde esté —se ríe Becca clavándome el codo en las costillas—. Te juro que me lo agradecerás cuando veas el espectáculo de las primeras filas.

—¿Qué espectáculo?

Levanta las cejas con diversión y yo frunzo las mías.

No entiendo cómo pueden entusiasmarle tanto unas presentaciones de clubes universitarios.

Mis ojos recorren la sala una vez más, y por fin lo veo.

Se me corta la respiración. Lo observo bajar unos cuantos escalones con paso tranquilo y sonreír al chico que va con él.

Se deja caer en un asiento en medio del aula magna y apoya la mochila sobre la mesa.

Habla con el de al lado, luego con la chica de detrás, y el corazón se me encoge.

Esperaba verle un poco más afectado, un poco menos... normal.

Justo cuando un micrófono se enciende detrás de mí y alguien empieza a darle golpecitos, Kirk gira la cabeza hacia el estrado.

Y me ve. Ahí es cuando vuelvo a inspirar, pero duele más que morir asfixiada.

Me mira un instante, y no leo nada en sus ojos.

El micrófono vuelve a sonar, y Kirk corta el contacto enseguida. Ni un gesto, ni una sonrisa. Nada.

—Señoras, señores, acabáis de sobrevivir a vuestra primera semana en la universidad —empieza una voz alegre.

Me vuelvo hacia el escenario mientras las risas llenan la sala, y de pronto siento unas ganas horribles de gritarles que se callen.

Noto cómo mis cambios de humor vuelven a la carga, y esta vez no es Lane quien los provoca.

Oscilo entre un ataque de llanto y otro de nervios, que hasta ahora se había comido mi odioso anfitrión.

Estoy descubriendo una nueva faceta de mí misma, muy a mi pesar. «¡Me odio!».

—Siempre empiezan por el Club de Matemáticas Financieras —masculla Becca cruzando los brazos sobre el pupitre—. En serio, ¿a quién le gusta hacer eso en su tiempo libre?

Guardo silencio durante la primera hora, lo que no parece interrumpir su detallada crítica de cada ponente.

—Mira a esas solteronas reprimidas... —Suspira, negando con la cabeza—. Sí, ahora me voy a poner yo a tejer, ¡lo que me faltaba!

—Dicen que relaja... —respondo por fin, con voz apagada.

Podría probar. ¿Por qué no tejerme una cuerda larga y multicolor? ¡Así podría atármela al cuello!

—Después de ese vendrá el Club de Ventrílocuos... Asesinos en serie, si me preguntas.

—Tú que ya has hecho primero, te los conocerás a todos, ¿no?

—Sí, incluso a los que no deberían existir.

—Entonces ¿por qué te torturas de nuevo con estas charlas?

—Es un sacrificio que estoy dispuesta a hacer —susurra, sacando un pequeño espejo del bolso. Se revisa el maquillaje bien cargado, los dientes y el aliento antes de guardarlo de nuevo.

—¿Eso qué quiere decir?

—Espera y verás, Lois.

Sus uñas tamborilean sobre la madera desgastada del pupitre; sus tacones hacen lo mismo sobre el linóleo marrón. Parece esperar algo con una impaciencia que va en aumento.

A medida que los grupos se van sucediendo, noto cómo los murmullos a nuestro alrededor se intensifican.

—¿Por qué todas las chicas parecen al borde del desmayo? —pregunto sorprendida al ver a una pelirroja abanicarse tan fuerte que está a punto de abofetearse.

—Lo entenderás en cuanto ese imbécil termine de aguarnos el ambiente con su historia de crímenes sin resolver.

Cuando el tipo cierra sus diapositivas y se baja del escenario, los cuchicheos suben de tono. Luego llegan los grititos y otros chillidos ridículos. «Pero ¿qué leches pasará ahora?».

—Becca, tú...

—¡Shhh! ¡Ya vienen!

Las dos primeras filas se giran hacia el fondo de la sala, y deduzco que todo el mundo hace lo mismo.

No me he atrevido a volverme hacia Kirk en todo este rato, así que aprovecho.

Tiene la vista clavada en su mochila mientras el chico de al lado le susurra algo al oído.

Niega con la cabeza mirando al techo y, justo cuando creo que va a mirar hacia mí, estalla una oleada de aplausos.

Varias chicas se han levantado y me tapan la vista de la puerta.

—¿De dónde han salido esos tíos? —pregunta un chico a mi lado con tono desdeñoso.

Becca balbucea algo, pero está tan sobreexcitada que no la entiendo. Estoy a punto de levantarme cuando por fin capto lo que grita:

—¡Campus Drivers!

«¡Oh, no! ¡No, no, no! ¡Cualquier cosa menos eso!».

Al reconocer a Lewis, me hundo de inmediato en el asiento.

Baja las escaleras chocando los cinco con todas las manos que se alzan hacia él.

Es absurdo. Me escondo detrás de Becca cuando llega a nuestra fila.

Donovan lo sigue igual, luego Adam. Ninguno me ha visto, y respiro aliviada.

Es el turno de Lane, quien desciende corriendo las escaleras del aula.

De pronto, me descubro deseando que se tuerza un tobillo para que acabe de una vez este ridículo espectáculo.

—¡Lo mejor para el final! —grita alguien desde atrás.

En el escenario, Lewis señala a la chica que ha dicho eso, sonriente. Mientras ella se derrite, me deshago el moño y dejo caer el pelo sobre la cara. No los conozco mucho, pero tengo la sensación de que no me dejarán en paz si me ven.

—¡Buenos días a todas y a todas! —empieza Donovan.

—Idiota —se queja el tío que tengo al lado.

—Cállate, Tony —replica Becca lanzándole una bola de papel a la cara.