5. Lane #3
—Es bastante maja —dice al fin, pasándose el piercing de la lengua por los dientes.
—Le has hablado cinco minutos.
—Da igual.
—¿Y qué?
—Y bastante mona.
—¿Bastante mona para ser una llorica sintecho, quieres decir?
—Tú, en cambio, eres un gilipollas —continúa mientras se gira hacia mí.
Le dedico mi mejor sonrisa, pero se me borra enseguida.
—Desarrolla. Te lo ruego.
—Para empezar, estás en plan antipático crónico con ella. —Levanta el pulgar para contar.
—Fui amable el primer día, tío.
—Y, en lugar de ayudarla a salir del apuro, la machacas —prosigue numerando con el dedo índice.
—La ayudé el primer día —repito.
—Esa tía está más sola que la una, Lane —añade levantando ahora el dedo corazón.
—¿Y qué? No voy a acoger a todas las almas en pena de la ciudad para satisfacer tu arrebato altruista del día. Me gusta vivir solo. Fin del asunto.
Aprieta los dientes, se revuelve el pelo y se queda un minuto absorto mirando por la ventana.
—Sabes que, en el fondo, ese no es el problema —suspira, volviéndose hacia mí.
—No empieces con eso, Carter... —le advierto con voz ronca.
—¿Qué pasa? Normalmente eres tú quien me habla de él, y ahora te molesta. Cada vez que cruzo esa puerta, no paras de mencionar a Mike de una forma u otra. Y ya que estamos, te diré más: desde que te dejé el sábado por la noche, no has sacado el tema ni una sola vez.
—No nos hemos vuelto a ver desde entonces.
—Así que no lo niegas...
—Primero: no tiene nada que ver. Segundo: ¡no estoy todo el rato hablando de mi hermano!
O al menos eso creo.
—Pero a ver, tío, si hablamos de él por teléfono, y hasta por mensajes. Todavía hoy, tres años después. No me molesta, al contrario, de hecho. Yo también echo de menos a Mike... Si hasta jugábamos con nuestras propias cacas antes de que tú nacieras, Laney.
—Gracias por la imagen —digo con una mueca.
—Lo que quiero decir es que te vendría bien distraerte con algo nuevo. No te digo que la acojas ad vitam aeternam , pero podrías al menos echarle una mano. La habitación está...
—¡La habitación de Mike, dirás! —interrumpo su discurso, golpeando la mesa con el puño.
Lois alza una mirada curiosa hacia mi dirección. La música retumba en sus auriculares; sé que no nos oye, pero ha debido de ver mi gesto.
—Vale, vale —cede al fin Carter—. Esa parte ya es más delicada, te lo compro. Pero ¿y el sofá? Es verdad que no es mucho, pero le daría unos días de margen.
—¡Me estás tocando los cojones!
—Sabes que tengo razón, Lane. Una buena acción no le hace daño a nadie, especialmente a alguien como tú, que sigue cargando con su culpa. Culpa que, por cierto, no tiene sentido alguno, pero bueno.
Le doy la espalda, apoyándome en el borde del fregadero. Me saca tanto de quicio que estoy a nada de salir a despejarme con el coche. Ha venido a trabajar y, en vez de eso, se pone en plan putísimo doctor Carter. «¿Quién me manda a mí tener amigos así?».
—¿Hace falta que te recuerde el año que repetiste?
Empezaste el curso con tu monólogo de rabia y pena.
Decías que no querías amigos ni vínculos, y fui yo quien te dio una patada en el culo para espabilarte cuando Lewis y Adam vinieron a hablarte.
Luego apareció Donovan, y ahora los cuatro sois uña y carne.
Hace una pausa para dejar que sus palabras se me claven bien.
—Quién sabe, quizá Lois también necesite eso. ¡Lois Lane, joder! Si eso no es una señal del destino...
Se ríe, y la tensión se disuelve un poco.
—Y ¿por qué no la acoges tú, si tanto te preocupa?
—Déjame pensar... porque vivo en un estudio y ya duermo en el sofá, ¿te vale?
Me cago en todo.
—¿Y si luego no consigo librarme de ella?
—Créeme, colega, esta chica tiene tantas ganas de quedarse aquí como tú de verla cada día. El único riesgo que veo es que, como sigas provocándola así, acabe rajándote con un pelador de verduras mientras duermes.
—Fantástico...
De repente, Lois cierra el portátil de golpe y se arranca los auriculares maldiciendo. Abro la boca para vacilarla, pero Carter me agarra del brazo.
—Un pelador de verduras, tío... —susurra, reprimiendo la risa.
—¿Qué pasa, Lois? —pregunto, intentando parecer un poco más amable.
Suena tan falso que arquea una ceja, desconfiada.
—¡Esta ciudad es el infierno! —responde, incorporándose de golpe—.
Los únicos pisos disponibles me obligarían a vender mis riñones.
¡Los dos! Los hoteles asequibles están tan lejos del campus que también tendría que vender mis dos putos riñones para poder pagarme el transporte...
—Resopla y se suelta la goma del pelo, dejando caer su melena.
«Ahí está otra vez», pienso, riéndome por dentro.
—¿Quieres otro café? —le ofrece Carter.
Asiente y se sienta en el taburete frente a mí. No me había dado cuenta, pero la estoy mirando fijamente.
Me lanza una mirada cansada.
—Tranquilo, Lane, no me voy a quedar.
—No he dicho nada.
—Tus ojos hablan...
—Pues espera a oír lo que dice su polla —se burla Carter, volviendo con el café.
—Nada que me interese —murmura ella, aceptando la taza.
La observo beber a tragos largos, con la mirada clavada en el techo.
—Laaaneeyyy... —canta Carter como un demente mientras me observa.
Cierro los ojos y aprieto los dientes.
—Laaaneeyyy...
Dejo escapar un gruñido sonoro y me aparto el mechón que me cae sobre la frente.
—¿Qué estáis tramando? —pregunta Corazón Roto ante semejante espectáculo.
—Laaaan...
—¡Ya vale! —exploto tan fuerte que Lois está a punto de caerse del taburete—. ¡ Puedes-quedarte-un-poco-más-Lois !
—¿Perdón? ¿Qué has dicho?
— Puedes-quedarte-un-poco-más-Lois —repito atropelladamente antes de arrepentirme.
—Eh... ¿Puedes traducir, Carter? No he entendido nada.
—Lane dice que puedes quedarte un poco más en su sofá —anuncia él con voz alegre.
«¡Odio a esta persona!».
—¿Có... cómo? Pero ¿por qué?
—Porque no tienes adónde ir —responde con el mismo tono.
—Eso ya lo sé. Mi pregunta es: ¿por qué justamente él me propone quedarme? ¡Si apenas soporta respirar el mismo aire que yo!
—Es un poco gruñón, pero en el fondo es buen tipo. Un corazón enorme, pura empatía y un sofá libre...
—¡Estoy justo aquí! —intervengo, al borde de perder la paciencia.
—Te estás quedando conmigo —replica ella, sin preocuparse lo más mínimo de mi presencia.
—Ni mucho menos. Le gusta ayudar al prójimo, a las damiselas en apuros y todo ese rollo...
—Algo que también me gusta es darte puñetazos, ¿sabes, Cart?
—¿Ves lo que te decía? —ironiza él, por fin mirándome—. ¡La hospitalidad hecha persona!
—Vale, ya lo pillo. Os estáis riendo de mí.
Arrastra la silla con un chirrido y se levanta.
—Te doy algo de margen hasta que encuentres otra cosa —suelto, rodeando la isla para plantarme delante de ella.
Me examina en silencio, intentando averiguar si hablo en serio.
—Y punto extra si duermes desnuda —pregona Carter.
—Algo de margen —repito, levantando el dedo corazón sin mirarle siquiera.
Lois abre la boca, la cierra, la vuelve a abrir. Duda.
—Decídete —le espeto.
«¡Mierda! ¿En qué momento he acabado insistiendo tanto?».
—Yo... —empieza, pasándose la lengua por los dientes—. De acuerdo.
—¿Va en serio?
—Te pagaré parte del alquiler.
—Este piso es mío. Limítate a comprar comida y darte prisa con la búsqueda —respondo encogiéndome de hombros.
—Me iré temprano por las mañanas y volveré tarde de la biblioteca. Será casi como si no estuviera.
—Casi —murmuro sin poder evitarlo.
—Recuerda: ¡pelador de verduras, Lane! —dice Carter, carraspeando sin discreción alguna.
Lois se gira hacia él, arqueando una ceja.
—Intentaré encontrar alojamiento lo antes posible —prosigue, volviendo a mirarme.
—Esperemos que se te dé mejor que encontrar un motel.
—¡Gracias por los ánimos!
—Para eso estamos.
Nos quedamos midiéndonos la mirada un buen rato, hasta que Carter nos interrumpe dando golpecitos en la mesa.
—¡Sois una fuente de inspiración! —exclama, levantando los brazos al techo antes de coger una hoja y un boli.
—¿Trato hecho, Corazón Roto? —digo, a la vez que le tiendo la mano.
Aprieta la mandíbula, pero se contiene, algo resignada.
—Trato hecho —repite, asintiendo despacio.