Sin freno (Campus drivers 1) 5. Lane #2
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5. Lane #2

Casi ni he acabado de ponerme el pantalón corto y vaciar la taza de café, cuando Carter ya está llamando a la puerta.

O más bien, intenta abrirla con la copia que nunca tendría que haberle dejado.

Suerte que está la llave puesta. Desvío la mirada hacia Lois, quien duerme a pierna suelta.

Entra sin esperar un segundo en cuanto abro la cerradura; se planta delante y se instala en un taburete alto de la cocina, dejando un portátil y unas hojas sueltas frente a él.

—Alguien se pasó con la bebida anoche. —Le oigo reírse a mis espaldas—. Apestas a whisky desde aquí, ¡y tienes cara de viejo borracho gruñón!

—Habíamos quedado esta noche, no ahora —le recuerdo encogiéndome de hombros—. Conque te toca apechugar, tío.

Cojo su taza favorita y la lleno hasta arriba mientras él se acomoda. Enseguida se desabrocha el botón del pantalón y se quita los zapatos, así tal cual.

—Mmm... ¿Lane?

—¿Qué? —pregunto sin mirarle, echándole dos terrones de azúcar en el café.

—¿No tienes algo que decirme, por casualidad?

—¿Sobre qué? —pregunto alzando la vista hacia él.

Su perfil sorprendido mira hacia el fondo del salón.

—¿Me puedes explicar qué hace una tía en tu sofá con gafas de sol y la capucha cubriéndole media cara?

—¡Ah! Eso...

—¡Sí, eso! ¿La has... drogado o dejado KO para saciar una pulsión de la que nunca me habías hablado?

Porque si es así, me veré obligado a no delatarte a los polis por nuestro código de bros, y eso me va a angustiar a muerte.

Tengo un vecino nuevo que es poli, va a tardar cero coma en pillarme y en plantarse en mi casa con gas lacrimógeno o...

—¿Por qué piensas lo peor incluso antes de presuponer que solo está dormida?

—Porque... hay una tía... tirada en tu sofá... —Se toma su tiempo para subrayarlo, moviendo las cejas con cada palabra que pronuncia—. No es normal. En casa de Lewis y el resto estoy acostumbrado, pero no aquí.

—¿Qué haces? —le pregunto al ver que se levanta.

—Voy a comprobar que respira.

—¡Quédate sentado! —Le lanzo un silbido y luego le agarro del brazo para obligarle a sentarse—. Estás delirando, tío. ¡Bébete el café!

—Pues entonces, explica... Tú no eres de los que aguantan a una tía después de follar. Ni sobrio, ni borracho.

—¡Si ni siquiera me la he follado aún!

—¿«Aún»? ¡Ah! Entonces todo tiene sentido... La tienes guardada por si acaso.

—¡No! ¡Eso no es lo que quería decir! Uf, me agotas, ¡cállate, anda!

Me mira con expresión burlona, y me aguanto las ganas de tirarle el azucarero a la cara.

—No me mires con esos ojos —le advierto, al mismo tiempo que le amenazo con el dedo.

—Vale —responde, aunque siga mirándome todavía.

—Carter...

—Lane...

—Pero mírala, ¡en serio! Si da pena verla.

La recogí en las escaleras del edificio el domingo por la mañana cuando estaba al borde del suicidio.

Su ex la echó dos días antes de que empezara en la OSU.

En aquel momento, me dio pena, y desde entonces no sé cómo librarme de ella.

Tenía que haberse ido al motel, pero ese maldito sitio se ha quemado.

—¿En serio? ¿Está aquí desde el domingo? ¿Mi mejor amigo se ha vuelto la madre Teresa de Calcuta y nadie me ha avisado? ¿La has consolado y todo?

—Cierra el pico. Se ha estado quedando en el sofá, y punto.

—¿Así que busca piso?

—Piso, habitación de la uni, un sótano... En cuanto se despierte, la llevaré a algún lado y ¡hasta la vista!

Se queda pensativo un instante. Cuando sorprendo sus ojos dirigirse hacia el pasillo, me pongo tenso.

—Ni se te ocurra.

—Tienes una habitación libre —se atreve a murmurar.

—¡No está libre, Carter!

Abre la boca para replicar justo cuando Lois lanza el bostezo menos femenino que existe.

—¡Genial, se despierta! —exclama aplaudiendo para sí mismo.

Con los codos apoyados en la isla y el mentón sobre los puños, me inclino para verla.

Alarga las piernas, se estira la sudadera y mira al techo.

Masculla algo, y se pasa dos dedos por debajo de las gafas para frotarse los ojos.

No sé si de repente se siente observada o qué, pero percibo cómo se tensa antes de girar lentamente la cara hacia nosotros.

—¡Hola! —lanza Carter moviendo los dedos—. ¿Has dormido bien?

—Ehhh... Sí. Gracias.

Pongo los ojos en blanco al oír su respuesta. Se sienta, se quita por fin las malditas gafas y la capucha, y le intenta dar algo de forma a su moño despeinado.

—¿Mala noche? —le digo burlón ante sus párpados enrojecidos.

Lo único que obtengo por respuesta es una mueca sarcástica.

—¿Un cafecito? —le ofrece Carter saltando de su sitio.

—Me hace falta.

—¿Azúcar?

—No, gracias.

—¿Leche?

—Tampoco.

«Pero ¿qué coño le pasa a este?». Desde que nos conocemos, hace ya siglos, de hecho, nunca había visto a Carter prepararle un café a nadie. ¡Nunca! Exhibe una sonrisa de estar tramando algo que no me gusta nada. «¿También él va de este palo?».

Ahora dirijo de nuevo mi atención a Lois, quien se acerca con cautela hacia mí.

—Como si estuvieras en tu casa. —Le señalo un taburete con el dedo.

—¿En serio?

—No.

Niega con la cabeza mientras se sienta e ignora mi mirada asesina.

—¿Cómo te llamas? —le pregunta Cart al volver con dos tazas humeantes.

«Ay, Señor...».

—Lois.

—¿Lois? —repite abriendo los ojos como platos.

—Sí.

Espero que suelte la misma tontería que mis colegas ayer, pero se limita a dedicarme una sonrisilla de idiota.

—Yo soy Carter.

—Encantada de conocerte —responde ella educadamente, refugiándose en su café—. ¿Tú también estás en la uni?

—¡Ni de coña! Nunca he puesto un pie allí. Bueno, sí, pero no para estudiar; ya me entiendes, ¿no? Y si mi cara de crío con estos cuatro pelos de barba te confunde, que quede claro que tengo veinticuatro años.

Lois le sonríe a la taza mientras va soplando el café.

—Así que Lane dice que eres una sintecho.

Su sonrisa desaparece y me lanza una mirada asesina antes de girarse hacia mi colega.

—De manera temporal —suspira, dando un sorbo pequeño.

—¿Y qué opciones tienes?

—Bueno, las residencias están todas llenas, así que aprovecharé el día para ampliar la búsqueda. Con el incendio del motel, han reubicado a los clientes que ya estaban alojados allí en otros hoteles de la zona, así que...

—Estás un poco jodida.

—¿Un poco? —ironizo por lo bajo.

—Ya se arreglará.

—¿Tu familia no puede ayudarte?

«Joder, le ha hecho más preguntas en dos minutos que yo en cuatro días».

—No —responde, demasiado rápido—. Viven en Florida, en Fort Myers, y tienen otras cosas de las que ocuparse. Me las apañaré.

Veo claramente que no cuenta toda la verdad, pero no soy el más indicado para juzgar.

Deja la taza sobre la mesa, la observa un instante, y aunque noto los ojos inquisitivos de Carter sobre mí, lo ignoro por completo.

—Bueno —dice de repente, dando un respingo—. Tengo que ir al cibercafé, así que os dejo. ¿Podría... dejarte mis cosas unas horas más, Lane?

—A estas alturas, ¿por qué no?

—Gracias.

—¿Por qué no se conecta desde aquí?

—Carter...

—¡Vamos, Laney! ¿Cómo va a pagar cinco pavos la hora para tener internet?

—Tenemos curro, ¿recuerdas?

—¡Venga ya! —se burla, inclinándose sobre la mesa—. ¿Ahora sí que estás motivado?

—No pasa nada —balbucea Lois, incómoda de repente—. No me molesta.

—Podemos ayudarte cuando terminemos de currar —insiste él, mirándome—. Y, además, ¡está lloviendo!

Me doy cuenta de que la persiana sigue semibajada. Al subirla, compruebo que dice la verdad. Suelto un suspiro, planteándome si ceder o no. No quiero que se quede aquí porque... en fin. Pero una parte de mí tiene que admitir que estoy exagerando ligeramente.

—Instálate en la mesa baja —me oigo decir al final—. Temporalmente —añado, recalcando la palabra.

Lois no ve a Carter levantando el puño en señal de victoria. «En cuanto tenga ocasión, pienso ocuparme de este cabroncete».

—Vamos, ¿Lois? —corto ante su falta de reacción.

—Vale... eh... gracias.

Se baja del taburete, coge su portátil del bolso y vuelve a ese maldito sofá que ha conquistado. Se coloca los auriculares en las orejas y se esconde detrás de la pantalla.

—¿Me das la contraseña del wifi? —pregunta con vocecilla, quitándose un auricular.

—CojonesBonitos —responde Carter por mí.

—¿He oído bien?

—CojonesBonitos —repite, intentando no reírse—. Todo junto, la ce mayúscula, la be mayúscula.

—Ajá. Ya veo.

Teclea, frunce el ceño y levanta la vista hacia nosotros. Carter contiene la risa, y yo también, para qué negarlo.

—¿En plural? —pregunta, carraspeando.

—Por supuesto.

Veo cómo infla las mejillas y luego se las muerde, como si se estuviera conteniendo para no replicar algo.

Sus ojos se asoman por encima de la pantalla, alternando entre Carter y yo.

Espero su pulla, pero no llega. «¡Vamos, Lois!

». Es increíble lo diferente que puede ser de un día para otro.

Ayer me provocaba sin titubear y esta mañana casi no se atreve a tragar saliva.

Aunque es verdad que, claro, la situación de mierda en la que está la obliga un poco a morderse la lengua.

No sé qué prefiero. «Tío, lo que prefieres es que no esté, y punto».

Se recoloca los auriculares; los graves que se filtran a través de ellos, aislándola del mundo, llegan hasta donde estoy.

—¿Lane?

—¿Qué?

—¿Intentas prenderle fuego al sofá con el poder de tu mirada?

Dejo de observarla y me giro hacia Carter.

Antes de que empiece a decir algo que me saque de quicio, me centro en las hojas que ha traído y empiezo a leerlas.

Me pongo a comentar algunas de sus ideas, pero no reacciona.

Sigo con los ojos bien pegados al papel, incluso cuando noto que se gira hacia Lois.

—No está mal —digo al fin—. Me gusta bastante lo de remolcar la boya. ¿Tú lo ves factible a nivel técnico?

No responde, y al enésimo comentario ignorado, acabo estampando las hojas sobre la mesa.

—¡Carter! ¡Llevas tres días acosándome para ver cuándo me puedes dar la lata con tus ideas! ¿Trabajamos o qué?

—Ajá.

Chasqueo los dedos delante de su cara de concentración.

—¿Puedes dejar de mirarla, por favor?