5. Lane
Lane
«¡Su puto motel está ardiendo!». Me repito esta frase en bucle porque me gusta hacerme daño.
—Es una pesadilla... —oigo a Lois lamentarse delante de mí.
Mi torso sigue pegado a su espalda y, cuando me echo hacia atrás, se tambalea peligrosamente. Donovan se ha acercado a la barrera de seguridad y charla con el policía, a quien parece conocer. O quizá no. Tiene un don alucinante para ser supersociable.
—Nadie ha muerto —suelta al unirse a nosotros—. ¿Todo bien, Lois? Estás pálida.
Ella sigue mirando fijamente un punto lejano. Solo parpadea. «¡Joder, va a volver a echarse a llorar!».
La gente se mueve y nos obliga a desplazarnos, así que tiro del codo de Corazón Roto para arrastrarla conmigo. Al llegar frente al coche, me desplomo contra mi puerta cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Ahora qué hacemos? —pregunta Lewis, sentándose en el bordillo de la acera.
—El Break Inn no es el único hotel de la zona —replico mirando a Lois.
—Ya, qué suerte la mía —susurra sacando el móvil—. Dejad mis cosas aquí, que ahora me pongo a buscar otra dirección por internet. En serio, os podéis ir, que ya lo gestiono.
Se deja caer en la acera y exhala con fuerza.
—Además, tengo el número de Donald.
—¿Te lo has guardado? —se enfada Donovan, acercándose a ella.
—Sí —responde, sacando un trozo de papel arrugado del bolsito—. ¡Eh, devuélvemelo! —exclama cuando él se lo arrebata.
—Ni de coña —replica mi amigo, lanzándolo a mis pies.
Ella se inclina para intentar recogerlo y, aunque me tienta dejar que lo haga, al final apoyo mi suela sobre el papel, a menos de un centímetro de su dedo.
—¿Vas en serio? —espeta al mismo tiempo que retira la mano.
—Nada de Pato Donald, ya te lo hemos dicho antes —interviene Lewis negando con la cabeza.
Echa la nuca hacia atrás y respira hondo varias veces. Verla atrapada entre los tres me produce una alegría casi sádica.
—Te ayudaremos —propone Donovan, desbloqueando la pantalla—. No vas a ir cargando con tus cosas sola. ¡Al lío, chicos! Misión: encontrarle una habitación decente.
El cuarto de hora siguiente entra en mi top cinco de momentos de mierda.
Llamada tras llamada. Imposible encontrar una habitación asequible por la zona.
Todos los evacuados han sido reubicados en los hoteles cercanos, eso sin contar las diversas convenciones que, al parecer, se han puesto de acuerdo para celebrarse justo ahora.
Es una gran broma cósmica que no me hace ninguna gracia.
—Lo siento, Lois, pero parece que estás abonada al club de las putadas —anuncia Don.
—¡Seguro que has sido muy mala en una vida anterior! —se burla Lewis, pasándole un brazo por los hombros—. Muy, muy mala.
Espero a que ella se aparte de él, pero permanece inmóvil, completamente quieta.
—Mi padre es el entrenador de los Buckeyes —continúa Don mirándola de reojo—. No prometo nada, pero voy a ver si puede echarte un cable.
—Lo agradezco, de verdad.
—¿Sigues sin querer venir a tomar algo con nosotros? ¡Te vendría de puta madre!
Don se da cuenta de que me estoy pasando la mano por el cuello, en plan «corta, corta», y me dedica un guiño discreto.
—No, tranqui. Yo...
—Vale, la dejamos en tu casa, Lane. Luego nos vamos de fiesta —interrumpe Donovan saltando de su sitio.
—¿Perdona? —protesto sacudiendo la cabeza.
—Perdona nada, no la vas a dejar aquí, ¿no?
«¿Por qué no?».
Doy la vuelta al coche y le hago una señal para que me siga. Lewis nos acompaña.
—¡Tíos, ya he hecho suficiente por ella! —siseo metiendo las manos en los bolsillos.
—Te veo muy enfadado, Lane —apunta Donovan ladeando la cabeza—. ¿No opinas lo mismo, Lewis?
—Ajá. Se ve a la legua.
—Es solo una chica que busca un techo hasta que encuentre alojamiento.
—¡Yo no comparto mi piso, de eso nada!
—¡Vamos, no seas cabezota, morenazo! Mírala, si se la está tragando el asfalto.
Suspira exageradamente y me hace un puchero poniendo ojos compasivos.
—Ya me conocéis, no soporto que me toreen.
—Es una chica —articula Lewis, tirando de movimiento de cejas.
—¿Y?
—Necesita un hombre fuerte en quien apoyarse una noche o dos... —susurra intentando pellizcar mi bíceps.
Le aparto soltando un bufido, y él se parte de risa con malicia.
—No soy el único que tiene sofá —replico entrecerrando los ojos—. ¡Toda vuestra!
Se cruzan una mirada llena de complicidad y siento cómo se me eriza el pelo de la nuca.
—Lo siento, Lane, pero el primo de Adam está de paso por nuestra casa —lanza Don arrugando los labios—. Y duerme en el sofá.
—¿Su primo? ¿Qué primo?
—Ramos —dice demasiado rápido.
—Fernando —exclama Lewis al mismo tiempo.
—Ramos Fernando —repiten a coro.
«¡Menudos piezas!».
—Una rama mexicana de familia lejana, supongo.
—Tú lo has dicho, sí. Ha venido a estrechar lazos con su familia estadounidense. ¿A que es entrañable?
—¿En serio me vais a hacer la jugada del primo mexicano? ¿A mí?
—Es este que sale en la foto. ¡Mira!
Don agita el teléfono delante de mi cara y yo lo cojo de mala gana.
—¡Es una foto de Google, pedazo de perro!
—Ramos Fernando es superfamoso en su país.
—¿Por qué me hacéis esto?
—Para asegurarnos de que te ganas una plaza en el cielo.
—Y si fuera tu hermana, ¿no querrías que estuviera a salvo de cualquiera?
—Tipo, Donald... —añade Lewis.
—De hecho, tampoco querrías que se quedara en nuestro sofá —bromea Don.
Es como si se retroalimentaran para molestarme, y los conozco tan bien que sé que no pararán. No entiendo qué planean, pero estoy jodido. Puede que mis padres no me educaran más que lo justo, pero tampoco es que sea un cabrón. Al menos no del todo.
—¡Hostia, pues vale! ¡Corazón Roto, al coche! —exclamo mientras me dirijo a la acera con paso irritado.
—¿Adónde vamos?
—¡Te llevo a mi casa!
—¿Para qué?
—Sube-al-coche —suelto señalándolo con el dedo.
Antes de sentarme, me dirijo a mis supuestos mejores amigos:
—Vosotros os quedáis aquí. Buscaos la vida, ¡que yo no os llevo a ningún lado!
Es una venganza descafeinada. Básicamente porque les basta con enviarle un mensaje a Adam para que les pase a recoger... pero, al menos por ahora, me hace sentir algo mejor.
—Hasta luego —canturrea Lewis despidiéndome con un adiós de princesa—. ¡Buenas noches, Lois!
Conduzco sin decir palabra. Música a tope. ¿No ha dicho que le gusta Tool? ¡Pues ahí los tiene!
Freno delante de mi edificio, corro al maletero y saco esas malditas bolsas que parecen no querer desaparecer.
—Espera, Lane. Yo... puedo...
—¿Puedes qué?
—Bueno...
—Sube al apartamento antes de que cambie de opinión.
Subo las escaleras de tres en tres hasta mi puerta y la abro con un gesto brusco. Dejo caer las bolsas en la entrada y corro a mi habitación para ponerme otra camiseta.
Al volver al salón, Lois está de pie entre la cocina y el sofá.
—Me las piro —resoplo entre dientes mientras saco dos billetes de veinte dólares de un cajón—. Aprovecha este rato para encontrar una solución, porque no vas a quedarte ni una noche más aquí.
Mi voz suena dura, y cuando los ojos que tengo frente a mí se llenan de un velo húmedo, relajo los hombros y suelto un largo suspiro, cansado.
—Escucha, no es por ti, pero vivo solo desde... hace mucho y...
—Lo entiendo perfectamente —me interrumpe ella secamente, sonándose—. Yo también odio esta situación, no tienes ni idea de cuánto. Ya has hecho bastante, no pienso aprovecharme. Mañana me voy.
Levanto el pulgar y me largo de inmediato, dejándola ahí, en mi casa, por tercera vez. El plan de esta noche me viene de perlas, necesito emborracharme.
Nunca me hace falta despertador. Resulta innecesario cuando una insoportable alarma con el dulce nombre de Carter suena sin piedad a horas indecentes.
Por más que lo amenace con las peores represalias, no puede evitar llamarme en cuanto se le ocurre una idea rara.
Nuestro curro ya de por sí no es muy normal, pero Carter lo es aún menos.
Y sus inspiraciones matutinas me ponen bastante de los nervios.
—Carter, me estás tocando los cojones... —gruño con voz rasposa al descolgar a la cuarta llamada perdida—. ¿De verdad tienes que venir esta tarde? ¿No podía esperar? ¡Todavía estoy medio pedo!
—Ni hablar, tío. Me he cruzado con Lewis y me ha dicho que hoy no haces una mierda, así que no tienes opción. Llego en quince minutos.
—Genial —suspiro mientras pongo el teléfono bajo la almohada.
Arrastro los pies hasta la cocina y aprieto el mando para subir las persianas.
Completamente desnudo. Me cuesta cuatro segundos, acompañados de un sonido casi animal, recordar que hay una tía ocupando mi sofá.
Con esas gafas de sol en plan diva colocada, no hay manera de saber si desde ahí puede verme la polla.
No es que sea pudoroso, pero preferiría evitar que se ponga a gritar al verme mirarla desde la cocina con la erección matutina.
Vuelvo a pulsar el mando y las persianas se quedan a medio camino.
Me sorprende un poco. Pensaba que se habría ido, teniendo en cuenta que eso es lo que ha hecho cada mañana desde que duerme aquí.
Encontrarla al levantarme hace que todo sea aún más exasperante.
Vivo solo desde hace dos años por una razón muy concreta, y esa tía trastoca la calma que tanto me costó recuperar.
Además, la causa de su tristeza es una miserable ruptura.
En serio, actúa como si el mundo se le hubiera caído encima.
A pesar de haber bebido, la oí llorar largo y tendido anoche.
Se movía, gemía, sollozaba, se sonaba la nariz...
Hubo un momento en el que estuve a punto de sacarla a las escaleras para no acabar asfixiándola con la almohada.
Al final se quedó dormida, aleluya, y yo también. ¡Qué ganas de que se largue!