Sin freno (Campus drivers 1) 4. Lois #2
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4. Lois #2

Balbucea algo que no acabo de pillar, me pone en la mano un papelito doblado en cuatro y se va pitando.

Parpadeo tres veces antes de ver que me están rodeando cuatro tíos que me sacan, al menos, una cabeza.

—¿Qué tal, Corazón Roto?

Al menos el apodo surte efecto, consigue sacarme de mi letargia.

—¡Deja de llamarme así! —siseo entre dientes—. Te juro que, si lo dices otra vez, te subo los huevos hasta la garganta.

Cierro la boca tan rápido como la he abierto para soltar eso, atónita por mi propio comportamiento. Soy bastante tranquila y Kirk más de lo mismo, así que no recuerdo la última vez que perdí los nervios de esta manera. Salvo con mis hermanos, pero eso en realidad ni cuenta.

Me mira con aire estupefacto antes de partirse de risa con sus colegas.

—Pero mira, si además de dormir y lloriquear, sabe hacer otras cosas —se burla, metiéndose la mano por el pelo.

Me entran ganas de decirle que no tiene ni idea, pero primero miro disimuladamente hacia donde he visto a Kirk hace un rato y lo sorprendo mirándome.

«¡Mierda!».

—Vale, su señoría, en mi defensa diré que, en realidad, aún no me ha dicho cómo se llama.

—La vida es tan injusta —replico, mostrándole una mueca burlona.

—Y luego ya ni hablemos de lo difícil que es encontrar un momento para presentarse con una tía que no deja de quedarse sobada. No, en serio, ¿has pensado en ir al médico?

Trago el veneno que me gustaría escupir y me obligo a admitir que ese tipo, por muy irritante que sea, me ofreció un sitio en el que dormir durante dos noches seguidas, sin deberme nada.

Respiro con fuerza mientras sus amigos nos miran en silencio.

Parecen encantados con nuestro duelo verbal, y solo me apetece una cosa, además de pisotear a ese tío: zanjar la conversación.

—Lois —me resigno a decir, tendiéndole una mano.

Oigo a uno de los chicos resoplar, y a otro atragantarse con el contenido de su lata de aluminio.

—Lane —responde mi gran amigo.

«¿Se está burlando de mí?». Acabo de hacer un enorme esfuerzo por calmar la situación, y este imbécil decide que es buena idea seguir provocándome con su broma infantil.

—¡Ja, ja, ja! Lois Lane, muy gracioso —aplaudo muy despacio—. ¡Todavía no me la habían gastado!

—Jo-der, ¡es el mejor día de mi vida! —exclama entonces el más alto de ellos riéndose sin disimulo alguno.

—Cállate, Lewis. Deja que terminen, por favor —añade otro, apoyando un brazo sobre su hombro—. Venga, tío, continúa —dice dirigiéndose a mi compañero de piso de las dos anteriores noches.

—Lane —repite entonces, desafiándome con sus ojos verdes—. Me llamo Lane —articula, como si tuviera delante a una idiota.

—Ah... vale, vale.

«¡Genial, Lois! ¡La reina de las idiotas ha llegado!». No es que quiera poner excusas, pero es que ¿qué probabilidad había?

—Lois Lane —corea el mismo idiota de antes—. ¡Es fabuloso!

Asiento, poniendo los ojos en blanco. Lane hace lo mismo.

—Soy Lewis. Él es Donovan y este es Adam —dice, escrutándome con la mirada.

—¿Los Campus Drivers? —me oigo responder sin querer.

—¡Sííí! Uf, Lois Lane, joder, es que ni me lo creo.

—Bueno... ahora que ya nos hemos presentado...

—¿Qué quería ese imbécil? —me pregunta Donovan, apretando su lata entre los dedos. Giro instintivamente la cabeza hacia Lane y desencadeno otra ronda de risas.

—¡Lane no! ¡Me refiero a Donald!

—¡Ah! Me ha ofrecido una habitación.

—¿Será una broma?

—¡No! —replico agitando el papelito delante de mí.

—Mala idea. Acabas de llegar, no conoces a ese tío.

Me giro hacia quien ha hablado. ¿Adam, se llamaba?

—Me ha dicho que le podía llamar Donny. ¡Ahora somos colegas! —contesto como una niña ofendida.

Se instala un gran silencio después de mis palabras, y noto cómo todas las miradas se vuelven hacia Donovan.

—Pero ¡será capullo! —se altera de repente, al mismo tiempo que se pone a buscar a Donald a nuestro alrededor—. ¡Le voy a partir las piernas!

—¿Qué he dicho?

—Solo hay un Donny en OSU —murmura Lewis inclinándose hacia mí con un cierto secretismo un tanto siniestro—. Incluso diría que hay un único y exclusivo Donny en todo Estados Unidos.

Señala con el dedo a Donovan, quien hierve de rabia dando vueltas sobre sí mismo.

—Es una marca registrada, este tío se ha pasado de la raya —añade torciendo el gesto—. Le tendría que dar vergüenza.

—Vale...

Esta conversación se me está yendo de las manos. Toso y me alejo de su círculo.

—No puedes aceptar —insiste el mismo que antes al verme retroceder.

«Pero ¿a mí quién me mandará meterme en esto?».

—Adam, ¿verdad?

—Sí. Encantado de conocerte.

Mi expresión dura desaparece como por arte de magia, y le sonrío de forma espontánea, porque me transmite una amabilidad innegable.

No sé si es por sus iris azules y suaves, que se parecen a los de mi hermano pequeño, o por la forma en la que arruga la nariz, como hace mi padre cuando me mira fijamente a los ojos.

—No he decidido nada, pero tengo que reconocer que estoy un poco falta de soluciones ahora.

Hago un gesto con la mano hacia Lane para atraer su atención.