4. Lois
Lois
Sé dónde estoy incluso antes de abrir los ojos. Me encuentro algo mejor, sí, pero eso no impide que la incomodidad vuelva a caer sobre mí, aplastándome contra el sofá. Sofá que, por cierto, he vuelto a ocupar como una intrusa. «¡Un maldito parásito, eso es lo que soy!».
Me levanto, golpeo los cojines para borrar la huella que ha dejado mi cuerpo y avanzo de puntillas hasta el fregadero de la cocina. No quiero despertar a... quienquiera que viva aquí y cuyo nombre ni siquiera me sé.
Hoy pienso encontrar una solución a mi problema de alojamiento. El motel sigue siendo mi plan de emergencia y, aunque me entra ansiedad con tan solo imaginarme allí, es mejor que nada.
Me echo un poco de agua en la cara y miro de reojo la cafetera, pero no quiero arriesgarme a cruzarme con el Campus Driver y que piense que me comporto como si estuviera en mi casa.
Me cambio de camiseta y me ato el pelo en una coleta en menos de un minuto.
Al mirar mi bolsa, recuerdo mi problema número uno: el resto de mis cosas están en el maletero de su coche.
No tengo elección, tendré que volver a verlo al menos una vez para recuperarlas.
El bolso que tengo aquí es pequeño y ligero, así que me lo cuelgo en el hombro y me dirijo a la puerta de entrada.
La cierro con suavidad y por fin inspiro hondo.
Probablemente hayan arreglado el ascensor, pero elijo bajar por las escaleras.
Nunca se sabe, hasta puede que me acabe cruzando con Kirk en el rellano y le suplique que cambie de idea.
Me da igual lo desesperado que pueda parecer ser tan pringada.
Pero salgo a la calle sin habérmelo encontrado. El destino parece tener algo en mi contra, porque a la que sí que me he encontrado es a la señorita Curtis, barriendo el primer piso mientras se dedicaba a insultar cada centímetro de suelo.
Me dirijo a la parada que hay en la esquina de la calle. La zona está mal comunicada, pero consigo pillar el único autobús de la mañana.
—Quizá tenga un poco de suerte, después de todo —murmuro, dejándome caer en un asiento azul completamente desgastado.
Pero la suerte desaparece, casi al instante, cuando el maldito autobús suelta su último aliento a un triste kilómetro de la universidad. Así que sigo la fila de pasajeros enfadados y le suelto un mísero «lo siento» al conductor, como si mi mala suerte fuera la causante del incidente.
Cuando por fin entro en el recinto del campus, es como si la correa del bolso se me hubiera incrustado en el hombro. De hecho, se me está inclinando peligrosamente hacia la cadera. Sin techo, empapada de sudor y medio encorvada. El combo perfecto, vaya.
El día de ayer fue una mierda, y este no promete ser mejor.
Después de recoger mi horario, confirmar la inscripción a las prácticas y rellenar algunos formularios, he estado vagando por los pasillos de la facultad sin poder evitar buscar a Kirk.
El corazón se me salía del pecho con cada rubio que me cruzaba.
No sé si me está evitando o si es que soy la peor detective del mundo, pero no lo he visto ni una sola vez.
Ni siquiera cuando he pasado por el Departamento de Odontología, como quien no quiere la cosa.
De hecho, aún tengo esperanzas de dar con él.
Por ahora, empujo las puertas de Administración por segunda vez y espero pacientemente en la fila. Cuando llega mi turno, tengo la garganta seca y las uñas en carne viva.
—¡Hola!
Alzo la vista hacia la secretaria y me obligo a devolverle la sonrisa.
No me faltan ganas de odiar a la gente esta mañana, sobre todo a quienes parecen felices, pero no me queda otra que esforzarme si quiero conseguir habitación.
La de ayer estaba que se dormía en el asiento y resoplaba tanto como yo.
No pensaba que la iba a echar tanto de menos.
—Buenos días, señora... Singleton —descifro en la plaquita del mostrador. Me seco la frente con el dorso de la mano y dejo caer el bolso a mis pies.
—Necesito una habitación en el campus —explico ante su mirada interrogante.
—Nombre, apellido y estudios —enumera mientras arquea sus cejas empolvadas.
—Lois Hogan, Fisioterapia del Deporte, primer curso.
Hago una mueca al pronunciar esas palabras, pero la secretaria no se da cuenta de nada, concentrada en su pantalla como está.
A mi familia le gusta el deporte, a mí también, claro, pero sé que, en el fondo, elegí este rumbo por Kirk.
Él acaba de entrar en el equipo de baloncesto de la facultad, y los estudiantes de Fisioterapia del Deporte trabajan codo con codo con los atletas.
Los Buckeyes son un orgullo aquí, y todo el mundo los tiene que tratar con sumo cuidado.
—Aquí consta que ya pasó usted ayer —retoma Singleton frunciendo el ceño—.
No tengo nada mejor que ofrecerle que mi compañera.
Estamos al completo desde marzo, tengo una lista de espera tan larga como mi brazo y algunos estudiantes aún no han llegado.
Su nombre ya figura: es usted la vigesimo séptima.
Me regala una sonrisa cínica al terminar su discurso, y aprieto los párpados con fuerza para no venirme abajo delante de ella.
—No hace falta que venga todas las mañanas, señorita Hogan. Si algo se libera, no dudaremos en avisarla.
—¿Tengo alguna posibilidad? —murmuro mordiéndome el carrillo.
—Cuando empieza a haber algo de movimiento, es sobre todo en el segundo semestre. Hasta navidades no espere conseguir nada.
—Mierda... —suelto, golpeando el mostrador con los dedos—. ¿Sabe a quién puedo dirigirme? ¿Tienen alguna lista de agencias?
Niega con la cabeza y echa un vistazo detrás de mí para hacerme entender que hay más gente esperando.
—Acérquese a la Oficina de Estudiantes, puede que tengan buenos contactos —concluye mientras aleja su silla.
—Eso haré, gracias.
Recojo mi bolso y me lo echo al hombro con demasiada brusquedad.
—¡Uy! Perdona —me disculpo con el tipo que esperaba demasiado cerca de mi espalda.
—No pasa nada.
Salgo de la oficina abarrotada y me dirijo a la máquina de café. Me quedo paralizada justo delante, con el dedo vacilando entre el té de menta y el doble expreso intenso. Kirk odia el café, y caigo en la cuenta de que no me he tomado uno desde que me mudé de Florida.
—¿Te decides? —se impacienta una chica detrás de mí.
Al final elijo un triple arábica sin azúcar.
Me lo tomo de un trago, sin respirar, y vuelvo a ir en busca de un milagro.
La Oficina de Estudiantes no me da más soluciones.
Después de tres horas de búsqueda y haberme saltado el almuerzo, me limito a arrastrar mi miseria por el patio central.
Todavía hay gente, y mis ojos recorren los grupos dispersos.
Justo en el momento en el que reconozco al objeto de mi obsesión a lo lejos, un grito lejano lo estropea todo.
—¡Eh! ¡Corazón Roto!
Mis ojos siguen pegados en Kirk, quien está sentado más lejos, en medio de un grupo de chicas y chicos. Demasiadas chicas, demasiado cerca, demasiado...
—¡Coraaazón Roootooo!
«Joder, ¿es que no se va a callar?». Llevo mi atención a la persona que me llama justo cuando Kirk gira la cara hacia mí.
Localizo al capullo que está sentado en la hierba, rodeando una estatua imponente, e intento matarlo con la mirada.
Avanzo a paso rápido hacia él, articulando un «cállate» silencioso.
Frunce el ceño, habla con los otros tipos que le acompañan y todos estallan en carcajadas.
«Mierda. Acaba de arruinar el único momento que no podía, bajo ningún concepto, salir mal». ¡Le odio!
Me lanzo hacia él, llena de una energía negativa que está a punto de desbordarse. Cruza los brazos sobre el pecho como si se preparara para la colisión.
Pero un obstáculo se interpone entre nosotros.
—¡Hola otra vez!
Freno tan en seco que tiro el bolso y me golpeo la frente contra algo mullido. Retrocedo un paso y levanto la vista hacia el cuerpo que se ha interpuesto entre el otro cabrón y yo.
—Nos hemos cruzado hace un rato —dice el tipo que me iba pisando los talones en Administración.
Entrecierro los ojos; intento pensar, pero mi cerebro está dividido en dos. Una mitad está centrada en Kirk y la otra en... en el otro.
—Me he llevado un bolsazo tuyo —añade, ante mi expresión atontada.
—¡Ah, ostras! ¡Sí!
Soy incapaz de ser más maja ahora mismo, pero parece bastarle, porque una amplia sonrisa se dibuja en su rostro cubierto de acné.
—Me llamo Donald, pero todo el mundo me llama ¡Donny! —declara hinchando el pecho.
—Yo Lois, pero todo el mundo me llama Lois.
Se ríe forzadamente mientras hunde las manos en los bolsillos. O al menos lo intenta, porque los vaqueros le quedan tan ajustados a los muslos que no es tarea fácil.
—¿De primero?
Él quiere entablar una conversación, pero ¡yo lo que quiero es largarme!
—Sí.
—Yo segundo. ¿Te mola el campus?
—Sí.
No parece darse por aludido con mis respuestas cortas.
—He oído que mencionabas que no tenías alojamiento —suelta de pronto con voz más baja.
Por fin ha conseguido atraer mi atención, y le encanta. Levanta las cejas hasta que rozan su mechón húmedo o... grasiento. No quiero saberlo.
—Mi compañero de piso me acaba de dejar plantado, así que tengo una habitación libre.
Está a dos pasos de aquí, y el alquiler es de risa.
Había pensado en poner un anuncio en el tablón, pero luego se me ha ocurrido que podría interesarte.
Pareces maja y responsable —me halaga, aclarándose la garganta.
Pronuncia las frases a toda prisa, mientras el rostro se le pone completamente rojo y húmedo. Instintivamente me dan ganas de decirle «no, gracias», pero esta propuesta inesperada merece que me detenga a pensármelo dos veces.
Voy a abrir la boca para que me dé más detalles cuando veo movimiento detrás de sus hombros. Alzo una ceja al distinguir al Campus Driver acercándose hacia nosotros, con todo su séquito de esbirros detrás. Donald se gira para seguir mi mirada, y juraría que se pone tenso.