3. Lane #2
Miro el móvil, pero no hay ningún mensaje suyo. Supongo que me llamará mañana, ya que casi es medianoche.
Me levanto, listo para darme una ducha, cuando escucho que alguien llama a la puerta. Echo un vistazo por la mirilla para asegurarme de que no es esa vecina tan sexualmente activa, y dejo escapar un suspiro de alivio al reconocer a la persona que espera fuera, mirando a todos lados.
—¡Corazón Roto! —suelto a modo de saludo.
Da un brinco y se gira hacia mí, mordiéndose los carrillos.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
—Yo... bueno, se me ha complicado la jornada, el día se ha pasado volando... He visto luz desde la acera, así que me he tomado la libertad de subir.
—¿Y por qué no me has contactado por la apli?
—El cargador se había quedado en tu maletero —me responde en voz baja—. Y me he quedado sin batería.
—¿No serás tú un poco gafe?
—Eso parece...
Me trago la sonrisa al ver su cara de cansada. Sigue llevando esa sudadera horrible con la capucha subida, y se balancea de un pie a otro mientras sigue mirando detrás de ella.
—¿Al final te han dado una habitación?
Tarda una eternidad en responder, como si las palabras le costaran.
—He venido a por mis cosas —articula por fin.
Frunzo el ceño y me enderezo, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Has encontrado un lugar donde quedarte? —repito sin apartar los ojos de ella.
—Todavía no —murmura resignada—. Pero estoy segura de que todo se va a arreglar.
Mañana volveré a secretaría e iré también a tantear el terreno de la asociación de estudiantes.
Por ahora, he localizado un motel por aquí cerca.
Salvo por las duchas comunes y el recepcionista que huele a orina, será perfecto.
Se obliga a sonreír a la vez que se mete las manos en el bolsillo delantero de la sudadera.
—¿Quieres una cerveza? —propongo por reflejo involuntario.
—Es que... ya he estado bebiendo antes de venir.
—¿Estás borracha?
—No lo suficiente —replica frunciendo los labios.
—¡Vamos, entra! Ya hemos dejado atrás el miedo a riesgo de estrangulación, evisceración y cremación, ¿no?
Abro la puerta del todo y noto cómo su incomodidad va creciendo.
—Cerveza, ducha y te dejo en tu motel. ¿De acuerdo?
—Con la ducha basta, luego me voy —dice en un suspiro mientras entra en mi piso.
La observo mientras deja el bolso en el apoyabrazos del sofá antes de sentarse en el borde.
Con las palmas de las manos apoyadas sobre sus muslos, contempla el enorme cuadro colgado sobre el fregadero.
Está tiesa como un palo y parece estar intentando controlar la respiración para no moverse demasiado.
—El cuarto de baño está al fondo del pasillo —le informo, bostezando de aburrimiento.
—Necesito ropa de recambio —balbucea rascándose la sien.
—Bajo al coche, quédate aquí un momento.
—Con la bolsa azul basta —añade—. No hace falta subirlo todo. Tardo cinco minutos nada más.
Niego con la cabeza y, después de hacer el viaje de ida y vuelta, oigo que el agua está corriendo en la otra punta del piso.
Dejo su bolsa frente a la puerta y me quedo esperando en la ventana, con la frente pegada al cristal.
La calle está completamente desierta, hasta que una moto cruza mi campo de visión a toda velocidad, haciendo vibrar el vidrio.
Aprieto los dientes y aparto de mi mente ese ruido que me trae viejos recuerdos.
Golpeo mi puño contra la pared que tengo al lado, y enseguida me llevo a los labios la cerveza ya empezada, para ahogar la bola espesa que me obstruye la garganta.
Pero bebo demasiado rápido y el alcohol se derrama.
—¡Joder! —maldigo, dando un salto hacia atrás.
Tengo la camiseta empapada. Dejo bruscamente la botella sobre la mesa baja justo cuando Corazón Roto aparece delante de mí.
Me fijo en su cara despejada, con el pelo recogido en un enorme moño en lo alto de la cabeza.
Pese a estar menos pálida, luce unas ojeras tan oscuras como su pelo.
Está que se duerme de pie, estoy convencido de haberla visto tambalearse hace un momento.
—Gracias por la ducha, la necesitaba —articula tirando de su manga—. Estoy lista.
Se ha vuelto a poner su sudadera holgada sobre unas mallas grises casi idénticas a las anteriores. Bajo la mirada hacia la mancha que se extiende por mi pecho y que apesta a cerveza.
—Tengo que cambiarme —suelto, avanzando hacia ella—. Si nos cruzamos con la poli, me van a meter en el trullo por borracho, sin ni siquiera darme el beneficio de la duda.
—Vale —dice en un suspiro, pasándose una mano por la nuca.
Resopla cuando paso a su lado y lanza una mirada hacia mi ropa empapada, haciendo una mueca.
—Me paso un agua y nos vamos —recalco, subiéndome la camiseta por encima de la cabeza.
Se da la vuelta rápido y se aleja hacia el sofá, carraspeando.
Voy rápidamente hacia el baño, me quito el resto de la ropa y me echo el gel sobre la piel seca mientras abro el grifo.
Me lo extiendo rápido, pero dedico algo más de tiempo a enjuagarme.
El agua hirviendo me relaja, y ya no me apetece salir de aquí.
Me permito unos minutos más antes de resignarme a abandonar este agradable vapor.
Me envuelvo una toalla alrededor de la cintura, voy a mi habitación y me pongo un pantalón de chándal y una camiseta sin mangas.
Vuelvo al salón, ansioso por dar por terminada esta jornada.
— Let’s go ! —exclamo, yendo como un rayo hacia la cómoda de la entrada, donde he dejado las llaves.
Abro la puerta de entrada, me meto el móvil en un bolsillo y echo un vistazo hacia atrás al no escuchar los pasos que esperaba.
Me doy cuenta de que el salón está vacío y, si su bolsa azul no estuviera aún justo ahí en medio, pensaría que Corazón Roto se ha escapado una vez más.
—Eh, ¿hola?
Dejo la puerta abierta y avanzo hacia el sofá. Desde donde estoy, solo puedo ver el respaldo, hasta que me fijo en unos calcetines a rayas, seguidos de unas piernas dobladas. Hasta que al final, me fijo en un moño, algo deshecho, del que se escapan mechones que caen sobre unos ojos cerrados.
—Estarás de coña, ¿no? —Gruño, cruzando los brazos sobre el torso—. ¿En serio?
Está dormida. ¡Otra vez! ¡Y en mi puto sofá!
Si no fuera una tía tan distante y esquiva el resto del tiempo, hasta creería que lo hace a propósito. Solo tendría que sacudirla un poco para que se despertara, pero soy incapaz de hacerlo.
—Bueno... —Suspiro, retrocediendo para cerrar la puerta—. Vamos con una última noche. Estaría muy bien que apuntaras en algún lado que ya he hecho mi buena acción para los dos próximos años —añado, encomendándome a Dios.