Sin freno (Campus drivers 1) 3. Lane
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3. Lane

Lane

Con las manos metidas en los bolsillos, avanzo con paso tranquilo hasta mis amigos.

«¡Joder, cómo me gusta la universidad!». Lanzo un saludo de pasada a dos tíos en skate , les guiño un ojo a las chicas que se cruzan en mi camino y me sonríen agitando sus teléfonos, como invitándome a conducirlas hacia el orgasmo. «¡Vaya si me gusta la uni!».

—¡Heeeeey! —grita Lewis, extendiendo el puño.

—¿Qué tal, rubio? —bromeo, señalando su melena recién teñida—. ¿Te ha hecho mechas tu madre o qué?

—¡Negativo! Le dejé a una californiana jugar con mi pelo mientras yo jugaba con sus tetas. ¡Imagina qué vacaciones!

—¡Debías de tener muchas ganas para dejarte hacer esto! —se burla Donovan, intentando tirar de uno de sus rizos decolorados.

—¡Abstenerse es para los débiles! —replica empujándolo.

Choco la mano de Don y le mando un beso a Adam, quien se incorpora.

—¡Los Campus Drivers al completo! —clama Lewis, dirigiéndose a los otros estudiantes.

Gira sobre sí mismo adoptando poses de culturista y rodeado tanto de silbidos de admiración como de quejas de tíos envidiosos. «Lo siento, chicos, pero ¡el mundo es nuestro!».

—¿Quién era la chica a la que has traído? —me pregunta Donovan, señalando hacia mi coche.

—Una estudiante de primero —respondo, fijando la vista en su silueta. Sigue donde la he dejado.

—Normalmente, se curran un poco más el modelito el primer día —se burla Lewis.

Me río mientras la sigo con la mirada, esperando a que finalmente avance hacia la entrada principal.

—La ha dejado el novio —intervengo en voz baja—. Me la he encontrado en las escaleras de mi rellano.

Me reservo a propósito que ha pasado un día y una noche en mi sofá, por miedo a que se inventen escenarios exagerados. Además, no olvidemos que inventar historias es lo mío, no lo suyo.

—¡Qué alma tan bondadosa! —dice Lewis—. A ver, confiesa, ¿le has ofrecido el primer viaje gratis?

—Me ha dado pena.

—Lane, eres un blando de cojones.

—¿Es mona? —pregunta Lewis, arrugando el entrecejo por el sol que le da en la cara.

—Bah. Las lloronas de corazón roto no me ponen.

—¡Ah, se me olvidaba que lo tuyo son las actrices! —bromea Donovan—. Joder, ya podrías dejarme disfrutar de tus dones cinematográficos algún día, ¿no?

—No das la talla, pringao. Y no quiero arriesgarme a que les contagies la clamidia.

—Me habías prometido que ya no lo ibas a mencionar —gruñe, molesto.

Observo a los grupos de alumnos yendo a clase, mientras escucho distraído a Adam y a Lewis contar sus vacaciones. Estos dos son como hermanos gemelos; son los únicos que se conocen desde pequeños, mientras que el resto llevamos dos años juntos.

—¿Listos para este tercer inicio de curso? —lanza Donovan, chocando sus palmas.

—En mi caso, cuarto inicio, te recuerdo.

Estoy en tercero como ellos, pero tengo un año más. Repetí primero, y fue entonces cuando los conocí. Lo cual demuestra que hasta de lo malo se puede sacar algo bueno.

—Propongo que nos veamos esta noche, chicos. Tenemos que darnos prisa y actualizar la apli con nuestra disponibilidad horaria en función de las clases. ¿En tu casa, Lane?

Este es Adam en estado puro, siempre es el que se lo toma más en serio. ¡Suerte que está él!

Asiento mientras me meto un chicle en la boca. Esta es la parte que más palo da de este trabajo: conseguir cuadrar los horarios respectivos de clase para conseguir el máximo número de clientes.

—El entrenador nos ha citado después de comer. —Lewis no tarda en quejarse—. ¡Espero que no se obsesione con los entrenamientos como el año pasado! Oye, Donovan, ¿tú no podrías insinuarle el mensaje de forma discreta?

—Tío, no me obligues a repetírtelo. Aunque dé la casualidad de que el entrenador es mi padre, se la pela cuando se trata del baloncesto. Así que déjalo estar. Te has pasado el verano rascándote los huevos y ya es hora de ponerse las pilas, ¡que tenemos un campeonato que ganar!

—Los hombres y el baloncesto... —se burla Adam, poniendo voz nasal.

—¡El baloncesto es la vida! —interviene Donovan, señalándole con un dedo amenazante.

—¡Tú lo has dicho, Donny!

Nos echamos a reír al escuchar ese apodo ridículo.

Donovan es el capitán del equipo universitario, así que tiene seguidoras.

Muchas seguidoras. De hecho, ellas solitas le pusieron esa pastelada de apodo que las llevó también a llamarse «Las Donnies».

Por supuesto, a este idiota no podría gustarle más.

—¡Bueno, me piro, que el futuro me espera! —suelta Lewis mientras se cuelga la mochila en el hombro.

—¿Y cómo se llama «el futuro», a ver? —me burlo, siguiéndole el juego.

—Jessica —pronuncia con sonrisa depredadora—. Me ha prometido cosas bonitas.

—Amén —concluyo, echándome el pelo hacia atrás.

Nos separamos en el vestíbulo principal, y yo vuelvo a repartir saludos entre las chicas que me paran.

Esta primera semana es bastante tranquila, está pensada sobre todo para los estudiantes nuevos. El resto viene y va para preparar el inicio de las clases reales el lunes que viene.

Recojo mi horario, confirmo mi inscripción a los seminarios de escritura y recargo la tarjeta de la cafetería. La mañana transcurre tranquilamente, incluso me da tiempo de cuadrar tres viajes con algún estudiante. «¿He dicho ya que me encanta la uni?».

Me detengo en medio de uno de los pasillos al sentir que me vibra el móvil.

—¿Sí, Carter? —Suelto un suspiro al contestar su sexta llamada desde que me he despertado—. Da hasta miedo, tío, esa manía tuya de acosarme. Sabes que nunca voy a enamorarme de ti, ¿no?

Ni enamorarme en general, de hecho. Las historias de pareja me agotan; ya me meteré en eso cuando tenga cuarenta o cincuenta años.

—¡Me rompes el corazón cervecero! —lloriquea mi colega al otro lado de la línea—. ¿Puedo pasarme esta noche? —añade, cambiando el tono de voz.

—Ni de coña, esta noche tenemos reunión cumbre con los chicos.

—¡Puf!

—Tendrás que apañártelas sin mí, bebé.

—¡Ya me dejaste tirado el domingo, bro !

Es cierto: tuve que cancelar mi sesión de curro con Carter porque una tal Corazón Roto se había quedado acurrucada en mi sofá, ajena a todos mis intentos por despertarla.

La dejé sola para ir a buscar el coche a casa de RJ por la tarde y estuve a punto de tirarle un vaso de agua a la cara cuando la encontré en el mismo sitio al volver.

Por suerte para ella, estaba todo eufórico por haber recuperado mi carroza y eso la salvó.

De hecho, ahora que pienso en ella, todavía no he tenido noticias suyas.

—Ven el miércoles por la noche, pues.

—¿Por qué no mañana por la noche?

—El miércoles. Última oferta.

—Vale —se resigna, resoplando en el teléfono—. Pero te aviso: ¡vas a tener faena para toda la noche!

—Buen día para ti también —concluyo colgando.

Le doy un último sorbo a mi refresco y me voy directo a reunirme con mis amigos al parque que rodea la Facultad de Medicina.

—¿Dónde está Lewis? —les pregunto dejándome caer en la hierba.

—Conduciendo —responde Adam sin levantar la cabeza de sus apuntes.

—¡Este año vamos a rodar a lo grande! —exclama Don, estirándose—. Viendo cómo empieza la cosa, creo que como mínimo vamos a triplicar la actividad. Solo ayer tuvimos el doble de descargas que a principios del año pasado, ¡y ni siquiera hemos hecho aún la reunión informativa para los nuevos!

Sonríe de oreja a oreja antes de continuar:

—Por cierto, esta mañana ha venido un tío a preguntarme si no buscábamos a un quinto Campus Driver .

—¿Y qué le has dicho? —pregunto al mismo tiempo que Adam.

—Pues que sí.

—¿Estás de coña?

—Necesitamos a alguien que nos lave el coche —añade con una sonrisa enorme.

—¡Qué cabrón! —me río, sacudiendo la cabeza—. ¡Eres mi ídolo, Donny!

—Tendrías que haber visto la decepción en su cara. Estuve a punto de ceder, ¿eh?, pero justo entonces pasaron por delante unas tías con unos culos... que decidí que no me convenía compartir.

—¡Ahí te he visto, hermano!

Decido tumbarme yo también para echarme una siesta al sol. Luego, la tarde sigue su curso como si nada, y vuelvo a casa a la vez que Adam y Lewis. ¡Qué par de cotorras, esos dos!

—Donovan acaba de terminar un servicio —anuncia Adam—. No sé qué habrá hecho, pero el tío se ha ganado veinte dólares de propina. Ahora viene.

Le tiendo una cerveza sonriendo y me dejo caer en mi sillón.

—Se me ha olvidado llamar a mi madre —suelta Adam, apoyando la botella—. Ahora

vuelvo.

—¡Dile que le mando un beso! —grita Lewis, guiñando un ojo.

Adam se mete en mi habitación y, al escuchar la puerta cerrarse, me da la sensación de que a mí también se me está olvidando algo. Pero no consigo recordar el qué. Lo que sí sé es que no se trata de una llamada a mis padres. No es que les importe lo más mínimo que esté empezando tercero.

—¿Tu nuevo proyecto? —me pregunta Lewis, echando un vistazo a mi cuaderno de trabajo.

—Sí. Carter se pasa por aquí el miércoles para que lo terminemos.

—No deberías dejar esto a la vista. Como lo pille Don, vamos a tener que aguantar sus sugerencias toda la noche. ¿Todavía no te has decidido a montar un despacho en la segunda habitación?

Hago una mueca, lo bastante discreta para que no se dé cuenta. En cierto modo, esa habitación no es mía. Y, sin embargo, nadie más va a ocuparla. Pero soy incapaz de aceptarlo, así que se queda como está.

Después de un rato, abro la nevera para ofrecerle una cerveza a Donovan, quien aparece por la puerta tras un tiempo al teléfono. Yo también me sirvo una segunda mientras se despiden y dan un portazo.

«¡Por fin un poco de calma!». En serio, no sé cómo aguantan vivir los tres juntos bajo el mismo techo. Yo sería incapaz. Disfruto de la soledad de mi piso, no tengo que hacer esfuerzos por calmarme cuando me entra la mala leche. Por no mencionar que tengo un vínculo emocional con la casa.

Me acomodo de nuevo en el sillón y me quedo empanado mirando a la nada. Voy repasando el día mentalmente y, de repente, llega la revelación que me faltaba.

—¡Joder, Corazón Roto! —murmuro al recordar que tendría que haber venido a recoger sus cosas.