2. Lois #3
—A ver, chica, es que lo acabo de recoger del taller —se justifica al ver mi ceja arqueada—. Lo echaba de menos.
—Ya lo veo...
—Es un Camaro SS de 1969 —añade con orgullo.
—¿Y se supone que me tendría que sonar el nombre?
Me mira como si acabara de atropellarle al perro.
—Guau, un Cama-lo-que-sea, es... guau —finjo maravillarme.
—Voy a hacer como que no he oído nada.
Arranca y se incorpora de inmediato al tráfico.
El trayecto hasta el campus dura unos veinte minutos, así que bajo el parasol para usar el espejito.
Por fin me quito las gafas, las empujo hasta la coronilla para liberarlas de mi pelo enmarañado y suspiro frente a mi reflejo.
«Vaya careto, Lois...». Hurgo en mi mochila para sacar un paquete de toallitas.
Mi última ducha fue... el sábado. Y estamos a lunes por la mañana.
«Por el amor de Dios, si hasta da pena verme».
Me limpio la cara sucia ignorando las miradas de reojo de mi conductor y, cuando las últimas huellas de mi epopeya sentimental han desaparecido, dejo que el aire seque mi piel húmeda.
—¿Te apetece alguna canción en particular?
Me vuelvo hacia la radio, de la que suena una melodía suave. Mi chófer acerca el dedo para cambiar de emisora, pero lo detengo posando mi mano sobre la suya.
—Déjala, esta me gusta.
Retiro la mano para girar la ruedecilla que sube el volumen.
—¿Conoces a Tool? —me pregunta asombrado.
—Pues claro. ¿Por qué? ¿Te sorprende?
—Un poco, colega. ¡Eres la primera chica con la que me encuentro que conoce este grupo!
—Ah, pues mira tú por dónde, eres el primero que me encuentro que no se ha topado en su vida con una chica que escuche a este grupo.
Entrecierra los ojos.
—Con eso ya me hago una pequeña idea de las chicas con las que te juntas...
«Mierda, ¿a santo de qué me ha dado por soltar esa gilipollez?».
—Es decir...
—No necesito que tengan buen gusto musical. ¡Por mí como si desafinan al gemir! —añade riéndose.
Hago un gesto de arcada fingida y me vuelvo hacia la ventanilla, donde el paisaje discurre veloz.
Cuando reconozco los alrededores de la universidad, se me crea un nudo en el estómago.
Pensándolo bien, parece que voy a acabar vomitando de verdad.
El coche rodea las verjas antes de adentrarse por un camino apartado; hay estudiantes por todas partes y yo me limito a observar mientras me cubro las rodillas con la sudadera.
—¡Hemos llegado! —exclama frenando cerca de un grupo bastante ruidoso de chicos.
Me remuevo para desabrocharme el cinturón, pero tengo los dedos tan tensos que fracasan varias veces. «Maldito cinturón, cómo ahoga».
Clac.
Levanto los ojos cansados hacia mi salvador, que sacude la cabeza mientras se ríe.
—Mi intuición me dice que recordarás tu primer día de uni durante muchísimo tiempo, Corazón Roto.
Para cuando le hago una peineta, ya se ha dado la vuelta y ha salido del coche. Hago lo mismo y estiro las piernas, sintiéndolas pesadas. Me acerco a la parte trasera del coche, respirando hondo. Extiendo la mano hacia el maletero...
—¡Ni lo toques!
El dueño niega seriamente con la cabeza, como si acabara de cometer el peor de los errores.
Abre la puerta del maletero con un leve chirrido y luego se queda esperando, con los brazos aún en alto, de modo que sus músculos casi rozan mi nariz.
Retrocedo un paso mientras carraspeo. Una vez, diez veces, mientras él sigue empanado mirando mi equipaje.
—¿Y bien? —tanteo, perdiendo la paciencia.
—Te propongo algo —sentencia mirándome de reojo—. Puedes dejar tus cosas en mi maletero hoy. Solo tendrás que llamarme cuando te hayan asignado una habitación... o una tienda de campaña.
—Me las apañaré —murmuro con un hilo de voz.
«¡Mierda! ¡No te hagas la niñata, Lois!».
—En serio, no es nada —insiste—. Tampoco es cuestión de que vayas todo el día con la casa a cuestas. No te haces una idea de lo grande que es esto. Cualquiera te tomaría por vagabunda... Así que considéralo mi buena acción del día.
Sus palabras vienen acompañadas de una mirada de arriba abajo a mis pintas. Entre la sudadera, que me llega hasta los muslos, y las mallas negras con el agujero en la rodilla, voy hecha un cuadro.
—¿Y cómo se supone que te encuentro? —suelto, bastante cortante.
—Campus Drivers, Corazón Roto. ¡Te descargas la apli y me mandas un mensaje privado!
—¡Eh, tío!, ¿piensas mover el culo o qué? —grita de pronto una voz.
Dirijo la mirada al grupo de chicos que espera un poco más lejos de donde estamos, junto a un coche rojo brillante. Serán sus amigos, quienes seguramente compartan su pasión por los cochazos.
—Ante usted, el resto del equipo —susurra una voz en mi oído.
—Estoy tan emocionada —ironizo, fingiendo secarme una lágrima imaginaria—. ¿Por qué haces esto? —añado, mientras se ríe.
—¿Esto?
—Ayudarme. Si es un intento de...
—¿De qué?
—No me interesa —me siento obligada a aclararlo.
Su rostro se queda rígido hasta que estalla en una carcajada ronca. Finalmente suelta la puerta del maletero y sigue riéndose mientras se acerca a mí.
—No te lo tomes a mal, Corazón Roto, pero ni se me ocurriría intentar ligar. Contigo, quiero decir.
«Claro. Quién querría a una pobre como yo. Como dijo Kirk, yo...».
—Solo quería asegurarme —consigo decir—. Está bien, dejemos mis cosas aquí.
Levanta el pulgar antes de cerrar el maletero de un golpe seco. Solo me queda esperar que no sea cleptómano ni tenga un fetiche por la ropa interior mal combinada.
—Buena suerte en tu primer día —añade mientras retrocede hacia sus amigos.
—Gracias. Y gracias por lo de anoche y... Gracias.
Se lleva una mano al pecho y me hace una reverencia ridícula. Luego se da la vuelta, y le observo alejarse.
—Vamos, Lois —me animo, enfrentando la entrada que me desafía a lo lejos—. Va a ir bien.
Me vuelvo a colocar las gafas en la nariz y avanzo hacia la multitud apiñada que tengo delante. Oculta tras los cristales oscuros, no puedo evitar buscar a Kirk con la mirada, un poco desesperada. Solo un poquito, pero ese poquito es más sólido que una roca.